
Si hay un lugar donde el sol se pega más que un cobrador del frac en crisis existencial, ese es la playa. ¿Por qué? Por el efecto de la arena y el agua. La primera actúa como un espejo sucio: refleja hasta un 15% de la radiación UV, lo que significa que, aunque estés bajo la sombrilla con gafas de sol y cara de desprecio, te estás achicharrando por abajo. El agua, por su parte, refleja otro 25% y deja pasar rayos que pueden freírte como una tortilla de playa sin que lo notes. A pesar de ello lo cierto es que cada verano millones de personas se lanzan como salmones desquiciados hacia las costas del planeta con un único objetivo: tumbarse en la arena a freírse como croquetas humanas. A simple vista podría parecer una manifestación contemporánea de estupidez colectiva, pero no, el fenómeno tiene historia, tradición y hasta clases sociales involucradas. Spoiler: tomar el sol no siempre fue sexy. A veces ni siquiera fue legal.
La playa, ese territorio hostil de sal, arena y niños con pistolas de agua, no siempre fue símbolo de placer. Durante siglos, el litoral era considerado un lugar insalubre, lleno de enfermedades, monstruos marinos y pescadores. El mar era para trabajar, para morir o, con suerte, para pescar la cena. La idea de ir allí a pasar el rato era tan ridícula como hacer senderismo por un campo minado. Todo empezó a cambiar en la Inglaterra del siglo XVIII, cuando un puñado de médicos aburridos empezó a recetar baños de mar como si fueran infusiones mágicas para curarlo todo: la melancolía, el escorbuto y las ganas de vivir en Londres. Brighton se convirtió en el epicentro del fenómeno y los aristócratas británicos, tan dados al postureo como cualquier influencer de hoy, acudían a las playas vestidos de funeral para caminar por la orilla con cara de estreñimiento victoriano.
Cuando tomar el sol se puso de moda
Eso sí, como nadie enseñaba piel no era necesario usar protector solar . El moreno era cosa de labriegos, y mostrar los tobillos podía suponer la ruina familiar. Para estos paseos terapéuticos se inventaron las gloriosas «bathing machines»: casetas de madera con ruedas que se arrastraban hasta el mar para que las damas pudieran cambiarse, sumergirse y salir sin que nadie —salvo Dios y algún mirón con catalejo— viera sus tobillos pecaminosos. La ironía es que esas mismas damas que se ocultaban para no escandalizar, se untaban luego con cremas blancas de plomo que te dejaban la cara como un plato de loza. Pero el sol seguía siendo un enemigo, un agente del caos, un proletario de los cielos. Hasta que llegó Coco Chanel en los años veinte del siglo XX y, después de quedarse accidentalmente bronceada en la Riviera Francesa, hizo del moreno algo chic. De pronto, estar tostado era sinónimo de riqueza: si podías permitirte estar al aire libre sin trabajar, eras de los buenos. Adiós a las sombrillas victorianas, hola a los biquinis y los complejos de clase disfrazados de bronceador con escarcha.
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¡Me he reído mucho! En los años setenta, ochenta, e incluso en los noventa, me pasaba horas tumbado en la arena para conseguir ser el más bronceado de los contornos. Además, podía lucir mi apolínea figura, músculos de acero, piernas de escándalo, con unos gemelos de concurso que eran envidiados no solo por los panolis de la playa, sino por un campeón de España de culturismo que iba al mismo gimnasio que yo.
En cambio ahora, hace más de cinco años que no piso una playa ni por error. Me parece mentira que pudiera aguantar a esas turbas que la invaden, esa arena, el solazo (lo tomo en mi terraza en pelotas y con duchas intermitentes).
Quizá haya influido en ello el que ya no soy joven, mis legendarias piernas tienen varices y la piel que las recubre parece tener más similitudes con la de un elefante que con la mía, antaño tersa y brillante.
Lo cierto es que ni siquiera añoro la jodida playa. Se nota que voy de cabeza al hoyo.
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Genial comentario, Atanasio.
Me he reído mucho!
Pues a mí me pone de buen humor, como este artículo de Eduardo.