Destiempos

Marta Peirano: Lo normal es sobrevivir


Ryan Thomas Kenny

And how do you know that you’re mad?
“To begin with,” said the Cat, “a dog’s not mad. You grant that?”
“I suppose so”, said Alice.
“Well then,” the Cat went on, “you see a dog growls when it’s angry, and wags it’s tale when it’s pleased. Now I growl when I’m pleased, and wag my tail when I’m angry. Therefore I’m mad”

Hace años un hombre me dijo en una cena que no le interesaba la pornografía porque las cosas que a él le gustaban no salían allí. Como es lógico, antes de llegar los postres empezamos a mirarle mal. Desde la explosión de los 80, cuando el VHS democratizó el consumo y los venerables padres de familia pudieron conocer a Tracy Lords en la sacrosanta intimidad de sus garajes, clubs de caballeros y salas de fumar, la industria había producido géneros para todas las filias, incluyendo el gangbang con anguilas vivas y una combinación tan formidable de edades, razas, parafilias y paraplejias que hasta el Divino Marqués se taparía sus divinos ojos. Las fantasías del tipo —pensábamos nosotros con la mirada turbia deben de ser criminales. Pero de eso también existe, acabó diciendo alguien. Y, como es lógico, también le miramos mal.

Internet nos cambió la vida a todos, pero a él más. Ya a finales de los 90 había foros dedicados exclusivamente al intercambio de material de su gusto que, a pesar de nuestras oscuras divagaciones, no era criminal sino simpático y hasta abundante en ciertas franjas de la programación familiar en las cadenas nacionales. El tipo, descubrimos aliviados, era un hipnofílico, una variante del fetichismo de dominación que entonces no abundaba en el porno, pero no por eso poco habitual. Y el mismo hombre que de pequeño se iba a la cama cuando empezaban las escenas de hipnosis como hacíamos nosotros cuando caía el primer sujetador, descubrió que no estaba solo en el mundo. Que había muchos, muchos, muchos más.

En los foros, los hipnofílicos (o somnofílicos) intercambian grabaciones de mujeres en estado de hipnosis (la variante inversa es poco corriente), un género que una vez era fruta abundante en los programas de sábado noche. Después de ver unos cuantos vídeos, en su mayoría versiones digitalizadas de grabaciones VHS con la clásica textura de rayas verticales que revela la popularidad de ciertas secuencias con más elocuencia y naturalidad que los subrayados del Kindle, es difícil no pensar que todos están en el ajo.

Para empezar, la inducción hipnótica televisiva suele involucrar a un engominado de ojos intensos y caderas cimbreantes, una exmodelo semidesnuda y la presentadora del programa, cuya función es taparse la boca y abrir mucho los ojos para indicar que la invitada es una fresca y que ni ella ni las espectadoras se dejaría hacer en público las cosas que le ha encargado hacer al grasiento prestidigitador. Pero es que después de unos malabares con baraja y alusiones de baja estofa a las perolas de la invitada, el mago siempre le dice: “¡tranquila! No te puedo obligar a hacer nada que tu no quieras hacer”. Que en realidad es el “quiere que se lo meta dentro” del género, porque lo que realmente nos dice es que la invitada quiere gatear por el escenario enseñando la tira del tanga, ingerir vegetales de gran tamaño como quien toma el té de las cinco y sentarse en las rodillas de los otros invitados mientras la segunda cámara nos muestra la agonía del marido. Lo que nos dice es que la chica quiere pero no se atreve y que el mago no la está puteando, está revelando su verdadero yo.

A esta gente, decíamos, la Red les cambió la vida más. Son los grandes triunfadores de la Long Tail, descartes de la sociedad que han encontrado validación, apoyo y hasta marido en los foros exclusivos de parafilias tan bizarras que no podemos imaginar. El mundo es un poco más libre, diría alguno, cuando lo puedes compartir. Como los pies, los nudos japoneses, lo de la hipnosis es una filia simpática. Pero ¿qué me dicen de aquellos individuos en perfecto estado de salud con una vida aparentemente normal, cuya única obsesión es amputarse un brazo, una pierna, una mano o todo lo anterior? Como el amante de las modelos mesmerizadas, todos los apotemnofílicos pensaban que lo suyo era único hasta que teclearon la palabra Amputee en un buscador. Ellos también cabalgan a lomos de la Long Tail.

Los foros de apotemnofília son idénticos a los de hipnofilia, salvo que donde aquellos intercambian consejos sobre cómo hipnotizar a la pareja con un péndulo del mercadillo o puntúan a los hipnotizadores locales, estos se pasan fórmulas para gangrenarse una pierna con hielo seco, perder un brazo en la vía del tren o el teléfono de clínicas clandestinas en Mexico, Moscú o Nigeria, donde por 5000 dólares puedes pedir amputaciones a la carta y volver para contarlo (o no). La comunidad incluye acrotomofílicos, cuyo fetiche son los amputados y se hacen llamar “devotos”. Curiosamente (según un raro estudio de 2007) aparte de lo suyo por la falta de extremidades, los devotos suelen preferir que sean las piernas y “se adhieren a los estándares comunes de belleza para todo lo demás”. En todos los pueblos hay feos.

Aunque catalogada como filia —un sufijo que indica una desviación de tipo sexual los especialistas no saben muy bien si se trata de un desorden en la percepción del propio cuerpo como la anorexia, donde los pacientes perciben un exceso de peso donde solo hay piel y huesos; o de identidad, como las personas que aseguran haber nacido en un cuerpo del sexo equivocado. Como otras extravagancias de la mente humana, es extremadamente difícil decidir si es física o mental, el resultado de una malformación neurológica o de un trauma sin resolver. Y eso sin adentrarse en el laberinto ético de sus posibles tratamientos.

Los aspirantes a amputados en los foros, aspirantes sienten que les sobra algo y sufren la deformidad con el mismo horror monomaníaco del que nace con extremidades de sobra, rasgos que crecen fuera de lugar o en números inadecuados. Es una obsesión, pero no una adicción; a diferencia de los adictos a la cirugía plástica o los que se achicharran en las cabinas de bronceado, los apotemnofílicos tienen un objetivo específico quieren cortarse las piernas exactamente siete centímetros por encima de la rodilla, o el brazo 15 centímetros por debajo del codo y, una vez lo consiguen, quedan felices y tranquilos, su patología erradicada. Por suerte o por desgracia, la medicina se niega a practicar esas amputaciones. Simpatizamos con el niño de tres piernas que se somete a cirugía, pero no toleramos que lo haga un adulto que tiene dos, aunque sufra por ello.

