
Los libros perdidos son la otra mitad de la literatura: lo que ha llegado hasta nosotros no es siempre el resultado de una selección cuidadosa ni de un juicio imparcial de la posteridad, sino el saldo de un accidente prolongado durante siglos, un naufragio en el que lo que se rescata no responde a méritos intrínsecos sino a la pura casualidad de no haber ardido en una hoguera doméstica, de no haberse quedado olvidado en el fondo de una maleta o de no haber sido borrado por la testarudez de un albacea obediente. Llamamos canon a ese montón de supervivientes, como si el azar fuese un crítico literario y el fuego o la humedad tuviesen capacidad de dictar sentencias estéticas, cuando en realidad lo que tenemos es un archivo de restos, un catálogo de lo que no desapareció del todo por descuido o por mala leche.
Y lo peor —o lo mejor, según se mire— es que esas ausencias nos obsesionan más que las presencias: el rumor de un libro perdido nos fascina mucho más que la evidencia de un volumen que podemos tocar, porque el lector, supersticioso como un ludópata que siempre cree que la próxima moneda será la buena, se convence de que la obra definitiva, la que iba a explicar el mundo de una vez por todas, no es la que se conserva en la estantería, sino la que se consumió antes de llegar a ella. El canon, entonces, no es tanto una tradición como una superstición: vivimos rodeados de fantasmas editoriales, y cuanto más irrecuperables son, más nos tientan, como si lo mejor de la literatura fuese siempre lo que nos falta.
El azar como censor invisible
Pocas veces el destino literario se decide en un salón repleto de críticos o en la mesa solemne de una academia. Lo normal es que todo dependa de un despiste. Ernest Hemingway lo aprendió en 1922, cuando pidió a su mujer que subiera a un tren en París con una maleta llena de manuscritos inéditos y se la llevara a Lausana para enseñársela a un editor. El equipaje desapareció en la estación y con él se esfumó la primera novela del autor, un relato sobre la Primera Guerra Mundial, junto con decenas de cuentos. Es difícil imaginar un episodio más humillante para la posteridad: un siglo entero de devoción crítica y biográfica reducido a adivinar qué había en aquella maleta que alguien se llevó creyendo que encontraría ropa interior.
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