Música

Franco Battiato y las dos Sicilias

Franco Battiato y las dos Sicilias
Pedagogía a cargo de los battiatistas españoles.

Se nos olvida Battiato. Montamos una fiesta al estilo de los años ochenta en España y todo son Joaquines Sabina, Alaskas, Davids Summers y Antonios Vega. La cantante Rosalía lanza en 2025 un álbum místico, sincrético y plurilingüe, y deliberamos que descubrió el Mediterráneo. Consecuencias de perder de vista a ese oportunista lingüístico que nos puso a mover el esqueleto con letras sobre esoterismo, naves espaciales, sóviets y danzas del desierto. El siciliano Franco Battiato, que hizo del castellano su segundo hogar musical, tenía para entonces cuarenta años y más vueltas que la maleta de la Piquer. Se inició en la cara bizarra del rock progresivo y caminó hacia el minimalismo extremo, evanescencia que culminó con un álbum dedicado a dos acordes… uno para la cara A, otro para la cara B. Esta creación, L’Egitto prima delle sabbie, mereció a su autor el premio Stockhausen de música experimental en 1978, poco antes de reciclarse como estrella del pop y lanzar el primer disco italiano que vendió más de un millón de copias (La voce del padrone, 1981). El terrorista sónico galardonado por Stockhausen saltaría a Eurovisión en 1984 con la poética «I treni di Tozeur»… que perdió ante la nadería sueca «Diggi-Loo Diggi-Ley». ¿Quién se atrevería a ir a Eurovisión con una letra sobre «pueblos fronterizos», «las rutas del desierto» y una madre magrebí…?

El cancionero de Battiato es un auténtico mosaico de géneros: rock progresivo, noise, ópera, canción del verano, new romantic, metal, world music, tecno, ambient, lieder, música de cámara, ópera y aun il free-jazz-punk inglese. Las letras tienden a ser inescrutables, aun en la traducción española —si se puede llamar tal a ese dialecto del battiatese en el que se versionaba a sí mismo—, y eso que nos lo ponía más fácil que a sus compatriotas. Por ejemplo, el superéxito «Centro de gravedad permanente» nos trae un mundo en pantuflas en comparación con el original italiano, uno donde Bretaña se vuelve Madrid, la gran China no es invitada e irrumpen «jesuitas en acción» en lugar de «gesuiti euclidei» (euclídeos).

Alguien parecía conocer la predilección del público español por artistas pretendidamente cercanos que nos hablen de cosas como las nuestras al otro lado de un vaso de whisky… no de bretonas con sombrero, contrabandistas macedonios y jesuitas más o menos geométricos. Cada despunte de belleza sobre el oleaje de battiatese, bastante agitado en esta canción, es recortado conforme a una concepción de España como un país de… ¿Joaquines Sabina? «Per le strade di Pechino erano giorni di maggio» («Por las calles de Pekín eran días de mayo») se torna, imperdonablemente, «En las calles era mayo», y el rostro y las narices de la amiguita (o amiguito) con quien Franco bromea y recoge ortigas por la calle se alargan y alargan hasta encajar en los de un amor de juventud en Vallecas.

Este ejercicio de podado no es atribuible al cantautor, que se desentendía bastante del contenido de sus versiones españolas. Battiato confiaba en su compañía, EMI-ODEON, que contactó con el periodista deportivo y letrista popular Carlos Toro («Resistiré», «Desesperada», «Oliver y Benji»…) y con otros para capturar la lírica esquiva de un artista al que ellos describían como «un tío muy raro».

En Italia, el battiatismo es una religión. Franco se complacía en relatar cómo su abisal «L’ombra della luce» había incrementado la población conventual de la nación. Oímos que una mujer de Bolonia llamaba a los Carabineros tras leer un mensaje con tintes suicidas publicado por su marido en redes el día del funeral de Battiato. Aquí no sucedió nada semejante; desde luego, no con la amplitud y transversalidad del battiatismo italiano. En su día, el pueblo español solía contentarse con comentar su facha de antidivo, esos curiosos pases de baile y, sobre todo, esa nariz superlativa que parodiaron Martes y Trece y que será eternamente evaluada desde sus primeras entrevistas en el país. Battiato señalaba a la luna, nosotros mirábamos a la nariz.

