Cine y TV

Utopías que es mejor no visitar

Villanos Mr Rabbit
Utopía, 2013-2014. Imagen: Kudos Film and Television.

(Este artículo contiene SPOILERS)

Es posible que en 2013 estuviéramos tan excitados (hypeados, dicen los jovenzuelos últimamente) con la muerte de Walter White que ni siquiera reparásemos en su remake colombiano, Metástasis, para echar unas risas después de tanta tensión dramática acumulada. Ni en esa producción ni en muchas otras; el crecimiento de las series estaba en su apogeo y todo el mundo quería un pedazo del pastel que comenzaba a subir en el horno amenazando con desbordarse. El resultado: infinidad de excelentes creaciones pasando desapercibidas en un mar de horas de entretenimiento.

Algo así le pasó a Utopía, que apenas tuvo predicamento en nuestro país pero que en el suyo sí supo tener el reconocimiento que hoy le rendimos, valiente caída en la batalla por el pódium de la crítica televisiva. Pero aquí estamos para deshacer ese entuerto y desvelar la verdad que los filósofos decían que estaba ahí y que en los X-Files se aseguraba encontrarse «ahí fuera» (agentes heideggerianos del entretenimiento, estos Mulder y Scully).

¡No es un cómic!

Para empezar, el argumento tampoco es que fuera algo nuevo o que atrajese por sí mismo como una novedad irreparable en el ámbito del cine y la televisión: un manuscrito en el que se esconden las claves de una conspiración que atañe a toda la humanidad pero que, humildemente, va a pasar a desarrollarse solamente en un país, aquel en el que se produce la serie, claro, porque el sentimiento patriótico no está reñido con el conspiranoico.

Pues resulta que un tipo, genio por lo demás, dibujó un cómic (o novela gráfica, que dirían hoy los más eruditos) en torno a los años ochenta cuyo segundo número no llegó a publicarse jamás. Un grupo de frikis del asunto se pasan el día encerrados en sus cuartos y charlando entre ellos en un foro por Internet de lo mucho que saben de la historia de su autor, de lo que el cómic quiere decir en realidad, de la esquizofrenia paranoide que el señor en cuestión sufría y con la que trataba de luchar para dibujar semejantes atrocidades… En fin, cosas propias de los fanáticos de un autor muerto cuyo reconocimiento estiman oportuno recordarle al mundo.

La trama arranca con que uno de esos forofos del cómic ha encontrado el manuscrito de la segunda parte y se lo quiere enseñar a sus amigotes del otro lado de la pantalla para hacerse el chulo y, muy posiblemente, intentar ligar con la chica del grupo. Para ello se reúnen un día en el que descubren sus diferentes rostros, facetas y habilidades, entre las que se encuentran ser un huraño pirata en la red empeñado en borrar todo rastro de su identidad, una chica con todas las papeletas para ser la amiga vegana-cansina que todos odiamos pero que luego resultará que no, y un informático alto y espigado sin mayor importancia de momento. Tres individuos, los tres confundidos porque a la cita no se han presentado ni Grant (tal vez el más «rarito» de todos al teclado) ni el que encontró el manuscrito, cosa extraña, ya que era el que los había citado.

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