La solución es jodida. En el juramento hipocrático, el médico se compromete a establecer “el régimen de los enfermos de la manera que les sea más provechosa según mis facultades y a mi entender, evitando todo mal y toda injusticia” pero, como en todos los contratos morales, en la virtud está la trampa. Muchos apotemnofílicos mueren en la mesa de carniceros sin escrúpulos, o víctimas de su propia ineficacia practicando una autoamputación que a menudo se registra como accidente o suicidio. Para aquellos, el médico faltó a su juramento, negándose a proporcionar el remedio a una enfermedad que resultó ser mortal. Como sociedad, hemos normalizado la cirugía estética innecesaria, aceptamos la modificación del cuerpo como proyecto artístico y empezamos a entender que el cambio de sexo podría ser necesario para llevar una vida normal. ¿Por qué aceptar la amputación electiva?

La respuesta está en la pregunta misma: porque lo normal es asimilar. La biblia de los aspirantes a amputados es Geek Love, una novela donde la matriarca de la familia Binewski se “trata” con anfetaminas, fumigadores e isotopos radioactivos durante sus embarazos para producir hijos “excepcionales” con los que rellenar su troupe circense. El primogénito, Arturo, nace con aletas en lugar de extremidades y, después de triunfar en el negocio familiar como Aquaboy, acaba fundando una secta donde sus sermones y sus aletas acaban proporcionándole una ola de admiradores, que llegan de todas partes y renquean detrás de su caravana esperando su turno para una “amputación artúrica”. Nadie se salva del machete, incluyendo un pobre caballo al que Arturo rebana a la altura de las rodillas. En uno de los momentos más citados en los foros apotemnofílicos, Arturo le dice a una gorda acomplejada y llorosa:

¿Crees que yo sería más feliz si tuviera brazos y piernas y pelo como todo el mundo? ¡NO! ¡Porque entonces estaría preocupado de que alguien me quisiera! ¡Tendría que mirar fuera de mí mismo para saber qué pensar de mí mismo!

A todas luces, Geek Love es una sátira. Su autora, Katherine Dunn, debe de estar tan perpleja como los Nikis cuando los fachas empezaron a cantar El imperio contraataca.

Hace unos días lo comenté en la cena y, como es lógico, antes de llegar los postres empezaron a mirarme mal. Pero después de ver la televisión en España durante los últimos 28 días, querer cortarse una pierna ya no me parece tan raro. Salgan del país y vuelvan dentro de tres años, a ver qué les parece. Todo lo que hacemos juntos es absurdo. Lo normal es asimilar.

Jordi Pérez Colomé: No es época para esnobs (al menos en periodismo)


Vladimir Putin p

Hace años que existe Internet. También hace bastante que el periodismo escrito está en crisis. Pero después de tanto tiempo de malas noticias para el oficio, empiezan a llegar las buenas. Hace unos días, CNNMoney/Fortune publicaba este artículo: ¿Quién gana dinero publicando en Internet? Daba seis ejemplos: Huffington Post, Gawker, The Awl, Vox Media (que incluye el blog de deportes SB Nation y The Verge), Buzzfeed, Business Insider y Say Media (ReadWrite).

Ninguno es un periódico digital al uso. Si algunos no suenan, es porque son recientes. Todos tienen unos diez años o menos. Excepto el Huffington, no se parecen a los periódicos tradicionales por dos motivos: no tienen ánimo generalista y son más pequeños. Los seis modelos se basan en un tipo de ingresos: la publicidad.

¿Los periódicos en papel mueren porque la publicidad se ha ido y los digitales nuevos viven gracias a la publicidad? Sí. El público se ha movido hacia los digitales y las empresas ven nuevas oportunidades. La gente dedica un siete por ciento de su tiempo a los periódicos, que reciben un 25 por ciento de publicidad. En cambio, dedican un 36 por ciento a Internet y móvil, que se quedan solo con un 23 por ciento de anunciantes. Hay una oportunidad de negocio. Los nuevos departamentos de marketing buscan ese dinero: innovar para dar con alternativas al poco atractivo banner tradicional.

Hace unas semanas hablaba con una directiva en un periódico español. Lo veía negro. Pero no se quejaba de sus colegas periodistas ni de la audiencia, sino de la falta de reacción de su departamento de publicidad. Me decía que la novedad que le pedían eran noticias —¡noticias! que dejaran bien a la empresa de turno. No es la única que me lo ha dicho. Un redactor de otro periódico digital me contó cómo desde el departamento de marketing le enviaron una nota de prensa sobre una campaña de publicidad de una marca, para que hiciera una noticia. La información no era noticia, era publicidad. Pero era el único modo de vender anuncios, decían. No aspiraban a variar lo de siempre. (Por cierto, la tele también empieza a sufrir)

Hay algo de la lista inicial de medios que no he dicho: no solo hacen información, hacen “contenido”. Los periódicos solo informaban con los géneros tradicionales, pero en Internet las opciones son infinitas. Hoy compiten con todo tipo de entretenimientos: en un móvil el salto de una noticia a un videojuego es un click. Los periodistas deben buscar modos distintos de contar la realidad, temas poco tratados, enfoques nuevos. Lo que sea, pero deben hacer algo. No pueden esperar a que alguien les salve o por caridad. Están en este sector para ganar dinero, no para llenarse la boca con la necesidad del periodismo para la democracia.

La web de información más leída del mundo es Mail Online, del periódico británico Daily Mail. Acaban de aterrizar en Estados Unidos para expandirse. Su editor, Martin Clarke, tiene claro por qué son los primeros: los americanos son “un poco lentos cuando un tema despega. Fleet Street [la calle londinense donde estaban las redacciones] era un lugar muy, muy competitivo; a veces demasiado competitivo. Algunos incluso se excitaban demasiado, por decirlo de manera suave. Nos han entrenado para ser populares. No estoy seguro en cambio de que ese asunto sea importante en el currículum de la Escuela de Periodismo de Columbia”. El desafío para un esnob es entrar en la web del Daily Mail y hacer ver que no te interesa nada. (Cuando escribo, la noticia principal es una aseguradora que dejó 250 mil enfermos a cargo de una enfermera por falta de médicos que quisieran hacer noches y fines de semana.)

