Omertà

Fermín de la Calle: El nuevo Wilkinson es el viejo Jonny


jonny wilkinson

La falta de talento ha disparado el consumo de caviar. Es un dato. La mediocridad se ha apoderado de las autovías en forma de todoterrenos opulentos conducidos por señoras en chándal con gafas de Dior. Hoy resulta más jodido plantar un árbol que escribir un libro. Por eso, cualquier atisbo de brillantez se anuncia a bombo y platillo como la aparición de un genio. El sucesor de Michael Jordan, el nuevo Nick Hornby, los herederos de los Stones… Putos brotes verdes.

Sin embargo, el talento suele anidar en los mismos sitios de siempre. Entre otros, en la cabeza de John Peter Wilkinson. Han pasado años, diez concretamente, y no ha aparecido ni un triste apertura en toda Inglaterra, con sus diez millones de jugadores de rugby, que tenga su timing, su lectura de juego, su agresividad defensiva y, por supuesto, el swing de su pierna izquierda. O de su derecha, tanto da.

Muchos han discutido a Wilkinson su jerarquía en el rugby actual, pero el paso del tiempo refuerza la influencia del 10, uno de los elegidos. Como Sid Going, aquel medio melé de los All Blacks que reinventó el juego en los 70 trabajando junto a sus flankers en lugar de asociarse con su apertura. Wilkinson entendió hace casi tres lustros que el rugby actual se gestiona en la bisagra. Coordinando a la tercera línea y los centros como un ballet o un ejército, según lo exijan las circunstancias, y tomando la decisión que el partido necesita en cada momento.

Jonny se mudó del frío de Newcastle al calor de la Costa Azul francesa para enrolarse en el Toulon RC, un proyecto babélico de obscenas dimensiones donde chorrea el caviar. Allí Wilko se fijó una meta. Convertir a aquel grupo de prejubilados en un equipo y llevarlo a la final de la Heineken Cup. Se lo prometió a Mourad Boudjellal, un magnate del cómic en Francia que convirtió al Toulon en su capricho. Quiso el destino que Jonny se jugase el billete para la final ante unos viejos conocidos (los Sarries), en la que ha sido durante años su casa (Twickenham) y enfrentado al que ha sido oficialmente proclamado su sucesor (Owen Farrell).

Al descanso, Farrell sumaba tres patadas por cuatro de Wilko. Owen, hijo de un antiguo compañero de Jonny en la selección, es un centro reconvertido a apertura con un físico envidiable (1,88 y 96 kgs.) y una patada poderosa. Pero no tiene rugby en las manos ni juego en la cabeza. Quizás porque todo en su vida ha pasado demasiado rápido. Su padre, que tenía 17 años cuando Owen vino al mundo, llegó a formar pareja de centros con su hijo en la Premier, donde Owen debutó con 16 años. A los 20 ya había vestido la camiseta de la Rosa.

En la segunda parte ocurrió lo inevitable. Jonny se hizo con el mando del partido y movió a sus chicos con maestría. Toulon no peleó melés en campo rival porque prefirió defender las suyas con un pack ilustre con Sheridan, Bruno, Hayman, Botha, Kennedy, Rossouw, Lobbe, Masoe… Viejas luminarias con un denominador común, sus ansías de acallar las voces que los dan por acabados. En el descanso Wilko fue conciso: “del 6 al 10 juntos y 12-13 cerca”. Repartía órdenes, cantaba códigos, gritaba números y todos se movían al unísono. Desde el gigante Rossouw al Corcho Lobbe pasando por la Bestia Bastareud. Si la cosa pintaba mal siempre quedaba Giteau, el señor Lobo de Australia durante los últimos diez años.

Los Saracens eran incapaces de incomodar a Toulon, que fue descosiendo a la defensa inglesa metro a metro. Lesionado BarritAlan Gaffney, el técnico de los Saracens, decidió apostar por lo más parecido a Wilko que tenía en su banquillo, su viejo compañero de selección Charlie Hodgson. A Wilkinson se le escapó una sonrisa. Acababa de ganar la batalla. Los Sarries se rendían. Pretendían ganarle jugando a su juego. El colofón del partido, con el banquillo de los Saracens repleto de “cadáveres” devastados por el esfuerzo infernal, llegó, como no podía ser de otra forma, de la mano de Wilkinson. Jonny ordenó cargar una vez más, como en 2003 en Australia. Segundos después la pelota le llegó limpia, tensa. La dejó caer y la acarició con su bota izquierda desde 40 metros dibujando una parábola que pasó entre palos. Toulon estará en la final.

El drop acabó por sepultar a Owen Farrell, al que Wilkinson acudió a consolar al finalizar el partido con una tierna caricia. La imagen sentó como un puñetazo en el estómago a Warren Gatland, el hombre que dirigirá este verano la gira de los Lions. Mañana al mediodía se conocerá el nombre de los 36 hombres que defenderán el honor british en Australia. En la posición de 10 suenan tres nombres y ninguno es el del héroe de Toulon: el irlandés Jonny Sexton, el galés Dan Biggard y el inglés… Owen Farrell. A esas horas Jonny Wilkinson estará paseando a su perro por alguna playa de la Costa Azul.

