Risas enlatadas

Jose Antonio Pérez: La revolución desde el sofá


audímetro

Seguro que a alguien se le ha ocurrido antes, pero lo cierto es que nunca he leído nada al respecto. Algunos seguramente lo llamarían terrorismo. Terrorismo mediático o publicitario o anticapitalista. Terrorismo perroflauta.

Lo bueno del asunto es que generaría un cierto caos económico y social sin que nadie perdiese la vida. Sin amputaciones, ni gritos, ni sangre en la acera. Lo malo es que resulta mucho más fácil de imaginar que de poner en práctica.

Para que la idea pueda llevarse a cabo, se necesitaría la colaboración de 12.000 españoles, más o menos. Pero no 12.000 cualesquiera, claro, de lo contrario sería muy sencillo. Necesitamos a los 12.000 españoles que tienen un audímetro en sus (aproximadamente 5000) casas. Esas 12.000 personas que deciden, por aquello de la estadística y la convención, qué programas ven sus 47 millones de compatriotas. Esas 12.000 personas que, con solo presionar un botón cada vez que se sientan frente a sus televisores, sostienen un negocio multimillonario.

Si, de algún modo, toda esa gente fuese persuadida para que dejase de ver televisión, se produciría un colapso inmediato en el sistema audiovisual y publicitario español. No hace falta que lo dejen para siempre; bastaría un día o dos o una semana para sembrar un considerable caos y generar unas pérdidas colosales. Los ejecutivos de televisión amanecerían con tablas llenas de ceros y nada más que ceros. Un Barça-Madrid sin espectadores, Falete en bañador saltando al vacío, Imanol Arias gritando Merche, me cago en la leche, en mitad de la nada.

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La vulnerabilidad del sistema quedaría al manifiesto. Sin audímetros, ¿cómo saber qué ve la gente cuando la gente ve televisión? Las encuestas no son fiables, porque, ante el encuestador, los españoles tienden a descubrir súbitamente su amor por los documentales y por los animales y por Jordi Hurtado. No, eso no funciona. Solo podemos confiar en los audímetros, solo ellos sirven para mantener el negocio, desde el fútbol a la campaña de Navidad. Sin los audímetros, cundiría la desconfianza en las televisiones, en las agencias de publicidad, en las centrales de medios. Y sin confianza, ya lo sabemos, los negocios se van al garete.

Todo esto es ciencia ficción, por supuesto. Me temo que sería imposible localizar a esas 12.000 personas y convencerlas de que aceptasen el juego. Aunque ellas no perderían mucho. Casi nada, en realidad. Lo único que obtienen colaborando con la empresa de medición de audiencias son unos ridículos regalos-tipo-domicilia-aquí-tu-nómina. Tostadoras, planchas, termos, ese tipo de cosas. ¿Acaso no resulta mucho más gratificante tomar parte en un colapso económico que coleccionar puntos canjeables para la Nespresso? Pasados 20, 30 años, esa gente podría contar a sus nietos y al personal de la residencia que tomó parte en un crack solo por el placer de hacer algo en la vida además de comer y dormir y sonreír forzadamente día tras día tras día. Que reventó una burbuja de billones de euros con tan solo no mover un dedo. Con solo no apretar el botón. Que inició la revolución del sofá, con el mando a distancia como única arma. Alguien lo dijo una vez: pocas cosas hay más democráticas que la televisión.

José Antonio Pérez: La loca historia del mapa del tiempo vasco


Mapa del tiempo ETB antes y después

En Euskadi, todo el mundo lo sabe, llueve mucho. A veces le da por llover una semana entera, sin un solo claro que llevarse al cuerpo. Cuando eso ocurre, la gente se vuelve taciturna, los manteros se pasan a la venta ambulante de paraguas plegables y los camiones hacen la tijera alegremente con las consiguientes retenciones kilométricas. Esta peculiaridad climática explica varios fenómenos idiosincrásicos, como las txapelas, el verde-intenso-casi-fosforito de nuestros montes y la extraordinaria calidad de nuestra marihuana. También explica la enorme audiencia que cosecha la información meteorológica en Euskal Telebista, la televisión autonómica vasca. De hecho, este espacio, que dura un cuarto de hora, suele ser lo más visto en ETB 2, la cadena pública en castellano.