Esta tradición británica es larga. No hay tabloides solo en Reino Unido, pero allí son mejores. El Daily Mail es sensacionalista, exagerado, tramposo, pero es divertido, humano y bien escrito. Así defendía el sensacionalismo en 1948 Silvester Bolam, director del Daily Mirror entonces el primer periódico de Reino Unido (saco la cita de un libro de un baluarte de aquel Mirror, Hugh Cudlipp, con uno de los grandes títulos de la historia del periodismo: ¡Publícalo, y a la mierda!; Publish, and be damned!):

El Mirror es un periódico sensacionalista. No pedimos perdón. Creemos en la presentación sensacional de las noticias como un necesario y valioso servicio público en estos días de lectura de masas y responsabilidad democrática. El sensacionalismo no significa tergiversar la verdad. Significa la presentación vívida y dramática de hechos para que tengan un impacto poderoso en la mente de los lectores.

Tanto en asuntos grandes como en pequeños y más personales, el Mirror y sus millones de lectores prefieren lo vivo a lo aburrido y lo vigoroso a lo tímido. Sin ninguna duda nos equivocamos, pero al menos estamos vivos.

Dice que es un “valioso servicio público”. El periodismo es contar qué pasa y cada cual puede enterarse de lo que quiere como quiere. La revista Foreign Policy publicó hace unas semanas “Los 14 gatos sin pelo que se parecen a Vladimir Putin”. Foreign Policy no es el medio de relaciones internacionales más sesudo, pero tampoco es el Daily Mail. Comenté este ”contenido” en una clase que di en un máster que dirige el periodista Kim Amor. ¿Por qué hizo eso Foreign Policy? Salieron dos motivos: uno, para cabrear a Putin y, dos, para lograr los 37.000 likes que tenía en Facebook y visitas a su web.

Las visitas son dinero gracias a la publicidad. Pero también es influencia. Gracias a los gatos sin pelo, Foreign Policy puede atraer a otro tipo de lector interesado no en todos sus artículos, pero sí en algunos. Otra lista reciente de Foreign Policy es “36 bigotes que cuentan el conflicto entre Israel y Palestina”. Esa no sirve para cabrear a nadie, pero sí tiene algo de información dada de un modo distinto.

¿Vale todo para lograr visitas? Hay que ver caso por caso, pero cada cual es responsable de intentarlo como pueda. No es época para esnobs, dice Ben Smith, director de Buzzfeed. Si un medio tiene grandes periodistas y logra grandes informaciones el New York Times, por ejemplo atraerá así a sus lectores. Pero hay mucha información ahí fuera que se puede contar de mil modos. Al comprador de El País le parece un buen periódico. Si tiene más un millón de lectores diarios, los artículos esnobs de turno pueden presumir de tenerlos. Pero ahora se sabe quién llega a cada página. Es lógico el lamento porque Siria o el presupuesto del Estado interesan poco, pero la única queja no puede ser por el tema. También importa cómo se cuenta: un gráfico, una imagen, un texto claro.

El público es agnóstico en marcas. Puede ser que esta época de picoteo mediático se acabe cuando los medios que no vivan de la publicidad pongan muros de pago en sus webs, pero entonces más vale que ofrezcan algo sólido y distinto en la mayoría de sus piezas, o nadie pagará. O no pagarán lo suficiente para sobrevivir.

El Daily Mail y los medios del principio hacen bien lo que se proponen y la gente acude. El New York Times y el Wall Street Journal también, y la gente va. Los periodistas solemos decir que sin periodismo no hay democracia. Pero en esa frase hay trampa, falta algo. El célebre presentador de las noticias y de 60 Minutes en CBS, Scott Pelley, dijo hace unos días al recibir un premio en la Universidad de Quinnipiac: “Una democracia tiene éxito o fracasa según su periodismo. Estados Unidos es fuerte porque su periodismo es fuerte. Así funciona la democracia, la democracia es tan buena como la información que el público posee”. El problema no es solo que sin periodistas no hay democracia. Claro; igual que sin jueces, profesores o policías. Pero la frase exacta debería ser: “Sin buen periodismo no hay buena democracia”. El problema no es el sistema, sino su calidad.

Si la democracia solo es tan buena como la información que el público posee, está en su derecho de pedir una información mejor. Ahora que algunos medios nacen y otros se hunden, antes de llorar y rogar que son imprescindibles, hay que ver qué hacen, qué han hecho. El público puede entretenerse con una tontería o un vídeo curioso. La sociedad no se va a hundir por eso. Pero también quiere calidad, que requiere dinero, que puede obtenerse con gatos sin pelo. Si a un esnob no le gusta, siempre podrá dedicarse a defender la democracia.

 

Antonio Muñoz Molina: Un recuerdo de Jerusalén


Jerusalén de noche

Estaba sentado al sol en la terraza del Miskenot Saarim, un mediodía de febrero, y las murallas y las torres de la Ciudad Vieja de Jerusalén, la vegetación áspera de la colina, el paisaje neblinoso de fondo, hacia el Mar Muerto, me daba la sensación exacta de encontrarme en Granada, mirando hacia la Alhambra. El día anterior o dos días antes —me costaba calcular las distancias en el tiempo— al salir del aeropuerto de Tel Aviv hacia Jerusalén, me había sorprendido el verdor de una llanura  que se parecía mucho a los paisajes abiertos y fértiles de la Baja Andalucía. Y cuando empezaban las cuestas y las laderas rocosas subiendo a Jerusalén era como ir acercándose a Granada desde Málaga o Sevilla.

La familiaridad del paisaje acentuaba por contraste el ligero mareo del jet lag, la dislocación de los viajes muy largos. Estaba en Jerusalén en un día casi cálido de primavera, pero había dejado atrás el invierno de Nueva York hacía menos de 48 horas. Hablaba por Skype con mi esposa y ella me mostraba en la pantalla de la computadora la nieve cayendo lenta y tupida en una ventana de nuestro apartamento. Y cuando terminaba de conversar con ella y consultaba el correo electrónico o algún diario español me encontraba con otras ramificaciones de mi viaje: docenas de mensajes invadían mi bandeja de entrada, la mayor parte de ellos felicitaciones por el premio que acababa de recibir en Jerusalén, y un cierto número, mucho menor, en los que se me insultaba o se me llamaba cómplice del sionismo y enemigo de la causa del pueblo palestino, incluso se me sugería que cuando saludara al presidente Peres la mano que estrechara la suya acabaría manchada de sangre.

Pero en esos ratos de calma en la terraza de Miskenot, frente a un paisaje que despertaba tantas resonancias en la memoria, lo que sentía sobre todo era una calma profunda, la certeza tranquila de haber hecho lo que tenía que hacer. No es que hubiera calculado en ningún momento la posibilidad de rechazar el premio o de no viajar a Jerusalén. Pero cada una de las cosas que había visto en la ciudad desde mi llegada, cada una de las conversaciones, breves o largas, con amigos antiguos o conocidos recientes, que había ido teniendo, me fortalecían en una convicción que ya estaba muy arraigada en mí antes de visitar por segunda vez Israel: que a pesar de los malentendidos, de los estereotipos, de las mezquindades y los oportunismos de la política, de los errores y los abusos de una ocupación que ya viene durando demasiados años, en Israel hay una sociedad viva, democrática, pluralista y abierta en la que yo me reconozco como ciudadano, y en la que hay muchas personas muy parecidas a mí.

