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Philip Hoare: «El mar es el regalo que nos recuerda que no tenemos el control de nada»

Philip Hoare para Jot Down

El escritor británico Philip Hoare convierte a William Blake en el centro del relato de su nuevo libro a través de una red de artistas y escritores que lo leyeron, lo reinterpretaron y mantuvieron vivo su legado.

Sentados en una playa de la costa barcelonesa, entrevistamos al escritor inglés Philip Hoare (Southampton, 1958). El autor viene de una mañana intensa con los medios de comunicación y, como siempre, después de terminar las entrevistas, ha acabado bañándose en el mar. No es la típica postal del turista del norte de Europa en la Ciudad Condal, sino la expresión de una fascinación constante por el mar que quedó expuesta públicamente después de ganar el Samuel Johnson Prize en el año 2009 con Leviatán o la ballena.

A partir de este libro, Hoare se consolidó como un autor de referencia en la no ficción literaria y se abrió paso en el mercado internacional como especialista en naturaleza y literatura. Después llegaron El mar interior (2013), El alma del mar (2018) y Alberto y la ballena (2021), publicados en castellano, junto con Leviatán o la ballena, por la editorial Ático de los Libros.

Ahora el escritor vuelve a adentrarse en el mar, aunque desde otra perspectiva, una línea que ha ido explorando en sus últimos libros y en algunos otros de más larga data y sin traducir. En ellos el agua está presente, pero sin literalidad; no hay un género definido desde el que interpretar sus textos, porque todo en ellos se expande y se mezcla como el agua. Su nuevo libro, publicado recientemente en España, se titula William Blake y los monstruos marinos del amor, un homenaje al artista inglés del periodo romántico que ha influido en creadores de la talla de Derek Jarman, Iris Murdoch o David Bowie.

Hoare trae consigo sus años de experiencia en el movimiento punk inglés, las conversaciones que le abrieron la mente y una fascinación por el mar y por lo analógico. No tiene teléfono móvil y, cuando la marea lo deja, nada todos los días en el mar cerca de su casa, en Southampton. Todo ello contribuye a su capacidad como narrador, pero, sobre todo, a su manera de conversar y de escuchar.

Empezaste trabajando en el mundo de la música y el punk inglés de los años setenta en Londres. ¿Cómo conectas aquella etapa de tu vida con el escritor que eres ahora?

Son la misma persona, pero una es el nacimiento de la otra. Por mi experiencia en el punk y, en especial para alguien de las afueras que crecía en aquella época, no había nadie que te mostrara la salida de esa aburrida normalidad social. Fue entonces cuando aparece David Bowie, con el pelo rojo brillante, con aspecto de extraterrestre, como un alienígena sin género. Para mí fue increíble, así que eso deriva naturalmente en el punk. Me fui a vivir a Londres en 1976 y empecé a ir a todos aquellos clubs de punk. Estaba metido de lleno con las bandas, empecé a rodearme de ellas, trabajé para un sello discográfico como Virgin y luego tuve mi propio sello, Operation Twilight. Así que esa idea de una sociedad alternativa es justo el tipo de cosa por la que William Blake tanto luchó y se convirtió en algo que yo estaba viviendo. Yo vivía así, conviviendo con gente joven en el East End de Londres. Fue increíble, pero también era muy pobre a veces, tanto que robaba un poco de queso rancio del supermercado para comer. No ganaba nada de dinero. En realidad, nadie ganaba dinero, todo el mundo lo hacía por el arte. El arte, la música, la moda, el cine, la fotografía, la escritura, todo eso. Habíamos tomado el control y publicábamos nuestro propio material, hacíamos nuestra propia ropa. No estaban controladas por ninguna multinacional en ese momento.

Sin embargo, trabajaste en Virgin Records, que terminó convirtiéndose en una empresa enorme.