Fermín de la Calle: ¡Bielsa, carajo! (II)


Pocos lo recuerdan ahora; Marcelo Bielsa, sin embargo, no lo olvida. Todo empezó mal, atravesado. En la tercera jornada, el Athletic aún no había ganado un partido y el run-run de los puristas de San Mamés era inquietante. Corría el minuto 12 cuando el Betis anotó su segundo gol por medio de Nacho. Amorebieta se giró al banquillo y vio a Bielsa desgañitarse. Llegó el descanso y el vestuario del Athletic se cerró a cal y canto. Todos esperaban una bronca monumental del Loco que, contra pronóstico, rebajó su habitual vehemencia y advirtió: “Bueno, chicos, seamos positivos. Peor no lo podemos hacer”. El Betis ganó aquel partido 2-3 y el Athletic llegó a la quinta jornada en puestos de descenso tras sumar dos puntos de 15 posibles. Los apocalípticos bielsistas copaban las tertulias y los páginas de los periódicos cuestionando la valía de Bielsa y su idoneidad para el banquillo del Athletic. Llegaba el derbi en Anoeta, partido que el presidente del Athletic, Josu Urrutia, tenía marcado en rojo en el calendario. Bielsa se medía a Phillipe Montanier, el llamado Guardiola francés. Aquel 2 de octubre comenzó bien para los rojiblancos. Fernando Llorente adelantó a los leones con una maniobra deliciosa en el área, pero a la hora del partido el Loco vio desfilar todo tipo de fantasmas cuando Íñigo Martínez batió a Gorka Iraizoz desde su propio campo. Con la Real crecida, Llorente, en lo que sería una constante durante toda la temporada, rescataba al Athletic con un remate a centro de Amorebieta. 1-2 final y respiro para Bielsa, que esperó a sus jugadores en el túnel de vestuarios y felicitó enérgicamente uno por uno a todos. El Athletic de Bielsa echaba a andar.

Marcelo se acercó a Markel Susaeta, que la pasada temporada solo había sido titular en 16 partidos, en muchos de los cuales tuvo que aguantar los pitos de San Mamés, y le dijo: “Oiga, Markel, usted tiene un problema. Yo creo en usted, pero usted no cree en usted. No se tiene fe. Y es una pena porque reúne aptitudes”. El rosarino trató de tocar la fibra al de Éibar. La maniobra había salido bien con De Marcos y obrado un milagro en Iturraspe, que pasó de mediocentro pusilánime a caudillo de la medular. Ahora le tocaba el turno a Susaeta. Bielsa se dio la vuelta y al pasar junto a Ander Herrera e Iturraspe les advirtió: “Carguen el juego por la derecha. Todas a Susa”. Hoy, meses después, Markel es el jugador de campo más utilizado de la plantilla, ha sido titular en más de 45 partidos, los ha jugado todos presentando cifras dobles en goles y asistencias. Aquella provocación de Bielsa logró el efecto pretendido. ‘Susa’ marcó los dos goles en la vuelta del derbi ante la Real y asistió en tres de los cuatro goles que el Athletic anotó en Alemania ante el Schalke en el histórico 3-4 de cuartos de la Europa League. Nadie pita ya al chico de Éibar en La Catedral.

El 8 de marzo descansa ya en la historia del Athletic como el día en que los Leones tomaron Old Trafford. Wayne Rooney adelantó al United en la única ocasión que concedió el Athletic en la primera mitad, pero Fernando Llorente situó las tablas en el marcador en el minuto 44, desatando el delirio en la grada. Con la testosterona por las nubes y la euforia desatada tras el gol del Rey León, Bielsa cerró la puerta del vestuario y pidió silencio. Un silencio sepulcral. “Tienen ustedes la oportunidad de hacer historia en uno de los campos más prestigiosos del fútbol mundial. Empatamos y queda el partido de vuelta, pero ustedes hoy no se juegan la eliminatoria, están en disposición de entrar en la historia del Athletic si son capaces de salir triunfantes de acá. Uno juega al fútbol para disputar este tipo de partidos en este tipo de campos”. El resto es historia. Muniain y De Marcos hicieron estéril el postrero gol de Rooney y al final, mientras ocho mil rojiblancos festejaban en las gradas de Old Trafford el triunfo, Bielsa se limitó a manifestar en sala de prensa: “Hay que felicitar a los chicos por su ambición, pero lo conseguido hoy sólo tendrá valor si lo rentabilizamos en Bilbao”. Algo que el Athletic logró emulando aquel histórico 5-3 logrado en 1957 por el Athletic ante el United de Ducan Edwards. Pero Bielsa ya pensaba en Raúl y su Schalke.

José Ángel Íribar, que había aprovechado en febrero el enfrentamiento ante el Lokomotiv para visitar la tumba de Yashin en Moscú, entró en el vestuario sin pedir permiso. Se topó con Bielsa, quien lo abrazó desembarazándose rápidamente de él, sonrió y cuando estaba achinando los ojos descubrió aquello. El Athletic había sufrido para eliminar al Sporting portugués y meterse en la final de la Europa League. Y la tensión, mezclada con la alegría hiceron brotar las lágrimas del mítico portero rojiblanco. Bielsa, como Javi Martínez, quedó impactado por aquel gesto: “A Iríbar siempre le consulto, siempre charlamos. Siento gran admiración por él, por lo que significa”. Las lágrimas del pasado 26 de abril poco tenían que ver con las que Iribar derramó en 1977, tras perder la final de la UEFA contra la Juventus, en aquel año grandioso y maléfico en el que el conjunto rojiblanco jugó dos finales, como ahora, y las perdió. Era la primera final europea. La primera derrota y cómo lloraba el Txopo. Meses antes, un central tosco pero intenso llamado Marcelo Bielsa obtuvo la medalla de bronce con la albiceleste en el Preolímpico de Recife, en Brasil. Su mayor logro como futbolista. Décadas después regresaría a la selección como Director Técnico. Bielsa se sentó en la sala de prensa de La Catedral en medio de la algarabía generalizada por el histórico logro, empuñó el micrófono y miró al tendido por encima de sus gafas: “Antes de entrar al campo, en lo que más acento pusimos fue en jerarquizar de manera proporcionada el defender y el atacar. Ese fue el eje de la mirada estratégica y táctica del partido. En el plano emocional, el contorno del partido eximía de demasiados aprontes, porque todos sabíamos lo que el partido representaba. Después del partido lo que hice fue agradecer, felicitar reconocer y destacar que todo esto es absolutamente merecido”. Pocos lo entendieron, como siempre; todos lo aplaudieron perplejos como nunca. El Athletic había hecho historia.

