
El irrintzi es un grito agudo, largo y de un solo aliento que sube en espiral, se sostiene hasta donde aguantan los pulmones y se quiebra al final en algo parecido a una carcajada o a un relincho, que es lo que la palabra significa en euskera. Lo emite una sola persona y lo recibe un colectivo, de modo que quien lo oye en una plaza responde, y en la respuesta está la mitad de su sentido. Sirvió durante siglos para hablar de ladera a ladera cuando no había otro telégrafo que el eco, se le ha atribuido también una función de intimidación antes de las batallas, y el 11 de noviembre de 1918, al conocerse el armisticio, un vecino de Itsasu lo soltó en plena calle Víctor Hugo de Bayona ante el sobresalto de los presentes. Hoy suena en las fiestas, en los funerales y en los concursos de irrintzilaris, donde se puntúa la longitud, la altura y la limpieza del quiebro, y quien lo oye por primera vez sin aviso suele mirar alrededor buscando al animal. Joseph-Augustin Chaho, el romántico suletino, reunió en 1845 diecinueve nombres de gritos vascos, con palabra propia para el júbilo, para la alegría y para la risa, y el irrintzi es el que todo el mundo reconoce.
Con ese grito, el viernes 9 de octubre a las seis y media de la tarde, en el vestíbulo de Baluarte y sin necesidad de entrada, el Grupo Iaiaiai participará en la noche más densa del itinerario «Las voces que fuimos» de los Encuentros de Pamplona. «Una nueva mirada al irrintzi» lo trabaja como sonido, cuerpo y espacio y se pregunta sin nostalgia para qué sirve un grito ancestral en una ciudad con cobertura: si es herramienta de comunicación, símbolo de identidad, conexión con los antepasados o material creativo, y si puede ser todo eso a la vez sin volverse postal. La pregunta es la del itinerario entero. El texto que lo presenta traza una parábola inquietante: la voz como lugar arcano de encuentro y de convocatoria, la phoné de los griegos que adquiere sentido en la polis, y su absorción paulatina por la organización social y política hasta verse reducida y suplantada «por los artificios que nos hablan mecánicamente a través de la Inteligencia Artificial». Contra esa trayectoria, el programa opone ocho propuestas entre el 3 y el 11 de octubre en las que la voz se oye siempre en directo y casi siempre a pocos metros.
Abre la francesa Isabelle Duthoit el sábado 3 a las nueve de la noche, en la Sala de Armas de la Ciudadela, con Sauvage sentimental. Duthoit se formó como clarinetista en el Conservatorio Superior de Lyon, sigue tocando el clarinete en la escena de la improvisación europea y desarrolló en paralelo una investigación vocal que se ha convertido en su seña: una voz gutural, ronca, capaz de pasar del susurro al estertor sin transición, que ella misma describe como un lenguaje anterior al lenguaje. El programa la presenta como una sacerdotisa anacrónica de la que brota un canto impregnado de animalidad y arcaísmo, una glosolalia, un hablar en lenguas sin dioses a los que dirigirse. En 2008 pasó una residencia en la Villa Kujoyama de Kioto trabajando con cantores de nō y bunraku, y algo de esa gramática de gritos codificados, donde el sonido precede a la palabra y la sustituye, se ha quedado en su cuerpo. El lunes 5, a las ocho y media, vuelve a actuar, esta vez en el vestíbulo de Baluarte y con entrada libre, para improvisar con dos artistas de casa: Ainara LeGardón, bilbaína, que lleva desde 1991 recorriendo el camino que va del rock de guitarras a la instalación sonora y al archivo fonográfico de la propia memoria, y Xabier Erkizia, de Lesaka, que fue coordinador del Audiolab de Arteleku y codirector del festival Ertz.