Sí, pero tenían un rollo más independiente, porque los dirigía Richard Branson que, originalmente, era un hippie. Podías fumar hierba y beber en la tienda. Primero trabajé en la tienda y luego para la cadena, vendiendo sus discos independientes. Después me fui a trabajar a Rough Trade en la parte creativa, pero era un mundo distinto, un mundo analógico.

¿Lo echas de menos?

Muchísimo. Ya no ves demasiadas cosas analógicas; tienes que buscarlas. La gente está muy metida en el vinilo y cosas así. Mis sobrinos tienen veintitantos años y leen libros de verdad: sostienen un libro y lo leen, van al cine, porque están hartos de hacerlo todo en sus dispositivos. Creo que a la gente no le gusta el mundo digital. Lo digital no te trae la experiencia de las grandes cosas del mundo; hace justo lo contrario, te aleja de ellas y te distraes. En el fondo, todo esto consiste en venderte cosas nuevas. Cuando estás ahí fuera, con un libro, ya no pueden explotarte. Si ya te has comprado el disco, no pueden cobrarte una cuenta de Spotify y, encima, estafan a todos los artistas. Son cosas enormes para la gente de la música, para la música en sí misma y su mercado, inclusive para los escritores.

¿También sientes que los escritores han perdido el control sobre su trabajo?

Ahora trabajamos casi por nada y perdemos el control de nuestro trabajo, porque acaba en internet, gratis, y nadie paga por él. Me gusta la idea de que mucha gente lea mi trabajo, pero me dejo la piel para hacerlo. Dedico unos cinco años a cada libro, más o menos, porque es una especie de lujo y me lo puedo permitir. Vivo solo, no tengo cargas. Soy una persona muy irresponsable; no esperes que haga nada responsable.

Aunque sí eres responsable con tus plazos y con tu editorial.

Lo soy. Bueno, no siempre, la verdad. Soy responsable con mis amigos y con la gente a la que quiero. Así que tengo ese lujo. Mis contratos no suelen ser de cinco años; normalmente son unos tres, o menos. Así que hacia el tercer año preguntan: «¿Dónde está esto?». Y yo digo: «No, no, sigo, ya llegaré a alguna parte». Tienen a mucha gente de quien tirar. No me preocupo; no ganan su dinero conmigo. En el Reino Unido publico con Fourth Estate, que es parte de HarperCollins que, por desgracia, es un gran conglomerado propiedad de Rupert Murdoch, y eso no me gusta. Ahora todo es propiedad de alguien, ¿sabes? Una gran ballena comiéndose a todos los pececillos. En España estoy muy bien con Ático de los Libros.

Philip Hoare para Jot Down

Hablando de ballenas, te hiciste un escritor respetado luego de ganar el premio Samuel Johnson (ahora Baillie Gifford) en 2009 con Leviatán o la ballena. En tus libros el mar siempre está presente. ¿A qué se debe ese amor?

Creo que a uno lo etiquetan como escritor de naturaleza o sobre el mar, pero mis libros son muy distintos entre sí, pero el mar siempre está ahí, porque es un depósito de poder y de lo desconocido. Además, es el mar quien gobierna este mundo, no nosotros. Sin él, estaríamos muertos. La gente ni siquiera lo piensa; ni siquiera lo sabe. Ahora estamos aquí sentados en la playa, y es como el espacio exterior. Si miras al horizonte, ¿qué viene después? El cielo, luego el espacio exterior. Así que son estos dos elementos asombrosos. Hoy estamos sentados en una de las ciudades más bellas del mundo, con sus atascos, sus tiendas, sus bares, su gente, todo, pero estamos al borde de una naturaleza completamente salvaje, llena de belleza y, a su vez, un lugar extremo, letal, peligroso. El mar siempre es una manera de ponerte en la perspectiva adecuada: eres esta personita y no eres el dios que gobierna. El ser humano no es el dios que gobierna el mundo; solo lo intenta, y la está cagando, pero, en realidad, el mundo continuará después de los seres humanos. Estoy seguro de que lo hará. Es como los dinosaurios, supuestamente invulnerables, y vivieron mucho más de lo que vamos a vivir nosotros en el planeta Tierra. Vivieron millones de años. Nosotros no vamos a llegar a tanto, creo.

