Javier Pérez de Albéniz: El devorador de hombres de Baitadi
Si los periódicos españoles tuvieran algo de pulso, si les importasen de verdad sus lectores y tratasen de hipnotizarlos con historias fantásticas, si no fueran cadáveres ambulantes… habrían enviado a algún reportero a Baitadi, un distrito del oeste de Nepal, justo en la frontera con India, con apenas 235.000 habitantes repartidos en 62 poblados. El periodista en cuestión tendría una misión de altura: contar las peripecias de un leopardo que en esa región ha matado y devorado, en el último año y medio, a quince personas. La última, hace solo unos días, un niño de cuatro años cuya cabeza fue encontrada aproximadamente a un kilómetro de la casa donde desapareció.
El reportero aterrizaría en Kathmandú y viajaría en autobús hasta Baitadi. Recorrería las pequeñas poblaciones rurales siguiendo el rastro del leopardo, seguramente acompañado por un guía local que le descubriría los secretos de la naturaleza de la región. Se detendría en los lugares donde el leopardo mató y devoró a cinco mujeres y diez niños, localizaría los escondites desde donde el animal acechó a sus presas, y se estremecería al ver los restos de las carnicerías. Hablaría con las familias de las víctimas, pequeños agricultores y ganaderos que sobreviven cultivando huertos y cuidando de diminutos rebaños de vacas y cabras. Entrevistaría a Kamal Prasad Kharel, jefe de la policía local. Y se reuniría con el administrador del distrito, quien ha puesto precio a la cabeza del leopardo ofreciendo una recompensa de 25.000 rupias, poco más de 250 euros. De todo ello informaría a los lectores de su periódico, que seguirían las andanzas del devorador como hacían, allá por 1871, los lectores del New York Herald con las correrías de Henry Morton Stanley en busca del doctor Livingston.
Los lectores necesitan grandes historias, y los periódicos tienen la obligación de ofrecérselas. Cuando escribo estas líneas, el diario El País celebra haber sobrevivido a tres días de huelga y despedido a 129 trabajadores abriendo su web con “La glamurización de Sergio Ramos”, un texto de Boris Izaguirre largo e insoportable en el que cuenta cómo el defensa del Real Madrid “ha pasado de chico de barrio a actualizar el legado estilístico de Beckham”. “Todo chutó con un cambio de corte de pelo”, escribe el Izaguirre que enseñaba los calzoncillos en Crónicas marcianas.
Si los periódicos españoles tuvieran algo de nervio, si de verdad trabajasen para sus lectores, si no fueran muertos vivientes, darían una patada en el culo a todos sus Izaguirres y enviarían un reportero a Baitadi, el lugar donde vive el leopardo que se ha unido a la larga lista de grandes gatos devoradores de hombres que, durante décadas, han asolado las selvas de India y Nepal. Tigres y leopardos que, por razones generalmente ajenas a su condición felina, han alterado sus preferencias gastronómicas y se han aficionado a la carne humana. El disparo de un furtivo que les ha roto una pata, las espinas de un puerco espín infectando una mandíbula, unos dientes quebrados en una pelea territorial, la debilidad provocada por la vejez… Causas que les impiden abastecerse con sus presas naturales, ciervos y jabalíes, y les invitan a depredar sobre el más débil y desamparado de los habitantes de los bosques: el hombre. La especie humana es demasiado abundante en tierra de tigres y leopardos, las proteínas a las que recurrir en caso de necesidad.
Alimentarse de humanos es tan cómodo que puede convertirse en un hábito. En los primeros años del siglo XX la tigresa de Champawat mató a 436 personas. Finalmente fue abatida por el coronel Corbett, un hombre que escribió libros memorables sobre la naturaleza de India y Nepal (El tigre del templo y El devorador de hombres de Rudraprayag, en editorial Caïrel). El leopardo de Gummalapur devoró a 42 personas en el suroeste de India antes de que Kenneth Anderson, el otro gran cazador-escritor de gatos antropófagos, le derribase con tres disparos de su Winchester 405 (La pantera negra de Sivanipalli, La llamada del tigre, Esto es la jungla, editorial Juventud). Corbett y Anderson son los dos grandes cazadores de devoradores de hombres, con permiso del teniente coronel John Henry Patterson, verdugo de la pareja de leones que acabó con la vida de más de 30 trabajadores que levantaban un puente sobre el río Tsavo, en Kenia. Sus libros son obras maestras de la aventura y la observación de la naturaleza, comparables a los mejores cuentos de Kipling, ejemplos grandiosos de vigor narrativo, de paciencia, de coraje, y por supuesto de buena puntería.
Nunca fue una lucha justa. Ni antes ni ahora. El leopardo de Baitadi, quizá convertido en un asesino por la necedad humana, acabará sus días en el cepo de un furtivo o tiroteado por un caza recompensas. Pero a diferencia de entonces, allí no habrá nadie para contarnos esa increíble aventura.