Quizá por eso los partidos políticos vascos han decidido que la mejor herramienta para impregnar a los ciudadanos con su concepto de nación es precisamente el mapa del tiempo. Durante las tres décadas de gobierno ininterrumpido del PNV, el tiempo de la televisión pública mostraba cómo llovía en Euskal Herria, que, como casi todo el mundo sabe, es una entidad cultural conformada por el País Vasco, Navarra y las tres provincias vascofrancesas (Lapurdi, Zuberoa y la Baja Navarra). Euskal Herria aparecía claramente delimitada, con una línea que la separaba de (el resto de) España y de (el resto de) Francia, de forma que a veces llovía en toda Euskal Herria, a veces en el sur de Euskal Herria (España) y a veces en el norte (Francia).

Huelga decir que, tras 30 años conviviendo diariamente con ese mapa, nadie le daba la más mínima importancia. Espera un momento, ¿nadie? Pues no. Alguien sí se la daba.

Cuando Patxi López llegó al poder, aupado en los hombros del PP, una de las primeras decisiones anunciadas fue el cambio del mapa del tiempo en la televisión pública. En el libro de las decisiones políticas estúpidas, esta merecerá, como mínimo, un par de párrafos. Las urnas estaban aún calientes cuando Euskal Herria desapareció de los televisores vascos y, en su lugar, aparecieron las provincias vascas claramente separadas entre sí y claramente separadas de Navarra y de Francia. Euskal Herria, la entidad cultural, dio paso a la constitucional Comunidad Autónoma del País Vasco.

Mucha gente interpretó aquello como una patada en la puerta de la radiotelevisión pública, un gesto innecesario, soberbio y absolutamente falto de sintonía con el sentimiento vasquista que tan a gloria llevan los socialistas vascos cuando les interesa. Algunos pidieron un boicot a ETB a través de las redes sociales, petición que fue amplificada por ciertos medios privados afines al PNV y a la izquierda abertzale.

Nunca sabremos si fue por la fragmentación de audiencias que trajo consigo la TDT, por el boicot, por errores de programación o por una combinación de todos estos factores, pero el hecho es que, en los primeros años del gobierno PSE+PP, la audiencia de la televisión pública vasca se desplomó.

Ahora, con el retorno del PNV al poder, se ha procedido al tan español como vergonzoso quítate tú para ponerme yo en los medios de comunicación públicos. En su primera comparecencia pública, la nueva directora de la radiotelevisión pública anunció que “seguramente” cambiaría el mapa del tiempo. Lo haría, dijo, con criterios “profesionales y artísticos”, aunque no explicó qué demonios significa eso, suponiendo que signifique algo.

Hace un par de días, la televisión pública vasca estrenó un nuevo mapa del tiempo que, me atrevo a decir, no contentará a nadie, lo cual probablemente indique que se ha tomado la decisión correcta. El mapa muestra ahora toda Euskal Herria, pero con las provincias separadas, una suerte de entente cordiale territorial donde Euskadi tiene un tono de verde, Navarra otro y la provincias francesas otro distinto.

Pero se equivoca, me temo, quien crea que la loca historia del mapa del tiempo vasco termina aquí. Este mapa durará unos años. Cuántos sean dependerá de los errores que cometa Urkullu y de la intensidad de la crisis. Si, como parecen indicar la encuestas, Bildu acaba gobernando en Euskadi, habrá que recurrir a un nuevo artista del diseño para que, de nuevo, nos diga a los vascos dónde llueve exactamente cuando llueve sobre nuestras cabezas.

José Antonio Pérez: Asterisco (o la impunidad de la mentira publicitaria)


tv publicidad

La publicidad, ¿a quién le importa?

Así empieza el spot que Autocontrol, la Asociación para la Autorregulación de la Comunicación Comercial, programa de cuando en cuando. En él aparecen televisores sin pantalla, radios sin altavoz y vallas publicitarias sin mensaje. “En Autocontrol”, dice una voz de mujer, “anunciantes, agencias y medios trabajamos para que la publicidad sea veraz, legal, honesta y leal”.

Durante semanas, ese spot pudo verse al mismo tiempo que el de Somatoline Cosmetic Hombre, un producto de venta en farmacias que, según su web, “reduce la grasa localizada en cuatro semanas mientras duermes“*. El asterisco, por supuesto, es importante, ya que desemboca en un texto escrito en un cuerpo de letra mucho menor que dice: “la reducción consiste en una acción cosmética de modelado que no implica pérdida de peso”.