¿La relación que tienes con el mar determina tu vida cotidiana?

Sí, tener siempre eso presente forma parte de mi proceso de escritura. A veces me levanto a las dos de la madrugada, según dónde esté la marea, porque el sitio donde nado tiene muchas mareas. Es como cuando haces vela: hay momentos en los que no puedes subirte a un barco; pues es lo mismo, tampoco puedes ir a nadar si la marea no te deja. Es así como mi tiempo lo determina la marea. Cuando quedo con alguien, lo primero que miro es el horario de las mareas, no mi agenda. Sé que es un poco arrogante. También hay que trabajar con la luna, con los ritmos del cuerpo. Hay una buena cantidad de fluidos en el cuerpo, además de la sangre menstrual, que también se ven afectados por la marea; me mueven, nos mueve la marea. Mi tiempo es la marea.

Si el tiempo es la marea, ¿es el mar una máquina del tiempo?

Sí, porque ahí hay cosas mucho más antiguas que nosotros, criaturas más evolucionadas. Las ballenas llevan millones de años, mucho más que los seres humanos en el océano. Así que, solo por estar allí, eres casi eterno. El mar es una experiencia distinta del mundo. No sabes nada de lo que va a pasar después. Siempre es una sorpresa, porque no está bajo tu control y ese es el regalo que nos hace el mar. Un regalo de verdad. Y siento que le damos la espalda al mar como si no existiera. Igual que damos la espalda a nuestros problemas como si no existieran, pero el mar es a la vez una solución y un problema.

¿Por qué su carácter dual?

Es un problema porque ha absorbido todo el carbono y nos ha salvado de los peores efectos del cambio climático, por ahora, quizá dentro de unos años ya no, no lo sabemos. No sabemos cuánto durará esta salvación, pero también es una solución, porque está la energía de las olas. También desde un punto de vista creativo, el mar es la central eléctrica de la imaginación. Creo que no existiría la poesía si no tuvieras la idea de esa gran profundidad insondable de algo que no tiene nada que ver con los seres humanos. Es casi como si pudieras lanzar la poesía ahí fuera y luego traerla de vuelta desde ahí. Tenemos mucha suerte, como seres humanos, de poder nadar y estar en el agua, aunque solo sea un momento, y ser como una ballena, o un pájaro, o lo que sea en el agua o cerca de ella. El mar es un auténtico regalo porque te liberas de la preocupación, de la gravedad, del cuidado, de todo, hasta de tu teléfono, que no puede salvarte ahí.

Como bien dices, el mar también representa una forma de conexión con nosotros mismos como parte de la naturaleza.

Sí. Suena un poco cursi, pero eres realmente parte de la naturaleza. Lo eres. Dependes, como en un velero, del viento, de la marea, de las corrientes, de la temperatura y de la habilidad de quienes conducen el barco. Son cosas naturales con las que la gente ha navegado desde siempre. Nos conecta, no nos divide. Cuando tuvimos el maldito brexit en Inglaterra, pensamos que podríamos cortar todos los lazos y alejarnos flotando hacia algún paraíso perfecto donde nadie nos molestara. Fue lo más disparatado que pudo haber pasado en una isla y lo peor que una isla puede descubrir es que tienes que salir de ella, porque significa que nadie va a venir a ti. Eso es, exactamente, lo contrario que hace el mar.

Philip Hoare para Jot Down

En tu nuevo libro, el mar y los monstruos marinos también parecen entrar en la historia de amor con William Blake. ¿Cómo fue el proceso de escribirlo?

