
Considerado por la crítica como uno de los últimos renovadores del cuento en España, la azarosa vida de Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) lucha con su genial obra por ver cuál de las dos resulta más interesante para sus lectores. Sus palabras al repasar su trayectoria literaria o su peculiar manera de entender la narrativa corta son tan brillantes como sus textos y, al igual que ellos, dejan también un extraño poso de melancolía y hondura.
Escucharle hablar es no obstante sinónimo de reír, si bien la risa que nos arrancará tendrá siempre varias capas, por no decir cargas, de profundidad. Su humor es toda una declaración de intenciones contra la solemnidad. Sin embargo, cuando ha de referirse a los momentos verdaderamente solemnes que le ha tocado vivir, Hipólito G. Navarro se abre en canal, como demostrará en esta larga entrevista realizada al aire libre, sin tapujos.
En «La poda y la tala de los árboles frutales», cuento con el que cierras La vuelta al día, uno de los personajes concluye rotundo: «Un libro es lo más importante del mundo». ¿Harías tuya esa afirmación?
Es la frase con la que el padre del cuento machaca a su hijo, sí, pero yo no puedo estar de acuerdo con ella. Al final del relato se entiende que esa insistencia del progenitor acaba causando un daño enorme en el hombre que será más tarde ese niño. ¡Cómo va a ser un libro lo más importante del mundo! No lo es; no puede serlo. Y menos uno solo. ¡Habrá algo más peligroso en el mundo que el hombre de un solo libro! Así se presenta a ese personaje, un hombre alcohólico que solo atesora un libro, el único que ha leído en su vida, un libro técnico además, nada de literatura, un manual sobre la poda y la tala de los árboles frutales, muy escaso de letras y bien nutrido de ilustraciones. Para mí los libros son muy importantes, está claro. No me veo más de dos días sin tener uno entre las manos. Un día que no leo es un día perdido para mí. Los libros son muy importantes, cierto, pero no lo más importante del mundo. Eso lo asegura el personaje, demasiado atolondradamente quizá.
Pero ese cuento, como has confesado en otras entrevistas, es muy autobiográfico. ¿Te llegó a decir eso tu padre alguna vez?
Ese cuento es profundamente autobiográfico. No puedo releerlo sin que me produzca un dolor intenso. Me extraña que mi padre dijera alguna vez esa frase así, literalmente, aunque su enseñanza quería ir por ahí, desde luego. Ese libro sobre la tala de los árboles lo guardaba en una pequeña caja fuerte, bien escondido en la trastienda del bar, su negocio de aquel entonces, cuando ya había regresado de los años de emigrante en Alemania en los primeros años sesenta. Le daba una importancia brutal a ese manual, hasta el punto de enseñármelo solo cuando estaba muy borracho, como cuento en el relato, pero sin dejarme tocarlo jamás. En aquella época vivíamos en Fuenteheridos, un pueblecito de la sierra de Huelva. Yo tendría siete u ocho años. La pregunta que me he hecho siempre después es por qué no me dejaba tocar aquel libro. Él tenía otros libros, pocos, tres o cuatro nada más: un Quijote bastante ajado, casi hecho menuzos, un Nuevo Testamento, y un bonito ejemplar de Los viajes de Marco Polo encuadernado en tela. Este se lo regalaría alguien en plan broma o lo compraría él mismo en algún momento, sintiéndose tocayo del veneciano, porque a él siempre lo llamaron «Polo», un cariñoso diminutivo de nuestro nombre, Hipólito.
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Qué lectura tan amena, bonita y para recordar.
Deliciosa entrevista. Me ha parecido cercano, entrañable, divertido y tremendamente humilde, desde la mayúscula hasta el punto final. He de confesar que apenas he leído nada de él. Algunos relatos de verano publicados en Diario de Cádiz, nada más. Si yo fuera alguien, lo nombraría con carácter de urgencia Negro Man-comunado de la Bahía de Cádiz, y lo contrataría de Romancero para el próximo carnaval. Él no lo sabe, pero es gaditano, de Cádiz Cádiz. Prometo buscar sus libros y «desbloquearlo» en mi biblioteca.