Esta semana, el Consejo Audiovisual Andaluz ha conseguido que varias cadenas de televisión dejen de emitir dosspotsde productos milagro. Se trata de unos parches (no) adelgazantes y de un té “sanador” avalado por un tal doctor Ming. El gesto es encomiable y todos los consejos audiovisuales deberían tomar nota, pero, al igual que la prometida tableta de chocolate abdominal de Somatoline Cosmetic, no es mas que un efecto cosmético.

Mientras el cerebro creador del doctor Ming busca una nueva estafa de la que sacar provecho, las grandes marcas alimentarias y cosméticas siguen propagando sus mentiras con relativa impunidad. Y, al contrario de lo que asegura Autocontrol en su anuncio, ni agencias ni medios se atreven a desdecir a unas multinacionales cuya publicidad resulta ahora más necesaria que nunca para el sostenimiento de la industria televisiva.

En 2011 la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria desarrolló un estudio sobre los tan famosos yogures probióticos concluyendo que, bajo análisis clínico, no puede decirse que sean beneficiosos para la salud. Lo mismo dijo un equipo de investigadores de la Universidad de Western Ontario en un artículo publicado aquel mismo año en Science. En Autocontrol, sin embargo, no debieron de leer ninguno de los dos trabajos, ya que los spots de yogures probióticos siguen inundando los bloques publicitarios con sus promesas repletas de asteriscos.

Actimel, que quizá sea el yogur más famoso del mundo, puede también presumir de contar con una de las historias publicitarias más accidentadas de los últimos tiempos. Una historia de premios a la mayor desvergüenza publicitaria y de estudios supuestamente científicos invalidados por verdaderos estudios científicos. Danone ha ido solventando estos inconvenientes de marketing a medida que se presentaban, ajustando sus eslóganes a promesas cada vez menos comprometedoras.

Ya en 2009, Advertising Standards Authority, la agencia inglesa para el control de la publicidad, prohibió a Danone emplear la frase “Scientifically proven to help support your kids’ defences” al considerarla publicidad engañosa. El informe, que puede consultarse en la web del organismo, concluye con la categórica afirmación:

“Consideramos que las pruebas presentadas por Danone no respaldan la afirmación realizada en el anuncio de que esté científicamente demostrado que Actimel ayuda a las defensas de los niños sanos en edad escolar contra infecciones infantiles comunes”.

Esto no impidió que, durante años, en muchos países (como España) siguiese científicamente demostrado que Actimel ayudaba a mantener las defensas de tus hijos.

También la industria cosmética tiende a adornar sus promesas publicitarias con palabrería científica que se mueve entre lo impreciso y lo abiertamente falaz. Cada vez son más las cremas hidratantes que prometen activar nuestro “gen de la juventud” garantizando “resultados anti-edad inigualables”. Estupideces acientíficas aderezadas con planos de modelos veinteañeras montados en paralelo con gráficos 3D donde la crema atraviesa la piel (asterisco) y la estira (asterisco) mientras la doble hélice del ADN (asterisco) se alarga (asterisco).

Por más que los directivos de los medios lo nieguen, es evidente que la publicidad de las grandes marcas no solo sirve para lanzar mensajes sino también para silenciarlos. Hoy, con las tarifas publicitarias bajo mínimos y una audiencia hiperfragmentada, el poder de las multinacionales es mayor que nunca. Mientras no se ejerza una estrecha vigilancia sobre los medios y los anunciantes, los yogures seguirán sanando y las cremas hidratantes regenerando nuestro ADN, cual té mágico del doctor Ming. Quizá haya llegado la hora de que Autocontrol cambie su tagline por el mucho más sincero:

Trabajamos para que la publicidad sea veraz, legal, honesta y leal *

José Antonio Pérez: La ciencia contra los melones de Villaconejos



Acaba Mystic River en La Primera. Digo: qué peliculón y pienso que tengo que ir al ordenador a terminar algo. Pero antes me doy un paseo por las otras cadenas. Llego a Cuatro y me topo con un plano medio de Iker Jiménez escrutando los folios que tiene en la mesa. Está callado, música tenebrosa, pienso que quizá se haya muerto y han decidido emitirlo. Entonces, de pronto, se mueve. Levanta la cabeza —se está quedando calvo, pienso, y está echando papada—, y mira a cámara. Me mira. Y me informa de que, de un tiempo a esta parte, las manzanas saben raro. No saben como antaño. Le gusta esa palabra. Antaño. No la dice, la mastica. Antaño, antaño, antaño.

