
La primera vez que Nicolás Maduro se presentó ante los venezolanos como líder heredero de Hugo Chávez ya emitió una espléndida fantasía: fue el encargado de comunicar, compungido, mejorando a Arias Navarro, la muerte del presidente de la República, y luego dijo que precisos exámenes de especialistas confirmaron que el cáncer que se lo había llevado no era natural sino una invención del imperialismo que lo había creado en muy avanzados laboratorios para infectar a Hugo Chávez confiando en que borrándolo iban a borrar su obra revolucionaria, su espíritu revolucionario.
La verdad es que uno se partiría de risa si por medio no hubiera tantos cientos de encarcelados, torturados, exiliados. La verdad es que, al lado de algunos tiranuelos de allá, los tiranos de las novelas son remedos impotentes, desde Tirano Banderas hasta el protagonista de El otoño del patriarca. Yo creo que el único escritor que ha sabido de veras retratar esa figura del tirano americano ha sido Jorge Ibargüengoitia por la sencilla razón de que es el único que no podía tomárselos en serio, por serios y ciertos que fueran sus crímenes. Los años los convierten en figuras inevitablemente cómicas, a pesar de todo el dolor que hayan podido infligir y por bobo que sea pensar que el tiempo pone las cosas en su sitio, porque lo único que hace el tiempo es quitarle el sitio a todas las cosas.
Después de aquella fantasía de los tumores antinaturales creados por la CIA para infectar a Chávez, Maduro siguió mintiendo a no sé cuántos disparates por semana, en cualquier caso una velocidad altísima. Ya digo: si esa cabalgata de disparates no hubiera ocasionado tantas víctimas, si el arma principal del régimen bolivariano no fuera el miedo, la mentira sin escrúpulos, la complicidad del silencio de tantos (aquí en España medios que pusieron el grito en el cielo por la victoria de Milei augurando que el fascismo conquistaba el cono sur, no han publicado ni una entrada siquiera sobre la situación en Venezuela: y luego dicen que el periodismo es la mejor profesión del mundo), uno podría defenderse con la carcajada. Pero hay demasiadas víctimas como para encima afrentarlos con la risa. Aunque reconozcámoslo: si alguien quiere convertir a Maduro en un buen personaje, tendrá que acudir a ella y hará bien en seguir la estela de Ibargüengoitia.
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Critica que la izquierda perdona las dictaduras desde una altitud moral, mientras el autor no ha escrito un solo articulo sobre el golpe de estado en Perú, ni ha escrito sobre los muertos, desaparecidos e injustos encarcelados de los gobiernos de derecha de Ecuador y el Chile de Piñera. Lo de Venezuela es un fraude grande como una casa, y el gobierno de Maduro es totalitario sin lugar a dudas, pero el autor debería de cuidar de pecar de aquello a lo que acusa a los demás, decidiendo cual de todas las dictaduras actuales ( ni mencionemos el caso de Emiratos, Arabia, etc) es criticable desde un articulo haciendola parecer la unica.
Certero y comedido comentario
Ojo con la errata en el título.
Es lo de siempre, son unos hijos de puta pero son nuestros hijos de puta.
Se puede decir Franco era un hijo de puta y Fidel Castro era un hijo de puta y no te salen llagas en la boca.
Lo de Zapatero es para mear sangre, que sujeto más abyecto.
Cuando la gente se aferra al poder durante mucho tiempo, sabes que eso no esta bien. No hace falta ser un genio, ni siquiera pensar: lo sientes en las tripas.