Pepe Albert de Paco: Programa, programa, programa

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En los hoteles que mi padre me enseñó no era habitual que las habitaciones tuvieran tele. Para los clientes que queríamos verla estaba el llamado Salón TV, y que solía consistir en un cuarto oscuro con los butacones a trasmano del mundo, como si aquello fuera el preludio de un chiquipark. No era infrecuente que, a la media hora de estar en alguna de esas grutas, emergiera de las sombras un anciano salmantino en el que no habíamos reparado al entrar. Por lo general, la tele estaba apagada y, en ocasiones, aun encerrada en una especie de cancela, por lo que había que pedir la llave en recepción o llamar a un botones y que te la abriera. El mando a distancia era tan quimérico como los coches voladores, así que tenía uno que levantarse a cambiar de canal. No obstante, y dado que el Salón TV era un habitáculo eminentemente comunitario, cualquier decisión entrañaba, siquiera por cortesía, un vago consenso, el esbozo de un contrato que, las más de las veces, se firmaba a cabezadas. O la Uno o la ‘Uveachefe’. Con los torneos veraniegos, sobre todo con el Carranza y sus célebres tanganas, llegaba al salón TV un cierto aire de jauría. Uno se sorprendía aplaudiendo una filigrana del sevillista Montero (un monstruo al que, por cierto, tuve ocasión de dar la mano en el campo del Marbella, en un Sevilla-Castilla; sólo he visto otro hombre que ciña el mentón al pecho como él lo hacía, y es Morante de la Puebla); aplaudir por bulerías, sí, o abrazarse a un señor de Murcia después de que el Bilbao, que eso-sí-que-tiene-mérito-porque-todos-son-de-allí, metiera el penalti que había de darle la gloria, una gloria que, a principios de agosto, se antojaba del todo insospechada.

Pienso en ello mientras paseo por una ciudad levantisca, del Levante fiero, digo, donde todas las horchaterías tienen en la terraza una tele como de casoplón. Categoría, che, me digo al sentarme en una de ellas. No importa que no haya fútbol ni que nadie se interese por lo que echan. Cuentan que un mesonero la encendió una mañana y todos le siguieron, no fuera a ser que la venta dependiera de los gritos que se pegaran. Y en este preciso momento, yendo ya por la segunda cañita, me entran ganas de levantarme y decir que este bar, este bar donde nos encontramos, sólo se distingue de los lúgubres y entrañables salones TV de mi niñez en que no hay jerarquía. Ni puede haberla… (Pausa dramática.) Ni puede haberla, señores, porque no hay conversación ni consenso que la propicien. En ese punto, aguardaría confiado a que la clientela, acaso movida por un impulso ciudadano, le diera la vuelta a las mesas y se percatara, al fin, de que no son sino lápidas.

Me ahorraré el mitin.

No quiero correr el riesgo de que, en lugar del desvelo de la muerte, el pueblo acabe clamando:

-¡Ésta es la España que nos deja ZP!

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3 Comentarios

  1. La primera era el uveachefe. La otra que había era el uachefe. A mí pueblo no llegó hasta el mundial 82, en la misma época que aquellos carranzas.

  2. Usted iba a unos hoteles de muy poca categoría, señor De Paco. Los míos sí que tenían mando a distancia. Y podía usarse, además, para barrer el suelo.

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