Iker me dice que los plátanos también saben raro. De las ciruelas ni hablamos. Todo sabe raro, dice, y seguro que lo has notado. No veo dónde quiere llegar. Entonces levanta una ceja y me lo aclara. A continuación, en la nave del misterio, trataremos el tema de los transgénicos.

Mientras me pregunto qué tienen los transgénicos de misterioso o sobrenatural, Iker anuncia un estupendo debate en el que habrá —algo aparentemente inaudito en Cuarto Milenio— dos científicos. También, dice, tendremos con nosotros a “dos amigos” muy conocidos en el programa. Pero antes, echemos un ojo a un interesante documento.

Entra un vídeo con planos de gorrinos evidentemente yanquis. No es que reconozca la procedencia de un cerdo con solo mirarlo, pero es evidente que esos granjeros no son de Castilla. El realizador ha decidido poner a las imágenes ese filtro marrón con textura acartonada que ponen siempre en Cuarto Milenio, como para que las cosas den miedo. Música inquietante. Gorrinos del terror.

Sobre las imágenes de los cerdos, una voz muy engolada me dice que Internet está llena de artículos que hablan del peligro de los transgénicos. Dice que una vez una rata se quedó ciega por culpa de un transgénico. Habla de Monsanto. Y de cáncer, por supuesto.

Luego, volvemos al plató. Sigue la música inquietante. Iker me mira y me presenta a los contertulios. Conozco a uno de ellos. Personalmente, digo. Está en el lado de los científicos, no en el de los “amigos”. Es José Miguel Mulet, doctor en bioquímica y biología molecular. Le he visto en varias conferencias y hemos coincidido en alguna que otra cena. Sabe un montón de transgénicos. A su lado hay un profe de la Complutense. Los dos amigos de Iker no son doctores en nada. Ni falta que hace. Uno de ellos es un colaborador habitual del programa, ni idea de cómo se llama, pero alguna vez le he visto grabando psicofonías por YouTube. Parece un tío simpático, muy sonriente. El otro no me suena, pero tiene cara de mala leche y dice ser muy ecologista. Lo dice en seguida, en cuanto le presentan dice yo muy ecologista o algo así.

Empieza el debate. Los doctores sostienen que los transgénicos están sometidos a unos controles extraordinariamente estrictos. Eso, dicen, los hace mucho más seguros que los productos ecológicos. Mulet saca a colación la crisis del pepino. El Tío Muy Ecologista se indigna. Dice que nada de eso es verdad y que él ha leído muchísimas páginas de Internet donde se dice claramente que los transgénicos son malos. Malísimos. Habla de patentes, monopolios, cáncer y ceguera. La mejor vacuna, dice literalmente, son los melones de Villaconejos.

El debate se calienta. Mulet dice que para los medios es más rentable inventarse peligros que hacer pedagogía. Espero que el realizador me dé un plano de Iker, pero no lo hace. Sigue la música inquietante. El de las psicofonías sonríe tímido, apenas habla. Juraría que no quiere estar ahí. Parecer querer irse a su casa y que le abrace su madre. Parece a punto de decir me vais a perdonar, pero lo mío son los fantasmas, no los transgénicos.

Iker pone fin al debate dando la última palabra a los dos doctores. Ellos insisten en la seguridad de los transgénicos e invitan a los espectadores a informarse por sus propios medios y a ser críticos. El volumen de la musiquilla misteriosa sube un poco e Iker promete que habrá más debates como este, entre científicos y defensores de los melones de Villaconejos. Luego, comenta no sé qué sobre los peligros de la ouija.

