Como bien dijo el sabio de Éfeso, “la razón es común a todos”, pero no sólo la razón es patrimonio de los hombres en todo tiempo y lugar. La alegría, el dolor, la superstición, el valor, la guerra, la amistad o el frenesí amoroso son constantes que aparecen en cualquier crónica actual o pretérita, si bien las sociedades distribuyen dichas constantes de muy diferente manera. Leo un artículo de Pedro García Cuartango en el que formula algunas ideas que me flotaban en la cabeza a la hora de comparar dos libros leídos recientemente: Historia de la columna infame y Una tumba para Boris Davidovich; Cuartango cuestiona el mito del progreso, la concepción de que la humanidad avanza metro a metro hacia un estado de plenitud, bienestar y felicidad, el prejuicio de que el pasado ha sido una permanente era de tinieblas rasgada por el destello constante y benéfico del presente. En los dos libros citados, que comentaré a continuación, observamos por el contrario que las personas siguen dominadas desde hace siglos por las mismos vicios y pasiones, y que un sistema político posterior a otro en trescientos años puede ser infinitamente más nocivo e inhumano que su antepasado.
Historia de la columna infame, de Alessandro Manzoni
Publicada como apéndice de la monumental novela de Manzoni Los novios, la Historia de la columna infame narra un proceso real en el que se torturó y ejecutó a varios acusados de haber propagado la peste con misteriosas artes. Corría el año 1630 y la enfermedad asolaba Milán. El miedo, los sufrimientos y las muertes favorecieron que las vaguedades que refirió una mujer llamada Caterina Rosa, a saber: que había visto a un hombre desconocido tocando con las manos las paredes de la calle; que dichas vaguedades, decía, favorecieron el inicio de un proceso que llevó a la tortura, la muerte y el descrédito póstumo de varios inocentes.
Guglielmo Piazza, comisario de sanidad, era el hombre al que Caterina Rosa vio tocando las paredes y al que relacionó, cediendo a una superstición común, con los hombres que propagaban la peste untando ungüentos por la ciudad. El comisario fue detenido e interrogado, y su declaración de inocencia no convenció a unos jueces ávidos de encontrar un culpable, por lo que se le aplicó la tortura. Soprendentemente, este método fue incapaz de obtener la anhelada confesión de culpabilidad, con lo que se hizo necesaria una nueva sesión de tormento. En su agonía y guiado por las preguntas de los jueces más que por cualquier anclaje en los hechos, Piazza aulló el nombre de un colaborador: el barbero Giangiacomo Mora. Habiéndole detenido e investigado, la justicia siguió el mismo camino que con Piazza: tomar vagos indicios como pruebas y dejar el asunto de la confesión a la fuerza irresistible de la tortura. Con pruebas endebles y confesiones más que dudosas se armó una acusación, Piazza y Mora fueron declarados culpables y ejecutados con ensañamiento. Por si fuese poco, se demolió la casa de uno de ellos y en el solar se erigió una columna estigmatizada como infame, para que perdurase la ignominia de los dos desdichados.
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