
Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº38 especial Armenia.
Setenta y seis años lleva sobre la tierra ella, setenta y seis nosotros haciendo piruetas para encajarla en alguna definición hiperbólica: estrella total, diva intergeneracional, artista 360°, icono, leyenda, monstrua… Y mientras rumiamos esa grandiosidad y se nos va haciendo bola la tarea de presentarla, ella se sube a un escenario, mira a cámara y zanja el asunto: «Soy la chica más mayor con el cabello más largo y el vestido más diminuto». No debería ser ninguna sorpresa que la mejor definición de quién es Cher sea, precisamente, de Cher.
Lleva articulando con precisión lo que quiere desde que se llamaba Cherilyn Sarkisián LaPierre y era una niña disléxica de California a la que, en cumplimiento de los cánones, le preguntaban eso de qué quería ser de mayor. «Famosa», contestaba, expeditiva. Ni cantante, ni actriz: famosa. Su madre, Georgia Holt la crio entre discos de Hank Williams, Elvis y la pertinaz insistencia en ser justamente eso: cantante y actriz. ¿Recuerdan el papel de Cher en Sirenas, esa señora Flax que arrastra a su familia de cabo a rabo de Estados Unidos a la caza del sueño dorado? Pues ya tienen un bosquejo bastante aproximado de cómo fue su infancia, dando tumbos entre los sets en los que su madre hacía pequeños papeles y las bambalinas de escenarios de todo pelaje. Añádanle cinco padrastros (seis matrimonios), un internamiento en un orfanato y otra serie de lacrimógenas desdichas dickensianas que, sin embargo, jamás rememora entre estremecedora música de violines. Al contrario: en el documental de 2013 Querida mamá, te amo Cher —y en las múltiples entrevistas en las que se presenta con su madre por sorpresa— queda patente que aquella infancia tumultuosa, nómada y musical fue feliz a su manera. Tanto como para que ambas se permitan bromear con que Georgia quiso abortarla, pero se echó atrás cuando ya estaba tumbada en el consultorio médico.
Su padre, John Sarkisián, era un camionero de origen armenio al que Cher no conoció hasta los once años. La escena, tal y como la cuenta en su biografía, se desarrolló tal que así: «Oye, ¿te gustaría conocer a tu padre?», le espetó Georgia una noche cualquiera. «Claro», contestó ella. De nuevo, cero unidades de llanto con moco, de melodrama familiar: padre e hija quedaron a cenar.
Aquello no devino en una relación estrecha («No me fiaba: era solo un hombre que entró en nuestra casa con una sonrisa como la mía», contó), pero sí hizo que anidara en Cherilyn una incipiente conciencia de pertenencia que cristalizó cuando, años después, visitó Armenia ya convertida en estrella planetaria. Fue en 1993, en el marco de una misión humanitaria durante la guerra, donde hizo algo más que entregar «amor y juguetes» o hacerse fotos en clara pose compungida. Conoció a su abuela, escuchó las historias del genocidio y voló de vuelta con un libro para aprender el idioma y la voluntad de aprovechar su altavoz público.
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Fielmente tuya
Pues nada, que a nadie le importa un comino Cher. Pero vosotros ahí, con dos cohones, manteniendo la foto desde enero, a ver si… En cambio, cosas que prometen, a veces las sacáis sin darles tiempo a que puedan florecer.
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