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Adoro los prólogos, aunque los aborrezco

Debby CC
Fotografía: Debby (CC).

Un prólogo se medita lentamente, en silencio, tal vez con las piernas cruzadas, y fumando o sin fumar, y cuando por fin se escribe, se va pesando cada palabra en una báscula, en busca de la concisión. Al concluir, te apresuras a la papelera, incluso al cuarto de baño, y lo tiras sin inmutarte. Así varias veces, o muchas, hasta que un mañana aprendes que, en realidad, nunca hay que escribir prólogos. Esta certeza la derivé por casualidad de la receta del gazpacho que sigue siempre Fernando Arrabal. El dramaturgo sostiene que este simpático plato se condimenta con sal, pimienta, perejil y tomate, y luego se arroja por el váter. Los prólogos son aborrecibles. Ralentizan, te agarran por el brazo, te disuaden no pocas veces del resto del libro. En términos literarios, un prólogo implica un secuestro —efímero, con un poco de suerte— al que es sometido el lector en el minuto culminante y sagrado de abrir una obra.

Me encantan los prólogos. Escribiría un libro formado solo por el prólogo. Para qué demorarse hasta que transcurran doscientas páginas. Un prefacio en ocasiones es ya demasiado. Søren Kierkegaard ensayó algo así hace doscientos años. Escrito bajo el seudónimo Nicolaus Notabene, Prólogos es un libro que incluye ocho prólogos, precedidos de un prólogo, que no tratan de nada, y que lo son de libros que no existen. No hay tema alguno en ellos. Notabene es un bromista, y maneja la idea de que «escribir un prólogo es como tocar a la puerta de una casa y luego echarse a correr», dice, de modo que cuando el lector abra no encuentre a nadie. «Un prólogo —añade— es un estado de ánimo. Escribir un prólogo es como afilar la hoz, como afinar la guitarra, como hablarle a un niño, como escupir por la ventana. Uno no sabe cómo ni cuándo las ganas se apoderan de uno, las ganas de escribir un prólogo, las ganas de estos leves sub noctem susurri».

Aborrezco los prólogos, eso es seguro. Yo nunca publicaría un libro que contuviese uno, aunque admito que por ahora ya he publicado dos. Sospecho que los prólogos invitan a la incongruencia. En la Fenomenología del espíritu, Hegel señala que «en una obra filosófica, no solo resulta superfluo, sino que es, incluso, en razón a la naturaleza misma de la cosa, inadecuado y contraproducente el anteponer, a manera de prólogo y siguiendo la costumbre establecida, una explicación acerca de la finalidad que el autor se propone en ella». Lo curioso es que el filósofo alemán enfatiza la ociosidad de los prólogos, dentro de un prólogo.

Adoro los prólogos, para ser sincero. Cuando poseen el equilibrio perfecto, y son capaces de practicar un agujero por el que espiar el resto de la obra, casi no necesitas ir más allá. El prólogo ataja, te lleva en taxi del principio al final del libro, evitando el durante. En un segundo hace desfilar por delante de ti todo el libro sin necesidad de leerlo. Un buen prólogo te libera de las cadenas. Cuando acabas de leerlo has engordado dos quilos —estabas demasiado flaco— y oyes cómo el volumen apostilla: «Y ahora tómate la semana libre».

El prólogo extenúa. Imposible no resoplar al darse de narices con él. La misma palabra prólogo que cuelga sobre el contenido al estilo de bar o club, hace que te encojas en el sofá. Quizá las primeras veces consientas y leas, pues tu madre te enseñó modales. Y nadie ha dicho que la literatura sea fácil. Llega el día, sin embargo, que alcanzas algunas certezas, aunque sean robadas. Pocas, casi ninguna, aunque dos o tres sí, como no estar sobrio un mes seguido o no leer prólogos a la ligera. Rafael Alberti, conocido en una etapa de su vida por escribir textos a cuantos se lo pedían, alcanzó ese día en el que dijo basta. Mario Muchnik recuerda, de los años que residió en Roma, cómo al entrar en la casa de Alberti, en la calle Garibaldi, un gran cartel rezaba: «No se hacen prólogos».

Y sin embargo, un prefacio lo es todo, incluida una forma de belleza, así esté escrito por Kant, cuyos dos prólogos a la Crítica de la razón pura deslumbran por su textura arenosa, que se introduce en los ojos y te ciega perfecta, amablemente. Hay piezas maestras, con su fama bien ganada. Ahí están los prólogos de Jorge Luis Borges, que reunió en un solo volumen en 1975, y tituló Prólogos con un prólogo de prólogos. O los prólogos de Henry James, o los de Italo Calvino, o los de Joseph Conrad, que aceptó el encargo de escribir uno por cada novela con motivo de la publicación de sus obras completas en Inglaterra.

