
…and the Holy Dove, she was moving too.
Leonard Cohen
En 1885, el ursaonense Francisco Rodríguez Marín está preparando una traducción del Cantar de los Cantares de Salomón. Quiere homenajear a su maestro, el canónigo y hebraísta Antonio García Blanco, en su octogésimo quinto aniversario, y para ello se ha propuesto llevar el texto bíblico al castellano «palabra por palabra», articularlo en verso endecasílabo suelto y hacerlo sobre todo sin florituras («sin lubricidades ni torpezas», según manifiesta), ciñéndose al original hebreo como un jubón de paño. Pero el entonces abogado de primera instancia del juzgado de Osuna, muy lejos todavía del eminente polígrafo de barba blanca que recibirá en su despacho a los fotógrafos de Blanco y Negro como académico de la Historia y de la Lengua y director de la Biblioteca Nacional, tiene treinta años recién cumplidos y está en capilla, como quien dice, para casarse.
Soplan vientos parnasianos y simbolistas a través de los Pirineos, y se van dejando ver en las dársenas de Cádiz y Santander las primeras cajas con avisos de frágil y membretes modernistas, recién desembarcadas de América. Si Rodríguez Marín no es sensible a estas novedades, enfrascado en la lectura de sus legajos polvorientos, o no es capaz de apreciarlas con las anteojeras costumbristas que suele ponerse para espulgar refranes y otras expresiones populares en sus andanzas por la provincia, puede que se muestre más receptivo con la llegada de la primavera. Quién sabe si aquel joven de espíritu dicharachero, el Paquito al que, según sus camaradas, le gusta andar zascandileando con la flauta en la mano, al atravesar la campiña por un camino de arrieros, con el borbollear de las acequias entre las espadañas, en el cielo el garabato de un gavilán y, más adelante, un rebañil de ovejas pastando pacíficamente entre los olivares, al sortear una loma verde vivo y manzanilla, acotada por un murete medio hundido al que se asoman curiosas las lagartijas, quién sabe, decimos, si embriagado por la contemplación de la naturaleza y el olor del espliego y la albahaca, no se habrá sentido en algún momento como el rey Salomón y, dejándose llevar por la fantasía, haya revestido a Dolores Vecino, su prometida, con los velos de la sulamita. Revestido, no confundamos los términos. Y solo por el mero deleite espiritual.
Pero hablando de velos, corramos uno bien tupido sobre la escena y centrémonos en el Shir Hashirim o Cantar de los cantares de Salomón, uno de los libros más breves y singulares de la Biblia (como lo es también entre los Ketuvim hebreos, de los que forma parte), y seguramente el menos canónico de todos, por cuanto no se ocupa de los jueces ni de los profetas, no le importan las hazañas bélicas del pueblo elegido y, exégesis aparte, no se detiene ni mucho ni poco en la figura de Dios. Los protagonistas son una pareja de amantes, y para una pareja de amantes, como bien saben los compositores de éxitos de radiofórmula, no hay otro dios que el amor.
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Pues yo, joder. Me enamoré, pero no hice el idiota.
Es lo que tiene leer tempranamente a Shakespeare y aficionarte a la astronomía.
Romeo y Julieta fue un romance de 3 días y hubo 6 muertos.
Y en Marte hay mucho polvo; sin embargo, no hay vida.
Son las verdades del barquero, amigo mío. Ellas realmente buscan a un soja y tú pronto descubres que no hay nada como la play.
Ah, la playboy!
Con tan bíblico nombre, y lo que te has perdido, Abel.
¡Vaya con las casualidades, don Martín! Estoy leyendo la Biblia (creo que por la cuarta vez, y no sé si es porque me crea desconcierto, una humana emoción, o porque es un “best seller” de aventuras terrenales y cósmicas) y estaba por llegar al libro de marras, Canto dei cantici (en papel de arroz, una maravilla) con su prefacio explicativo escrito por un docto creyente. En este me llamó la atención un pasaje “…Este libro, que no habla de Dios y que usa el lenguaje de un amor pasional, ha siempre maravillado a los exégetas. En el siglo I dc, en ambiente hebraico, surgieron dudas sobre su “canonicidad” y fueron resueltas recurriendo a la tradición. Basándose sobre los mismo motivos, la Iglesia Cristiana los ha siempre considerado como parte de las Sagradas Escrituras…” , pero por lo visto hubo oposiciones, en especial modo la de un tal Teodoro Mopsuestia, en los tiempos de Orígene, pero llegaron a un compromiso: si era una alegoría hebrea del amor de Dios por el pueblo judío, para el occidente era el noviazgo de Cristo y su iglesia. Allá ellos. Para mí es un maravilloso poema de humana y pastoril condición para cantar no sólo en las bodas. No soy un filológo, pero comparando la forma de escritura y su argumento, siempre el amor, encuentro un paralelismo notable entre los líricos (los odiados “gentiles”) griegos y este poema. Por suerte nos llegó entero. (PD. Espero que su apellido no tenga nada que ver con el consejo que le da a Abel sobre su desopilante comentario) Muy bueno, don Domingo Alberto Martinez, especialmente el epílogo Gracias.
Muchas gracias.
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