Al poco de cumplirse el décimo aniversario del 11-S, en el universo moderno de las series televisivas ha detonado el fenómeno Homeland, una de héroes y espías, sensación en el último trimestre del año y aún por estrenarse en versión castellana. En el supuesto tronío histórico de la ficción televisiva, Homeland, de la factoría Showtime, acapara elogios y galardones. El confeti de los desfiles y el discurso de los vencedores. Un Globo de Oro al mejor drama serial acaba de coronar la racha. De modo que el silogismo básico apuntaría a que el producto mejor considerado de un momento de fertilidad máxima debe constituir, necesariamente, un producto de calidad suprema. Luego están los gustos de cada cual.
Elaborada con elementos exitosos de otras series contemporáneas y retomando para la ficción la tensión de los tiempos del telón de acero, Homeland planea desde el ámbito de la psicosis terrorista a los ingredientes clásicos del ordenamiento familiar norteamericano. Los marines rescatan en Iraq a un compañero, ocho años secuestrado por Al-Qaeda, que vuelve a casa. La fanfarria, el eco de gran gong que exuda cualquier relato en torno a una Gran Cuestión está hilado, como en los dramas de Shakespeare, por las intrigas, lazos y emociones de sus personas. En ese enigma, el de las personalidades y comportamientos de sus protagonistas y en la forma en que se imbrican, reside el latido de su éxito. Un latido como la cuenta atrás de un bomba final. Un latido en el punto de mira, con Dios —o mejor las religiones— y la carnalidad como sujetadores. No es nuevo: el montante de trama política y de alto clero le confiere una supuesta enjundia a El Padrino II, pero lo esencial, el morbo y el arte, viene cuando el Don hace morir a su hermano.
Sufre Homeland el riesgo de haber emergido cuando lo de Irak apunta a ocaso. Muerto Bin Laden, tiene Homeland la audacia de colocar en las pantallas a un heredero, osadía que quizá hubiera resultado desmesurada hace unos años, aún frescos los estertores de la zona cero. Este planteamiento permite lanzar cual mortero la pregunta: ¿cómo hemos cambiado los espectadores, las sociedades occidentales después de aquella tarde de breaking news apocalíptico? Hemos cambiado en el sentido de que en la tele hace diez años la angustia era enarbolada por Carrie Bradshaw y hoy aún estamos con el celo y miedo de Carrie Mathison. Empezaremos por ahí, por la Mathison.
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Un apunte. Es un remake de una serie israelí.
No es exactamente un remake. He visto Hatufim, la serie israelí, y hay algunas similitudes, digamos que la serie israelí inspira el argumento principal de Homeland, pero su desarrollo es distinto. Incluso el género es distinto.
Artículo bien escrito, pero tremendamente aburrido. Se pìerde en decorar las frases inutilmente. Lo normal es que el lector no acabe pasando de la segunda estrofa.
Es casi tan aburrido como la serie. Estoy harto de la series americanas en las que, para que pase algo interesante, han de pasar 4 capítulos por lo menos.
Terminada la primera temporada he de decir que deja un poso de buena serie, de las que enganchan y llenan al espectador con varias facetas de la historia. Se agradece que sea una temporada corta, decisión muy de Showtime.
No estoy de acuerdo con QWE, no me ha parecido nada aburrida, aunque el panorama de series es últimamente tan amplio y brillante que todos podemos encontfrar productos que nos convenzan.
Un saludo.
De momento voy por él sexto capítulo y me tiene poco enganchado a pesar de las grandes expectativas por las buenas críticas. Para mi la mejor serie del año, sin duda, the boss, mu por encima de ésta.
De acuerdo con qwe sobre el artículo, no sobre la serie.
Yo voy por el séptimo capítulo y bueno, no me desagrada pero me esperaba bastante más. Me han dicho que mejora en los próximos capítulos, pero como alguien decía en algún comentario las expectativas eran bastante altas para lo que luego está siendo la serie. Yo la recomendaría, pero no puedo asegurar a nadie que le vaya a gustar.
Cierto que el artículo es un pelín más flojo de lo habitual. Personalmente me sorprende que se le dé más relevancia a Morena Baccarin -que no lo hace mal, y está como un queso- que a Mandy Patinkin, el legendario -e irreconocible- Íñigo Montoya de «La princesa prometida».
Me parece que en su papel secundario lo borda. Por lo demás la serie, sin ser la pera -para nada merece los galones que le han concedido- al menos va de menos a más.
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Hay que ver, con el paso del tiempo, lo mal que han quedado aquí algunos merluzos al juzgar esta estupenda serie como si fuera un artículo de saldo. Y que no se diga que mejoró con el paso de las temporadas porque era buenísima desde el comienzo.