Si tuviese que ser sincero por segunda vez en un mismo artículo, diría que los prólogos me hacen bostezar. Los odio. Máxime si preceden a una gran novela, o si están escritos por el propio autor, o por uno estudioso del autor. No hay que tener miedo a saltárselos. Es más: sáltatelos. Al principio te preguntas, no sin congoja, si no te perderás algo crucial, o si alcanzarás a entender bien la obra. No suele pasar, pero si pasase, no pasaría nada, francamente. Cuando intentas entenderlo todo, a menudo no entiendes gran cosa. Si un día, de pronto, comprendiésemos toda la literatura, sería el fin de la literatura. Un prólogo abandonado, en todo caso, siempre estará ahí. Puedes volver un año de estos sobre él. Aunque tendrías que estar loco de remate.

Yo nunca me saltaría un prólogo, es lo que tengo que decir sobre los prólogos. Crees que no guardan nada relevante que contar, y de pronto se produce la magia, el clic definitivo, que te hace sentir que cuanto viene después es innecesario y fútil, como ocurría con Eduardo Mallea. «Tiene una notable capacidad para elegir buenos títulos», decía Borges de su compatriota. «Es una lástima que se obstine en añadirles libros». Aunque para que ocurriese todo esto, tendría que superar mi aversión a los prólogos y a los escritores absolutamente partidarios de los prólogos, hasta ese punto sin retorno en el que cargan el libro también con una introducción, y la dedicatoria, y los agradecimientos, y un par de páginas de citas, y tal vez un nuevo prólogo para la segunda edición, y ojalá no, pero a veces pasa, con un asqueroso epílogo.

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11 Comentarios

  1. Fascinante sentimiento antitético :)

    Algunos de ellos son simples juegos que utiliza el autor. Se me ocurre la carta que precede a «Los versos del capitán» a modo de prólogo, o el que utilizó García Márquez en «El amor y otros demonios» denominándolo «nota preliminar» y que no es más que otro de los recurrentes elementos mágicos que aparecen en la novela. Estos por citar algunos de los muchos ejemplos de prólogos «curiosos».

    Saludos

  2. Normalmente aborrezco los prólogos, pero hay algunos que son una delicia. Recuerdo uno de Antonio Muñoz Molina a un ensayo sobre el advenimiento de Hitler, «A treinta días del poder» de Henry Ashby Turner, que es muy bueno.
    Pero el mejor que he leído, una pequeña obra maestra, es un prólogo de Flannery O’Connor que hizo a un libro pío que escribieron unas monjas de un hospicio sobre la vida y muerte una niña deforme. Es muy literario, con una referencia circular a Nathaniel Hawthorne sorprendente. Creo que se llama “Introducción a En Memoria de Mary Ann”. Una auténtica joya.

  3. Uno de los ¿géneros? más fascinantes de toda la literatura, y a la vez uno de los más pesados. Quién mandaría a los escritores desgranar los secretos de su obra (y eso si el prólogo es bueno), cuestionando así el poder interpretativo del lector. Pero qué sería de los que estudiamos literatura sin estos prólogos, en los que encontramos respuestas que de otra forma quedarían vacías, o incluso comprobar qué calla el autor, o dónde miente e intenta crear una forma falsa de leer su obra.
    Felicidades por el artículo: yo también los amo y procuro leerlos siempre, pero del mismo modo los odio.

  4. Juan Tallón ha escrito un odioso prólogo para los fabulosos comentarios de este artículo. Puede que al revés.

  5. El Prefacio de las Lyrical Ballads, de Wordsworth, merece un estudio pormenorizado; es la base de la poesia romantica inglesa.

  6. Siempre recuerdo el prólogo que le hizo Pessoa al libro La confesión de Lucio, de su amigo Mario de Sá Carneiro. Delicioso prólogo y maravillosa novela.

  7. El prólogo de Winsbourg, Ohio de Sherwood Anderson, de los mejores que he leído

  8. Andrés Trapiello ha escrito prólogos maravillosos. Entre muchos otros tiene también ese don

  9. Hace tiempo que aprendí que los prólogos hay que leerlos después, porque, leídos antes, pueden entorpecer la comprensión directa del libro. Y si éste no ha interesado, te ahorras la lectura del prólogo.

    • Pero hay prólogos fascinantes a libros infumables. Si seguimos su consejo no los descubrimos, y el prólogo siempre da menos pereza.

  10. Pingback: Elementos que añadir al manuscrito - techleo

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