Hoy Bielsa inisistirá en lo que lleva meses tratando de inculcar en la cabezas de sus jugadores: “Siempre les digo a los muchachos que el fútbol es movimiento, desplazamiento. Hay que estar siempre corriendo. A cualquier jugador, y en cualquier circunstancia, le encuentro un motivo para estar corriendo. En el fútbol no existe circunstancia alguna para que un jugador esté parado en la cancha. Soy partidario de un fútbol más urgente y menos paciente porque soy ansioso, sin duda, y porque soy argentino, por supuesto”. Cuando Bielsa salte hoy al campo en Bucarest y se tope con Diego Simeone le saludará protocolariamente, dejando pendiente una charla entre dos tipos que se admiran, se respetan y se conocen desde hace mucho tiempo. Hablarán dentro de un mes, periodo marcado por ambos con la complicidad del ayudante del Cholo, Germán Mono Burgos, portero de la albiceleste en la era de Bielsa. En el Mundial de Corea y Japón, Argentina resultó eliminada en la primera fase tras un doloroso empate con Suecia. A la finalización del partido y antes de volar rumbo a Ezeiza, Bielsa reunió a todos en el hotel de concentración para agradecer el compromiso, pero se derrumbó y comenzó a llorar desconsoladamente. Burgos se levantó a consolarlo junto a otros compañeros. Bielsa siempre ha tratado de aislar sus sentimientos de su trabajo, evitar la implicación sentimental para no contaminar el trance fundamental de la toma de decisiones. Tres veces no ha podido evitar el afecto por unos colores. Por los albicelestes de Argentina, su país, su camiseta, su gente. Por los aurinegros de Newell’s, su equipo de toda la vida, con el que ganó su primera liga. Y por los rojiblancos del Athletic, un afecto que le ha llevado a plantearse muy seriamente aceptar la renovación ya que considera que ese afecto hacia el club de Ibaigane puede lastrar las decisiones estructurales y deportivas del futuro inmediato del club. Y esta noche en Bucarest Bielsa puede acabar parafraseándose a sí mismo subido a un aficionado anónimo, como aquella tarde en Caballito con la Lepra, entonando su histórico grito. Pero esta vez en lugar del “¡Newell’s, carajo!” será el ¡Athletic, carajo! En cualquier caso, ¡Bielsa, carajo!

 

Fermín de la Calle: Barry John que estás en los cielos


“¿Cómo se placa a un fantasma?” La pregunta tiene 50 años y aún hoy nadie ha sido capaz de responderla en el mundo del rugby. El autor de la misma, William Fergus McCormick, prestigioso zaguero neozelandés de la época, decidió colgar la botas y no volvió a vestir la camiseta de los All Blacks después de enfrentarse al galés Barry John. A John, que se retiró con 27 años tras ganarlo todo porque destestaba la fama, se le considera el mejor apertura de la historia pese a que sólo compitió a nivel internacional seis años. Durante la histórica gira de los British Lions en el 71 por Nueva Zelanda, los aficionados coincidieron a la salida de un partido con un grupo de religiosos anunciando la llegada de Dios a la Tierra. Un seguidor de Nueva Zelanda se acercó a ellos y les dijo resignado: “Dios ya ha venido. Juega con el 10 en los Lions“. Obviamente se refería Barry John, a quien compararon con George Best por su irreverencia y descomunal talento en el campo. Fuera de él era su antítesis.

La década comprendida entre los años 1969 y 1979 está considerada en rugby como la Década Roja, la del reinado del mejor equipo de rugby de la historia. Un equipo que vivió dos etapas dentro de esa era, una primera entre el 69 y el 72, y una segunda etapa entre 1975 y 1979. El cuantioso botín justifica lo grueso de la afirmación. Nueve títulos del V Naciones, tres de ellos impolutos, sin derrota, con Grand Slam (1971, 1976 y 1978). Y a eso se suman seis Triples Coronas. Como bisagra de ambos periodos, dos efemérides rugbísticas de primer nivel: la negativa a jugar en Irlanda por los conflictos del Ulster en el año 72 y el quíntuple empate en el torneo del 73. Al año siguiente Irlanda, tras 25 años de sequía, conquistó el título comandada por Mike Gibson, centro de una clase celestial al que alguien bautizó como “el galés de Belfast”. El resto de la década sólo conoció triunfos galeses, con la excepción en el 77 de la Francia más ruín de la historia liderada por Alain Paco. Una selección que sólo utilizó a 15 jugadores, ganando sus cuatro partidos con un único ensayo y el pateo de Michel Romeu. El anticristo de aquel Gales delicioso y orgíastico.

El punto de inflexión se produce el 11 de noviembre de 1967. El día en que dos hombres, Gareth Owen Edwards y Barry John, coinciden por primera vez como medios de Gales. Una efeméride tan celebrada como el día en que se conocieron Stan Laurel y Oliver Hardy o Fred Astaire y Ginger Roger. Gareth Edwards sumaba velocidad y audacia, Barry John, inteligencia y desparpajo. El mejor medio melé de la historia y el mejor medio apertura. Gareth siempre encontraba la puerta, vivía en el intervalo. 20 ensayos en 53 partidos, entre ellos alguna de las obras de arte más celebradas del planeta oval: el ensayo a Escocia del 72 o el de los Barbarians del 73. John era otro tipo de jugador. Flequillo beat, cintura mentirosa, tobillos de goma y patada telemétrica capaz de hacer botar la pelota en un moneda de seis peniques a 40 metros de distancia. “Revolotea como una libélula en medio de una guerra“, escribieron de él. Dice la tradición galesa que los delanteros se modelan en las entrañas de los valles mineros y entre los ejércitos de estibadores de los muelles, mientras que las primadonnas de los tres cuartos procedían de las aulas de Cardiff. Sin embargo, en este caso, no se cumplía la máxima. Edwards era hijo de un minero de Gwau-cae-Gurwen y John había nacido en Cefneithin, un minúsculo pueblo de menos de 1000 habitantes en el que también vino al mundo otro protagonista de esta historia, Carwyn James, el entrenador más influyente de la historia del rugby galés, aunque paradójicamente nunca entrenase a la selección. John decidió dejar el pueblo e hipotecó su plácida carrera de profesor de educación física, mudándose a Cardiff, donde compartió casa con varios jugadores de rugby, entre ellos su compañero en Llanelli y en la selección, Gerald Davies.

