
El responsable de esto debía de estar puesto de crack cuando lo ideó. (Hombre adulto anónimo)
Un creativo publicitario llamado Ben Bocquelet se encontraba revisando su portfolio de personajes cuando llegó a una oscura sección donde se acurrucaban las criaturas que habían sido rechazadas en proyectos publicitarios. Un vistazo a aquella comuna inadaptada de personajes reflejaba lo mañoso de Bocquelet y lo variado de sus ideas: algunos de esos neonatos eran dibujos animados tradicionales aferrados al número par de dimensiones, otros tenían siluetas digitales fotorrealistas o de polígonos estilizados y unos cuantos eran hijos de las manualidades, las tijeras, las costillas de plastilina y el stop motion. Bocquelet colocó aquel caos conceptual en línea y contempló el resultado: la total ausencia de unidad gráfica le hizo preguntarse dónde podrían coincidir todos esos personajes. Y entonces los colocó sobre la fotografía del patio de un colegio. Había nacido la serie con la dirección artística más extraordinaria de la televisión.
No es educativo. El padre es un idiota que dice estar cuidando a sus hijos cuando juega a la consola mientras ellos están siendo perseguidos por un robot que intenta matarlos. (Padre anónimo sobre lo didáctico de un show con robot asesino)
Bocquelet aumentó la disonancia artística con personajes tan disparatados como una cabeza humana real colocada boca abajo y con un par de ojos pegados a la barbilla. Apostó por una familia televisiva, bautizada Watterson en honor al creador de Calvin & Hobbes, y multiplicó los tópicos hasta el absurdo: el cabeza de familia convierte a Homer Simpson en un superdotado, la madre es un Terminator en ebullición y sus hijos son un imán para el apocalipsis doméstico.
¿Por qué pixelan sus partes íntimas? Hay otros dibujos con personajes sin ropa, pero en ellos no se censura una zona en la que no hay nada que censurar, y aquí se hace solo porque es el lugar donde los humanos sí que tenemos algo. (Padre anónimo y dramático)
Los guionistas aceleraron desbarrando todo lo posible. Chistes tan sutiles como bautizar con el nombre de Darwin a un pez con piernas se combinaban con hostiazos dolorosos y berreos a bocajarro. Lo idiota, lo inteligente, lo aleatorio, el gag refinado o el slapstick estaban destinados a no encontrarse nunca en un mismo programa, pero en Gumball lo hacían, bendecidos por un dominio del ritmo espectacular.
Ocurría lo mismo que con la dirección artística: la falta de unidad debía condenar a esos elementos a no funcionar juntos jamás, pero la batidora del caos que es la propia serie no quiere ser consciente de ello y, por eso mismo, funcionan. Esa genialidad potencial se intuyó pronto: Gumball renovaría para una segunda temporada cuando la primera ni siquiera se había emitido.
Escuché a uno de los personajes decir «demonios». ¿Quién es el loco que ha decidido que esto es un programa infantil? He escrito a los productores y a la cadena. (Madre anónima agobiada)
El asombroso mundo de Gumball abraza la cultura pop sin remordimientos y se atreve a invocar cosas tan dispares como Street Fighter, El señor de los anillos, los pantallazos azules de Windows, Destino final, el «Smack My Bitch Up» de The Prodigy, Venganza, las consolas retro, Pulp Fiction, Resacón en Las Vegas, el «Elektrobank» de The Chemical Brothers, Resident Evil, The Legend of Zelda, Algo pasa con Mary o El silencio de los corderos. Todo sobrevuela la cabeza de los más pequeños y descojona a los adultos que comprenden a la primera ese gag que convierte un clic en el ordenador conectado a internet —ese mundo del que están sacadas las opiniones que salpican este texto— en una forma de drenar horas de vida.
Mi esposa y yo lo adoramos. (Matrimonio anónimo feliz)
Gumball, en ciertas entregas, directamente abraza la gloria: «The Procrastinators» convierte el noble arte de la procrastinación en un episodio completo, «The Remote» es el Sospechosos habituales de la animación y «The Job», un capítulo donde el progenitor encuentra trabajo y eso hace que todo el universo se desmorone, es una de las mejores obras de ciencia ficción de la historia de la televisión.
Gente, no es el fin del mundo si alguien dice la palabra «culo» en televisión. (Niño anónimo de diez años)










Es un bric a brac apocalíptico. Y una nada encubierta escuela de subversión contra el mundo «woke». El ecologista vestido con los colores del arcoiris es ridículo, los padres son una nulidad, los chicos aprendices de antisociales.
Lo ve mi nieta de 6 años y no me gusta.
Es una absoluta maravilla, junto a Hora de Aventuras son mis series favoritas.
¿Qué edad tienes, Pipito?