Creo que es como el mar, en cierto modo. Mis libros nacen en el mar porque es donde más pienso en ellos. Donde pienso en escribirlos de la forma más extrema. Lo que pienso durante el día o por la noche, como un sueño, pero el mar lo pone en foco. El mar es casi como un objetivo de aumento, los enfoca. Luego, sobre todo en las historias de William Blake, sentí, en parte por la manera mágica en que él escribe, invocando toda clase de criaturas y creaciones de su imaginación, que el mar se forma a sí mismo, sobre todo escribiendo este libro, como un monstruo marino. Eso se convierte en una manera de liberarte para pensar. Cuando estoy metido en investigar el personaje de William Blake, me dejo llevar porque su obra es toda fluida, es una sola pieza. Ese mar es algo completo o algo que no llega a estar completo del todo, porque no termina nunca, en cierto modo.

En este libro parece que te colocas en un segundo plano. Hay menos de tu experiencia personal que en otros de tus libros.

Sí, he intentado escribirlo como si no fuera no ficción. Para mí lo más importante es ver las conexiones y hacerlas. Cuando haces esas conexiones tú mismo, ves lo que hace el arte, ¿no? Cuando lees un libro o ves un cuadro y aportas tu experiencia, es no natural, porque sin tu experiencia no existe. Una obra existe en la imaginación de quien la hizo y en la imaginación de quien la recibe. Si no, no es una obra de arte; es solo un pedazo de algo, de pigmentos, minerales o lo que sea. Depende de eso. La obra está en un escenario, delante de todos nosotros, para ser filmada o el formato que sea; esta casi no existe sin nuestra interpretación y la experiencia humana. Con Blake, lo que intenté hacer, porque no podía entrevistarlo, fue mirar a las personas cuyo trabajo como artistas amo y que descubrí que estaban influidas por él. Así que este libro se convierte en una especie de espejos de Blake y de su energía, en conductores de su energía hacia los siglos XX y XXI. Estos artistas lo representan. Blake creó todos esos mitos y ellos los reescenifican en sus vidas. En vidas reales como la de Nancy Cunard; en París, como Joyce; en Dublín, como Gerard Manley Hopkins o Iris Murdoch en Inglaterra. Todos son gente increíblemente mágica. Conocí a Derek Jarman y a Iris Murdoch, personas reales, gente normal como tú y como yo, pero como artistas se convirtieron en algo hiperreal, crearon algo mágico y suspendieron su normalidad en el momento de hacer arte, de escribir su obra, o incluso en sus relaciones con la gente. Una relación también puede ser muy creativa y mágica; puede crear su propia magia.

Hablas de una especie de magia performativa. ¿El amor también entra en esa idea?

Sí, porque el amor es muy performativo. Actúas para hacerte amar y ser amado, para dar y recibir, y de eso se trata también el arte. Esto es muy cierto en Blake, él creaba para ser visto y no hacía arte para venderlo. Nunca vendió su arte, en realidad; nunca ganó dinero vendiendo su propia obra. Solo quería comunicar. Tenía opiniones feroces sobre las cosas, ideas asombrosas y, en todas esas visiones que veía, se veía a sí mismo como una especie de conducto de algo; era como si algo se canalizara a través de él hacia el mundo. Tenía mensajes para el mundo, creo que nos hacía más preguntas que nos daba respuestas.

También has dicho que te enamoras de las cosas tanto como de las personas.