Es algo obvio, desde luego, casi insultantemente obvio, visto desde el interior de Israel. Pero no lo es para mucha gente que mira desde fuera, o que parece que mira y no quiere mirar, o solo ve aquello que prefiere ver. Si a mí, como español, me ofenden tantas veces los estereotipos que circulan sobre mi país, ¿cómo puedo aceptar y repetir los que caen mucho más pesadamente sobre Israel? Así que era necesario, aunque casi indecente, tener que repetir en casi cada entrevista las razones por las que “no” rechazaba el Premio Jerusalén, y dedicar más tiempo a ellas que al “sí” indudable con que un escritor acepta y agradece un premio en el que le han precedido algunos de los maestros a los que más admira en su oficio. ¿De qué otro país tiene uno que explicar, como disculpándolo, que en él hay muchas personas decentes, ilustradas, partidarias del laicismo, del imperio de la ley, de la igualdad entre los hombres y las mujeres, contrarias a esos dos integrismos de mezcla tan peligrosa que pueden llegar a ser el nacionalismo y la religión? Pero como ciudadano español que pasa una parte grande de su vida en Estados Unidos tengo cierto entrenamiento en la explicación de lo obvio, y algunas veces, en alguna entrevista, pensaba que quizás a alguien que la leyera o la escuchara podría servirle para disipar algún prejuicio, para recibir alguna información con la que hasta entonces no había contado. Me temo que tengo una incurable voluntad pedagógica.

Pronto me acostumbré a esperar una objección. Hablaba con un periodista europeo y le decía que una de las razones para aceptar el premio y venir a Jerusalén era mi convicción de que en Israel hay mucha gente tan partidaria de la paz justa con los palestinos y tan crítica de los asentamientos como pueda serlo cualquier progresista europeo. Entonces mi interlocutor, después de asentir, me informaba: “Pero son una minoría cada vez más pequeña”. Así que me alegré mucho cuando la segunda o la tercera vez ya tenía dispuesta mi contestación: ¿Y qué pasa si son una minoría? Más motivos aún tengo para ponerme de su lado. No es algo nuevo para mí, para mucha gente como yo, y no es nada deshonroso. De hecho llevo una gran parte de mi vida formando parte de minorías. Algunas de las personas que más admiro en el mundo han tenido el coraje de defender contra viento y marea posiciones minoritarias, en esos tiempos temibles en los que cualquier disidencia de la conformidad universal es señalada como una traición. No eran muchos los que se oponían activamente a la dictadura franquista en mi niñez y mi adolescencia. La causa de la igualdad entre hombres y mujeres la empezaron unas cuantas sufragistas británicas de las que se reía todo el mundo.

Me acuerdo del viaje a Jerusalén y ya parece que todo sucedió hace mucho más tiempo, y se me acentúa la pena de que fuera tan breve. Tantas cosas, tantas imágenes, tantas conversaciones, en tan pocos días, conversaciones a veces de un apasionamiento y una intensidad intelectual que me dejaban luego estremecido, colmado por el fervor de aprender. En el invierno persistente de Nueva York me acuerdo de aquellos ratos al sol, cuando me adormecía y entornaba los ojos y parecía estar viendo la colina de la Alhambra en Granada. Y me acuerdo de ir por la calle, en un paseo muy breve, entre un compromiso y otro, y de un hombre que estaba en una parada de autobús y se me acercó y me tendió la mano, apretando fuerte la mía y mirándome a los ojos. Me dijo, “Thanks for coming”, y yo le di las gracias a él y me alegré más aún de haber viajado a Jerusalén.

Guillem Martínez: Hundimiento cultural


Berlín 1945

En una reciente entrevista el conseller de Cultura de la Generalitat, Ferran Mascarell, valoraba la cultura de los últimos 25 años como mediocre. Lo que tiene su qué. La cultura de las últimas décadas ha sido subvencionada, seleccionada, reconocida, premiada y honrada por el Estado. Lo que la ha acercado a la propaganda. Es difícil que un jefe de propaganda reconozca su fracaso/deje de emitir propaganda. Yo solo lo he visto en la frase de Mascarell y en un cacho de Goebbels en El Hundimiento, the movie. Un indicativo de que la sinceridad, en los sistemas propagandísticos, solo es perceptible en sus hundimientos, con el búnker ya calentito. Y sí, el paralelismo entre Goebbels y un conseller/ministro de Cultura, es acertado y posible: en una democracia —Chomsky dixit, la propaganda tiene la misma función que la violencia en una dictadura. Crea una tendencia única e indiscutible y, snif, te hace sentir solo y tonto del bote. Como tras una paliza.

Precisamente, el Hundimiento institucional generalizado que vivimos, consiste también en la percepción del rol propagandístico de la cultura y en su absoluto desprestigio. Un rol que no puede subsistir con crítica y transparencia, y del que por fin hay una visión crítica e información. A través de un mail del PP, enviado por error a quien no se debía, se ha accedido, por ejemplo, a las consignas que el partido da a sus ¿intelectuales? para que opinen en los medios. Lo que ilustra el carácter fraudulento del género de opinión en las últimas décadas, ese género consistente en no alejarse mucho de lo señalado por los partidos o los gobiernos ahora que lo pienso, como un texto de una acción preferente. La publicación de las subvenciones de la Generalitat a la prensa escrita cifras inauditas en época de crisis incide en el tema, y orienta sobre la función de la cultura en el Régimen del 78: propaganda, en ocasiones pagada, zas, directamente. Existe ya información sobre el pago del Estado a periodistas/escritores/tertulianos/comunicadores ese pack inquietante y, hasta hace poco, determinante en la fijación de marcos culturales, como la reciente publicación del sueldo de Bru de Sala por lo del guatequeZzzz del Any Espriu, uno de esos festejos con los que el Estado homenajea a escritores que se le parecen o le perfuman. Son 123.000 pepinos. Y la constatación de algo inaudito en otras culturas europeas, como que un periodista acepte pagos del Estado. O, ya puestos, de un banco esa cosa que se parece tanto al Estado que igual al final se lo queda, más concretamente, del banco cuyo pago de deuda por parte de la Generalitat dejó a dos velas durante el pasado julio a los servicios sociales, como es el caso de Julia Otero.

