
A mediados de la década de 1860, lady Filmer sometió al príncipe de Gales a un tratamiento para adelgazar que requería un cuchillo y ninguna colaboración del paciente. Recortó su fotografía hasta mejorarle la cintura y lo instaló en un salón pintado a la acuarela. Ella se situó junto a la mesa de trabajo, con sus álbumes y sus utensilios. A su marido, sir Edmund Filmer, le correspondió un lugar en el extremo inferior derecho, cerca del perro. La perspectiva doméstica tenía sus preferencias.
El príncipe, futuro Eduardo VII, intercambiaba fotografías con la anfitriona, con quien mantenía un conocido coqueteo. En aquella página, conservada en el Art Institute de Chicago, comparece favorecido por el tamaño, la posición y la cirugía del papel. Lady Filmer podía reunir en su salón imaginario a quien quisiera, decidir las proximidades y conceder al heredero una esbeltez que difícilmente habría obtenido durante una sobremesa. La señora había encontrado una ocupación compatible con las exigencias de su clase y bastante entretenida para quienes conocieran a los retratados.
El álbum ofrecía un territorio propicio para esas libertades. La elección de quién aparece, junto a quién y con qué importancia sigue formando parte de cualquier álbum de fotos personalizado, que hoy puede elaborarse con empresas como Hofmann. Las victorianas llevaron esa intervención hasta extremos deliciosos: separaban cabezas, suprimían cuerpos y modificaban las dimensiones de sus amistades. Un caballero podía salir del estudio fotográfico satisfecho con su respetabilidad y acabar, después de varias operaciones de recorte y encolado, participando en una escena que jamás habría autorizado.
Kate Edith Gough colocó rostros femeninos sobre cuerpos de patos. Las señoras conservaban sus facciones mientras adquirían una anatomía apropiada para el estanque. En el álbum atribuido a Marie-Blanche-Hennelle Fournier, las manchas de las alas de una mariposa acogían retratos. Reconocer a los modelos debía de añadir bastante diversión a la visita. Aquellas metamorfosis necesitaban espectadores capaces de identificar a la persona recortada, recordar sus modales y apreciar la distancia entre su comportamiento habitual y el destino que le había reservado la autora.
La literatura proporcionaba abundantes precedentes para semejante fauna. Los disparates de Edward Lear y las transformaciones de los cuentos de Hans Christian Andersen circulaban por una cultura que, en 1865, recibió Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll, también fotógrafo aficionado, había creado una niña cuyas variaciones de tamaño trastornaban continuamente sus relaciones con el entorno. En los álbumes, las escalas obedecían a caprichos parecidos. Sus páginas compartían con aquellos relatos el placer de introducir una anomalía en un mundo reconocible y observar cómo empezaban a fallar sus reglas.
También Darwin había contribuido a complicar las relaciones entre las personas y el reino animal. Las discusiones sobre evolución formaban parte del ambiente cultural en el que aparecieron aquellos híbridos, aunque atribuir a cada pato una intención científica sería exigir demasiado a la ornitología de salón. Las autoras encontraban recursos en los cuentos, las caricaturas y los juegos. Tenían a su disposición una sociedad que se tomaba muy en serio las apariencias, circunstancia especialmente favorable para quien trabajara con tijeras y cierta falta de reverencia.
La irreverencia convivía con una conciencia escrupulosa del rango. Estas mujeres pertenecían a los grupos privilegiados y participaban en la organización de una vida social donde presentar a dos invitados podía tener consecuencias políticas o matrimoniales. Sus álbumes exhibían relaciones, propiedades y oportunidades de ocio. La presencia del príncipe acreditaba una proximidad deseable incluso cuando su figura había pasado por el cuchillo. Reírse de los propios círculos resultaba perfectamente compatible con vigilar quién conseguía entrar en ellos. El pegamento admitía fantasías que las listas de invitados administraban con mayor prudencia.
Había, además, trabajo. Las páginas inacabadas permiten seguirlo: bocetos, acuarelas esperando retratos, cuerpos dibujados todavía sin cabeza. Algunas composiciones incorporaban aportaciones de varias manos. Esa producción doméstica complica el reparto de papeles entre el fotógrafo profesional y la aficionada que adquiría sus imágenes. Ella también producía significados, elegía materiales y resolvía problemas de composición. Décadas después, las vanguardias harían del collage una herramienta artística fundamental. Las victorianas habían explorado muchas de sus posibilidades entre los objetos que una visita podía encontrar sobre una mesa. El lugar donde se guardaban sus obras, y la condición social de quienes las hacían, favorecían su clasificación entre los entretenimientos de señoras.
En 2010, el Metropolitan presentó Playing with Pictures, la exposición organizada por el Art Institute de Chicago que reunió aquellos experimentos. Entre ellos estaba el salón de lady Filmer, con la autora representada junto a los instrumentos de su oficio. Su álbum aparece dentro del propio álbum. Mientras los invitados ocupan las posiciones que ella les ha asignado, la anfitriona permanece al lado de la mesa, donde todavía queda trabajo: fotografías por escoger, figuras por recortar y espacio para decidir quién merece aparecer en la página siguiente.





