Ciencias

Casi mi mejor becario

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Imagen promocional de la serie Matabot, 2025

Hice mi tesis doctoral con una beca de las que se llamaban FPI (Formación de Personal Investigador) en los años 80 del siglo pasado. Mi primer sueldo fueron 60 000 pesetas, y yo me sentía el hombre más rico de Madrid. Lo que es la ignorancia, claro está. Tras una carrera bastante rápida acabé siendo catedrático con solo 33 años y convirtiéndome en lo que entonces se llamaba un «jefe», el investigador principal. En este tiempo, he dirigido unas 50 tesis doctorales con sus correspondientes estudiantes y becarios, y a varias decenas de investigadores postdoctorales. Sin ninguna duda, mi propia carrera científica y los resultados obtenidos se deben en gran parte a la ayuda y la contribución de todas estas personas, los que siempre hemos llamado becarios, aunque desde hace tiempo son en realidad contratados.

Les cuento esta historia personal para explicar a los ajenos al campo lo que ha sido un aspecto fundamental de la actividad científica, al menos en las áreas científico-tecnológicas. Como he dicho, yo también empecé de becario y todavía ahora me siento en deuda y agradecido con los que fueron mis mentores. El sistema funcionaba, y a propósito hablo en tiempo pasado, de la siguiente manera. Un joven, normalmente brillante y entusiasta, llegaba al laboratorio para hacer la tesis doctoral. Tenía ilusión, pero una muy vaga idea de lo que era la ciencia y la investigación. Se le adjudicaba un tema y se integraba en la maquinaria del laboratorio. En nuestro caso, las tesis podían tener una orientación bien más teórica, de cálculo o simulación, o experimental en el laboratorio. A veces eran una mezcla. Se orientaba al becario en la dirección que parecía más adecuada a sus intereses y aptitudes, por supuesto no siempre con acierto. El contrato no escrito entre el becario y su director era claro. El director aseguraba, si todo iba bien, el éxito de la tesis proponiendo temas viables y supervisando todo el proceso. De hecho, puedo contar con los dedos de una mano los casos en los que por diferentes motivos no se llegó a terminar la tesis. La intervención y guía del director podía ser mayor o menor, dependiendo de la persona y también del momento. Normalmente, los directores jóvenes suelen estar más encima que los mayores, ocupados con diversas cosas. Por la parte del becario, ofrecía trabajo a espuertas y, en muchos casos, inteligencia y diligencia. Durante los años de la tesis se enfrentaba a diversas situaciones y empezaba a aprender el oficio. Los directores suelen ser generosos en las enseñanzas que imparten, desde cómo dar charlas y hablar en público, escribir artículos, analizar los datos, hasta el santo grial, cómo plantearse los problemas y proponer experimentos. La transmisión de todos estos saberes, en bastantes casos intangibles, se producía por el contacto del trabajo diario y por la prueba y el error. Sin olvidar quizás el proceso más importante, que es la emulación, lo mismo que hacen los niños con los padres, ese mecanismo de absorber el ejemplo.

Para el investigador jefe los becarios eran a su vez fundamentales para poder avanzar el trabajo y permitirse el lujo de explorar nuevos temas. Lo normal era que asuntos interesantes que estaban en la recámara solo se pusieran en marcha con la llegada de nuevos becarios. Tener becas para ofrecer ha sido el mayor lujo de los laboratorios. Y el tirón de un grupo se medía contando el número de estudiantes de doctorado y postdoc que se juntaban en un momento dado.

Los becarios realizaban muchas tareas: toma y análisis de datos, montar sistemas experimentales, hacer programas y simulaciones, escribir borradores de artículos, preparar figuras, etc. La calidad y rapidez con que las diversas demandas del jefe se completaban daban la medida de los becarios, catalogados como excepcionales, buenos o normalitos. Por supuesto, hoy, ya a finales del año 26, todo esto sigue siendo, más o menos, así.

Digo a propósito, más o menos, porque este contexto de entrenamiento y trabajo hacia el aprendizaje está ahora cada vez más cuestionado. Y en mi opinión, entraña graves riesgos, pues este ha sido el procedimiento que ha garantizado siglos de continuidad en la ciencia, como una cadena de renovación generacional.

