Hebras y nodos

La inspiración y el misterio en las grandes obras

En junio de 2026 culminaba en Barcelona uno de los proyectos arquitectónicos más extraordinarios de nuestro tiempo: la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia era inaugurada ante su santidad el papa León XIV, ciento cuarenta y cuatro años después de colocarse la primera piedra del templo. Una bellísima ceremonia coral y de luces culminó con la elevación al cielo de un enjambre de drones que, tras dibujar el rostro de Gaudí, formaron después las palabras de una desconocida pero singular sentencia: Primer l´amor, després la técnica. El acto debió deslumbrar al papa Prevost, quien describió en su homilía al templo como «una obra maestra arquitectónica, que es también una elocuente catequesis hecha de piedras, colores y luz». El acto representó la culminación del sueño místico de Antoni Gaudí, su personalísimo creador. Cuando este asumió la dirección del proyecto en 1883, lo hizo en una España donde el automóvil aún no circulaba, la electricidad comenzaba a extenderse y faltaban décadas para que aparecieran la aviación, la informática o internet. El arquitecto, que murió accidentado en 1926 —los viandantes lo confundieron con un mendigo, tal era su desapego a los bienes materiales— dejó inacabado el proyecto al que había dedicado cuerpo y alma, pero su visión sobrevivió a la Segunda República, a una cruenta guerra civil, a la dictadura franquista y a los vaivenes políticos de la transición y la democracia.

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Inauguración de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia. Barcelona, junio de 2026.

La pregunta es: ¿Cómo puede una intuición creativa como la de Gaudí, conservar su fuerza durante siglo y medio? No es, desde luego, la primera vez que sucede. Las grandes catedrales góticas podían tardar siglo y medio en levantarse e implicaban necesariamente a varias generaciones. Mientras fieles, artesanos y obreros avanzaban día tras día hacia su propio ocaso mortal, otros ocupaban su lugar y continuaban dando forma a una obra cuyo autor sabía que, probablemente, no vería nunca terminada. Crear significaba entonces proyectarse hacia un futuro que pertenecía a otros. En Gaudí, además, esa vocación de trascendencia tenía un fundamento explícitamente espiritual y estaba ligada a una suerte de vuelta al origen, a la naturaleza. Sus árboles, montañas, conchas marinas o estructuras óseas son manifestaciones de una inteligencia creadora —la inteligencia del Dios vivo— que continúa expresándose en el mundo. Conforme avanzó su vida, la arquitectura dejó de ser únicamente una profesión para convertirse en una forma de contemplación y la Sagrada Familia ya no era solo un edificio: era la traducción en piedra y en luz de una vivencia espiritual.

Y es precisamente aquí donde aparece una cuestión tan antigua como el propio arte: ¿de dónde proceden realmente las grandes obras?

Cuando la creación era una forma de revelación

La cultura contemporánea suele presentar la creatividad como una producción individual. Imaginamos al artista o al escritor encerrado en su estudio, elaborando pacientemente su obra a partir de su conocimiento, sus habilidades y su experiencia vivida. Sin embargo, cuando escuchamos a muchos de los grandes creadores de la historia, encontramos una descripción muy diferente. Los poetas griegos atribuían su inspiración a las Musas. Platón hablaba de una especie de manía divina, un estado especial en el que el creador parecía recibir algo que no procedía de sí mismo. Los profetas bíblicos describían sus visiones en términos semejantes. Durante siglos, la inspiración fue entendida menos como una elaboración y más como una revelación desde arriba.

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La Anunciación de Fra Angelico (c. 1425-1426). Madrid, Museo Nacional del Prado.
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El mismo motivo, pero un siglo y medio después: La Anunciación de El Greco (1596-1600). Madrid, Museo Nacional del Prado.