El miércoles 7 la voz pasa por el cuerpo antes de pasar por el intelecto. A las once de la mañana, en la Sala Bulevar, la soprano pamplonesa Raquel Andueza, que ha dedicado su carrera al barroco español e italiano al frente de La Galanía, imparte el taller «La voz como territorio», donde la voz se entiende como respiración, memoria, emoción y cuerpo antes que como fenómeno sonoro. A las cinco de la tarde, en la Sala de Cámara, el belga Björn Schmelzer pronuncia «La voz del pasado: entre el ectoplasma y el fetiche», con Ramón Andrés, el poeta y ensayista pamplonés que escribió El oyente infinito, como interlocutor. Schmelzer es antropólogo y musicólogo antes que director, fundó Graindelavoix en Amberes en 1999 y lleva un cuarto de siglo impugnando el ideal de homogeneidad y pureza vocal con que los conjuntos de tradición inglesa han interpretado la polifonía, sin pretender por ello haber reconstruido el sonido original del Renacimiento, que él mismo considera una fantasía: lo suyo es una lectura contemporánea y crítica del repertorio, con las asperezas, los portamentos y los ornamentos que hoy asociamos al flamenco, al canto corso o a la música árabe. Su conferencia parte de una intuición vertiginosa, la de que en la música vocal del pasado la voz parece estar y no estar, vagando en un reino intermedio entre el todavía no y el ya se ha ido, y pregunta si toda voz no estará estructuralmente perdida, desconectada del cuerpo que la produjo, y si eso no señala un exceso inquietante.
El viernes 9, después del irrintzi, a las siete, arranca desde el vestíbulo de Baluarte «El eco y la sombra», un paseo sonoro hasta la catedral conducido por Erkizia y por Beñat Achiary, que a sus setenta y nueve años sigue siendo una de las voces más libres que ha dado Euskal Herria. Achiary nació en Saint-Palais, en la Baja Navarra, en 1947, cantó los cantos tradicionales suletinos y bajonavarros hasta que el jazz libre le abrió otra puerta, improvisó durante décadas con el saxofonista Michel Doneda y con el violinista Alexander Bălănescu y dirige desde hace años el Errobiko Festibala en Itsasu, donde ha cantado en cuevas, en bosques y en la orilla del Nive porque sostiene que la voz necesita un lugar que le devuelva el eco. La pregunta del paseo es suya y de Erkizia: «¿Es el lugar el que hace la voz, o la voz la que hace lugar?». Quien no pueda el viernes tiene una segunda salida el domingo 11 a las doce y media desde la propia catedral.
El viernes 9, a las ocho y media, Graindelavoix canta en la iglesia de San Saturnino Ex nihilo, un programa de polifonía del siglo XVI que Schmelzer presenta como una suerte de ciencia ficción adelantada a su tiempo, música capaz de representar sonoramente procesos teológicos paradójicos como la Encarnación. El eje es el motete Praeter rerum seriem de Josquin Desprez, «fuera del orden de las cosas», seis voces que giran alrededor de un cantus firmus como planetas alrededor de un sol que no se ve, y el concierto cierra con dos composiciones sobre Vox in Rama, la voz que se oye en Ramá, Raquel llorando a sus hijos muertos y negándose a ser consolada. Oír a Graindelavoix en una iglesia divide al público entre conmovidos y escandalizados, y ambos tienen razón: sus voces no se funden en el acorde limpio que espera el oído educado en la tradición inglesa, sino que rozan, tiemblan y se buscan como si la polifonía fuera una conversación entre personas y no una arquitectura. Es la demostración práctica de la conferencia de dos días antes.
Cierra el itinerario, el domingo 11 a las nueve de la noche en el Gayarre, la voz que viene de más lejos. Alim Qasimov nació en 1957 en una aldea del distrito de Shamakhi, en el Azerbaiyán soviético, y es el gran intérprete vivo del mugham, el arte clásico azerí que combina un sistema modal de una complejidad comparable a la del raga indio con una improvisación vocal que puede durar una hora y que la Unesco proclamó obra maestra del patrimonio oral de la humanidad en 2003. Ganó el Premio Internacional de Música de la Unesco en 1999, ha cantado con el Kronos Quartet y con el proyecto Silk Road de Yo-Yo Ma y Björk lo llamó su cantante vivo favorito. Actúa con su hija Fargana Qasimova, que ha heredado el oficio y lo ha extendido a las canciones de los ashiks, los bardos itinerantes del Cáucaso, y con un cuarteto de tar, kamancha, viento y percusión. Lo que se oye en un concierto de Qasimov es exactamente lo contrario de la voz sintética con que el itinerario amenaza en su último párrafo: un hombre de casi setenta años que cierra los ojos, se lleva la mano a la oreja para oírse mejor y decide, en ese instante y no antes, hacia dónde va la melodía.