José Antonio Pérez: Medios públicos de propaganda



De los muchos detalles que revelan a España como una democracia cutre y digna de la mayor desconfianza, destaca ese afán de los partidos políticos por ejercer una indiscriminada limpia en los medios de comunicación públicos tan pronto como llegan al poder. Lo vemos cada pocos años, a escala nacional y también autonómica. Es cierto que el Partido Popular, en esta actividad, se da más maña que los socialistas, quizá porque, a pesar de que la ideología anda en coma últimamente, a los antiguos representantes de la centro izquierda aún les quedan unas migas de respeto hacia la población que les sustenta.

La cuestión se vuelve particularmente triste en los meses inmediatamente posteriores a la formación de un nuevo gobierno, cuando vamos descubriendo por la prensa los nombres de quienes serán responsables del ente público y de cada una de sus partes (radio y televisión, principalmente). Tampoco son agradables los días posteriores a esos nombramientos, cuando profesionales buenos, malos y regulares son finiquitados nunca por motivos ideológicos, siempre estructurales o presupuestarios. Fin de contrato o motivos personales, siempre hay una coartada para que la disidencia política sea puesta en fila en dirección a la puerta.

Indigna, en cada periodo electoral, la certeza de que esta situación es inevitable: gane quien gane (PSOE o PP o el nacionalismo periférico correspondiente), habrá cambios en los medios públicos, una despiadada aniquilación de rostros y voces y corbatas seguida del ordenado retorno de los más variados hijos pródigos exiliados durante la administración enemiga.

Indigna y cabrea, sobre todo, la naturalidad con que la sociedad española asume este rasgo de democracia malformada, como si, no se sabe muy bien por qué, la ciudadanía se hubiese resignado a convivir con la manipulación en los primeros números del mando a distancia. Como si, de alguna manera, sintiésemos que la información no es un derecho tan fundamental como dice la Constitución en su artículo 20. Quizá es que muchos piensan que basta con ver Telecinco o Antena 3, que ya están La Ser y La Cope y El País y El Mundo. Que el derecho de un ciudadano a estar informado queda sobradamente saciado por las grandes corporaciones mediáticas. Que todo lo que pase de ahí es un lujo.

Quizá porque una mayoría opina así, las cabezas pensantes del Partido Popular apenas están encontrando oposición en su plan para depauperar RTVE hasta la escualidez; no digamos ya en su iniciativa para privatizar los medios públicos autonómicos. Políticos corruptos de palabra, obra y omisión comparecen parapetados tras una sonrisa en rueda de prensa y preguntan a la ciudadanía: ¿de verdad queremos gastar dinero en radios y programas de televisión pudiendo gastarlo en, por ejemplo, mamografías y radioterapia?

Curiosamente, el dinero para mamografías y radioterapia sigue descendiendo mientras aumenta la cuantía de dinero público destinada a los bancos. Nuestro progresivamente mermado derecho a la información colabora en el taponamiento de las heridas abiertas de un sistema financiero perverso y criminal.

Y, sin embargo, sospecho que buena parte de la ciudadanía está a favor del desmantelamiento de los medios públicos. Después de todo, tienen razones para sostener que esos medios no son y nunca han sido de información, sino, en todo caso, de entretenimiento y propaganda. Es cierto en muchos casos. Pero no deja de ser paradójico y digno de reflexión que los mismos políticos que durante décadas han manipulado esos medios, consideren ahora su venta tan urgente e imperiosa.

Quizá tengan razón. Quizá lo mejor que puede hacerse con los medios de comunicación públicos es despiezarlos y entregarlos sin regatear demasiado al primer postor que se deje caer. Pero es fundamental ser conscientes de que esto constituye una nueva derrota social. Es otro logro que sumar al triunfo de la mala política y la peor gestión. Otra vergüenza para esta sociedad extraordinariamente permisiva con la corrupción y la manipulación.

Los medios públicos nacieron para informar, formar y entretener, para difundir los valores democráticos y promocionar la cultura. Su fracaso es una herida más en esta democracia que se desangra.

José Antonio Pérez: Los sin tele


Cada vez me encuentro con más gente que, en mitad de una conversación, me suelta aquello de “no tengo tele”. Y no es porque no puedan pagarla; hablo de gente que tiene smartphone y nikes y Levi´s y coche. Hablo de gente que no tiene tele porque ha elegido no tenerla, y que no duda en proclamarlo orgullosamente a la primera de cambio, como si carecer de este electrodoméstico fuese bueno en algún sentido. Como si eso les hiciera mejores personas. Más cultas. Más libres.