Sea como sea, ya hay indicios para valorar que la relación entre el pago del Estado y la emisión de opinión debe de haber sido muy íntima hasta hace poco, pues en cuando se ha interrumpido, ha dado pie a grandes conversiones. Como es el caso de Josep Ramoneda desde que no dirige una institución estatal. Las deserciones de la CT/Cultura de la Transición por parte de algunos de sus power-rangers, ya sea vía libre albedrío, vía caída libre de mula o vía cese de contrato, empiezan a ser, en todo caso, tan llamativas como el cambio de cosmovisión de Gabilondo. Lamentablemente, carecen de argumentación o explicación pública, algo que sería ética e intelectualmente interesante. O no. Muñoz Molina, verbigracia, que en su último libro parece desmarcarse críticamente del Régimen que le alimentó, opta, en ese trance, por censurar al lector, ya desde la solapa, premios y cargos brindados por el Estado y sus asociados durante el Aznarato, etapa virulenta de propagandismo en la que, como los niños y niñas recuerdan, una parte notoria de nuestra egregia cultura participó, siguiendo las directrices gubernamentales, ampliando el campo semántico ETA hasta sus consecuencias más escalofriantes. De hecho, en su libro no aparece ninguna referencia a su artículo post-11M tal vez, el ejemplo más radical de una cultura volcada a la propaganda gubernamental. La incapacidad de reconversión de este colectivo de propagandistas del que Muñoz Molina puede ser el símbolo, en aquello que en Francia se conoce como pensador de fondo, se entrevé en el análisis realizado para explicar la crisis española. Una joya. No, aquí no hubo abuso de propaganda que impidió ver la realidad hasta que, toc-toc, llamó a la puerta, sino más bien tachán-tachán un fallo en la propaganda, que nos despistó del espíritu de la Transición que bla-bla-bla. Perla: “Obsesionados con la exhumación de fosas comunes, no reparábamos en el fragor de la excavadoras que abrían (…) zanjas para construir chalets”. Vamos, que todo es culpa de los mamones revisionistas/esto lo arreglamos con una vuelta integrista a la CT, en la que fuimos tan felices.

Una cultura que eligió su staff atendiendo a su aproximación al Estado, quizá no da para más. Por eso también se hunde con el Estado que la pagaba y honraba. De la misma manera que decidimos no controlar a nuestras instituciones, decidimos que, por aquí abajo, un intelectual era alguien cuyos análisis coincidían con el Estado, en lo que es una bicoca para el Estado, una rebaja continua de la libertad de expresión para la sociedad y, ya puestos, una cultura mediocre. Para brillar en un sistema cultural vertical, que dé la razón al Estado, nunca ha sido necesario, en fin, ser un lumbreras.

Cuando en el futuro recordemos este periodo cultural, igual lo denominamos la-época-en-la-que-pagamos-viajes-a-New-York-a-varias-generaciones-de-nuestros-catetos. El Hundimiento del Régimen es también el Hundimiento de toda una cultura incapaz, de la que no quedará nada, si exceptuamos a, pongamos, Marías y Bolaño.

Mi escritor favorito, ese gilipollas


esc

Cuando publiqué mi primer libro hubo amigos que me preguntaron quién lo había escrito de verdad. Descartaban que pudiera ser el mismo tipo con el que recordaban haber abandonado algún bar en peor estado que George Clooney tras su juerga con Tarantino en Abierto hasta el amanecer. La decepción de los cercanos me confirmó que Reinaldo Arenas tenía razón: a los escritores es mejor leerlos desde la distancia, pero no conocerlos personalmente “porque se pueden sufrir terribles desengaños”.

La cita del autor cubano es anterior a Internet, cuando aún se mantenían ciertas distancias y los lectores se conformaban con una firma en la Feria del Libro. Estos días quieren una amistad en Facebook, compartir fotos de las vacaciones y consejos para su aniversario de boda. Socializar un poco, vamos. Debe de haber poetas que no salen de casa por temor a decepcionar a los fans, que esperan ser saludados con un soneto.

Kapuscinsky sostenía que para ser buen periodista hay que ser buena persona, pero nada indica que sea una condición indispensable para producir buena literatura de ficción. Incluso antes de este despelote social del escritor, nos enteramos de que Tolstoi maltrataba a su mujer mientras terminaba Ana Karenina. Los lectores de García Márquez han visto como a lo largo de los años el Nobel colombiano prefería la compañía de Fidel Castro al compromiso de defender la libertad de los cubanos. Vargas Llosa tiene su lista de ridículos, incluido aquel surrealista intento de llegar a presidente del Perú. ¿Y quién iba a decir, leyéndole, que Günter Grass escondía un pasado nazi?

La culpa de tanto desengaño no es de los autores, sino de los lectores que se empeñan en identificarlos con el más virtuoso de sus personajes, olvidando que solo una personalidad compleja puede producir la mejor literatura. Ya saben, alejada de las simplezas de un mundo dividido en buenos y malos. Seguramente Tolstoi pudo escribir Guerra y Paz porque ambos mundos convivían en su interior. ¿Conocerle en bata y zapatillas, botella de vodka en mano, en una dacha rusa? Probablemente habría llevado a uno de esos “terribles desengaños” de los que hablaba Arenas.

Uno sabe lo que es descubrir que uno de sus autores de cabecera no es lo que le gustaría. Hace ya algunos años que Ángel Fernández Fermoselle, el editor de Kailas, me introdujo en la excepcional obra de Mo Yan, el último premio Nobel de Literatura. El autor chino es un señor afable y tímido, simpático incluso. Ah, y miembro del Partido Comunista Chino (PCCh) que manda a miles de personas a campos de reeducación, ejecuta a más presos que el resto del mundo junto y censura a cientos de compañeros de oficio de Mo, cuando no los encierra en celdas de aislamiento.

La víspera de su discurso en la Academia sueca preguntaron al premiado chino por la supresión de la libertad de prensa en su país y vino a decir que eran cosas que pasaban en todos lados. ¿Es posible que un escritor capaz de escribir obras maestras como La Balada del Ajo no vea la diferencia entre China y España, donde uno puede poner a parir a su presidente (aprovecho: Rajoy me parece medio lelo) sin pasar 20 años en un gulag? Yo creo que no es posible, así que solo puedo concluir que Mo guarda silencio sobre los abusos del régimen chino por afinidad ideológica, interés o cobardía, no porque lo tenga todo dicho en sus libros como alega. Cuando le escucho me tienta la idea de quemar sus libros en la hoguera, pero luego recapacito y me digo que tomarse la literatura de forma tan personal solo tiene un pase en la adolescencia. Prefiero la distancia que me permite seguir leyendo a mi autor favorito, ese gilipollas.

