
Salvo si goza usted de una memoria propia de computadoras, estará de acuerdo conmigo en que la cultura cinematográfica de cada cual se compone no de metrajes de 120 minutos almacenados en el cerebro como unidades de memoria inquebrantables, sino más bien de momentos y de sensaciones unidas a esos momentos. Si ha visto usted una película como Relatos salvajes, quizá no sepa recitarla de principio a fin, pero sin duda es capaz de revivir determinadas secuencias, y es muy posible que recuerde dónde la vio, con quién estaba y qué se dijo para sus adentros, o en voz alta, en el mismo instante en que terminó esa película, una de las más sorprendentes y diabólicamente entretenidas de lo que llevamos de siglo.
Esta clase de impacto es la que buscan quienes hacen cine, porque no hay quien se dedique al séptimo arte y no haya crecido a la luz de su propia colección de momentos predilectos. Sin embargo, no es fácil conseguir ese impacto. Cada película que vemos en una pantalla es el resultado de un proceso largo y complicado en el que pueden fallar muchas cosas. Un proceso de algunas de cuyas etapas estamos bien informados: se habla mucho de la dirección de las interpretaciones. Existen libros repletos de anécdotas de los rodajes. Pero en la creación de una película entra en juego una labor que suele pasar desapercibida para el público: la visión de conjunto que una empresa productora puede aportar no solamente a esa única película, sino a otras que pueden ser muy distintas, pero que han sido concebidas bajo el prisma de una particular filosofía de trabajo. Esta labor unificadora, cuando está bien hecha, suele resultar en el reconocimiento de una productora, habitualmente invisible, como marca pública que tener en cuenta. Un ejemplo notorio es lo sucedido dentro de la división cinematográfica de Disney: mientras una de sus productoras, Marvel Studios, desarrollaba un plan sólido bajo criterios claros y el aplauso general, otra productora, Lucasfilm, parecía ir dando tumbos sin una dirección concreta. Otro ejemplo de lo importante que es la filosofía unificadora de una productora es Blumhouse. Conocida por haberse especializado en un terror bastante formulario, aunque también muy rentable, Blumhouse decidió dar un golpe de timón hacia el prestigio y empezó a producir películas de más calidad, siguiendo el ejemplo de A24 —aunque más distribuidora que productora, A24 ha acumulado un considerable prestigio—, hasta conseguir un logro inusual: que una película de terror, Get Out, obtuviese una nominación como mejor película en los Óscar. Así de importante puede llegar a ser la filosofía que impera en una productora.
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