Música

Dos voces para una música que nunca se repite

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Alim Qasimov nació en Nabur, una pequeña aldea de Azerbaiyán. Hijo de una familia campesina, empezó a trabajar siendo muy joven en el campo y, más tarde, pasó por empleos como conductor y mecánico antes de dedicarse profesionalmente a la música. Tras realizar el servicio militar en Kaliningrado regresó a Azerbaiyán y acabó ingresando en la Escuela de Música Asaf Zeynalli de Bakú, inicio de una trayectoria que terminaría convirtiéndolo en una de las grandes voces del Cáucaso. Su hija Fargana, que creció escuchándolo —como él había escuchado cantar a su propio padre—, terminó compartiendo con él el mugham azerbaiyano, una tradición en la que dominar las reglas sirve, llegado el momento, para poder escapar de ellas. El 11 de octubre ambos llegarán al Teatro Gayarre con «Voces a la luz de Oriente», dentro de los Encuentros de Pamplona.

El mugham no acaba de encajar en las categorías occidentales. Considerado una forma de música clásica y académica, incorpora al mismo tiempo melodías, ritmos y procedimientos procedentes de tradiciones populares y bárdicas. Funciona mediante modos, fórmulas melódicas y poemas que el intérprete debe dominar con enorme precisión para poder transformarlos durante la ejecución. La UNESCO, que lo incluyó en 2008 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, subraya precisamente su elevado grado de improvisación y una historia marcada por los contactos de Azerbaiyán con persas, armenios, georgianos y pueblos túrquicos. Comparte además rasgos con el maqam iraquí, el radif persa y el makam turco.

Hay una paradoja en todo ello: cuanto mejor se conoce la tradición, mayor puede ser la libertad. Qasimov lo formula de una manera bastante menos académica cuando dice que para ser músico tiene que haber «fuego» dentro. Al hablar de los conciertos con su hija y con los instrumentistas que los acompañan insiste en que lo que ocurre sobre el escenario nunca puede determinarse por completo de antemano. Una pieza puede ensayarse de una forma y terminar siendo distinta esa misma noche porque algo sucede entre quienes la interpretan y modifica su rumbo.

La propia UNESCO señala que el mugham no puede transcribirse de forma definitiva. El maestro transmite al discípulo un lenguaje, no una grabación que deba reproducirse. En buena medida se aprende precisamente para alcanzar el punto en el que resulte posible apartarse de lo aprendido sin destruirlo.

Esa concepción quedó especialmente a la vista cuando Qasimov comenzó a trabajar con el Kronos Quartet. Hacer convivir el mugham con un cuarteto de cuerda occidental obligaba a encontrar un territorio común entre una escritura musical más fijada y una tradición en la que la frase, la duración y el desarrollo pueden modificarse durante la actuación. De aquella búsqueda surgieron conciertos conjuntos y, en 2010, Rainbow: Music of Central Asia Vol. 8, publicado por Smithsonian Folkways, en el que participaron también Fargana Qasimova y el maestro afgano del rubab Homayun Sakhi.

Para entonces Qasimov llevaba alrededor de dos décadas presentando el mugham fuera de Azerbaiyán. Había ganado en 1988 el primer premio del Festival Internacional de Música Tradicional de Samarcanda, recorrido escenarios de Europa, Asia y Estados Unidos y colaborado con el proyecto Silkroad impulsado por Yo-Yo Ma. En 1999 recibió el Premio Internacional de Música del Consejo Internacional de la Música y la UNESCO, uno de los grandes reconocimientos internacionales de una trayectoria que había comenzado mucho antes entre celebraciones populares y reuniones musicales.

Para entonces también otra voz llevaba años entrando en la suya.

Fargana Qasimova nació en 1979 y creció rodeada por la música de su padre. Según recuerda Silkroad, a los cuatro años ya cantaba con él en casa y con dieciséis se incorporó por primera vez a una de sus giras. Entre 1996 y 2000 estudió mugham en el Conservatorio Nacional de Azerbaiyán mientras empezaba a aparecer junto a Alim en discos y conciertos internacionales. En 2002 realizó en Bélgica su primera actuación como solista.

Sobre el escenario, padre e hija rehúyen la distribución convencional entre voz principal y acompañamiento. Sus voces coinciden, se separan, una recoge la frase iniciada por la otra o ambas se superponen hasta que resulta difícil distinguir dónde acaba una y empieza la siguiente. Una música transmitida durante generaciones termina así convertida en algo que solo puede suceder esa vez.

Preservar, en el mugham, nunca ha significado inmovilizar. Fargana ha trabajado también con el repertorio de los ashiks, los bardos y trovadores de la tradición popular azerbaiyana, mientras su padre lleva décadas probando hasta dónde pueden estirarse los límites de la interpretación clásica sin romper el hilo que la une con quienes la cantaron antes.

La formación que llegará a Pamplona permite entender mejor ese mecanismo. Junto a las dos voces estarán Rauf Islamov, a la kamança, instrumento de cuerda frotada que se toca verticalmente; Zaki Valiyev, al tar, el laúd de mástil largo característico de esta música; Rafael Asgarov, con instrumentos de viento, y Javidan Nabiyev, en la percusión. Ninguno constituye simplemente una base sobre la que se despliegan los cantantes. Cuando la improvisación forma parte de la arquitectura de una pieza, cada músico escucha lo que acaba de suceder y su respuesta puede modificar lo que ocurrirá después.

El título elegido para su concierto en los Encuentros, «Voces a la luz de Oriente», tiene por eso una sencillez engañosa. Azerbaiyán ocupa un territorio caucásico atravesado durante siglos por los mundos persa, turco, ruso y centroasiático. El mugham conserva las huellas de esos contactos y, al mismo tiempo, se ha convertido en una de las grandes señas de identidad cultural del país.

El domingo 11 de octubre, a las 21:00, en el Teatro Gayarre, Qasimov y Qasimova ofrecerán un concierto de unos setenta y cinco minutos dentro de la recta final de los Encuentros de Pamplona. Encajan especialmente bien en una edición construida alrededor de cruces entre épocas, disciplinas y formas distintas de conocimiento. Su música lleva siglos practicando algo parecido: recibe una herencia, la somete a lo que ocurre en el presente y la devuelve ligeramente transformada.

De ahí que una grabación sirva solo a medias para explicar el mugham. Conserva la voz, pero fija precisamente aquello cuya naturaleza consiste en poder desviarse. Cuando Alim, Fargana y los cuatro músicos se sienten en el Gayarre conocerán perfectamente el territorio en el que van a moverse. Nadie, ni siquiera ellos, sabrá con exactitud el camino que tomarán.

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