Félix de Azúa: La indiscreción de un escritor


ignacio vidal folch

Le he acompañado a Cabo Verde, hemos constatado la desolación del mar de Aral, gracias a él he comido callos al Oporto en Oporto, hemos paseado por Praga recordando a Ripellino, también hemos ido a la ópera para oír el Elias de Mendelssohn, hemos bebido un exquisito Costa Añejo en un sucio bar de Granada y en una dehesa de Zafra nos pareció asistir al embarque para Citerea de Watteau. No todo es contemplativo, también hemos tratado de salvar a una jovencísima hindú que había escapado de su violento marido y a la que ahora persiguen cuatro bengalíes agresivos, o hemos entrado en un hospital de Barcelona para recorrerlo de arriba abajo y hablar con enfermos, médicos, enfermeras y limpiadoras, llevados tan solo por el interés que despierta el enigma del dolor.

Es el diario de Ignacio Vidal-Folch, al que ha titulado Lo que cuenta es la ilusión (Destino), ya verá el lector por qué. Este es, a mi entender, uno de los libros del año. No solo por la bella prosa, que jamás se desliza en busca del efecto o del sonajero, sino sobre todo por la fuerte y honrada alma que presenta y con la que da gusto pasar unas horas como quien se toma unas copas.

¿Que es amigo mío? Por supuesto, aunque yo no diría tanto. Ignacio es un personaje secreto si bien muy abierto, difícil de conocer aunque transparente, tortuoso pero simple. Yo no puedo asegurar que seamos amigos, aunque le tengo un gran respeto literario y mucho cariño. En cualquier caso, no estoy alabando su libro por amistad. Tengo decenas de amigos que publican libros y suelo abstenerme de comentarlos por pudor y educación cívica. Pero el que comento hoy es un caso especial. Raros son los diarios íntimos en España, rarísimos. Es un género con el que nadie se atreve, seguramente porque exige sinceridad y ese efecto de verosimilitud que es muy difícil de alcanzar. Vidal Folch muestra con virtuosismo la técnica de la verosimilitud. Todas y cada una de las entradas tiene el resplandor de la verdad. Si lo empiezas, ya no lo dejas.

El diario íntimo ha sido muy practicado en Europa. El modelo de todos los diarios es el de Jules Renard, pero también es un gran clásico el de Gide (aunque algo cursi), emocionante el de Pavese, lírico como una colección de poemas el de Camus, desconcertante el de Thomas Mann, fascinante el de James Lees-Milne, atractivo (aunque a mí no me gusta) el de Gombrowicz, en fin, hay una gran variedad en todos los idiomas occidentales, pero muy pocos en español.

Dos son los diarios íntimos en español que me vienen ahora a la memoria, el colosal de Andrés Trapiello que solo interrumpirá la muerte y que cuando esté completo será uno de los monumentos en la literatura española de dos siglos. Y el de Pla, en catalán; aunque este último, el mejor sin la menor duda de todos los diarios que se han escrito en España, tiene el inconveniente de que fue rehecho muchos años más tarde de su primera redacción y por lo tanto no podemos aceptar la espontaneidad y la honestidad del escritor. A pesar de lo cual, es una obra maestra.

Porque un elemento esencial para la grandeza del diario íntimo es que incluya la corrección personal del autor, es decir, que también el autor se tome como objeto del diario y luche consigo mismo sin adonizarse. En este punto el modelo es el diario de Amiel, ya muy oscurecido por el paso de los años, pero todavía ilustrativo sobre las batallas íntimas de un hombre atormentado. Es el aspecto más difícil de encontrar en los diarios íntimos, no la sinceridad en la crítica a lo ajeno, sino a lo propio.

Y esa es también la mayor virtud de Vidal-Folch, que se arrepiente a menudo de haber contestado de mala manera, de haber maltratado a alguien más débil, de no poder controlar su ira. Se ve a sí mismo como un hombre imperfecto, inconcluso, con una abrumadora conciencia de nuestro inútil paso por el mundo, aunque decidido a mejorar, no para sí, sino para hacer la vida más llevadera a los demás.

A veces, la sinceridad de Vidal-Folch (el cual evita con suma elegancia cualquier chisme salaz, sexual o erótico) puede llegar a producir desasosiego, como si, a través del ojo de la cerradura, viéramos a alguien rascarse la coronilla o cepillarse la ropa. Esta sensación, en un texto que no contiene ni una sola confesión biográfica, solo juicios y experiencias, me parece algo radicalmente infrecuente en un país tan dado a la baladronada, la autocomplacencia y la exculpación. Una pieza de caza mayor.

Félix de Azúa: Ni la O con un canuto


pizarra

Todo el episodio es grotesco y nos arranca una de esas carcajadas seguidas de mucha tos que suenan a cascajo y desesperación. El asunto comienza con unos aspirantes a maestros que a duras penas podrían llevar las cuentas de un figón con tiza sobre barra. Una vez constatan los examinadores (a quienes ya me gustaría examinar) que no pasa el examen ni el veinte por ciento, deciden publicar algunos de los disparates más atroces para que la población en general se haga una idea del nivel educativo del país.

Bueno, no era necesario. Hace veinte años que los profesores, no de primaría sino de universidad, venimos diciendo que habría que publicar los exámenes de los actuales universitarios para que la población se percatara del grado de analfabetismo que hemos alcanzado con tanto esfuerzo y solidaridad. Seguramente sería inútil porque a la población no solo no le parecería una monstruosidad sino que incluso se maravillaba de lo mucho que saben los universitarios. El caso es que las propias autoridades administrativas, rectores y demás personal imprescindible, siempre han prohibido la divulgación del genocidio educativo que ha tenido lugar en España en los últimos veinte años, por lo menos.

Ea, pues tenían toda la razón los burócratas: una vez publicados los resultados, de inmediato los sindicatos de la educación, principales causantes del subdesarrollo pedagógico hispano, han saltado como un resorte, se han indignado, amostazado, enrabiado y amenazan y denuncian. Dicen que publicar esos horrores significa humillar a los profesores y maestros. En realidad, como es lógico, los que humillan a profesores y maestros son esos aspirantes beocios convencidos de que su ignorancia es un mérito para llegar a profesor en España, pero los sindicatos es que son muy sensibles.

