El éter y los ondines

Mi padre, por fortuna, manejaba aquella tartana a velocidades más dignas de la tortuga que de Aquiles. Nos costaba tres días llegar desde el mediterráneo hasta las rías, renqueando por las carreteruchas de la España de finales de los 60 —aquel país donde ya no se pasaba hambre pero donde no sobraba de nada— con la misma parsimonia con que […]