El 11 de noviembre de 1967 Edwards y John saltaron al campo para medirse a Nueva Zelanda, país fundamental en la vida deportiva de ambos. En aquel XV militaban jugadores legendarios como John Taylor, delantero inabarcable en lo físico que pasó a la historia en 1971 al dar un triunfo a Gales ante Escocia pateando a palos tras una caer lesionado Barry John. A medida que pasaban los partidos se fueron integrando otros nombres míticos como el de Mervyn Davies, Merv The Serve, tipo que redefinió el juego del 8, intachable en el trabajo sucio, imperial en la touch y animoso a la hora de sumarse a las coreografías ofensivas de sus tres cuartos. Pero si en alguna demarcación destacaba aquella Gales de seda era en su línea de tres cuartos. La coronaba el inconfundible JPR Williams, con sus enormes patillas. Zaguero de fiereza descomunal (llegó a jugar de flanker ante Australia) este médico de profesión fue campeón de Wimbledon en edad juvenil. Siempre se le recuerda un partido en el que se produjo una aparatosa brecha, tras la cual se acercó a la banda, donde su padre le aplicó 30 puntos, y JPR regresó al campo para completar el encuentro. En las alas actuaban Gerald Davies, en palabras del legendario Bill McLarenel mejor ala que vi jamás” y un sprinter que salió campeón en los Juegos de la Commonwealth, JJ Williams. Y como centro destacaba John Dawes, complemento perfecto para Barry John a la hora de construir juego y un hombre que tenía un sentido perfecto del timing en el pase, algo que hacía mejores a sus alas y a su zaguero. Dawes, capitán en la mítica gira de los Lions en el 71, llegó a ser seleccionador galés. Aquellos tipos ofrecieron partidos en los que el más tribal de los deportes alcanzó unas cotas de belleza insospechadas. Eran una suerte de ballet Bolshoi que tejió el mejor juego a la mano que se recuerda en un campo desafiando a adversarios obscenamente superiores en lo físico. La Sinfónica de Cardiff, la Filarmónica de Arms Park… Nunca el rugby alcanzó una consideración más aristocrática que con aquel Gales de principios de los 70.

El colofón fue la gira de los British Lions en el 71 por Nueva Zelanda, donde no habían ganado hasta la fecha. Aterrizaron liderados desde el banquillo por un galés, el inimitable Carwyn James (“en el rugby se ataca desde cualquier parte“), y desde el campo por otro, Barry John, autor de 30 de los 48 puntos con los que ganaron dos veces a los All Blacks por una derrota y un empate. Además, ocho de los 14 tres cuartos de los Lions eran galeses. La gira confirmó que John además de una mano magistral tenía un pie milimétrico. “Nunca fui considerado la primera opción como pateador en ninguno de los equipos en que jugué hasta que llegó aquella gira“. El primer partido terminó con victoria visitante gracias a dos patadas del Rey, sobrenombre que le pusieron los neozelandeses, y un ensayo de Ian McLaughlin, Los All Blacks hablaron de “exceso de confianza” y en el segundo arrasaron a los Lions (22-12). El tercero fue considerado como el partido más importante de la historia de Nueva Zelanda. Algo lógico teniendo en cuenta que no habían perdido una gira en 75 años en su campo y estaba en peligro el récord. Aquel día millones de británicos pudieron presenciar en sus televisiones la mayor exhibición de Barry John, y de cualquier jugador en un campo de rugby hasta ese momento. Un ensayo, dos conversiones y un drop le coronaron definitivamente como Rey del rugby. Dios había vuelto y vestía la camiseta número 10 de los Lions. El empate del último partido confirmó lo que todo el mundo sospechaba, Gales era la sensación del momento. Un drop de JPR Williams desde 45 metros evitó la derrota británica y ratificó el triunfo de los Lions por primera vez en una serie en Nueva Zelanda. El jogo bonito del rugby, el hwyl galés, regresaba triunfal de la tierra de la Nube Blanca.

Tal fue el impacto de la gira y del triunfo de Gales, que en una encuesta realizada por la BBC Barry John resultó ser la tercera personalidad más relevante del momento tras la princesa Ana de Inglaterra y George Best. John detestaba la fama. Jugó su último partido el 25 de marzo de 1972 en Cardiff ante una Francia en la que se entremezclaban precursores del rugby champagne como Jo Maso o Pierre Villepreux con iconos del rugby espartano como Alain El Asesino Esteve. El rugby comenzaba a desarrollar su perfil más físico con la profesionalización y el estajanovismo industrial de Béziers. En aquella tumultuosa edición del V Naciones Escocia y Gales se negaron a viajar a Irlanda por el aumento de la violencia en el Ulster que desembocó en los atentados del Bloody Sunday. Hasta entonces John acumulaba 35 puntos ante Inglaterra, Escocia y Francia. Después de ganar a Francia, en el que sería el último partido de Barry John, la Unión de Rugby de Gales comunicó su negativa a viajar a Irlanda. Un día, mientras paseaba por Cardiff, un niño se acercó a John y le hizo una reverencia. Aquel gesto le abrumó tanto que resultó definitivo para el introvertido apertura galés. Días después anunció que colgaba las botas ante la sorpresa general. “Salgo al campo a divertirme y hace tiempo que he dejado de hacerlo. El rugby galés debe salir de la pecera en la que vive aislado“. La persona que mejor lo conocía, su compañero en los medios de Gales, Gareth Edwards, le definió como “un tipo con una maravillosa mente que reduce los problemas a su forma más simple. Físicamente es perfecto para el trabajo de apertura porque tiene un tren inferior fuerte y firme, y es esbelto desde la cintura hasta los hombros“. Un Mozart incomprendido que sigue viviendo feliz en Cefneithin, donde no ve mucho rugby porque “puedo levantarme tranquilamente a preparar la cena y sé que en esos diez minutos no me habré perdido nada“. Padre de cuatro hijos y abuelo de nueve nietos, en 2009 Barry John vendió todas sus pertenencias de rugby, incluyendo sus caps como internacional galés. “No siento nostalgia de las cosas materiales. Me quedo con el honor de haber jugado con la camiseta de Gales“, sentenció entonces. La salida de Barry John puso fin a la etapa de seda de la Década Roja del rugby. Para escribir la segunda se incorporan nuevos actores como la legendaria ‘Primera de Pontypool’ con Graham Prince, Bobby Windsor y Charlie Faulkner, o el sustituto de John, el no menos genial Phil Bennet. Pero eso corresponde a otra futura entrega…

