El Mundial del 74 fue probablemente el más exótico de cuantos se recuerdan. La avariciosa FIFA expandía el business y las consecuencias no se hacían esperar; países tan futbolísticamente estrambóticos como Zaire o Haití se asomaban a los Mundiales. A los antillanos le tocó medirse a Italia, subcampeona de aquella final del 70. Los azzurri sumaban 19 partidos sin encajar un gol; sin embargo, los haitianos tenían un plan. Conocían perfectamente la sobriedad de Zoff, la exuberancia ofensiva de Faccheti, la clase de Rivera, el talento de Gigi Riva y o la pegada de Chinaglia, un bon vivant que acabó convertido en celebrity de la discoteca neoyorkina Studio 54 al fichar por aquel sueño de lujo, chicas y fútbol llamado Cosmos. Los italianos, por contra, desconocían absolutamente a su adversario. Ni un nombre, ni una referencia, ni un indicio. «Haití, ¿dónde queda eso?», respondió una de sus estrellas al conocer que se medirían a ellos.
Los caribeños se entrenaron durante meses en un campo de tierra, un baldío en el que la pelota nunca botaba dos veces igual. «Cuando pisen ustedes el césped, será coser y cantar», advirtió el metódico Antoine Tassy, seleccionador de Les Grenadiers. Sin embargo, horas antes del partido Ferruccio Valcarreggi, técnico italiano, dio orden de regar el imponente césped del Olympiastadion de Múnich. Aquello lo convirtió en el peor enemigo de los haitianos. Una pista de patinaje sobre la cual apenas se mantenían de pie porque, entre otras cosas, muchos no disponían de tacos de aluminio, y mucho menos de controlar la dirección y velocidad de sus pases. Aún así, aguantaron la primera parte sin grandes sobresaltos ante una Italia contemplativa. El empate a cero había disparado la euforia en Puerto Príncipe. Sus chicos mantenían a raya a los azzurri. Valcarreggi fue tibio en el descanso: «No nos compliquemos la vida. Resuelvan esto rápido, chicos». Los chicos bromeaban en una esquina del vestuario sin evidenciar preocupación alguna. Al enfilar el túnel de vestuarios, tras el descanso, Phillippe Ojos Azules Vorbasse, un centrocampista blanco de elegante despliegue, se retrasó hablando con el hercúleo delantero, Emmanuel Sanon. «Trata de ganar la espalda a Spinosi, es más lento. Yo te buscaré. Luego recuerda que Zoff es humano fuera de palos». Manno, así le llamaban, escuchaba atento cuando alguien tropezó con él. Era aquel centrocampista malencarado que no escatimaba patadas, un tal Fabio Capello. El de Gorizia le dedicó una mirada áspera y prosiguió su marcha sin hacer ademán por disculparse.

En el Olympiastadion un aplauso tibio brotó de la grada. Tassy llevaba meses preparando aquello con entrenamientos espartanos y un régimen casi militar en el que apenas hubo concesiones (una salida al cine y otra al zoológico). El gol escoció a los italianos, que dieron la vuelta la marcador y ganaron finalmente 3-1. Pero los seis minutos que pasaron entre el gol de Sanon y el tanto en propia meta de Pierre Bayone pasaron a la historia de Haití, del fútbol antillano y de los Mundiales. Los jugadores recibieron como premio un Fiat de segunda mano que no pudieron conducir porque el dictador Baby Doc nunca expedió los permisos de circulación. Todos huyeron de la isla menos Ojos Azules y el héroe, Manno Sanon, comenzó una carrera que pasó por Bélgica y Estados Unidos, donde volvió a medirse al playboy Chinaglia, quien ni siquiera le reconoció. Llegó a ser seleccionador haitiano, pero siempre será recordado por aquel desmarque a la espalda de la defensa italiana, aquel regate a Zoff y el gol que colocó a Haití en el mapa.








