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Sarajevo mon amour (año 30)

Sarajevo. Foto: Michał Huniewicz. (CC)
Sarajevo. Foto: Michał Huniewicz. (CC)

Por los Balcanes occidentales, al menos que se sepa, no se estila el tango. Pero por algo hay que empezar al hablar de Sarajevo. Si por el tango de Gardiel todo el mundo llegó a aceptar que veinte años no son nada (o según se mire), tal vez teinta años sí podrían suponer algo más. Podrían equivaler, más o menos, a un tercio de la vida natural de una persona a la que la salud y la providencia han respetado.

Es más, pongamos por caso el ejemplo de alguien que hubiera nacido en Sarajevo poco antes, durante o después de la guerra de Bosnia-Herzegovina (casi mil cuatro cientos días de asedio a la capital, del 5 de abril de 1992 al 29 de febrero del año bisiesto de 1996, fecha oficial del fin del cerco, pese a los acuerdos de Dayton de noviembre de 1995 y su ratificación final en París). Podríamos preguntarle al anónimo sarajevita si treinta años son mucho, poco o nada. Si es tiempo suficiente para olvidar, para mirar a otro lado o para seguir porfiando con el insomnio de la memoria.

Treinta años, en fin, es el fardo de tiempo que ahora recae, como número redondo, sobre Sarajevo. Esto es, todo lo que cae sobre sus colinas, sus iglesias ortodoxas y católicas, sus alminares y mezquitas, sus macizos bloques de pisos, sus barrios o mahalas tradicionales (entre ellas la de Vratnik), su enternecedor skyline financiero, sus núcleos residenciales (Nuevo Sarajevo), sus barrios históricos (mezcla de turquismo y de resabios austrohúngaros), sus campos de fútbol, sus pintadas sobre paredes y muretes («Srebrenica Never Forget»), sus cementerios y estelas blancas, su anticuaria olímpica relativa a Sarajevo 84 (un grupo de música granadino se llama así: Sarajevo 84), sus intrincadas callejas, avenidas anchas y bulevares, sus puentes sobre el serpentín de agua del río Miljacka, sus tranvías con grafiti y llamativa publicidad, sus altos miradores, sus banderas de Bosnia-Herzegovina, sus otras banderas del ejército bosnio en recuerdo de la Armija, su monte Trebevic y su monte Igman…

Da como pereza volver a hacer uso de Sarajevo como maqueta de guerra. Tienen razón los locales que arguyen que están hartos de que se escriba siempre lo mismo sobre los años del asedio, poniendo aquí un poco de destilación literaria, otro poco de documentación, pero siempre o casi siempre echando mano de la socorrida cita (de Ivo Andric a Miljenko Jergovic o al reciente Damir Ovcina, cualquiera vale).

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