 

Fermín de la Calle: Liebling, probablemente el mejor reportero del mundo


Capote, Talese, Thompson, Breslin, Wolfe… El pretencioso Nuevo Periodismo, ese maridaje de periodismo y literatura en cuyo nombre tanto fantoche ha ensuciado el oficio, era un sucedáneo de lo que A. J. Liebling y Mitchell llevaban años haciendo. Solo en nombre del posmodernismo se han perpetrado tamañas fechorías. Pero antes de este pomposo bing bang periodístico, aquel orondo reportero ya había dado sopas con honda al bon vivant de Hemingway y mostrado el camino a seguir al nunca suficientemente ponderado Norman Mailer.

Nacido Abbot Joseph, Joe nunca se fió de nadie. Quizá por ser hijo de un pobre inmigrante judío llegado de Austria que hizo carrera como peletero. A Liebling nunca le convenció el pijerío de Darmouth, de donde fue expulsado por sus repetidas ausencias de la capilla, lugar que le producía una “profunda desafección”. La expulsión fue un pretexto perfecto para inscribirse en la Escuela de Periodismo de Columbia y enrolarse posteriormente como reportero en Rhode Island. Fue allí donde perpetró un plan infalible para que su ‘viejo’ le costeara un viaje a Europa con una jugosa línea de crédito. Anunció que se casaba con una mujer diez años mayor que él, noticia que disparó las alarmas en su casa y terminó por convencer definitivamente a su padre para poner tierra de por medio. Un curso de literatura medieval en la Sorbona fue la excusa oficial que le permitió disfrutar de un año de vino y rosas en París. Allí desarrolló una reverencial francofilia convenientemente regada con los mejores caldos de la tierra. A su vuelta hizo la maleta y se marchó a Nueva York a trabajar en diversas publicaciones. Liebling llegó a The New Yorker huyendo de Roy Howard —“Nueva York será ciudad de una sola cabecera en los 70”—, quien compró el World para fusionarlo con el Evening Telegram. Formó dupla con otra leyenda del reporterismo, Joseph Mitchell. Juntos retrataron como nadie las entrañas de la Gran Manzana. Mitchell se embelesaba con la cotidianidad intrascendente, mientras que a Liebling le sulibellaba la gente de mal vivir: estafadores de tres al cuarto, políticos corruptos, boxeadores anónimos, periodistas sobornados… Corrían los precarios años 30, marcados por el crack del 29, algo que no impedía a Liebling dejarse ver en las mesas del Red Devil y el Villa Nova, acodado en la barra del Bleeck’s and Costello o dándose un chapuzón en las playas de Rockaway.

Para él “la prensa era un circo con payasos malos, leones antisindicales y feriantes a punto de arder en llamas”. Muchas eran las firmas que glosaban los diarios: Irwin, Upton Sinclair, Walter Lippmann, George Seldes, Tom Goldstein, James Boylan, Ben Bagdikian, Kurtz, David Shaw… Pero Liebling, desengañado por la pleitesía servilista que muchos colegas rendían a sus editores, recelaba de la mayoría de ellos. Ese hastío le hizo desarrollar un particular estilo de escribir: ácido, irónico, crítico, punzante e inteligentemente divertido. Era capaz de atizar sin contemplaciones al político de moda y a su jefe, si las circunstancias lo exigían, en la misma columna. Joe, que se consideraba un liberal, afrontaba con mordacidad los problemas cotidianos de la época mientras el resto lo hacía de forma pusilánime, con escritos que parecían tratados políticos. Su orondo y corrosivo inconformismo convirtió en cruzada sus ataques a popes del sector como William Randolph Hearst, Robert R. McCormick o Roy Howard. Afirmaba llorar cada vez que cerraban un periódico, por muy sensacionalista que fuera. Satirizaba sus clichés y les caricaturizaba. En aquella batalla contra los oligarcas de la prensa parió algunas de sus celebradas citas como “la libertad de prensa está garantizada sólo para aquellos que poseen un periódico”, “la gente confunde lo que lee en los periódicos con las noticias” o “la función de la prensa en la sociedad es informar, pero su papel en la sociedad es hacer dinero”. Liebling se convirtió en lectura semanal obligada, en el azote de unos y otros, en el padre de la crítica periodística. Satanizaba el sensacionalismo del New York Post o la trivialidad de la Fox. Sensacionalistas y conservadores no encajaban sus críticas pese a contar en sus plantillas con reputados polemistas convenientemente adiestrados. Joe dejó para la posteridad una colección de 82 columnas escritas entre 1945 y 1963, en una sección que bautizó como Way ward Press. Presumía de ser un liberal en el sentido de tolerar las opiniones distintas y enemigo acérrimo de quienes no contemplaban opiniones diferentes. Entre sus blancos recurrentes estaban el ceremonioso Washington Post y el columnista del New York Journal-American, Westbrook Pegler, al que calificó como “un valiente defensor de las minorías —por ejemplo, esas que pagan altos impuestos por sus ingresos exponencialmente gigantescos”.

