La historia demuestra con frecuencia que ni la tumba garantiza la paz ni el cadáver queda fuera del radio de acción de la política cuando todavía sirve para ajustar cuentas, deshacer legitimidades o escarmentar a los partidarios del difunto.
La historia demuestra con frecuencia que ni la tumba garantiza la paz ni el cadáver queda fuera del radio de acción de la política cuando todavía sirve para ajustar cuentas, deshacer legitimidades o escarmentar a los partidarios del difunto.