Arquitectura

Menos es más, más es otra cosa

Utzon.CanLys
Can Lis de Jørn Utzon

Cuando Mies van der Rohe pronunció su célebre sentencia —«menos es más»—, no pensaba en una casita blanca frente al Mediterráneo, sino en las nuevas formas de lo habitable. Lo decía desde el acero y el vidrio de su pabellón en Barcelona, como quien deja que la belleza surja no del ornamento, sino de la renuncia. Y sin embargo, es en esa casita blanca, en ese muro encalado que refracta la luz como si fuera un pensamiento antiguo, donde la frase alcanza todo su poder evocador. Porque el menos no es solo formal. Es también ético. Es una forma de cuidar, de sostener la mirada, de habitar con pudor.

Los arquitectos siempre han peleado con la materia para decir lo indecible. Barragán entendía el color como una forma de silencio. Siza Vieira, en sus obras portuguesas, dibuja sombras que parecen recuerdos. John Pawson, el asceta inglés, habla del vacío con una delicadeza que ya querrían algunos místicos. Y hay algo de todo esto en las islas Baleares: una sensibilidad que no necesita demasiadas palabras, ni demasiadas cosas. Solo un gesto justo, una proporción honrada, una relación amable con la luz y con el tiempo.

Algunos espacios —los verdaderos— no nos dan lo que queremos, sino lo que nos hace falta. Un banco bajo una higuera. Una ducha exterior que deja ver el cielo. Una ventana sin cortina donde el mar entra cada mañana con su olor a sal y a mundo. En esos lugares no hay escenografía. Hay presencia. No hay diseño, hay intención. Y esa es la diferencia entre la decoración y la arquitectura. Lo primero tiene miedo del vacío. Lo segundo, lo busca.

Cuando imaginamos una casa en Menorca, no es difícil verla casi vacía: dos sillas de enea, una mesa con las patas desiguales, una cama baja contra la pared encalada. La luz entra como quien ya conoce el lugar, rebota sin apuro en los muros y se posa, sin buscar protagonismo, sobre el suelo fresco. La casa no intenta agradar. No persuade. Solo está. Y en su estar, acoge. Las tardes allí no avanzan: se disuelven lentamente, como si el tiempo, al cruzar el umbral, decidiera caminar descalzo. En un lugar así, se intuye que el verdadero lujo no es la amplitud ni la promesa de una piscina infinita, sino la posibilidad sencilla de un día que no necesite ser salvado.

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3 comentarios

  1. Felipe Rodríguez López

    Que bonito artículo, está escrito con muy buen gusto.

    Enhorabuena.

  2. Pingback: La esencia de la arquitectura minimalista: vivir mejor con menos - Hemeroteca KillBait

  3. Efectivamente, «dejar espacio para lo que no se puede comprar». Solo hay que entrar en Sotherby’s y ver los precios.

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