A los sindicatos parece como si les gustara, como si prefirieran ese tipo de maestro totalmente en blanco, sin el menor conocimiento, con el cerebro lobotomizado. Es posible que así se lo parezca porque ellos, los que amenazan y denuncian, se sienten hermanados con los analfabetos eufóricos. Porque si no, no se comprende que los sindicatos de la educación (insisto, de la educación) quieran humillar a profesores y maestros exigiendo la ocultación de los inútiles, de los pícaros, los majaderos, los enchufados, los atontados, las nulidades a quienes se precipitan a proteger.

¿Pero qué idea de la educación ha acabado por imponer esta falsa izquierda obsesionada por defender sus intereses burocráticos, sus chanchullos, sus subvenciones, sus privilegios, y a la que estar en el último lugar de la comunidad europea en educación les parece haber alcanzado el mayor premio de su carrera?

Seguramente mantienen la misma opinión, en verdad surrealista, que una tal María Antonia, la cual, en sus mensajes electrónicos, escribió que enseñar los ríos españoles a los estudiantes es puro franquismo. Y que lo que habría que enseñarles es lo de “las fosas”. Textual. Posiblemente alguien debió decirle a esta buena mujer que lo de las fosas era hablar con excesiva claridad sobre el nivel intelectual del partido y entonces borró esa parte. Pues bien, la tal María Antonia ha sido ministra de vivienda de Zapatero. Voy a repetirlo: ministra de Zapatero. Que Zapatero nombrara ministros (y ministras, claro, como dice Santiago) con semejante dotación intelectual lo dice todo sobre este esperpento de país.

Porque estamos hablando de lo que se supone que es la izquierda, aquella ideología que impulsaba el estudio, la cultura y la enseñanza de calidad a quienes más lo necesitan, que protegía al trabajador y ayudaba al talentoso persiguiendo al mentecato. Que veía en la enseñanza el instrumento de superación esencial de los explotados, sin el cual no hay izquierda que valga.

En consecuencia, una de dos, o sindicatos y exministros (o exministras) se han pasado a la derecha extrema, o están dispuestos a hundir este país con tal de mantenerse con los sueldos que tan generosamente les pagamos.

Borja Ventura: Nuestra demagogia, nuestro populismo


Beppe Grillo en Nápoles

En esta sociedad las cosas suceden a una velocidad vertiginosa. Costó siglos descubrir y controlar la electricidad, pero apenas décadas instaurar la energía nuclear como una fuente energética segura. Tardamos 20 siglos en inventar y universalizar el coche y los botes a presión, pero apenas unas décadas en abrir un descomunal agujero en la capa de ozono. Siguiendo con el esquema, ha costado muchos siglos tener una democracia representativa, universal e igualitaria y apenas unas décadas cansarnos de ella.

Si había algo más que se podía sumar a la ecuación para hacer que todo fuera aún más vertiginoso es exactamente una crisis económica de proporciones épicas. Tanto que ha trascendido la épica y se ha metido de lleno en el terreno de la ética, ahondando brechas sociales y diferencias entre grupos de gente que costó muchos siglos igualar. Aquellas instituciones que el Estado garantizaba y sostenía con nuestro dinero para garantizar determinados servicios mínimos a la gente están en cuestión: ya no hay dinero para una sanidad gratuita y de calidad, ni para una educación de garantías.

Nuestro dinero va a pagar intereses por deudas, para evitar rescates bancarios y, visto lo visto, para llenar los bolsillos de algunos políticos corruptos. El efecto es devastador: mete en un cesto de brillantes y jugosas manzanas una sola fruta podrida. En pocas horas todas se habrán echado a perder.

Pero no siempre fue así, o no siempre fuimos conscientes. Hubo un tiempo en el que los políticos nos ilusionaban, nos esperanzaban con futuros mejores. Incluso aquellos que eran herederos del régimen franquista. Adolfo Suárez y el rey se convirtieron en mitos incuestionables, pilares y garantes de un sistema democrático que nos metía en el mundo moderno. El primero duró pocos años en el Gobierno, acosado hasta la persecución por una oposición que le acorraló y le hizo caer. El segundo ha sufrido en una década el profundo desprestigio en el que todos caemos cuando te mantienes demasiado tiempo en un cargo, especialmente cuando manejas ingentes cantidades de dinero sin un trabajo que lo merezca y tus errores están expuestos a la vista de todos.

Vivimos intensamente cada parte de nuestra existencia, exprimiendo vivencias y reaccionando airadamente. Es un problema social, quién sabe si causa o consecuencia de lo que pasa en nuestro día a día: siempre corriendo, siempre atrincherándonos en posiciones ideológicas, siempre siendo “mouriñistas” o “guardiolistas”. Parece que no hay punto medio posible en un mundo tan extremo, rápido y letal. Devoramos horas, comemos emociones, escupimos enfados y frustraciones.

Así llegó aquel “Isidoro” de chaqueta de pana y carrera en el exilio, el mismo que nos metió en los lugares en los que debíamos estar —OTAN y UE— aun a cuenta de sus promesas electorales, la desindustrialización del país y la flagrante corrupción económica y antiterrorista que acabó condenando su legado.

Llegó tras él el hombre que no tenía carisma y acabó ahogando a su partido con la herencia de sus políticas, el que metió al país en guerras que no deseaba, ocultó muertes de militares y chapapotes en las costas. El que a diario nos reñía desde la televisión por pensar diferente. El que empezó pactando con nacionalistas y acabó demonizándoles y, en algunos casos, ilegalizándoles. El que liberó a decenas de etarras mientras ha pasado el resto de su vida acusando a todos los demás de ser etarras. Y el que, en un último arrebato de funambulismo político, intentó ocultar el rastro de sangre del atentado más sangriento de la historia de Europa.

A estas alturas de la política ya habíamos tocado techo. Tres partidos nos habían dirigido desde la Transición desde las tres ideologías que vemos aceptables. Uno de los líderes consiguió no manchar su nombre y tener el reconocimiento de prócer de la patria, reconocimiento tardío desde que la enfermedad lo alejó del foco público. Los otros dos, cuyos partidos se han visto salpicados por escándalos de corrupción, han acabado retirados y amasando fortuna compatibilizando la dorada jubilación del cargo público (no necesariamente económica, dado el régimen de incompatibilidades) con puestazos concedidos por empresas privadas, en muchos casos empresas sobre cuyos intereses legislaron mientras gobernaban.

Y ahí siguió la alternancia. Llegó otro del partido del primero, y luego otro del partido del segundo. Pero estos ya no ilusionaron de la misma forma que sus predecesores. España empezó a votar más por oposición que por convicción, es decir, para que no salga el otro más que para que salga uno. El voto en blanco empezó a dispararse, convirtiéndose en la segunda masa de votos, en ocasiones en la primera fuerza política. La gente dejó de creer primero en sus representantes y, después, en la democracia.

