Adoro los prólogos, aunque los aborrezco

Un prólogo se medita lentamente, en silencio, tal vez con las piernas cruzadas, y fumando o sin fumar, y cuando por fin se escribe, se va pesando cada palabra en una báscula, en busca de la concisión. Al concluir, te apresuras a la papelera, incluso al cuarto de baño, y lo tiras sin inmutarte. Así varias veces, o muchas, hasta […]