Amar es una actuación que dura toda la vida: intentar encontrar a alguien, o a algo. Me enamoro de las cosas tanto como elijo a las personas. Mi cuñado vive en Devon, bastante lejos del mar, así que cuando voy ahí tengo que nadar en el río, pero el río es muy salvaje y yo soy algo torpe, pero él me observó y me dijo: «Todo lo que haces tiene que ver con la actuación, ¿verdad? Todo va de actuar». Y en parte porque, obviamente, si estás con otra persona, te pones a hacer el tonto, así que estás actuando, ya sea saltando, tirándote de cabeza o haciendo tonterías. En cierto modo estás atrayendo a la gente. Estás diciendo: «Mira, soy interesante, soy una persona interesante». Pensé que eso también es lo que me pasa con las ballenas. Cuando he visto ballenas, pienso: «¿Estás actuando para mí? Porque estás guapísima, ¿verdad? Y podrías irte si quisieras». Cuando vi mi primera ballena, estaba a solo unos doce metros de la proa del barco y saltó justo delante de mí. Podría haberlo hecho a quince kilómetros, pero eligió hacerlo ahí.

¿Qué diferencia ves entre esa performance y la que hacemos en las redes sociales?

Creo que la performance que hacemos en el mundo digital tiene que ver con nuestros cuerpos, con la forma y el espacio que ocupan nuestros cuerpos, y no hablo de belleza física, ni de lo que consideres belleza física, sino de cómo ocupas un espacio. Ahora, sentados aquí, en relación el uno con el otro, conectamos porque sabemos que tú y yo tenemos ideas parecidas, o nos interesa algo común que está en medio de los dos. Tú tienes tu círculo, yo el mío. Es como un diagrama de Venn, hay una pequeña zona en medio que ahora mismo nos está conectando y nos damos cuenta, los dos, de que eso es algo muy importante porque es lo que necesitas hacer en la vida. Ya sea amor, arte o trabajo, alguien que nos atiende en la barra del chiringuito, y lo importante es la conexión. Entonces, ¿dónde está eso en lo digital? ¿Cómo lo valoras? Ahora mismo tú estás frente a mí y yo veo, por cómo se mueve tu boca, si no has entendido algo de lo que he dicho, o si te ha parecido bien. Instintivamente, puedo ver un temblor de tus cejas: «Ah, no le gusta», o «sí, le gusta», o «no lo ha entendido», o «sabe exactamente de qué hablo». Haces todas esas comparaciones y esas son cosas que nos conectan. ¿Cómo funcionan en un mundo digital? Muy diferente porque solo estás lidiando con ideas abstractas.

¿El mundo digital no tiene ese intercambio inmediato aunque nos vendan la idea de que sí es así?

Exacto, no tienes intercambio. Y lo que decía de las ballenas es lo que, en cierto modo, lo demuestra porque sé que las ballenas reaccionan a los seres humanos. Tienen cerebros grandes. Saben que no somos como los peces y siento que reaccionan a nosotros. Cualquiera que haya trabajado con ballenas, quiero creer que llega a esa conclusión, porque saben cómo actúan y, como son animales muy sociales, te están evaluando en su espacio. Así que esa es la gran belleza y por eso el arte es tan importante, porque permite a alguien como William Blake, hace doscientos años, conectar con gente como tú y como yo, que vivimos en el siglo XXI, en un mundo que él no podría concebir, pero que probablemente sí predijo y, de una manera curiosa, sí podría comprender. Además, él puede hablarnos, y nosotros podemos hablar en este mundo, con estas máquinas. Hemos llegado aquí en avión, pero podemos estar hablando de alguien que murió hace doscientos años y nos dejó algo que nos hace felices, o nos interesa, o con lo que discrepamos, o que te eleva. Eso es lo brillante.

Philip Hoare para Jot Down

¿Crees que William Blake tiene hoy la misma importancia en el mundo del arte que J. M. W. Turner?

Creo que hay varias razones. Tiene mucho que ver con los medios, en cierto modo, porque a Turner puedes venderlo, comercialmente. Blake, además, es raro. Es raro, y no le puedes poner una etiqueta. Puedes vender un montón de paisajes marinos, pero un Blake… ¿Qué coño es todo eso? Está por todas partes; ni siquiera él podía controlar lo que hacía. Escribía esas sagas locas, casi como de ciencia ficción. Ahora el mundo del arte tiene que ver con qué puedes vender, qué puedes convertir en mercancía. Es difícil comercializar y vender a William Blake. Podrías vender El tigre, el poema, y algunas de las imágenes, pero son demasiado desafiantes, en cierto modo, porque es diferente. Y no nos gusta lo diferente; nos gusta poder encajarlo en una casilla. Él es exactamente así, por eso, la única manera que encontré para escribir sobre él fue acabar escribiendo sobre otras personas que yo conocía y sobre cómo reaccionaban ante él. Fueron como mis testigos.