Yo sí tengo tele. Es una Sony Bravia, negra como el alma humana, que enciendo casi todos los días. Tengo la sensación, sin embargo, de que mi consumo audiovisual es más bien escaso. Eso pienso cada vez que me veo inmerso en una conversación sobre tal o cual serie, ¿en serio no la has visto?, ¡tienes que verla, es una pasada!

Lo más raro es que, a veces, quien dice esto no tiene televisión.

Movido por el desconcierto, decidí indagar un poco en esta tipología humana solo para descubrir que, tal y como sospechaba, algunos de ellos son grandes consumidores de productos televisivos. Los hay que siguen con verdadero fervor todo tipo de series extranjeras. Los hay que no se pierden un programa de divulgación científica. Hay frikis de los documentales, obsesos de los reportajes y hasta activistas del infotament. Todo a través de Internet.

La conclusión evidente es que, en realidad, esa gente no tiene nada en contra de la televisión como medio; su problema es con el electrodoméstico. Pero, en un análisis más profundo, uno se da cuenta de que no se trata solo de eso. Lo que les molesta, lo que realmente genera rechazo en ellos es el modelo de negocio. La mayoría de los Sin Tele adora los (buenos) contenidos televisivos, lo que no tolera es la rigidez horaria propia del medio ni los frecuentes cortes publicitarios, esos mismos cortes que hacen posible la industria televisiva.

Eso explicaría que no tengan tele, de acuerdo, pero no justifica el tono de superioridad moral con que lo declaran. Después de todo, también el microondas es muy cómodo y nadie se enorgullece de no tener horno. Sospecho, por tanto, que, además del rechazo a la imposición horaria y a la publicidad, en Los Sin Tele subyace una especie de objeción de conciencia basada en la mala fama del medio. Tengo la sensación de que, cuando una de estas personas oye la palabra “televisión”, lo que acude a su mente es una retahíla de sinvergüenzas amontonados en un encuadre de Telecinco. O un Urdaci borracho de dinero público deformando la realidad a petición de su amo. Piensan quizá en Bertín Osborne marcando huevada gringo-andaluza, o en la idiotez de la Esteban, ese omnipresente rostro de la decadencia cultural, o en Paz Padilla anunciando el cese del terrorismo etarra (sí, esto ocurrió en nuestro plano espacio-temporal). Todas esas imágenes yuxtapuestas, es cierto, le animan a uno a aprender inglés o alemán y sacarse un billete de ida. Pero son solo una parte de la realidad. La más grande, sí. Pero una parte.

Existe un curioso sesgo cognitivo por el cual, cuando uno escucha la palabra “televisión”, nunca piensa en Los Soprano o en Flying Circus o en Salvados o en El Orgullo del Tercer Mundo o en Érase una vez la vida o en Cosmos o en La Noche Temática. ¡Eso son rarezas!, te dirán. ¿Pero acaso no es una rareza Ensayo sobre la ceguera? Nadie piensa en Frases de niños 2, de Pablo Motos, cuando escucha “literatura”, y también es un libro. ¿No es una rareza Una historia verdadera o Elephant o La pianista? La excelencia cultural siempre es excepción. También en la tele.

Quizá, en el futuro, ese electrodoméstico que preside casi todos los salones acabe desapareciendo. Quizá las grandes empresas mediáticas reinventen el negocio, y todos los contenidos que produzcan usen internet como pantalla principal, sin horarios y sin necesidad de ser financiados por esas molestas piezas de veinte segundos. Y quizá entonces esa palabra que tanta aversión genera en algunos quede desterrada al erial de los conceptos olvidados, con casete y rebobinar y periódico. Una cosa es segura: quedan décadas para eso.

Si, a pesar de todo, quieres prescindir de un electrodoméstico por motivos éticos, intelectuales o estéticos, mi consejo es que vendas el lavavajillas. No distorsiona la realidad, cierto, pero consume un montón de agua.

José Antonio Pérez: El libro que leería durante la película que no puedo perderme


Un libro.

Ubik.

Lo escribió Philip K. Dick en 1969, el año que la Guardia Nacional daba candela a los estudiantes que protestaban contra la guerra de Vietnam en California. El año de Give Peace a Chance. El mismo año que un grupo de gays neoyorquinos, cansado de recibir palos de la policía, convocaba una manifestación y se inventaba, sin saberlo, el Día del Orgullo Gay.

