
(Viene de la primera parte)
No quería pasar a la historia —el bueno de Sugar— como su amigo Joe Louis, quien se retiró invicto y como campeón del mundo pero tuvo que volver a pelear para pagar impuestos. No, Robinson no quería terminar a así. Tampoco el segundo fascículo, que se negaba a ser segundo sino prolongación del primero, y eso confundía. Porque sí, Ray nunca se retiró. Ni siquiera cuando lo hizo de verdad, de forma oficial para dedicarse a su querido baile. ¡Por dos o tres veces!
Para recapitular: sucedió de todo antes de la abstinencia pugilística, que no terminaba de concretar al más puro estilo del buen torero. Con treinta y un años le llegó una suculenta oferta para luchar contra Rocky Graziano. Era 1952, y todo indicaba un lleno total en el Chicago Stadium pese que el adversario había perdido algo de caché. Ganó Sugar —el rey de los medios—, quien pocas semanas después osó un reto mayúsculo, quizás el más ambicioso: un combate contra Joey Maxim, campeón del mundo de los semipesados. El bailarín de Detroit llegó con 71.3 kilos, mientras que Maxim rozaba los 78. Sin embargo, lo que decidió el veredicto final no fue la báscula sino el calor: 38º a las cinco de la tarde en el Yankee Stadium de Nueva York con casi cincuenta mil espectadores arengando. ¡Exagerado!
El combate entró en los anales del boxeo. Robinson sacó a pasear su amalgama de técnica y movilidad para agotar al gran Maxim. Así fue al menos en los primeros asaltos, porque finalmente claudicó ante la enorme asfixia entremezclada con amnesia. De hecho, según confirmaron fuentes cercanas, no recordó nada a partir del noveno asalto. Perdió por KO al término del decimotercero sin saber muy bien dónde se encontraba. «Me derrotó la voluntad de Dios y no el calor», difundiría después del combate. Fue cuando Gainford, su ángel de la guarda, le metió primero bajo la ducha para que recuperara lucidez y después dentro de la cama —sin comer— para evitar que vomitara. Había perdido más de siete kilos. Lógicamente no había colgado los guantes aún. Todavía no.
Esa fecha llegó concretamente el 18 de diciembre del 52. Entonces firmó un contrato como bailarín con su amigo Joe Glaser, agente de Louis Armstrong, y debutó en el casino del hotel Paramount de Nueva York. ¿El sueldo? 15 000 dólares a la semana. Nada mal para un principiante estiloso, pimpante y extrovertido.
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Joe Louis no se retiró invicto en su primer retiro, de hecho, había perdido contra Max Schmelling antes de ganar el título mundial…
El artículo clama una revisada en condiciones. Está lleno de pequeñas erratas.
Por cierto, qué mal suena «nocaut», por mucho que esté reconocida.