Ciencias

Concord(e): el vuelo de Babel

Concord
Un avión Concorde, 1971. Fotografía: Cordon Press.

Un avión, cuando vuela, provoca un desplazamiento de las moléculas del aire similar a las olas que se generan en el agua cuando avanza la proa de un barco. Cuanto más cerca vuela de la velocidad del sonido (Mach=1.0), menos tiempo tienen las moléculas de apartarse de su camino, de huir en alguna dirección, lo que crea un cono invisible frente al aparato que, al alcanzar este la velocidad sónica, se transforma en una especie de muro. Al atravesarlo, los vuelos supersónicos provocan lo que los ingleses llamaron boom y los franceses bang, un potente trueno audible desde el suelo, una gigantesca contaminación acústica. Dicen que la furia de Julian Amery, ministro de Aviación británico, retumbó más fuerte que ese trueno cuando se enteró de que el nombre que se había elegido para el avión supersónico cuyo proyecto pagaban a pachas ingleses y franceses era Concorde. 

¡Concorde! Con esa letra como una afrenta. Esa E exhibida como prueba de ADN, de pedigrí excluyente, poderosa como para separar un poco más las orillas del canal de la Mancha. Una E como una boina. Un toque bourgeois frente al pragmatismo. Mucho más de lo que podían admitir en Londres. 

Los que llevaban años remangados en el proyecto miraron el nuevo espectáculo de golpes de pecho y siguieron con la faena, a ver si se les pasaba el mal rato a los que firmaban los cheques con cargo al dinero público. El industrial e ingeniero aeronáutico sir George Edwards, al frente de la constructora británica British Aircraft Corporation (BAC), se había comprometido con su para entonces amigo el general André Puget, presidente de la constructora gala Sud-Aviation (después Aérospatiale), a que se mantendría el nombre de Concorde. Era un gesto de reconocimiento a las aportaciones mutuas. Fue fiel a su palabra. Toda la documentación generada por la BAC para el proyecto llevó la E. Toda la que salió de los despachos del gobierno británico, no. Para la Administración inglesa, el proyecto se llamó durante meses Concord, llevando su empeño al absurdo de que se generase durante un tiempo documentación con denominaciones diferentes para un mismo proyecto.

Así fue hasta la exposición de la maqueta a tamaño natural del Concorde 001, el prototipo francés, en diciembre de 1967, en el marco del XXVII Salón Aeronáutico celebrado en el aeropuerto de Le Bourget, en París. Cuando aquel pájaro de aluminio, con su ala delta y su cuerpo estilizado, se mostró ante todos prometiendo colocar a sus promotores a la vanguardia de la aviación civil, Charles de Gaulle, gran impulsor del proyecto, exclamó: «¡Es un monumento!». Fue el laborista Tony Benn, ministro de Tecnología del gobierno de Wilson por entonces, el que aprovechó la emoción para oficializar el visto bueno del Ejecutivo británico a la letra E y acabar con el conflicto. 

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