El año que el Apolo 11 llegó a la Luna.

En Ubik también se viaja a la Luna. Estamos en el año 1992, el futuro, y dar un paseo por el asteroide está al alcance de casi todos. Pero la novela no trata de viajes a la Luna. En Ubik hay un misterio y aventura y acción, aunque no es una novela de misterio ni de aventura ni de acción.

En Ubik Philip K. Dick emplea la ciencia ficción para hablarnos de la inconsistencia de la realidad, de la subjetividad y del tiempo. La clave de todo es Ubik, pero…

—¿Qué es eso de Ubik? —preguntó Joe.

¿Un idea? ¿Un producto?

¿Dios?

Ubik es ciencia ficción hipnótica, una novela devoradora de lectores, un clásico de la ciencia ficción inolvidable por su contagiosa extrañeza.

Como en muchas de las novelas de Philip K. Dick, en Ubik la realidad tiene estratos, niveles, un montaje de secuencias paralelas. El lector inexperto en la obra de K. Dick tratará de descubrir, a lo largo de las páginas, qué realidad es real y cuál engañosa. Pierde el tiempo, por supuesto. Nada es real y todo lo es. La obra de K. Dick es un laberinto sin salida. Por eso atrapa y fascina.

Philip K. Dick experimentó con las drogas y con la religión, los dos mayores alucinógenos conocidos por el hombre. En toda su obra, también en Ubik, se encuentran rastros de éxtasis y confusión, epifanía y locura.

—¿Qué es el Ubik?, quiso saber Joe. No hubo respuesta.

Dick sospechaba —o quizá sabía— que lo que tienes a tu alrededor, este ordenador, esta mesa, esa silla no son reales. No más que tú. O yo.

O Ubik.

Una película.

Annie Hall.

La dirigió Woody Allen en 1976, el año que Vietnam del norte y Vietnam del sur se reunificaban en uno solo. El año de Oh, Sister. El mismo año que la Viking 1 fotografiaba en blanco y negro el rojizo suelo marciano.

Annie Hall es la historia de dos personas que se conocen en un club de tenis, se enamoran, cocinan unas langostas y, al final, se separan. Aunque no por ese orden.

Me temo —aunque quizá me equivoque— que uno no puede aprender mucho de la vida viendo Annie Hall. No más de lo que aprendería sentándose en un banco del parque y observando lo que ocurre enfrente, como hacen Alvy Singer y Annie Hall entre bronca y bronca.

En la película, Allen hace tres muescas en la historia del cine, una como guionista, otra como director y una tercera como actor. También Gordon Willis hace la suya, con una fotografía menos efectista que la de Manhattan (que rodaría dos años después), pero igual de hermosa.

Y, por supuesto, Diane Keaton, que ganaría todos los premios imaginables por esta película. Keaton puso a su personaje mucho más que su cara, su voz y su talento. Puso su propio nombre (se llama Diane Hall), su propio humor, su propia relación con Allen y hasta su propio vestuario (ese inolvidable conjunto de camisa blanca, pantalón caqui, chaleco negro y corbata que quedó para la historia del cine y para la de la moda).

Tan importante es esta intrascendente película que hasta creó un género, el anijól, del que luego bebieron hasta el aburrimiento casi todos los cineastas independientes y demócratas que quisieron hablar de amor sin perder la compostura.

Annie Hall es un tributo a hacer lo que se pueda, un canto al ir tirando, una oda a fingir que no te importa lo que más te importa en el mundo. Es la vida misma, pero bien encuadrada y con unos chistes memorables. Lo dice el propio Alvy Singer al final de la película: “Uno siempre está intentado que las cosas salgan perfectas en el arte, porque conseguirlo en la vida es realmente difícil”.

¿Se puede pedir más?

Pues sí.

Que suene It Seems Like Old Times, cantada por Diane Keaton, mientras Manhattan atardece al otro lado del cristal.

Funde a negro. Títulos de crédito.

José Antonio Pérez: El extraño origen de Humor Amarillo


Juan Herrera es un señor con bigote a quien debo, entre otras cosas, el descubrimiento del término “esparajismo” (sinónimo de aspaviento en Albacete, Cantabria, León y Palencia). Entre sus méritos está el haberse dedicado durante varias décadas a la creatividad televisiva conservando el pelo y un nivel de cordura que, sin ser excesivo, le permite relacionarse con personas normales tales como contables y camareros.

