Destinos Ocio y Vicio

Comamos y bebamos, que mañana moriremos

(O descenso indirecto a las catacumbas de París)

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Catacombs, 2007. Imagen: Cordon.

El 30 de mayo de 1780, después de una primavera particularmente lluviosa, un mesonero de París encontró la bodega de su negocio inundada de una sustancia grisácea, untuosa y maloliente. Desde ya le anuncio que esto va a ser muy asqueroso; si quiere saltarse dos o tres párrafos, nadie le culpará.

Una sustancia, decíamos. Una de las paredes se había venido abajo, vertiendo aquel magma mezclado con lodo al interior de la cámara subterránea. Pronto alcanzó el techo de la estancia y el suelo del local comercial, en el piso superior, comenzó a supurar también aquel fluido. No pudieron darle un nombre, no lo tenía todavía. Se lo puso el químico Antoine-François de Fourcroy después de estudiar minuciosamente las muestras que recogió precisamente en aquel lugar: adipocira. Su composición es parecida a la del jabón corriente. Es una sustancia que producen los cadáveres humanos.

Hoy sabemos que la adipocira se había descrito ya más de cien años antes. Lo hizo Thomas Browne en Hydriotaphia, Urn Burial (1), un tratado de 1658 en el que Browne documenta la excavación de unos restos funerarios de época romana descubiertos en Norfolk, Inglaterra. Aparecía donde correspondía que estuvieran los cadáveres, dijo él, con la forma de «masas de grasa con la consistencia del jabón de Castilla». La adipocira es el resultado de un proceso químico llamado saponificación, una forma de hidrólisis que sufren los ácidos grasos en ausencia de oxígeno. Cuando le ocurre a un cadáver (normalmente en terrenos empantanados) previene la descomposición e incluso la detiene completamente. Si se conservan después en esas mismas condiciones, los tejidos convertidos en adipocira pueden perdurar siglos, muchas veces con los mismos volúmenes que tuvieron en vida. Se comporta térmicamente como la cera o el jabón; en frío se endurece, pero el calor y la presión la licuan con facilidad.

Aquello fue lo que le ocurrió a la que había sedimentada bajo el cementerio de Les Saints-Innocents, o simplemente Les Innocents, en pleno centro de París, donde hoy está la plaza Joachim-du-Bellay. No sabemos cuánta era, pero en un artículo de Scientific American de 1852 (2) se dice que después del accidente en aquel mesón, cuya pared era adyacente al muro del cementerio, algunos comerciantes de la ciudad la reutilizaron «por toneladas» para fabricar detergente y velas. No parece exagerado. La necrópolis, la mayor de la ciudad, llevaba operativa desde la Edad Media y nos consta que tan pronto como en el siglo XIV ya era incapaz de acoger más sepulcros individuales. Tuvieron que excavarse varias fosas comunes en ella, cada una capaz de engullir cerca de mil quinientos cuerpos. Pronto aquello tampoco bastó, así que se levantó un muro de tres metros que circundaba el recinto y contra aquel se construyeron osarios, donde a su vez se vaciaba el contenido de las fosas para volver a utilizarlas. Tampoco.

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3 comentarios

  1. elreylagarto

    Excelente texto.

  2. Muy bueno.

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