
En ocasiones, Jimmy Connors me parece un jugador infravalorado. Es extraño porque lo tenía todo: un carisma furibundo, una relación sentimental mediática con Chris Evert que se rompió días antes de la boda, un humor de perros, solo comparable, quizá, al de John McEnroe… y sobre todo una regularidad en su juego a prueba de bombas: pasó 13 años consecutivos entre los cinco primeros del ranking mundial. Trece años, uno detrás de otro, desde 1973 hasta 1986.
Años en los que tuvo que enfrentarse a Newcombe, Rosewall, Nastase, Ashe, Vilas, Borg, Lendl, Wilander, el joven Becker y el mencionado McEnroe, es decir, algunos de los mejores jugadores de este deporte.
Dentro de esa regularidad hubo momentos arrolladores: en 1974, por ejemplo, y con solo 22 años, Connors ganó 99 partidos y perdió cuatro, llevándose por el camino hasta 15 torneos, la inmensa mayoría de ellos en terreno norteamericano. Si su longevidad no le llevó a ganar más Grand Slams se debe a una explicación obvia: en casi 20 años de carrera, solo disputó dos veces el Open de Australia —victoria en 1974, final en 1975— y hasta 1979 no se tomó en serio Roland Garros, después de una extraña ausencia de cinco años por desavenencias burocráticas.
Su dedicación a los Estados Unidos fue absoluta. Los éxitos en Europa se limitaron a Wimbledon, jugador zurdo de ataque constante que se adaptaba a la perfección a la hierba ultrarrápida de los setenta y los ochenta. Hasta seis finales jugó en Londres, ganando solo dos. El resto del tiempo lo pasaba en su coto privado del circuito americano, sumando los suficientes puntos para mantenerse entre los mejores y logrando un récord casi insuperable: 12 años seguidos llegando a semifinales del US Open, con cinco títulos para sus vitrinas y otras dos finales, la última de ellas en 1987, cuando ya tenía 35 años.
Lo de Connors con Nueva York fue una historia de amor en toda regla. El público estadounidense admiraba su pasión y su lucha y conforme fueron pasando los años, aquel visceral jugador de los 70 pasó a ser algo así como el hermano mayor y responsable del díscolo McEnroe. “Big Mac” a menudo se empeñaba en pasar por un maleducado consentido. “Jimbo” era simplemente un superviviente y así se le veía en Forest Hills y Flushing Meadows.
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Pingback: Jimmy Connors, campeón a los 40
A los 40 que más da. Cuerpo, Mente y espiritu sano y no hay edad
Un dios del tennis!!!!
Una cosa si que está clara. Nadal no estará jugando a los 40, ni a los 40 ni a los 30.
¿Decias?
Jjajajajjaj, ni a los 30 ni a los 40 djiste….Vaya vista tuviste eh!
Pingback: Jot Down Cultural Magazine | Guillermo Ortiz: El último baile de John McEnroe
Una respetuosa aclaración: A Agassi no le acusaban de ser un aficionado a los Sex Pistols, «punk» en inglés es algo así como «niñato».
A Connors lo relaciono con Manolo Orantes, quien lo derrotó en la final del Abierto de Estados Unidos de 1975… Por cierto, la final de Roland Garros que perdió el granadino frente a Björn Borg, se merecería un artículo, aunque sea tirando de hemeroteca, fue el primer Grand Slam del sueco y daría pie a un sinfín de anécdotas.
De dónde sacas la información, Guillermo? Connors no ganó 149 títulos, sino 109. Y tampoco ganó 9 GS, sino 8.
Buen artículo que pierde toda su credibilidad por sus errores.
Una aclaración,: la última final de Jimmy Connors en Flushing Meadows ( no así la última en Grand Slam, que fue en Wimbledon 1984), fue en 1983, y se saldo con victoria ante el gran Iván Lendl…en 1987, Connors perdió en cuartos de final, ante Lendl precisamente, que luego vendería en la final a Mats Wilander ese mismo año…
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De momento sigue siendo el tenista con más partidos y títulos ganados de la historia. Se merece mucho más respeto y no hablar sólo de los tres grandes de la actualidad (Federer, Nadal y Djokovic) como hacen los que piensan que el tenis se inventó hace quince minutos.Y sin olvidarnos de Laver, Borg, Lendl, McEnroe…