Su vida era tan tumultuosa como sus columnas. Se divorció dos veces y estuvo casado en tres ocasiones. Su primera esposa pasó gran parte de su vida en sanatorios mentales, la segunda se quedó con la mayor parte de su dinero y la tercera era una poetisa alcohólica, Jean Stafford, la única con la que fue “verdaderamente feliz”. La conoció en 1956, cuando sus excentricidades, fruto de su originalidad natural, ya habían remitido notablemente. Amigo del buen comer y del mejor beber, afición adquirida en su primera visita a París durante su etapa estudiantil, murió en 1965, con 59 años, a causa de problemas de corazón e insuficiencia renal tras una década sufriendo los efectos de la gota y otros males derivados de su desmedida pasión gastronómica.

Otras de las pasiones de Liebling fue el boxeo, como universo de antihéroes y perdedores, más que como el colosal deporte en el que se convertiría en los 70. El boxeo que Liebling retrata en The Sweet Science, el mejor libro de boxeo jamás escrito, es el de los años 50: bolsas pequeñas en juego, clubes locales y amateurs jugándose la vida para salir adelante. Sin televisión, en una atmósfera densa y sofocante a la que de vez en cuando se acercan caras conocidas como las de Joe Louis, Robinson, Archie Moore o Rocky Marciano. Gimnasios en los que Liebling compraba entradas de público en lugar de sentarse en el palco de prensa para evitar la impostura y prejuicios de sus colegas. Él presta tanta atención al público como a la pelea. Nunca fue un especialista ni lo pretendió. En 1951 acudió a un combate de Joe Louis en el Polo Grounds, en cuya crónica reveló sin sonrojo que “no había visto a Louis desde que nos dimos la mano en un pub de Londres en 1944”. Sin embargo, siempre creyó en el potencial de un deporte que retrató con admiración con su afilada pluma. No tuvo contacto con los grandes púgiles de los 70, apenas una pelea del emergente Cassius Clay. De ahí que los puristas del boxeo, como Mailer, renieguen de él. Aunque los grandes eran, son y seguirán siendo W.C. Heinz o Red Smith, Liebling es el más grande de los profanos, el más didáctico para quienes no han pisado un ring, para los que no se miran el ombligo. Y es mucho decir teniendo en cuenta que el 90% de los aficionados al boxeo no lee libros de ello.

Pero si hay algo memorable en Liebling son sus crónicas como corresponsal en la Segunda Guerra Mundial. Vivió en primera persona los primeros ataques y el aullar de las alarmas antiaéreas. Desde su modesto hotel relató la confusión inicial de la población francesa antes de escapar a Estados Unidos en una decisión que lamentó por perderse la Batalla de las Ardenas. Pero como buen periodista, le corría saber que en la otra punta del mundo se estaba librando una guerra de proporciones mundiales, por lo que decide regresar a Francia, desembarcando en Normandía el día D. Avanza hacia Bayeux y desde allí hacia su añorado París. Liebling se metió en la piel de los franceses, doblemente invadidos por los alemanes primero y por las fuerzas aliadas después. Su viaje hacia la capital se convierte en un viaje en el tiempo. Madrugó en su llegada a la capital a las fuerzas americanas y luego se infiltra en la 2 ª División Blindada francesa, viviendo en primera persona la liberación de París, donde coincide con reporteros como Joyce, Stein Fitzgerald o Ernest Hemingway. Pero mientras estos se dejan llevar por la histórica eufórica aliada, Liebling muestra el punto de vista de los parisinos, lo que le valió una condecoración del gobierno francés además de la amistad, y un puñado de borracheras con su amigo Albert Camus. Al final de sus libros se resiste a ofrecer una conclusión del conflicto porque “la guerra, a diferencia del drama, no tiene unidades clásicas. Es discursiva, centrífuga, repetitiva y desigual”.

Liebling fue un reportero al que le gustaba vivir bien, y comer mejor, sin despegarse de la realidad. Alguien que sostenía que “los ricos nunca aprenderán a comer porque no hacen concesiones. Si siempre puedo permitirme un buen Borgoña no sé cuánto me gusta un Beaujolais”. Alguien que sostenía que “para salir adelante es suficiente con tener en el bolsillo el dinero para los tres próximos días. Eso, y un poco de mundo”. Uno siempre podía encontrarse a Liebling sentado en un restaurante en el que hubiera comiendo sacerdotes o putas, “las dos clases de personas a las que les gusta comer bien y valoran su dinero”. Nadie ha escrito mejor de boxeo, peor de la prensa y tanto de gastronomía. “El único requisito que conozco para escribir de comida es tener hambre”, recordaba risueño este reportero al que muchos descubren en las reediciones que circulan por el mundo. Miope nostálgico, hipocondríaco rechoncho, se reía con sorna de los tipos duros, del Nuevo Periodismo y del vino de mesa. Probablemente el mejor reportero del mundo; sin duda, el mejor crítico de prensa que jamás ha existido. 

Fermín de la Calle: Ojos Azules y la humanidad de Zoff


El Mundial del 74 fue probablemente el más exótico de cuantos se recuerdan. La avariciosa FIFA expandía el business y las consecuencias no se hacían esperar; países tan futbolísticamente estrambóticos como Zaire o Haití se asomaban a los Mundiales. A los antillanos le tocó medirse a Italia, subcampeona de aquella final del 70. Los azzurri sumaban 19 partidos sin encajar un gol; sin embargo, los haitianos tenían un plan. Conocían perfectamente la sobriedad de Zoff, la exuberancia ofensiva de Faccheti, la clase de Rivera, el talento de Gigi Riva y o la pegada de Chinaglia, un bon vivant que acabó convertido en celebrity de la discoteca neoyorkina Studio 54 al fichar por aquel sueño de lujo, chicas y fútbol llamado Cosmos. Los italianos, por contra, desconocían absolutamente a su adversario. Ni un nombre, ni una referencia, ni un indicio. “Haití, ¿dónde queda eso?”, respondió una de sus estrellas al conocer que se medirían a ellos.

