El gran robo del siglo Editorial

A ver cómo se las arreglan los canceladores de la IA cuando esta deje de generar imágenes y empiece a dibujarlas

humanoid ai robot painting canvas

Los miembros de la Asociación de Críticos y Divulgadores de Cómic, a la que pertenezco, estuvimos comentando informalmente, a propuesta mía, qué deberíamos considerar como producto de inteligencia artificial en el ámbito del cómic y la ilustración. La pregunta nacía del uso que hicimos en El princhiquito del coloreado de algunas de las ilustraciones realizadas por La Malaga Moderna. El rechazo por parte de todos fue unánime. En la ACDCómic todo lo que huela mínimamente a IA no es bien recibido.

A raíz de esa conversación estuve pensando qué va a ocurrir cuando en vez de pedirle a un modelo que nos genere una ilustración o un cómic le demos un lienzo, un pincel y una goma y le pidamos que dibuje por nosotros. Sí, en lugar de pedir un dibujo Ghibli de mis amigos en una despedida de soltero, mostrarle una foto de la misma a un agente y decirle que use Photoshop o GIMP para que la reproduzca según el estilo Ghibli.

Hace poco más de un año, antes de la cancelación de la IA en diseño e ilustración, este planteamiento no hubiera tenido mucho sentido. En esa época (cercana en el marco temporal y lejana en el marco tecnológico) estábamos alucinando con las imágenes generadas tras introducir un pequeño prompt y pulsar «intro» en aplicaciones como Midjourney, Stable Diffusion o Gemini. Al poco salieron las discusiones sobre entrenamiento, estilos, derechos de autor, marcas de agua y detectores, que nos han llevado a la situación de modelos capados en la que nos encontramos ahora.

En 2025, un equipo del MIT y Stanford encabezado por Yael Vinker presentó SketchAgent, un sistema en el que un modelo multimodal no produce una imagen terminada sino una secuencia de acciones de dibujo que se convierten en trazos vectoriales sobre un lienzo, de manera que la imagen surge poco a poco y el modelo puede seguir trabajando sobre lo que ya existe. EASEL, un banco de pruebas publicado en agosto de 2026, estudia lo que sus autores llaman dexterous visual tool use, el uso diestro de herramientas visuales: el agente contempla una referencia y el estado del lienzo, decide un trazo —coordenadas, grosor, opacidad, color, curva—, lo ejecuta y vuelve a mirar antes de decidir el siguiente. Los resultados son modestos, porque los veinticinco modelos evaluados dibujan bastante peor que un ilustrador, se estancan pronto y padecen un vicio que reconocerá cualquiera que haya pintado, el de alcanzar un resultado razonable y estropearlo al intentar mejorarlo. Render-in-the-Loop, el trabajo de Guotao Liang y sus colegas, aplica la misma lógica a los gráficos vectoriales, de modo que el modelo, en lugar de escribir un SVG completo y esperar a ver qué demonios sale al representarlo, genera una parte, la renderiza, la contempla y continúa. Importa menos cómo dibujan hoy estos sistemas que el hecho de que hayamos empezado a enseñarles.

En breve veremos agentes que manejen las aplicaciones de diseño como las maneja una persona, sea GIMP, Inkscape o Krita, con sus pinceles, sus capas y sus máscaras, aunque les bastaría un programa mínimo que les permitiera trazar, borrar, rellenar y deshacer mientras observan el lienzo y deciden cómo continuar. Los píxeles de la despedida de soltero los produciría entonces el mismo algoritmo que obedece a una tableta, sin que cambie nada salvo quién decide dónde va cada trazo, y como siempre habrá un lienzo de código abierto a su disposición, no habrá hecho falta enseñar a una inteligencia artificial a generar dibujos: habrá bastado con enseñarle a coger el lápiz.

Los detectores, que buscan los patrones estadísticos propios de cada generador, se quedan sin objeto ante una línea ejecutada por una orden, cuyos píxeles no revelan quién eligió las coordenadas. Quedaría la huella del gesto humano, con sus aceleraciones, sus temblores y sus presiones, una firma que no viaja en el archivo final y que, allí donde se registre, podrá imitarse. Tampoco servirá de prueba el proceso, porque EASEL trabaja copiando imágenes de referencia y un agente suficientemente preciso podría reproducir una imagen generada y dejar tras de sí un historial convincente de bocetos, entintados, correcciones y zonas borradas. Costará más tiempo y más cómputo que generar la imagen en segundos, y aun así habrá quien lo pague, por obtener vectoriales editables y capas o sencillamente por sortear el detector, de manera que el vídeo acelerado que hoy circula como certificado de humanidad demostrará que hubo un dibujo y no que lo hizo una persona.

A quien quiera seguir persiguiendo le queda la procedencia, con estándares como C2PA y las Content Credentials, que registran el origen y las modificaciones de un archivo y funcionan mientras exista una cadena de confianza, puesto que su ausencia no acredita humanidad, como tampoco la acreditará un PSD con cincuenta capas. También —y se está poniendo de moda— los autores pueden grabarse en vídeo durante el proceso, aunque el vídeo también lo podrá hacer una IA. Si resulta imposible identificar a la máquina se acabará exigiendo que se certifique la persona, y esa vigilancia recaerá sobre los ilustradores, que habrán pagado así el coste de una persecución emprendida en su nombre.

Antes incluso de que la técnica la deje sin instrumentos, la persecución tropieza con la mezcla. Un humano puede bocetar y encargar el entintado a un agente, terminar una composición que este le propone o, como hicimos en El princhiquito, colorear con una máquina ilustraciones dibujadas y rotuladas a mano, y en cada caso habría que preguntar por separado si la imagen fue sintetizada por un modelo, si una IA tomó decisiones creativas y quién merece la consideración de autor. Llamar a todo eso «imágenes de IA» explica tan poco como llamar «imágenes de ordenador» a las fotografías retocadas, y a medida que estas funciones se incorporen a los programas de siempre lo mestizo dejará de ser la excepción para convertirse en la manera corriente de trabajar.

El desde hace relativamente poco tiempo distingue entre guionista, dibujante, entintador y colorista, a quienes se acredita y se paga: declarar quién hizo qué permite repartir el mérito sin inspeccionar las viñetas. Quienes reclaman prohibiciones y etiquetas tienen motivos sobrados para el agravio, dado que los modelos aprendieron de su trabajo sin permiso y compiten ahora por sus encargos, y nada de eso desaparece cuando el modelo cambia el espacio latente por el pincel. Desaparece la frontera técnica con la que esperaban defenderse, cuya aparente solidez depende hoy de la torpeza de los agentes, y cuando señalar los píxeles y cancelar el «made by IA» deje de significar nada seguirán en pie el permiso, el crédito y el dinero. La cultura ya pasó por esto con la fotocopiadora y el casete, cuando nadie pudo vigilar cada copia y la respuesta fue cobrar un canon a quienes fabricaban los aparatos y repartirlo a través de las entidades de gestión.

Lo que está claro es que esta guerra de la detección de la IA está más que perdida, por la tecnología y por el mestizaje. Si los canceladores de la IA dedicaran sus energías a la gestión colectiva de los derechos de autor, exigiendo dinero a las multinacionales y a las instituciones que les (nos) han robado, todos los afectados nos veríamos beneficiados.

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