Esta idea permaneció prácticamente intacta en la Edad Media, y viva —aunque ya matizada por los ideales antropocéntricos— en épocas más recientes. Fra Angelico, el gran pintor dominico del Renacimiento, concebía la pintura como una prolongación de la oración. Los iconógrafos ortodoxos todavía hoy ayunan y rezan antes de comenzar su trabajo porque consideran que no están creando una imagen, sino permitiendo que se manifieste una realidad espiritual. Sobre Juan de Juanes, la tradición popular afirma que se detenía a meditar delante de sus propios cuadros antes de darlos por terminados, buscando comprobar si transmitían la emoción religiosa que pretendía despertar. Basta admirar en El Prado La última cena, con su célebre cáliz de dos asas, para entender cómo nos interpela el mismísimo Cristo desde la tela del pintor valenciano. El Greco, en esta misma línea, parecía empeñado en representar aquello que no podía verse. Sus estilizadas figuras, sus azules y sus verdes y esos cielos imposibles evocaban verdaderos estados de conciencia, más que escenas físicas. En cuanto al pacense Zurbarán, tiene obras que transmiten una sensación de silencio interior tan intensa, que casi parecen ejercicios visuales de contemplación, como si sus claroscuros no fueran otra cosa que despiadados intentos de plasmar el alma humana, con sus grandezas y sus tormentos. Unos siglos después, William Blake afirmaría mantener conversaciones con ángeles y personajes bíblicos: «Un Espíritu y una Visión no son, como supone la filosofía moderna, un vapor nebuloso, o una nada: están organizados y minuciosamente articulados más allá de lo que la naturaleza mortal y perecedera puede producir».

Los ejemplos históricos son tan abundantes, que nunca acabaríamos de mencionarlos. Esto nos permite concluir que, durante buena parte de nuestra historia, contemplar una obra de arte pudo significar algo bastante más profundo que detenerse a mirarla como hacemos hoy en los museos.

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Retrato de Johann Sebastian Bach, Elias Gottlob Haussmann (1748). Leipzig, Bach-Museum.

Es común que las obras más importantes de un creador aparezcan cuando el ego deja de ocupar el centro del escenario. La historia de la música ofrece ejemplos particularmente llamativos. Johann Sebastian Bach escribía frecuentemente Soli Deo Gloria al final de sus partituras. Para él no eran una demostración de talento personal, sino una forma de alabanza. Mozart describió en varias ocasiones cómo determinadas composiciones parecían presentarse ante él de manera casi completa, como si pudiera percibir simultáneamente estructuras musicales enteras antes de escribir una sola nota. El compositor Giacomo Puccini pudo relatar experiencias semejantes durante la gestación de algunas de sus óperas. Manuel Sans Segarra, que ha reflexionado también sobre la relación entre conciencia y creatividad, emplea el caso de Madama Butterfly para ilustrar esos momentos en los que el artista parece sentirse más receptor que autor. La atribución al compositor de una experiencia de inspiración «dictada desde arriba», sin embargo, no está suficientemente documentada en las fuentes primarias, por lo que conviene tomarla como una interpretación contemporánea.

Quien haya escrito alguna vez un relato, compuesto una pieza musical o desarrollado una idea científica original, reconocerá probablemente este fenómeno. El esfuerzo y la técnica son imprescindibles; pero existe un momento, difícil de identificar, en que la solución aparece de forma repentina, como si se la rescatara de algún lugar donde hubiera estado aguardando su momento. La psicología define este fenómeno —enteramente subjetivo— como insight. Pero nombrarlo no equivale necesariamente a explicarlo. A Carl Gustav Jung le llamaba la atención la aparición recurrente de ciertos símbolos en culturas separadas por enormes distancias geográficas y temporales. Dragones y héroes, árboles cósmicos, viajes iniciáticos o figuras maternas aparecían una y otra vez en pueblos que jamás habían tenido contacto entre sí. Su propuesta fue la existencia de un inconsciente colectivo: un estrato profundo de la psique que es compartido por todos los seres humanos. Desde esta perspectiva, los grandes artistas no inventarían sus símbolos fundamentales, sino que los descubrirían. La creación artística es, entonces, un proceso de exploración de territorios psíquicos comunes, más que una autogeneración inspirada.

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A Vision of the Last Judgment (Visión del Juicio Final), William Blake (c. 1806-1808). Petworth House, RU.

