
Marcus du Sautoy es mi divulgador favorito. Desde que leí La música de los números primos me hago con sus libros en cuanto me aparecen como novedades editoriales. Con él visualicé un teseracto, descubrí al «monstruo» de Conway y entendí que la inteligencia artificial puede ser creativa antes de que se popularizaran los grandes modelos de lenguaje. Le debo unas cuantas horas de lectura y esa satisfacción de comprender algo que parecía reservado a personas con una cabeza distinta de la mía.
En Programados para crear, publicado en español en 2020, ya estaban algunas de las preguntas que ahora discutimos alrededor de una imagen generada o de un texto escrito por una máquina. ¿Cuánto hay de combinación en lo que llamamos originalidad? ¿Qué reconocemos como creación cuando desconocemos quién firma una obra? Du Sautoy llevaba esas cuestiones a las matemáticas, la música y la pintura, terrenos donde nuestra seguridad sobre lo exclusivamente humano empezaba a encontrar dificultades. Haberlo leído ayuda a escuchar ciertos debates actuales con algo de perspectiva.
Du Sautoy es uno de los ponentes del programa de Passion for Knowledge (P4K), el festival que organiza el Donostia International Physics Center y que celebra su sexta edición desde hoy hasta el 3 de octubre en San Sebastián y Bilbao. El miércoles hablará sobre cómo las matemáticas dan forma a la creatividad, algo muy conectado con la ponencia que dará el jueves uno de los grandes científicos patrios —y brillante autor en Jot Down— Juan José Gómez Cadenas que lleva el sugerente título de «¿Para qué sirven los unicornios?».
Junto a ellos, las conferencias plenarias contarán con científicos como Jean-Marie Lehn, Nobel de Química y pionero de la química supramolecular, conversando con Pedro Miguel Etxenike sobre su vida científica y los valores de la Ilustración. Juan Ignacio Cirac abordará las tecnologías cuánticas y Eva Nogales, cómo la investigación básica transforma la práctica médica. El interés de reunir estas trayectorias está en poder preguntar por el recorrido entre una idea y un resultado. En las noticias solemos encontrarnos el descubrimiento terminado, despojado de los años durante los que apenas había razones para anunciar nada.
Cuesta detenerse en un solo nombre. También disertarán Anne L’Huillier que ha contribuido a desarrollar los pulsos de luz que permiten estudiar el movimiento de los electrones en escalas de attosegundos, Brian Schmidt que participó en el descubrimiento de la expansión acelerada del universo y Wolfgang Ketterle que investiga la materia a temperaturas próximas al cero absoluto, donde los átomos pueden compartir un mismo estado cuántico. Los tres recibieron el Nobel de Física por trabajos que ampliaron lo que podemos observar y entender. Escucharlos juntos exige cambiar varias veces de escala y abandonar unas cuantas intuiciones.
Pocas veces, en nuestro país, hay un evento de divulgación con tantos investigadores que hayan cambiado nuestra manera de entender el mundo y a los que podamos escuchar gratuitamente en un teatro. Pedro Etxenike lleva años defendiendo que «la ciencia es cultura», y encuentros como este permiten tomarse la frase al pie de la letra. Quien haya disfrutado leyendo Simetría o El ecologista nuclear sabe hasta que punto un ensayo científico puede engancharte al mismo nivel que una gran novela.
La presencia de Siri Hustvedt me parece especialmente acertada. Su escritura se mueve entre literatura, filosofía, psicología y neurociencia, y su intervención tratará sobre ciencia y ficción en la era de la información. Compartirá festival con Sandra Díaz, una de las grandes investigadoras de la biodiversidad. En una misma semana caben preguntas sobre cómo construimos un relato y sobre cómo funcionan las comunidades vegetales. Me gusta que el programa confíe en que una persona pueda interesarse por ambas sin tener que justificar el cambio de asiento.
El festival incluye encuentros de investigadores con estudiantes, actividades infantiles, sesiones de Naukas y bertsolarismo. Esta programación paralela a las grandes conferencias es fundamental porque la curiosidad tiene edades, idiomas y costumbres diferentes. También habrá una jornada sobre salud mental y desigualdades en la investigación. Conocer las condiciones en las que trabajan los científicos ayuda a mirar sus carreras con menos ingenuidad, especialmente cuando se presentan rodeadas de medallas.
La entrada gratuita y la interpretación facilitan un encuentro que, para muchos asistentes, habría sido improbable en otro contexto. Una familia puede acercarse por primera vez sin calcular si la curiosidad compensará el precio de entrada. Me interesaría saber qué preguntarán los estudiantes a quienes han dedicado décadas a un problema. Quizá alguno quiera conocer sus descubrimientos; otro, cómo soportaron la frustración o cuándo pensaron en abandonar. Esas respuestas también pertenecen a la historia de la ciencia.





