
Paseando por el camino que lleva a las afueras de la ciudad…
…vi un tren que se abría paso entre la niebla y su oscuridad.
Iba de camino al mar.
Y solo me apetece…
…cosechar el viento y echarme a volar, volar, volar.
Volar a través del inmenso cielo azul…
El cielo azul…
(Kaze wo atsumete. Happy end)
Lu vive en Taipéi, tiene casi veintidós años y está cansada. Desde que escuchó por azar «Kaze wo Atsumete», un tema de los años 70 del grupo japonés Happy End al que pertenecía Haruomi Hosono, Lu arrastra una obsesión silenciosa, una especie de fascinación persistente que la lleva a buscar en cada sonido, en cada paseo, en cada objeto viejo, algo que le devuelva la misma quietud extraña que sintió al oír por primera vez aquella canción. Guiada por los acordes que le zumban en el pecho y no se apagan, Lu viaja a Tokio decidida a conseguir una copia de Kazemachi Roman, el álbum de Happy End que contiene esa canción. Gao Yan, la autora de Midori no Uta, no necesita grandes gestos para contar lo que cuenta: hay una chica, hay un discman y una bonita historia de amor en el aire. Midori no Uta no tiene prisa. Como la música que Lu escucha, como sus paseos por la playa, como la preciosa relación que establece con Nan Jun, el manga entero está dibujado desde la ternura de lo innecesario. No hay tramas complicadas, no hay giros inesperados. Solo hay una forma de estar en el mundo que se parece mucho a una forma de querer.
Lu no se rebela contra nada, pero tampoco se rinde. Simplemente, elige otra frecuencia. En un mundo que insiste en el ahora, ella elige lo que tarda. Casi sin quererlo, encarna lo que Juan Evaristo Valls llamaría una vida jubilada antes de tiempo: esa que se permite hacer las cosas bien, aunque se tarde más, esa que se adorna sin justificación. La estética de Gao Yan está llena de silencios. No como ausencia, sino como espacio. Hay miradas que duran más de una viñeta, habitaciones dibujadas con una precisión que invita a entrar, lluvia que cae mientras la protagonista no hace nada más. Esa nada, en el mundo de Lu, es suficiente. Y eso, en sí mismo, es una afirmación. Leer Midori no Uta es como entrar en una habitación de las novelas de Murakami, hay un disco girando, alguien cocina algo sencillo, cae una lluvia fina tras la ventana y nadie tiene prisa por explicar lo que siente. Gao Yan no escribe manifiestos, pero su historia se alinea con esa misma melancolía sin drama, con esa belleza que no se busca: simplemente aparece, cuando una ha aprendido a estar en silencio y a mirar despacio.
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Resiliencia, como en Perfect Days, de Wenders. Gracias Hipólito.
Bello texto. No he leído nunca un manga. Este artículo me anima a hacerlo.