
Bobina de celuloide
A finales de 1800 apareció una nueva forma artística. Nos recordaba a los sueños. El cine es una industria global multimillonaria, pero no la mueven ni la taquilla ni el entretenimiento, sino la pasión, la innovación.
Mark Cousins, La historia del cine: Una odisea.
Año 1982. Hotel Martínez, Cannes. En la habitación 666, el cineasta alemán Wim Wenders encierra a una serie de colegas que asisten al supremo festival de cine. Uno a uno les sitúa ante la cámara y abandona la estancia para dejar que se expresen sin otra compañía que el sincronizado discurrir del celuloide que impresionará su imagen y la grabadora que captará sus palabras. Deben responder a unas preguntas, la primera de las cuales las incluye a todas: «¿Es el cine un lenguaje en vía de extinción, un arte a punto de morir?». Creadores tan distantes entre sí, aunque fuertemente vinculados por el feliz invento de los hermanos Lumière, como Steven Spielberg y Jean-Luc Godard responden con la extraña lucidez del que se sabe solo ante la cámara, sin otro ser humano que pueda expresar asombro o aquiescencia ante lo que dicen. Y lo que dicen resulta elocuente, preciso, hermoso, pero sobre todo profético.
«Intentamos adaptarnos a las exigencias del entretenimiento del mañana», reconoce un nervioso Michelangelo Antonioni, que enseguida se levanta de la butaca ante una ventana, al lado de un televisor que emite imágenes banales, y reflexiona paseando por el espacio encuadrado por el neutral ojo cinético. «Todos sabemos que hay nuevas formas de representación de la realidad. Hay nuevos medios técnicos, la cinta magnética, que probablemente sustituirá al celuloide porque este se ha demostrado insuficiente ante las necesidades del cine actual». Minutos antes, Werner Herzog, que se ha descalzado «pues —dice muy serio— así lo demanda el asunto», se aferra al celuloide: «Lo que se ve en el vídeo no es la vida. La vida se ve en un contexto vital y donde la vida se manifiesta más directamente es en el cine. Y el cine sobrevivirá. Todo eso sobrevivirá».
El vídeo y la televisión eran el nuevo paradigma a inicios de los años ochenta; ni siquiera se imaginaba —bueno, algunos sí lo hacían, como veremos más adelante— el advenimiento del cine digital. «Las películas se parecen cada vez más a series de televisión, por la iluminación, el encuadre y el montaje. Parece que para muchos espectadores la estética de la televisión ha reemplazado a la del cine», propone Wenders. Y Godard aplica su tajante lucidez programática, advirtiendo que la televisión es un aparato pequeño que «no asusta», porque está cerca, en al ámbito doméstico y sujeto a la iluminación natural o artificial del entorno, porque puede apagarse a discreción, mientras que el cine sí impresiona por las dimensiones de la gran pantalla, la oscuridad, la distancia que el espectador mantiene con esta.
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Jajaja, otro sujeto más lleno de falacias y tontos prejuicios sobre el cine y el uso del soporte fílmico.
La elección del celuloide como soporte para el rodaje de una película no es mera «nostalgia», como dice el autor. El celuloide está tan vivo como siempre. Aunque en proporción claramente se ve en desventaja (más aún considerando la ignorancia digital actual), su uso sigue firme más allá de los directores nombrados (que deben ser los únicos que conoce; no importa, si dichos autores mueren, habrá gran cantidad que seguirán rodando en celuloide), hasta diría que va en expansión, reencantando a cineastas jóvenes que ven, primero, que el celuloide, en efecto, tiene una indudable mejor calidad de imagen-color-textura-etc. que ni 1000K pueden siquiera igualar y, segundo, que no es tan difícil filmar en celuloide como lo quieren hacer creer quienes dependen de un maldito visor.
Que películas de, sobre todo, la época muda del cine estén perdidas no tiene nada que ver con la calidad intrínseca del fílmico, quiere decir que los dueños de esas películas, simplemente, no tuvieron suficiente cuidado guardando las latas de película. Las obras recuperadas y restauradas, aún de la primera década del siglo pasado, tienen una calidad de imagen soberbia y magnífica, que nada tiene que envidiar a las nuevas tecnologías. Quizás también ignore que los grandes estudios, aún cuando graban casi todas sus películas digitalmente, hacen copias en 35mm que luego guardan apropiadamente, pues el celuloide es el mejor método de archivo y protección técnico-artística de las obras. A propósito de grandes estudios, quizás no lo notó, pero Wonder Woman, como casi todo el universo DC, fueron filmados en 35mm, y listar títulos del cine independiente estadounidense da para largo… y listar títulos de europa, asia, oceanía y latinoamerica aún más. Si le gusta Star Wars, enhorabuena: la nueva trilogía fue rodada en 35mm, aunque le duela al mercenario de Lucas. También A Quiet Place. También Uncut Gems. Hasta series de televisión tan disímiles como Boardwalk Empire, Westworld, The Walking Dead o las cinco primeras temporadas de American Horror Story, fueron rodadas en 16mm y 35mm, dependiendo del caso. De la última edición de los Oscar, cuatro de las cinco películas nominadas al premio mayor fueron filmadas en celuloide. Incluso un show de stand up comedy de Aziz Ansari. En fin, que no existan más proyectos filmados en celuloide obedece, en su buen porcentaje de casos, a un tema meramente presupuestario: para algunas producciones es costoso el soporte fílmico, pero esa es otra cosa.
Finalmente, qué falta de imaginación la suya, señor. Soñar siempre es remar contra la marea. En las circunstancias actuales, en donde el digital se ha instalado como método preponderante en general (y por motivos financieros, solamente), las nuevas formas de soñar, en cuanto a cine, corresponden a filmar en celuloide, a crear imágenes de verdad en aquella hermosa emulsión cinematográfica. Eso es soñar: soñar es filmar.
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