Juegos de azar

Las fisuras del azar

gong 1
Gonzalo García-Pelayo en la librería Caótica (2020)

A mediados del siglo XVII, Pascal —que por entonces alternaba la física, la teología y los ataques de melancolía— estaba enfrascado en un problema que fascinaba a los sabios de su tiempo: cómo construir una máquina que, una vez puesta en marcha, no se detuviera nunca. Una especie de unicornio mecánico que burlase las leyes de la física y, de paso, hiciera muy ricos a sus inventores. Es decir, algo tan deseado y tan imposible como la inmortalidad sin aburrimiento.

Pascal, que no era ningún iluso, sabía que el movimiento perpetuo violaba los principios fundamentales de la termodinámica (aunque aún no los llamaban así), pero eso no le impidió intentarlo. Diseñó un artilugio en forma de rueda, con pesos distribuidos de manera que —en teoría— el desequilibrio constante generaría un impulso continuo. La rueda giraría por siempre, impulsada por su propio desequilibrio interno. Hermoso. Inútil. Y precursor de la ruleta.

El diseño nunca funcionó como debía, pero dejó una idea estética en el aire: una rueda con compartimentos girando sobre su eje, hipnótica, circular, casi litúrgica. No se parecía aún a la ruleta moderna, pero ya contenía su esencia. Unos años más tarde, en el siglo XVIII, la idea sería retomada por inventores y empresarios de ocio en Francia e Italia. Combinaron ese concepto de rueda giratoria con antiguos juegos de azar italianos como el biribi y el hoca, y crearon lo que hoy conocemos como ruleta.

La ruleta moderna, precursora de la ruleta online ,empezó a parecerse a lo actual en torno a 1796, en los salones parisinos. En un panfleto satírico de la época, La Roulette, ou le Jour, ya se menciona con claridad el juego, con una disposición de casillas del 1 al 36 y una casilla extra para el cero, que en aquel entonces se marcaba en rojo. Más adelante, para distinguirla de otras variantes, el cero pasaría a ser verde, y la versión americana añadiría un doble cero para aumentar aún más la ventaja del casino. La ciencia, siempre al servicio del capital.

Los métodos para vencerla son tan numerosos como inútiles. El más popular, la martingala, sugiere doblar la apuesta cada vez que se pierde. Una filosofía de vida digna de quien cree que el universo tiene la obligación de compensarle por su fe. El problema, claro, es que el universo está ocupado en cosas más serias, como crear nuevas especies de algas o ver cómo colapsan los bancos. Si usted insiste en aplicar la martingala, es muy posible que acabe pobre, triste y con un conocimiento inesperado del concepto «límite de apuesta».

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