Sociedad

Los que sabemos escupir

Rijkaard Völler los que sabemos escupir
Imagen: Archivo ARD.

No presumo de ello tanto como me gustaría, pero yo, como tantos otros, soy un gran escupidor. Tenemos buen alcance, una consistencia considerable y una puntería robinhoodesca. Todo el mundo tiene un don, a nosotros nos ha tocado el de escupir.

Por el motivo que sea, nuestras dotes flemáticas no han gozado nunca de una gran acogida entre nuestros círculos sociales más sofisticados. Está aquella escena de Titanic en la que Rose le pide a Jack que le enseñe a escupir al mar desde la borda, que siempre nos pareció de lo más romanticona. Pero ni qué decir que ninguna de nuestras novias jamás mostró el menor interés por el dulce arte del perdigón, y entiendo que nadie quiera ver a un tío tirando babas desde la proa durante veinte minutos. Habría sido otra peli.

Rechazo y afirmación

Empezamos a escupir, como tantas otras cosas, cuando vimos a nuestros hermanos mayores hacerlo. Juraría que durante los años 90 era todavía una forma bastante aceptada de ganarse el respeto entre la chiquillada. O al menos eso creíamos. Uno escupía para hacerse el duro, pero también para darse un aire despreocupado o incluso para celebrar un gol1.

Durante años, escupir fue uno de los pilares de esa hipermasculinidad estoica que había encontrado su máximo exponente en el wéstern. Cada vez que Clint Eastwood disparaba un tacho a la arena, con esa expresión alimonada marca de la casa, se contorneaban los límites del héroe. «Por aquí sí que no paso. ¡Puaj!» era un poco el mensaje. Todo lo que quedaba fuera de esa área delineada por la saliva era ajeno y despreciado. En palabras de Julia Kristeva, «Lo abyecto me confronta con aquello que debo rechazar para ser» (Pouvoirs de l’horreur, 1980)2.

El escupitajo es algo íntimamente nuestro, proviene de nuestros interiores, y sin embargo degrada al otro en cuanto lo toca. En la mayoría de países escupir a otro constituye un delito de gravedad variable, según el tamaño de la ofensa. Y sí, no discutiremos que es una guarrada, pero, pero… ¿no tiene el gapo, también, algo de beso? Un antibeso, si se quiere. ¿Es mucho aventurarse creer que hay en ese lengüetazo una suerte de caricia entrañable? ¿Un desbordamiento erótico? De repente la rudeza se nos presenta ahora bajo una luz nueva, un compartir de babillas como quien enjuaga un orificio durante los preliminares… Pero me estoy adelantando.

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2 comentarios

  1. 胡安 Hú ān 王 Wáng,

    Completamente de acueldo con usted señol Castlo. ¡Vivan España y China! Mile, me iba a il y dejal mi bazal chino y ahola me quedo, pol mis santos cohones!

  2. La saliva es el lubricante del diablo, decía un amigo.

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