Ya imaginan ustedes que la entrada de los chatbots de inteligencia artificial, como un elefante en una cacharrería, en los laboratorios ha puesto todo patas arriba. El nuevo «súper-becario» lee rapidísimo, escribe un inglés bastante bueno, programa bien y, además, no me tiene semanas esperando las respuestas. Está disponible cuando se me ocurre una pregunta y, para colmo, casi siempre le gustan mis ideas. En esto último, habrán notado cierta ironía.

Si semejante portento fuera un joven que acabara de llegar al laboratorio, pensaría que había tenido mucha suerte. Y podría llegar a convertirse en casi mi mejor becario, e incluso sustituir a otros. Pero antes de seguir por ese escarpado camino, permítame completar la situación actual. Los becarios han encontrado en estos sistemas sus ayudantes perfectos, a menudo añadiendo simplemente una capa más. El «jefe» podría haber hecho la pregunta directamente, sin necesidad del intermediario.

Sé cuánto puede transformar un laboratorio la llegada de una persona especialmente brillante. Como les he dicho, o al menos insinuado, el éxito de mi laboratorio ha sido tener muchas personas excelentes. También sé que el sistema combina formación y producción de una manera que pocas veces se examina con tranquilidad. La tesis debe servir a la formación del estudiante, pero el proyecto tiene plazos, hacen falta resultados y la rueda del laboratorio tiene que seguir rodando. Las dos cosas suelen avanzar juntas, pero lo cierto es que raras veces se contemplan en conjunto. Y la vorágine del día a día se impone.

La situación es que ahora, casi de pronto, tenemos otras herramientas que realizan parte de las tareas que antes encargábamos a esos jóvenes. Claro que se tiene que revisar lo que hacen estas máquinas, pero también había que revisar el primer programa, la primera presentación y el primer artículo de un estudiante. Pero justamente en ese proceso de hacer y corregir, se encontraba el aprendizaje hasta que llegaba el momento en el que ya te fiabas lo suficiente.

El peligro para el sistema científico en su conjunto aparece con la idea de que uno mismo puede encargar las cosas, no a los becarios, sino a estos nuevos ayudantes. Hacerlo una vez no importa. Repetida cada día, puede vaciar de contenido la formación de quienes están empezando. El estudiante recibe un programa que ya funciona, un análisis bien estructurado, un artículo desmenuzado y una introducción casi terminada. Pero aprender solía incluir una cantidad considerable de trabajo mal hecho. Escribir un mal programa y un texto horroroso parecían pasos necesarios. Leer artículos que al principio parecen intratables, confundir una limitación experimental con una propiedad del fenómeno en estudio. Defender una explicación y abandonarla cuando los datos llevan la contraria.

Les confieso que esta situación me resulta preocupante, y no es por mí, claro está. Es verdad que da gusto recibir borradores de artículos que ya están muy bien escritos y requieren pocas correcciones, pero con la sospecha sobre quién los ha preparado. Quizá simplemente tengamos que cambiar los encargos y enseñar a discutir las decisiones, pero ¿qué fracción del trabajo del becario está desapareciendo? También tendremos que revisar nuestro comportamiento como directores. Un asistente que nunca se cansa de escucharnos y rara vez cuestiona la premisa puede resultar peligrosamente agradable. Un buen estudiante termina encontrando fallos en nuestras ideas. A veces tarda, incluso puede llegar a molestar. Pero es esa incomodidad lo que da valor a tenerlo cerca.

Hay, además, otra pregunta que conviene hacerse. Si un investigador puede producir más con menos jóvenes, ¿contratará a menos? Y si desaparecen las oportunidades de iniciación, ¿de dónde saldrán los investigadores experimentados capaces de dirigir el trabajo dentro de veinte años? La eficiencia de un laboratorio y la continuidad de una comunidad científica no tienen las mismas escalas temporales. Mi nuevo becario puede hacer una parte creciente del trabajo. Pero la responsabilidad de formar a quienes vienen detrás debería seguir siendo nuestra. Por eso, de momento, mantengo el «casi» en el título.

 

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