
La tendencia a organizar el mundo en partes contrapuestas quizá tenga que ver con que los humanos tenemos dos lados: el izquierdo y el derecho y muchos órganos vitales son dobles y simétricos (1).
Los grandes relatos que, como el Génesis, hablan del origen del mundo, tienen un patrón común. Todos se refieren a la ordenación y colocación de la materia en el espacio y a la ubicación y separación de la tierra y el agua y de las criaturas que debían poblar cada uno de esos medios. También se refieren a la necesidad de separar lo húmedo y lo seco, el calor y el frío, la noche y el día, lo bueno y lo malo. En definitiva, cuestiones esenciales para mantener la vida.
Uno de los aprendizajes más primitivos de la persona consiste en saber elegir a qué acercarse y de qué alejarse. Esta rutina básica de la atención nos ha acostumbrado a vivir recalculando las distancias hacia lo amado y hacia lo temido (2). Un cálculo que es cambiante según las distintas etapas vitales y que se basa en un sistema de discriminación que permite a las personas calibrar este proceso y orientar la atención hacia lo que desea y evitar lo que no desea.
Pero ambas cosas están paradójicamente implicadas. El acto de desear tiene un componente relacionado con saber qué rechazar y esto también funciona al contrario.
Sin embargo, el individuo puede descuidar el manejo sobre este sistema de discriminación, de modo que termine cediendo su autogobierno sobre él y se convierta en un mecanismo que acabe por tiranizarlo. Este es el camino para convertir un rechazo en algo fóbico.
Entonces, ¿de qué depende que el infortunio se convierta en un aprendizaje o en un trauma (3)?
La adversidad nos viene dada por la mera existencia y puede ser gestionada con éxito o no. Las dificultades pueden convertirse en un aprendizaje para adaptarnos a contextos hostiles o en un conflicto psíquico más o menos invalidante. Para que los problemas existenciales se conviertan en síntomas o manifestaciones de inadaptación pueden seguirse las siguientes instrucciones:
En primer lugar, es importante que el problema sea una situación o un comportamiento calificado por la persona como no deseado. También se requiere que se repita imprevisiblemente y no cambie, que no mejore.
Por supuesto, se requiere que no esté bajo el control consciente de quien lo padece y que una o más personas, incluido el anfitrión del problema, lo nombre (a ser posible en latín) y lo caracterice o analice. Esto es importante como parámetro de objetivación y también porque un buen diagnóstico es la puerta a futuros reconocimientos oficiales. Y aunque aparentemente no mejore, debe ser considerado superable o con posibilidad de cambio, aunque de momento no se vea cómo hacerlo.
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¡Eduardo Roberto…! ¿Qué es de su vida? Ya no escribe usted por aquí. ¿Está bien de salud?
Imprevisible y desopilante como siempre, señora. La adoro. Supongo que estoy bien, siempre leyendo estos excelentes articulos pero comentando en páginas aparte porque comienzo a ser repetitivo. He aquí mi email. [email protected] si quiere saber algo más. Un abrazo
Perfectamente bien de salud, eso creo. Siempre leyendo estos excelentes artículos. Gracias por su interés