¿Qué crees que sacaron de él?

Creo que es la especie de tranquilidad de tener a otra persona que te lo interpreta a través de su propio arte, porque son todos grandes artistas, grandes escritores. Así que piensas: «Vale, entonces esto es importante para lo que tú hiciste, así que tengo que volver a Blake y verlo».

Cuando empezaste a escribir sobre Blake, ¿sentías que estaba desapareciendo del imaginario contemporáneo?

Cuando empecé a escribir sobre él, no estaba muy presente en el medio artístico actual, digamos. Pero, a medida que escarbas, descubres que sí está ahí, de verdad. Está ahí de maneras extrañas, subliminales, sutiles y, aun así, era mi reto traerlo de vuelta al primer plano. Me desafié a mí mismo a hacerlo. Un día mi mejor amigo me dijo: «No sabes nada de Blake» y ese fue el reto. Así que me di cuenta de que, efectivamente, no sabía y sigo sin saber. Justamente de eso trata un poco el libro.

Tus primeros libros fueron biografías de personajes muy concretos y pintorescos de la cultura británica. ¿Cómo eliges a las personas sobre las que escribes?

Los primeros, simplemente porque son personas, ¿sabes? Soy un fan. La primera persona fue Stephen Tennant —aristócrata británico—, a quien conocí y que tenía un aspecto asombroso: parecía David Bowie de los años veinte. Era una gran figura queer que conectaba con toda esa gente increíble como Virginia Woolf, por ejemplo. Creo que es, sencillamente, cumplir mi fantasía de conocer gente. Lo conocí, así que obtuve un testimonio de primera mano. Ningún personaje es igual a otro. Podía entrevistar a Katharine Hepburn y a toda esa gente, pero no lo hice. Luego mis libros cambiaron un poco, se volvieron un poco más raros, o un poco más…

¿Más híbridos?

Híbridos, sí, y es difícil, porque en el mercado editorial se necesita la etiqueta. Son muchas cosas las que ponen ahí en no ficción, pero sí, creo que ahora tenemos más que contar. Porque tenemos mucha historia. Personalmente, también me siento más libre para hacer cosas, en parte porque, a medida que te haces mayor, te das cuenta de que no tienes que hacer lo que los demás te dicen.

¿Crees que para las nuevas generaciones es más difícil encontrar esa libertad?

Sé que es muy difícil. Con mis sobrinos lo sé. Mi sobrino es poeta, se identifica como queer y su pareja es trans. Es muy duro. Tiene veintidós, veintitrés años, pero creo que la gente entiende más las etiquetas queer. Aunque yo prefería la etiqueta queer, quizá, de los años veinte.

¿Tienes idea de cómo será tu próximo libro?

Si lo supiera, no te lo diría. (Risas). Sé cosas, pero no sé hablar de ellas. No tiene sentido que hable de ellas, porque no lo sé. Habrá, si Dios quiere y sobrevivo, quizá haga otra cosa, pero si lo describo, me hago responsable de ello. No quiero ser responsable, como ya te dije. Toda mi vida he intentado ser irresponsable. Es como cuando estás en el colegio y te ponen deberes. Odias los deberes. Cuando dejé el colegio dije: «Nunca más volveré a hacer deberes» y esta es mi versión de eso: nunca voy a hacer un trabajo por obligación. Así que, si quieres que haga algo, déjame en paz y ya haré algo… que me gusta.

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