O más bien a las lunas, pues apuntaba a multitud de cosas: Franco vivía en fragmentos de sufismo, ocultismo, vedānta, cristianismo heterodoxo, nihilismo filosófico o budismo tibetano, según las fases. Aquellos pasos de baile en sus videoclips de principios de los ochenta no eran mera frivolidad o impericia: velaban movimientos sagrados inspirados por su principal gurú de entonces, el maestro de danzas grecoarmenio G. I. Gurdjieff. Battiato conoció el Trabajo de Gurdjieff a través de un discípulo directo del esoterista, el francés Henri Thomasson. A Gurdjieff se remontan el concepto de un «centro de gravedad permanente» (que se halla también en el taoísmo, esa vía del retorno) y la voluntad de conectar místicamente las danzas del globo, que alcanza su máxima expresión en la canción «Yo quiero verte danzar»:

Yo quiero verte danzar
como los cíngaros del desierto,
con candelabros encima,
o como los balineses en días de fiesta.
Yo quiero verte danzar
como derviche tourneur que gira
sobre la espina dorsal
al son de los cascabeles del kathakaḷi.

Aunque el espíritu de esta letra sobrevivió a su traducción al castellano, hemos de transcribirla de oído. La transcripción oficial es un desastre, reflejo de la atolondrada sordera cultural de nuestros años ochenta. Frente a los ignotos balineses, que en efecto danzan (ceremonial y posesionalmente) en sus días de fiesta, se propone «parineses», refiriéndose a los parisienses. Los templos de Bali se convierten en un genérico París y el planeta se despierta un poco más en pantuflas (y un poco menos ortográfico)… Derviche tourneur (giróvago) se vuelve «derviche tourne», la danza india del kathakaḷi es «catacari»… Pese a extraviar los referentes, esta versión en castellano, de 1987, sí retiene algo de la poesía y el alcance de la letra italiana. Sin embargo, detectamos un cambio drástico en el plano musical. Si se escuchan por separado, cuesta percatarse, pero al comparar notaremos que la española tiene un ritmo muy marcado, a diferencia de la etérea original («Voglio vederti danzare»).

Franco anhelaba que la canción fuera un hit en España. Acaso él o sus productores no terminaban de confiar en que el público patrio fuera a comprar la propuesta conceptual —que, de acuerdo con el videoclip, incluía culminar «la latinización de la lengua árabe»— y reforzaron la percusión. Una canción no ya bailable (que lo es hasta un viejo vals vienés), sino de pista de baile. De nuevo, acertaron.

Hace muchos años escribí un relato sobre un acto en el aniversario de la muerte de un señor, Manolo, que tenía contactos en los altos círculos académicos y políticos. Todos los oradores coincidían en subrayar las cualidades de la nariz de Manolo: el poeta académico le dedica un soneto, un ingeniero muestra un diagrama sobre su arquitectura, «comparándola con otras grandes narices de la historia», un matemático presenta la ecuación de su curvatura y la viuda evoca, deshecha en lágrimas, la graciosa manera en que arrancaba del labio superior. Uno de los presentes alza la mano y expone que, además de su nariz excepcional, Manolo era un hombre cariñoso, amigo de sus amigos, caritativo y risueño. Los oradores lo acallan a una: «¿Cuáles son sus fuentes?». «¿No tiene diagramas?». «Un poco de rigor, por favor…». «¿Y qué pruebas hay de eso…?».

Siempre hay más. Siempre hay mucho más. En Battiato hay ópera, hay lamaísmo, hay sufismo y vegetarianismo, hay verdaderas películas de arte y empacho, hay mucho pensautore por descubrir en entrevistas de santo delirio, pero también hay un cantante culto y un pelín estrafalario que se las arregló para animar las verbenas de nuestros mayores con sus danzas de cíngaros del desierto. Que desembarcó en esta otra Sicilia y nos devolvió la invasión. Y eso solo bastaría.

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