Los caribeños se entrenaron durante meses en un campo de tierra, un baldío en el que la pelota nunca botaba dos veces igual. “Cuando pisen ustedes el césped, será coser y cantar”, advirtió el metódico Antoine Tassy, seleccionador de Les Grenadiers. Sin embargo, horas antes del partido Ferruccio Valcarreggi, técnico italiano, dio orden de regar el imponente césped del Olympiastadion de Múnich. Aquello lo convirtió en el peor enemigo de los haitianos. Una pista de patinaje sobre la cual apenas se mantenían de pie porque, entre otras cosas, muchos no disponían de tacos de aluminio, y mucho menos de controlar la dirección y velocidad de sus pases. Aún así, aguantaron la primera parte sin grandes sobresaltos ante una Italia contemplativa. El empate a cero había disparado la euforia en Puerto Príncipe. Sus chicos mantenían a raya a los azzurri. Valcarreggi fue tibio en el descanso: “No nos compliquemos la vida. Resuelvan esto rápido, chicos”. Los chicos bromeaban en una esquina del vestuario sin evidenciar preocupación alguna. Al enfilar el túnel de vestuarios, tras el descanso, Phillippe Ojos Azules Vorbasse, un centrocampista blanco de elegante despliegue, se retrasó hablando con el hercúleo delantero, Emmanuel Sanon. “Trata de ganar la espalda a Spinosi, es más lento. Yo te buscaré. Luego recuerda que Zoff es humano fuera de palos”. Manno, así le llamaban, escuchaba atento cuando alguien tropezó con él. Era aquel centrocampista malencarado que no escatimaba patadas, un tal Fabio Capello. El de Gorizia le dedicó una mirada áspera y prosiguió su marcha sin hacer ademán por disculparse.

El partido continuaba su devenir intrascendente cuando Vorbasse recogió un pase en la medular, amagó con caer a banda ante la lejana presencia de Capello mientras miraba con el rabillo del ojo la posición de Manno, que inició una diagonal hacia el flanco de Spinosi. Filtró un pase profundo para Sanon, quien recibió la pelota después de desbordar en carrera a Spinosi, quien trató de agarrarlo, y obligó a Zoff a salir de portería para achicar. “Zoff es humano fuera de palos” retumbaba en la cabeza del 9 haitiano cuando encaró al meta juventino. En una décima de segundo resolvió driblar hacia afuera, con el riesgo que suponía luego disparar con la izquierda, su pierna mala. Sorteó con facilidad al meta italiano, como si fuera una puerta giratoria y luego remató a puerta vacía y… gooooooooooooooooooool. Puerto Príncipe estalló. El estruendo resonó en toda la isla. No hubo tracas ni pertados, allí todo se festeja igual, a tiros. Y así se celebró. Al día siguiente el diario local Le Matin informaba de un par de muertes durante los festejos.

En el Olympiastadion un aplauso tibio brotó de la grada. Tassy llevaba meses preparando aquello con entrenamientos espartanos y un régimen casi militar en el que apenas hubo concesiones (una salida al cine y otra al zoológico). El gol escoció a los italianos, que dieron la vuelta la marcador y ganaron finalmente 3-1. Pero los seis minutos que pasaron entre el gol de Sanon y el tanto en propia meta de Pierre Bayone pasaron a la historia de Haití, del fútbol antillano y de los Mundiales. Los jugadores recibieron como premio un Fiat de segunda mano que no pudieron conducir porque el dictador Baby Doc nunca expedió los permisos de circulación. Todos huyeron de la isla menos Ojos Azules y el héroe, Manno Sanon, comenzó una carrera que pasó por Bélgica y Estados Unidos, donde volvió a medirse al playboy Chinaglia, quien ni siquiera le reconoció. Llegó a ser seleccionador haitiano, pero siempre será recordado por aquel desmarque a la espalda de la defensa italiana, aquel regate a Zoff y el gol que colocó a Haití en el mapa.

 

Fermín de la Calle: Eddie Futch o la némesis de Ali


“No podía permitir que Joe acabara como un vegetal”. Pocos saben lo que habría pasado si Eddie Futch no hubiese tirado la toalla. Seguramente habría cambiado la historia del boxeo, además de la de Frazier y la de Ali. Joe tenía los ojos completamente cerrados por los golpes recibidos de Ali. Pero el Bocazas de Louisville no andaba mejor. Frazier había perdido la visión parcial en uno de sus ojos tras una pelea en 1960 y, temiéndose lo peor, Eddie tiró la toalla. Frazier no le volvió a hablar durante años. Le culpó de no lograr su sueño: derrotar a Ali. Otro de los protagonistas de aquella histórica noche en Manila, Ferdie Pacheco, el médico, lo tiene claro: “Si Ali y Frazier hubieran disputado el 15º asalto, habríamos tenido un campeón y una fatalidad”. Smoking Joe sólo veía sombras, pero habría aguantado de pie ante un Ali exhausto que pidió a Angelo Dundee, su preparador, que le cortase los guantes al caer en el taburete al final del 14º asalto. Dundee no le hizo caso y segundos después Futch tomó la decisión que no se atrevió a tomar su colega. Ali levantó su brazo en señal de triunfo y cayó fulimnado. “Ha sido la vez que más cerca he estado de la muerte”, confesó Muhammad tras el combate.

