
A veces el ciclismo no va de dar pedales.
A veces sí. A veces es solo eso, y tú te fijas en medias, y vatios, y posiciones, y ves los esprints, las escaladas, recuerdas esta curva de aquel puerto, el rostro afilado del campeón antiguo.
Pero eso es a veces.
Otras no. Otras la bici es algo mucho más importante. Trascendental. Algo que permite abrazar naciones, dar a conocer geografías alucinantes que parecían imposibles a ojos ajenos, encontrar reductos para hablar en aquellos tiempos en que lo más sencillo, lo más fácil, es odiar los unos a los otros, caer en el desprecio, quebrar para siempre lo que fue. Ocurrió en Italia, tras la Segunda Guerra Mundial. En el este de Europa, con la Friedensfahrt.
Y en Colombia.
Esta es la historia de cómo un objeto sencillo y vistoso (la cicla) ayudó a moldear un país, a olvidar las diferencias, a encontrar alegrías cuando más tristezas manan en periódicos y susurros. Esta es la historia de cómo unos muchachos a los que llamaban «escarabajos» llevaron el orgullo de tantos hasta el oído de todos. Y cuando las noticias eran tristes, ellos creaban noticias nuevas. Y cuando los cuentos eran de plomo, ellos dibujaban estrofas a golpe de panela y ataques alocados.
Sean ustedes bienvenidos a este realismo mágico sobre dos ruedas.
Les prometo que no se sentirán defraudados.
Mejor en bici que con auto
«Bueno, pues yo lo haré».
Así empiezan las cosas, así se forjan las leyendas. Con un «no hay huevos», con otro «no te atreverás». La naturaleza del ser humano, supongo. Al menos cuando el ser humano monta en bici.
La frase es, por cierto, de Efraín Forero. Efraín Forero (Zipaquirá, 1930), a quien llamaron Zipa, o el Indomable. Nos valen ambas. El papá de todos los pedalistas colombianos.
A ver, hubo carreras antes, no vayan a pensar. Con resultados trágicos. La travesía entre Bogotá y Tunja, que terminó con la vida de Alberto Piedrahita Córdovez, un español que, quizá, pensó en aquello como paseíto dominguero por la Casa de Campo. Y no. Años más tarde mismo final con un germano. Y, en 1929, celebran una ida y vuelta, sendas etapas, sobre ese recorrido. Ay, ay, malos precedentes, colegas. Y desaparece cierto italiano. Carlo Pastore. Joder, que se nos ha muerto otro extranjero, qué pasará, qué pasará, qué misterios habrá, etcétera. Afortunadamente encuentran al tal Pastore. Detrás de unos matorrales. Desnudo. En posición horizontal. Encima de una muchacha, también desnuda, también en posición horizontal. Frungiendo, vamos. En fin, besito y al lío, que yo estoy en carrera. Acabará octavo. Puesto más que reseñable, vistas las circunstancias.
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Cuando el autor habla de «tintos» supongo que se refiere en realidad a «tomar tinto» que es como se conoce en Colombia a beber café solo… pero que en realidad abarca todo el ritual de amistad y compañerismo que se genera al calor de beberlo en compañia de amigos.
Todo un gusto, todo un placer. Saludos.
Excelente historia! Muchas gracias! Se me hizo corta, tal vez solo hizo falta un guiño al mundial contrarreloj de Botero y la playa de Uran en los olímpicos, siempre es un placer leerte
…y Acevedo, y Cárdenas, y El «Patro» Jiménez…y Botero claro, y…»Los Niño» se me olvidaban «Los Niño»…que buena lectura.
De momento, de toda la América, Colombia es el único lugar donde parece haber echado raíces el ciclismo. Esperamos que cunda el ejemplo.
¡Ah, la bici!, esos cuatro fierros que con dos infinitesimales puntos tangenciales apoyados sobre la tierra es lo más parecido al volar, sin quemar hidrocarburos, solo tus carbohidratos que están de más, libres con el aire que te llena los pulmones esperando llegar, adónde no importa, lo importante es pedalear. Muy bueno, Marcos. Gracias.