A lo largo de su heterodoxa carrera, Juan ha diseñado programas de televisión y de radio, exposiciones, museos, documentales, espectáculos flamencos, melodías, quites toreros y hasta un pisapapeles volador que funciona con pilas y en cuya futilidad reside su encanto. Como la vida misma.

En los años 80 el bigote de Juan todavía era negro. Por entonces dirigía y locutaba, con su amigo Miguel Ángel Coll, un programa llamado Jack el Despertador en Radio 3. De lunes a viernes, los oyentes de la radio pública se encontraban con desconciertos tales como homilías invertidas o soleás horarias que marcaban con desgarro las siete en punto (no es para menos).

El éxito de aquel despertador provocó que una mañana de 1990 a Juan le telefonearan de una nueva cadena de televisión llamada Telecinco. Coll y él fueron a Torre Picasso, por entonces sede de la empresa, donde les esperaba un asturiano de nombre Pepe y de apellido Azpiroz. Éste les acompañó hasta un cuarto donde había varias docenas de cintas VHS metidas en cajas de cartón.

—Es un programa japonés —dijo quizá Azpiroz—. Lo hemos comprado al peso y no sabemos qué hacer con él. Se lo hemos dado a Cruz y Raya y a Elvira Lindo, a ver si se les ocurría algo. Han emitido fragmentos en Tutti Frutti, como sketches, pero no acaba de funcionar.

En Telecinco solo tenían un título, que se le había ocurrido al gran gurú televisivo y jefe de todos Valerio Lazarov: Humor amarillo.

—¿Y qué quieres que hagamos con esto? —preguntó Juan Herrera mirando las cintas.

Azpiroz se encogió de hombros.

—Vosotros sois los creativos.

Dos días después, Herrera recibía las cajas en su casa. Antes de introducir la primera cinta en el vídeo, Juan tuvo la prudencia de abrir una lata de aceitunas y colocarlas en un platito. Luego, ya bien provisto, pulsó el play. Por la televisión de tubo empezaron a desfilar japoneses gritones que saltaban, corrían y caían desde estructuras móviles a lagos marrones y suelos de goma espuma. Por extraño que pueda parecer, Juan no sabía japonés por entonces.

Tampoco sabía quién era Takeshi Kitano“, recuerda Herrera. “Y nadie nos explicó nunca qué era aquello, si era un concurso, un show o una fábrica japonesa de tullidos”.

No obstante, Herrera intuyó que algo se podía hacer. Así que, utilizando un par de vídeos como moviola casera, empezó a remontar aquellos programas. El método era agotador, incluso con aceitunas, así que pronto inventó uno nuevo. Juan visionaba los programas en perfecto japonés mientras apuntaba códigos de tiempo y dibujaba un sencillo storyboard a modo de guión. El montaje final se realizaba en Telecinco, donde Coll y él locutaban improvisando en base a unas notas del propio Juan.

Las condiciones eran asombrosas”, me dice Herrera. “Nos encontramos con estudios inundados y alguna vez incluso tuvimos que locutar en un pasillo”.

El programa se estrenó en 1990. Para entonces Herrera seguía sin saber quién era Takeshi Kitano. Tampoco sabía que aquel programa que tan posmoderna y despreocupadamente deconstruía se llamaba, en realidad, El castillo de Takeshi. A pesar de ello, Coll y él acabaron montando y locutando tres temporadas. El programa hizo una audiencia media del 25%. Hay quien dice que, teniendo en cuenta su precio y el resultado (hasta seis reposiciones de un programa locutado en un pasillo), Humor Amarillo es, con mucho, el mayor y más rentable éxito en la historia de la televisión española.

Hoy, dos décadas después y con Humor amarillo instalado en la memoria colectiva de una generación, el bigote de Juan Herrera clarea tras las bambalinas de otro exitoso programa. Lejos de los focos. La última idea que me ha contado consiste en un traje de luces hecho de mortadela. Incluso tiene un par de bocetos. Le he recomendado que ponga un poco de chorizo en las mangas. A él, claro, eso le ha parecido vulgar.