Futch se crió en los suburbios de Detroit e iba para baloncestista, pero la necesidad le obligó a trabajar. Y para ganar unos pavos comenzó a hacer puños en el Gimnasio Brewster, junto a su amigo Joe Louis. “Joe podía parar un tren con su derecha”, solía decir Eddie. El corazón le jugó una mala pasada y pasó de boxear a entrenar a chicos. Uno de los primeros fue Berry Gordy, quien harto de comerse mamporros hizo carrera fundando una discográfica, la Motown. Por aquel tiempo el boxeo estaba controlado por la Mafia y a Eddie no le hacía gracia aquello: “No acataré órdenes de nadie. Llevo en el negocio el tiempo suficiente como para no hacerlo. Desafío a cualquier hombre que tenga un problema conmigo a decírmelo a la cara”. Futch se ha ganado su fama. Cuando entrenaba a Riddick Bowe, acudieron a Johannesburgo a pelear y fueron recibidos por Nelson Mandela, quién nada más recibir al púgil le preguntó: “¿Y Eddie Futch?”

Para Eddie, que falleció en 2001, “el boxeo es una ciencia. No basta con entrar en un gimnasio y empezar a golpear. Se nace con el físico, pero se trabaja la técnica”. Pero si Futch pasó a la historia por algo, fue por ser la némesis de Ali. Entrenó a cuatro de los cinco hombres que le derrotaron en su carrera: Joe Frazier, Ken Norton, Larry Holmes y Trevor Berbick. “Era sencillo. Creé una estrategia para evitar sus puntos fuertes y atacar sus debilidades. Ali no lanzaba el gancho de derecha correctamente. Se ponía de puntillas para tirarlo y no doblaba las rodillas para lanzarlo. El truco era que cuando vieras su mano derecha bajar, debías sacar el gancho de izquierda porque descuidaba su guardia”. En cierta ocasión, el Ayuntamiento de Nueva York reunió a Muhammad Ali, Joe Frazier, George Foreman y Larry Holmes. Ali ingresó el último en el despacho del alcalde, donde le esperaban los demás, y se fue directamente a por Futch: “Eddie, tú has sido mi verdadero rival, siempre me has dado problemas. Nunca has sido un entrenador, eres un maestro”. Y aquel viejo, al que muchos consideran el mejor entrenador de la historia, sonrió socarronamente. Eddie salvó la vida a Frazier y probablemente a Ali. Pero sólo él sabe si cambió la historia del boxeo.

Fermín de la Calle: Londres, capital del despelote


La foto compone bien. ¡Qué demonios! Quizá por el barbado mesianismo del protagonista, por ese trotar cochinero del agente que acude a cubrirle con una gabardina, por la impecable facha de los bobbys… Un instante sublime, al menos para Time, que la eligió imagen del año. People meó más largo, elevándola a los altares como imagen de la década.

El fotograma gravita en torno a tres sujetos. Activo, pasivo y elíptico. El sujeto pasivo, paradójicamente, es el despelotado: Michael O’Brien, sumiso y presto a entregarse. El sujeto activo, contrariamente a lo que se pueda pensar, es el diligente policía, como no podía ser de otra forma: Bruce Perry. Y el protagonista elíptico es el cofundador del movimiento streaker, sin comerlo ni beberlo: el fotógrafo Ian Bradshaw. “No habría pasado nada si Ian no hubiera estado allí. Por entonces la televisión no cubría los partidos de rugby. Pero con su fotografía todo se nos fue de las manos”, afirma resignado O’Brien. Las 10 libras que ganó este australiano desnudándose con impúdica tenacidad, 10 libras en 1974 eran 10 libras, fueron las mismas que pagó en la comisaría para saldar tamaño escándalo en el descanso del Inglaterra-Francia de rugby una fría mañana de febrero en Twickenham. Su gesto inauguró tendencia y tras O’Brien brotaron la voluptuosa Erica Rowe, el cocinero de fragata Michael Angelow, el inabordable Mark Roberts… Pero no crean que esto es nuevo, hace siglos que la gente corre en bolas por ahí. Concretamente desde la noche del 5 de julio de 1799, cuando la policía londinense, siempre Londres, detuvo frente a la Mansion House a un desvergonzado que recorría como vino al mundo el trayecto entre Cornhill a Cheapside. En juego, 10 guineas. Hasta servidor lo habría hecho por ese dinero. Por no hablar de los acalorados paseos a caballo de Lady Godiva por Coventry allá por el año 1050.

Sin embargo, la foto de Bradshaw, como todas, tiene su intrahistoria. Lo que se intuye, pero no se escucha. Bruce Perry, tipo afable y bonachón, salió al corte “avergonzado por el espectáculo, teniendo en cuenta que estaba la princesa Alexandra en el palco”. Y ante la premura abochornante echó mano de lo primero que tenía para tapar las vergüenzas del espontáneo. “Coloqué el casco y el resto lo hizo Bradshaw con su cámara”. El fotógrafo no lo tuvo fácil: “En un segundo se arremolinaron a su alrededor. Me preocupaba encontrar un buen encuadre y recé para que el casco no saliera movido”. La Omertà de la foto esconde grandes misterios que han sobrevivido al paso de los años: ¿de qué hablan Perry y O’Brien? ¿Dónde señala el dedo del exhicibionista? ¿Cómo acabó el asunto?

Una escultura de Walter Keethner conmemora en el Rugby Club de Londres aquel instante condenando a la posteridad a O’Brien, actualmente discreto hombre de negocios en Melbourne. Más allá de las 10 libras de multa, el espontáneo ha purgado su fanfarronada siendo protagonista de numerosas campañas. Una marca de ropa interior empapeló Reino Unido y Australia con la imagen en 1991 y cuatro años más tarde un holding británico de telecomunicaciones utilizó la foto para anunciar que los números de teléfono incorporaban un dígito adicional. El dígito que escondía el casco del agente 426-T, verdadero protagonista de este momento glorioso. El lienzo descansa en la memoria colectiva bajo el nombre ‘The Twickenham streaker”. Pero fue Perry, tan británicamente pudoroso, quien pasó a la historia como el héroe anónimo de tan embarazoso episodio. Y ¡qué demonios!, la foto compone de pelotas.