
(Aviso: en este artículo se incluyen algunos leves SPOILERS de la primera temporada de la serie American Gods)
No se ha conservado testimonio alguno de aquel día de 1895 en que el banquero Leopold Goldschmidt recibió, por fin, el cuadro encargado a Gustave Moreau seis años antes, pero es fácil imaginar que su primera reacción fue de sorpresa. El óleo, de dos metros de alto por uno de ancho, representaba el mito de Júpiter y Sémele de un modo que solo el artista francés era capaz de llevar a cabo. Abrumado por la belleza exuberante que tenía delante, el banquero escribió al pintor para pedirle que le ayudara a comprender tal despliegue de imágenes, símbolos y referencias. A Moreau, que pensaba que la pintura era el idioma de Dios, no le hizo mucha gracia tener que explicar su cuadro ya que, en su opinión, el significado era evidente para cualquier amante del arte.
De modo similar a lo que Blake o los pintores prerrafaelitas habían hecho anteriormente, en las pinturas de Moreau palpita una búsqueda de la espiritualidad perdida en una sociedad centrada en el progreso tecnológico. No se trata tanto de una devoción religiosa como de una añoranza del misterio trascendente de los ritos antiguos. Los sucesivos hallazgos arqueológicos del siglo XIX y principios del XX así como la traducción de textos sagrados orientales ayudaron a alimentar esa corriente espiritual en el arte de la que forman parte autores tan dispares como Thoreau, Ruskin, Wilde, Valle-Inclán, Whitman, O’Keeffe, Kandinski o Breton y que resurgirá con gran fuerza en la década de los sesenta gracias al movimiento hippie y su interés tanto por las diversas creencias y filosofías orientales como por las religiones indígenas del continente americano. Será ese el momento en que términos como budismo, hinduismo, taichí, tao, ying y yang, yoga, karma, gurú, nirvana, peyote o chamán pasen a formar parte de nuestro vocabulario. Desde los niños índigo que nos ayudarán a entrar en la era de Acuario a las teorías que argumentan que fueron culturas extraterrestres quienes crearon las pirámides de Egipto y las líneas de Nazca, esta tradición tan heterodoxa como persistente no ha dejado de estar presente en la cultura popular de Occidente.
La mitología siempre ha desempeñado un papel determinante en esta tradición gracias a su capacidad de unir el ya mencionado misterio del rito con el exotismo que suscitan en nuestra cabeza las civilizaciones alejadas en el tiempo y el espacio. Sin embargo, nada de esto ha logrado que sepamos más sobre ellas. Más de un siglo después, el cuadro de Moreau con el que abríamos este artículo sigue siendo un desafío visual para cualquier espectador, entre otros motivos porque nuestro conocimiento sobre la mitología universal —el pintor incluyó alusiones a leyendas orientales al representar el mito griego— es cada vez más escaso. Lo cual es extraño dado que una buena parte de la ficción que consumimos cotidianamente se basa en gran medida en mitos y leyendas de otras culturas, sobre todo la ficción que tiene con ver con batallas, guerras y explosiones varias. Tomemos, por ejemplo, este fragmento:
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a pesar de ser más que fan de Gaimann, tras lectura del libro y revisión, sólo me queda decirles:
huyan insensatos: truño sinigual.
el parto de los montes sin duda alguna… bueno, a no ser que rehagan el desenlace de arriba a abajo
j
Llenar algo de Easter eggs sobre mitología no es lo mismo que crear una historia decente