
Imaginen un grupo de jugadores de fútbol americano que han jugado la temporada de sus vidas. Están a punto de alcanzar la gloria en el equipo de una universidad que nunca antes —ni nunca después— tuvo ocasión de conseguir logros importantes en el competitivo mundo del deporte preprofesional estadounidense. Imaginen también lo que debieron de sentir cuando, a causa de los estúpidos prejuicios que a veces imperan en nuestras sociedades, se les puso en una dolorosa disyuntiva: renunciar a sus sueños deportivos o aceptar la idea de que dos de sus compañeros fuesen apartados del equipo, y por el único motivo de tener un color distinto de piel. Imaginen el momento en que el vestuario de un joven equipo como aquel se transformó en un tribunal moral donde había que tomar una decisión con todo el país pendiente de ellos. ¿Queremos la dignidad o queremos la victoria? En su época casi nadie les iba a culpar por tomar el camino fácil y deshacerse de aquellos dos jugadores. Lo contrario significaba renunciar al producto de meses y meses de duro esfuerzo y justo al final de una temporada impresionante.
Viajamos a 1951. Los Dons, equipo de la Universidad de San Francisco, siempre fueron una escuadra modesta. Durante sus primeras tres décadas de existencia, entre 1917 y 1950, jamás habían ganado un título regional, ni mucho menos una distinción nacional. En el fútbol universitario estadounidense, conseguir un trofeo era algo extraordinariamente difícil: muchos equipos y unas cuantas universidades poderosas que solían acaparar a buena parte de los mejores jugadores, dejando las migajas a los pequeños. Y los San Francisco Dons pertenecían al grupo de los pequeños. Por no tener, el fútbol universitario ni siquiera tenía un campeonato nacional reglamentado. Pero después de cada temporada tenía lugar una serie de partidos que usualmente se jugaban a principios de enero y cuyos organizadores invitaban a los que consideraban los mejores equipos de la temporada regular. Estos eran los llamados trofeos post season, o de final de temporada, lo más parecido a un título nacional que existía en el fútbol universitario. En 1951 se celebraban seis de estos trofeos (Orange Bowl, Sugar Bowl, Rose Bowl, Sun Bowl, Cotton Bowl, Gator Bowl) y casi todos ellos se celebraban en el sur, donde la fiebre del fútbol era mucho mayor. Dato a tener en cuenta, porque las leyes de segregación racial todavía estaban vigentes en buena parte de la región. A falta como decimos de un campeonato nacional oficial, estos partidos servían para ayudar a designar un equipo «campeón», elegido por aclamación mediante encuestas, de manera parecida a la elección del Balón de Oro en el fútbol europeo. Estos trofeos, decididos a un partido, eran el botín más cotizado para cualquier escuadra universitaria. Eran el pasaporte a la gloria. En 1951 solamente doce equipos iban a ser invitados y teniendo en cuenta el número de equipos que iniciaban la temporada, llegar a disputar y ganar uno de estos trofeos resultaba extraordinariamente difícil. No pensemos que estos partidos universitarios se celebraban ante un puñado de padres y unas cuantas animadoras, no. Eran eventos deportivos de primera magnitud, disputados en granes estadios y que recibían (y reciben) la atención de toda la prensa estadounidense. No eran muy diferentes a una final de Champions League.
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Un año después, los Dons de baloncesto tendrían la fortuna de reclutar a un tal Bill Russell que también pasó lo suyo.
Que gran lección para un país muy cristiano.
En 1954 y 1955 Bill Russell y Sam Jones , dos de los mejores jugadores de la historia de la NBA lograron vencer en los campeonatos de la NCAA con los Dons