Conviene recordar aquí algunas de las ideas planteadas por Javier Sierra en El fuego invisible. Aunque presentada como una novela de misterio, la obra gira alrededor de una serie de preguntas fascinantes: ¿Y si la inspiración fuera algo más que un producto de la mente consciente? ¿Y si las grandes creaciones surgieran de una fuente más profunda y universal de significado? ¿Y si todo está —por usar un mito moderno— en una especie de «nube» virtual de conocimientos ancestrales, heredados como se heredaban las claves de bóveda de la arquitectura gótica? Esta idea se la contaba el escritor al periodista Alex Fidalgo en su sensacional podcast, cuyo episodio recomiendo escuchar a los lectores.

Las explicaciones científicas contemporáneas son, naturalmente, más prudentes. La investigación actual sobre creatividad ha identificado la participación de múltiples redes cerebrales implicadas en la memoria, la imaginación, la emoción y la atención. Sabemos que los procesos creativos implican una compleja interacción entre regiones cerebrales que generan asociaciones novedosas, en paralelo a otras que las evalúan críticamente. Antonio Damasio, entre otros, insistió además en un aspecto fundamental: la creatividad no surge únicamente del cerebro, sino del organismo completo. Emociones y experiencia corporal, junto con la percepción del estado interno del cuerpo, participan activamente en la construcción del pensamiento. Esta perspectiva resulta especialmente interesante porque desmonta la vieja imagen del creador puramente racional. La intuición artística es, más bien, un fenómeno racional-emotivo que no puede separarse del cuerpo; una expresión sofisticada, en definitiva, de nuestra condición biológica.

Sin embargo, incluso aceptando plenamente estas explicaciones, difícilmente pueden dar cuenta de lo que ocurre en esos estados de silencio, recogimiento o trascendencia que parecen favorecer la creatividad.

La hipótesis de la conciencia no local

En las fronteras de la filosofía y de la ciencia encontramos una propuesta más controvertida y misteriosa. Pensadores como William James, Henri Bergson o Aldous Huxley plantearon que el cerebro podría funcionar más como un filtro que como un productor de conciencia. Más recientemente, autores como Pim van Lommel o Rupert Sheldrake han explorado la posibilidad de que la conciencia no se reduzca completamente a la actividad cerebral. Estas teorías permanecen fuera del consenso científico actual y deben considerarse especulativas, pero poseen el indudable interés filosófico de ofrecer una interpretación diferente, histórica y sublimada, de la inspiración en el arte. Según esta perspectiva, el artista excepcional no sería necesariamente quien produce más información, sino quien accede a ella de manera más profunda: el cerebro funcionaría como una ventana, y no como un generador de ideas.

Como digo, no existen pruebas concluyentes que permitan aceptar esta hipótesis. Pero tampoco puede negarse que numerosos creadores, místicos y pensadores de distintas épocas han descrito sus experiencias utilizando un lenguaje sorprendentemente parecido.

Quizá exista una manera más sencilla de abordar la cuestión. Desde las pinturas de Altamira hasta las catedrales góticas, desde los iconos bizantinos hasta la música de Wagner, gran parte del arte humano parece haber tenido una finalidad más allá del entretenimiento o de la representación. Su objetivo era transformar la conciencia. Provocar asombro. Inducir el silencio, o favorecer la contemplación. Crear una experiencia trascendente que llevara al receptor de la obra a conectar con algo mayor que sí mismo. Las grandes obras no solo comunican ideas; modifican la forma en que percibimos el mundo y a nosotros mismos, y tal vez por eso continúan fascinándonos tantos siglos después.

Así es que la Torre de Jesucristo se eleva ya sobre Barcelona, y resulta difícil contemplarla sin percibir que allí hay algo más que cálculos estructurales o ingeniería de materiales. Hay una visión, una intuición. El arte como una «tecnología de la trascendencia». Tal vez la neurociencia termine explicando por completo cómo surgen estas experiencias y descubramos que la inspiración es el resultado de procesos extraordinariamente complejos, pero enteramente naturales. Hasta entonces, me resulta más atractivo tratar de mantener viva la ancestral y tan humana conexión con lo invisible. Acaso sea precisamente esa sensación —la de que existe algo esperando a ser revelado— la que ha impulsado algunas de las creaciones más elevadas de la historia humana.

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