
En su biografía Groucho y yo, donde narra la historia desde la infancia en la más absoluta miseria al gran éxito de los hermanos Marx, Groucho cuenta que, durante los primeros años veinte, él y sus hermanos soñaban con la idea de dar el salto de los teatros de variedades de extrarradio al corazón de Broadway. Según él, en Manhattan había tantos teatros de primer nivel que uno podía pasarse un año entero trabajando sin hacer las maletas; el paraíso para quienes su rutina eran teatros donde la mayor parte del público eran estudiantes y hoteles de mala muerte. Aun así, el único que pensaba que tenían posibilidades de éxito y debían intentarlo era Chico, claro que sus antecedentes —perderlo todo en el juego y las apuestas— no ayudaban a la hora de tomarlo en serio. Groucho y Harpo eran especialmente tímidos y no se atrevían siquiera a pensar en la idea de intentarlo en Broadway, hasta que un día Chico se impacientó, los confrontó a los dos y les espetó: «¿Qué tienen los de Broadway que no tengamos nosotros?».
Entonces Groucho hace un repaso de las grandes estrellas del momento que triunfaban en los teatros del centro de Manhattan: Ed Wynn, Willie Howard, Al Jolson, Eddie Cantor… Por suerte, Chico insistió lo suficiente y esta vez su baza no los llevó a la ruina, sino al éxito absoluto; seguramente ayudó el hecho de que el triunfo no dependió del azar, sino del talento forjado durante años de teatros de tercera.
Podría parecer que esta anécdota no tiene nada que ver con la historia, pero es que a veces es necesario alejar el objetivo para ver más claras las cosas. En esos años veinte de la Nueva York de los gánsteres, actuando junto a Al Jolson y Eddie Cantor en el corazón de Broadway, la tierra prometida de los artistas que Groucho y Harpo miraban como inalcanzable, estaba Concha Piquer.
El sueño americano
El maestro Manuel Penella la vio cantar en el teatro Kursaal de Valencia y habló inmediatamente con su madre para llevarla con él a México, donde iba a representar la ópera El gato montés; antes de eso harían una parada en Nueva York para presentar el espectáculo en inglés. Para que Penella pudiese contratar a la niña, que en aquel momento solo tenía trece años, tuvo que llevarse en su compañía también a la madre. No sabemos si ahí nació el mito de la madre de la artista, pero sí tenemos la certeza, desde nuestra perspectiva histórica, de que una folclórica de pro debe tener una madre como guardia pretoriana, preparada para acompañarla al otro lado del mundo y batirse a muerte por ella, si es necesario.
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No es cuestión de machismo o feminismo, sino de humanismo.
https://youtu.be/ay4XUA8JRNY
Propongo a éste comentarista como lector del mes en J D. No sólo es el primero en comentar, sino que además, en todas las adivinanzas saca siempre 10 / 10 ( o al menos es lo que él dice )
¿Un servidor ha generado en usted la necesidad de hacer ese comentario?
Necesidad, lo que se dice necesidad, pues no.
Pero me apetecía mucho, sí.
¿Y sabe usted por qué?
Por la misma razón que Vd. comenta un montón de artículos en JD, y en las adivinanzas nos informa de sus altas puntuaciones.
Las razones de un servidor son prácticamente metafísicas… ¿es ese el motivo que también le empuja a usted?
Eso de las razones metafísicas es lo que antes se llamaba «aburrirse», ¿ verdad ?
Un servidor no se ha aburrido nunca desde el veintidós de diciembre del año mil novecientos ochenta y ocho.
Este trolasso padece un aburrimiento oceánico, cósmico, «metafísico».
Por lo general nadie habla sino de su propio síntoma, ¿eh…?
Por cierto… en el test de Star Wars un servidor también ha hecho pleno.
Felicidades, yo no lo he hecho, no tengo ni idea de esas frikadas.
Bueno… usted se lo pierde.
https://youtu.be/EKLQUbqpRdc
¿ Le gusta la ópera ? ¿ no ? Vd. se lo pierde…
La música de la ópera es un complemento ideal para hacer una película.
https://youtu.be/8zB6hXEMV50
Yo no había reparado en la magnitud de la palabra omnipresente hasta que apareció usted. Tendrá que reconocer que Jot Down le ha dado un propósito a su vida. Aquellos tiempos de querer comentar algo y no saber qué, han pasado, felizmente (para usted) al olvido.
17 comentarios y ni uno solo para referirse, ni que fuera en modo peyorativo, a Doña Concha Piquer. ¡A la mierda!
A mí me ha gustado el artículo, gracias.