Hace ya años que los contables que gobiernan el mundo del arte lo han convertido en un polvoriento pero muy rentable espanto para consumo de toreros, promotores inmobiliarios, futbolistas, alcaldes de pueblo costero valenciano, banqueros y sus respectivas fulanas. Nada que objetar al respecto y muy especialmente desde que los artistas son los primeros en arrastrarse, si es necesario con los premolares, hasta las timbas más horteras. No será desde luego esta gente la que haga que el arte sobreviva como el único refugio de la emoción en un planeta en el que el mayor grado de estremecimiento del que son capaces muchos de sus habitantes cabe de sobras en un mensaje de Whatsapp.
Quizá he sido injusto con los toreros en el párrafo anterior. A fin de cuentas, las crónicas taurinas son los textos más vitales y exuberantes que pueden leerse hoy en día en los diarios de este país. Y eso independientemente de la opinión que se tenga sobre las corridas de toros y que en mi caso es la que es.
Todo lo contrario, en cualquier caso, que los tortuosos monolitos de la sección de arte, probablemente los peor escritos de la prensa occidental. Monolitos rebosantes de blablublá, de pesadísima digestión, diseñados a conciencia para que el lector arranque a correr despavorido y no pare hasta llegar a la frontera de Perpignan. A mi última exposición visitada me arrastró por ejemplo el poder de convicción de unos ojos de un azul oceánico y con nombre de bagatela para piano de Ludwig van Beethoven: si llega a ser por la nota publicada en El País no me planto allí ni borracho de palo cortado Leonor.
Viene esto a cuento de la sarta de ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos con la que ha sido recibida la exposición Mitos del pop del museo Thyssen-Bornemisza de Madrid. Ñoñeces, banalidades y soporíferos datos históricos capaces de provocar bostezos que rivalizarían sin problemas con los de un mero. Y es que, más allá de la conocida frase de Richard Hamilton con la que se lo suele definir —«popular, efímero, prescindible, barato, producido en serie, joven, ingenioso, sexy, divertido, glamuroso y un gran negocio»—, si el movimiento pop art es significativo por algo es por ser el primero de la historia en el que la aportación femenina es bastante más atractiva y merecedora de atención que la masculina. Y el resto son eslóganes de todo a un euro.
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¿Estais seguros que la tal Kent no es Charlie Sheen?
Sí, se diría que es un cruce entre Charlie Sheen y Fanny Ardant con unas gotas (pocas) de Candice Bergen…
Y oigan, el trabajo de esta señora, cuando menos el que el Sr. Campos ha tenido a bien presentarnos, es canela fina. Se lo digo yo que de esto, entiendo un huevo.
gran descubrimiento, pero el articulo empieza mal con un tufo a prepotencia que tira para atrás…..como el autor juzgando a la mayoría de las personas de este planeta y su capacidad de estremecimiento….eso será en su mundillo pequeño…la mayoría de las personas se estremecen bastante solo luchando para poder vivir con dignidad
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