
Un luchador de circo
El 13 de marzo de 1926, en Brooklyn, Nueva York, nacía un fornido varón llamado Leonardo Passaforo, heredero de los genes de una de tantas familias italoamericanas asentadas en la tierra de las oportunidades. Un chaval que no tardaría en descubrir que su constitución física era en realidad un don para ganarse el pan. A los veintisiete años, aquellos dos metros y más de cien kilos de muchacho parlanchín de la costa este se alistaron para probar suerte en el mundo del wrestling profesional en el circuito local de Nueva Jersey. Camuflado bajo el alias Zebra Kid, Passaforo descubrió que lo de repartir hostias para entretener al público no se le daba nada mal, y en cuestión de semanas ya se había hecho con el título de la competición New Jersey Tag Team en la que participó junto a otro luchador de apodo fantástico, Golden Terror.
Durante la década de los cincuenta, el italoamericano se llevó a casa otro par de títulos de wrestling, el cinturón del NWA Central States Heavyweight Championship y el de una NWA Texas Tag Team Championship donde repartió galletas junto al guerrero canadiense Gene Kiniski. Entre torneo y torneo, Passaforo aprovechó para sacarse unos dólares extra trabajando en aquel territorio laboral donde encajaba estupendamente alguien con pinta de poder deslomar a un oso: el oficio de portero de nightclubs y similares locales de ética dudosa. A la hora de subirse a los rings, el neoyorquino de nombre extranjero optó por guerrear disfrazado bajo diferentes seudónimos: Len Crosby, Chief Chewacki, Len Montana o Lenny Montana. Los dos últimos eran un homenaje a Bull Montana, un italiano que emigró a Estados Unidos siendo niño y se construyó una buena carrera como luchador de wrestling, especialista y actor de cine. A Leonardo Passaforo le parecía tan rotundo aquel apellido como para adoptarlo a la larga, y acabar dándose a conocer en la vida diaria como Lenny Montana.
En su transitar por el mundo de la lucha profesional, Montana no tardó es descubrir el gran secreto del wrestling norteamericano: que los combates estaban amañados de antemano. Por aquella época, finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, la mayor parte del público todavía no era consciente de ello y los fans de la lucha vivían con bastante pasión las desventuras de sus wrestlers favoritos creyendo que eran reales. «Se sospechaba algo, porque siempre existió un halo de misterio en torno a la lucha, y nadie estaba completamente seguro de que todo fuese real», explicaba Eddie Sharkey, un luchador y entrenador que descubrió los trapos sucios del mundillo gracias a Montana, «Si estabas dentro podías hablar de ello con tus colegas luchadores pero con nadie más, porque de hacerlo estabas muerto, completamente acabado. No se lo podías decir ni a tu propia madre, y si por tu culpa alguien comenzaba a sospechar, te despedirían de golpe. Las cosas se hacían así».
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y su padre estará encantado con todo eso…»
Jajaja
Muy buen artículo, como de costumbre.
Enhorabuena.
Magnífico artículo.
Sabía de Lenny Montana como luchador y actor en El Padrino, pero no que durante años fuera un mafioso «de verdad». Por cierto, muy hábil Coppola aprovechando su tartamudeo…la verdad es que en pantalla quedaba muy auténtico.
He disfrutado con el articulo, felicidades al autor.
Cuando se estrenó la película «El padrino» no pude verla pues era un niño, ni siquiera sabía de su existencia, salvo por su maravillosa banda sonora. Recuerdo de manera entrañable como la tarareaba mi «tata» Ani, que era mucho más que nuestra asistenta pues se convirtió en nuestra segunda madre al vivir en casa y criarnos a todos los hermanos como si fuéramos sus hijos.
Pude ver la mencionada película allá por los ochenta, ya con una edad suficiente para poder asimilar las escenas más fuertes de violencia y crueldad.
Su comienzo me pareció muy auténtico pero un poco lento, hasta que ví una escena que me sobrecogió. Fue aquella donde el productor de Hollywood encuentra la cabeza de su mejor semental equino introducida entre las sábanas del lecho donde dormía.
La escena en sí me resultó impactante por lo inesperado y macabro de la imagen, además de por los gritos emitidos por el personaje fruto del terror (dicen que algunos directores someten a los actores a situaciones reales semejantes sin avisarles, para que sus reacciones mejoren la calidad de la interpretación), pero lo que realmente me sobrecogió fue el hecho de descubrir la contundente metodología que usaba la mafia para llevar a cabo sus fines.
La famosa «oferta que no se podía rechazar» me dejó KO y pude comprobar que cuando buscan algo y tú se lo niegas, irán por lo que más quieres, como decía Don Vito.
La coacción, la extorsión, el chantaje, todo amparado por un telón de fondo que no es otro que el miedo, sirve para doblegar hasta la más férrea de las voluntades.
Pero es que además, por la manera en que se desarrolla el desenlace tras las luchas de poder entre el productor de Hollywood y la mafia, le da a esta última un «caché» y una especie de «halo» de magnificencia y admiración que nunca he llegado a comprender. Supongo que me dejé impresionar.
Una obra maestra de película. A veces me dan ganas de hacer una maraton cinematográfica y tragarme las tres partes ininterrumpidamente.
Vaya casualidad! Si en la frase «En cierto momento, aquellas familias italoamericanas llegaron a tener un control y poder desmesurado, con hilos que se extendían entre las bambalinas de la política y el mundo del espectáculo…» reemplazamos italoamericanas por italianas tenemos una imagen bastante precisa de lo que sucedió, y sigue sucediendo en Italia. Nuestro Berlusca, político en declino y dueño, siempre en alza de Mediaset (entretenimiento) tiene que enfrentar la enésima acusación de complicidad con la mafia. De una registración oculta durante el recreo carcelario de un capo mafioso con un confidente, el primero condenado a cadena perpetua y que jamás lo delatará porque es un «uomo d’onore», surge clarísimo su nombre, Berlusca, que le había pedido un «favor» (se sospecha que haya sido la realización de los atentados de los noventa, para crear temor e incertidumbre y permitir su llegada al poder, como así sucedió), luego el lamento porque, siendo primer ministro no hizo nada para suavizar las condiciones carcelarias de los acusados por delitos de mafia (el temido artículo 41bis) y de que lo dejara podrir en la cárcel, como asimismo la confesión que recibían del Berlusca doscientos cincuenta millones (de liras) mensualmente. Marcelo Dell’Utri, con el cual Berlusca fundó el partido «Forza Italia» que lo llevó a la victoria en los noventa esta encarcelado con condena definitiva. Es estremecedora esta realidad.
Bastante bien redactado y agradable de leer, me pareció excelente que agregaras información de la época para contextualizarlo dentro un todo, cento anni!!
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