Pero más bien en lo que ha dejado de creer la gente es en el Estado. Este nació, también hace unos siglos, como una forma de defensa: humildes ciudadanos decidían privarse de su capacidad de autodefensa para delegar esa capacidad de coacción en una construcción comunitaria a la que, además, contribuirían con su dinero y edificarían con unas reglas aceptadas de común acuerdo. El problema vino cuando esas normas, en lugar de ser la consecuencia de la voluntad de la gente, se convirtieron en la causa de sus frustraciones.

Manifestaciones en la calle, índices insoportables de abstención, desafección política desbocada, incomprensión de para qué sirven 350 diputados y 265 senadores si solo replican las preguntas que les marca el partido y votan lo que les marcan bajo pena de multa económica. Sentimiento de impotencia cuando la Justicia deja de ser igual para algunos a los que el Gobierno de turno puede indultar por su propia voluntad, al margen de las leyes.

Y es aquí donde las instituciones reaccionan. Quienes pretenden cambiar el sistema son “antisistema”. Quienes intentan preguntar acerca del modelo sobre el que edificar sus sociedades trazan un “desafío independentista”. Aquellos que defienden una determinada postura ideológica carecen de “legitimidad democrática” para decir nada. Los que gobiernan no comparecen ante los medios, o cuando comparecen lo hacen para no responder preguntas, o cuando responden se limitan a dar rodeos y a acusar a los de enfrente de algo que no venga al caso.

El uso del lenguaje es perverso en este punto, y se desprestigian las alternativas. Los líderes de otros países que se convierten de pronto en enemigos dejan de ser “presidentes” para convertirse en “dictadores”, y sus “gobiernos” pasan a ser “regímenes”. Le pasó a Gadafi, al que antes todos recibían entusiasmados por su riqueza petrolífera, como antes a Sadam y después a Mubarak o Al Assad.

Es la lógica perversa de las guerras. Los opositores se convierten en “terroristas” y las zonas que conquistan los aliados pasan a llamarse “zona liberada”.

El sistema es incuestionable para quienes lo manejan. Por eso un fiscal no puede abrir la puerta a determinadas concesiones en Cataluña. O no se puede hablar con ninguna fuerza soberanista vasca si no hace explícita su condena al terrorismo de ETA. Por eso, aunque la Constitución diga que uno de los roles del Ejército es salvaguardar la unidad del país, cuando un militar hace referencia a eso se dice que es un golpista.

El uso del lenguaje en política para luchar contra las alternativas políticas al sistema se intensifica en los últimos tiempos. El agotamiento del modelo bipartidista es lento, pero constante. La suma de las dos grandes fuerzas ha perdido gran parte de los apoyos que tenían en las urnas y, aunque no hay tercera fuerza que constituya una alternativa de Gobierno, el esquema político podría encaminarse a que un futuro Ejecutivo necesitara pactar para poder establecerse.

Eso en España, pero en otros países la evolución ha sido similar, incluso más rápida. Lo que pasa aquí desde hace unos años pasa fuera desde hace décadas. Hay manifestaciones diversas, como la de los ultras colándose en Suiza o llegando a la segunda vuelta de las elecciones francesas hace años. O la de los liberales, coaligándose con los conservadores en el Gobierno británico. O los separatistas conservadores aupando a Berlusconi. O los ultras ganando plazas como Hungría o Polonia. O los verdes copando asientos en los parlamentos centroeuropeos. O los regionalistas, partiendo Bélgica en dos.

Pese a todo esto la lógica política mundial —allí donde hay una democracia establecida— ha sido bipartidista. Demócratas y republicanos en EE. UU. Peronistas y radicales. Populares y socialistas. Progresistas y conservadores. Y así siempre. Salirse del esquema solo conduce, nos han dicho siempre, a la inestabilidad. Algo nada recomendable, dicen, en un contexto de crisis. El problema es que la crisis ha acelerado el proceso de desgaste de las alternativas tradicionales de Gobierno.

Y en estas que surgen otras alternativas. Otras visiones, otras formas de hacer política, algunas más acertadas que otras, todas con sus luces y sombras. Salirse de la línea se castiga, y si no que se lo pregunten al exprimer ministro portugués, que dimitió por no poder aplicar los recortes impuestos por Europa a causa del rescate porque el opositor Passos Coelho lo impidió… y acabó aplicándolos al hacerse con el poder.

Syriza en Grecia es peligrosa porque se niega a aplicar lo que impone Bruselas. Posiblemente es tan falso como que Islandia sea un modelo a seguir por haber conseguido, dicen, salir de la crisis sin plegarse a los deseos de los poderes fácticos que nos gobiernan. Ambas cosas son perversamente falsas.

Pero los dictadores son malos, en eso posiblemente todos coincidamos. Ahora bien, ¿qué es un dictador? Por definición, quien encabeza una dictadura, es decir, un régimen que impide a la gente elegir a sus representantes y les impone sus leyes y medidas. Hay quien se desgañita defendiendo que Cuba no es una dictadura y hay quien dice que Chávez era un caudillo de trazas dictatoriales. Sin embargo las elecciones en Cuba sirven solo para confirmar los cargos ya elegidos por el Partido Comunista, mientras en Venezuela hasta la propia oposición reconoció en su mejor momento que no había detectado rastro alguno de manipulación electoral.

Chávez era histriónico, excesivo, pero no un dictador. Era un populista, un demagogo, pero no un caudillo. Atacó la libertad de prensa, reprimió a quienes opinaban diferente, pero también contribuyó a combatir la pobreza y el analfabetismo en el país. Aumentó la inseguridad ciudadana y crecieron los problemas de suministro energético, pero también hizo de Venezuela un país influyente y respetado en Latinoamérica.

Ahora es el momento de comparar. ¿Es populista quien, por ejemplo, aprovecha el debate sobre el estado de la nación para sacarse de la chistera medidas de apoyo económico a diestro y siniestro disparando el déficit público? Porque el “cheque-bebé” o el Plan E de Zapatero lo fueron tanto como el pago que prometió Berlusconi si era elegido para contrarrestar las subidas de impuestos promovidas por el Gobierno de Monti.

¿Es una dictadura el país que prohíbe a partidos políticos que sustentan modelos de Estado diferentes al mío? Porque el Partido Comunista será el partido único en China y Cuba, pero España ilegalizó a la izquierda abertzale durante una década diciendo que era el brazo político de ETA.

¿Es una dictadura China por censurar contenidos en los medios de comunicación? Porque en la Comunidad Valenciana de Camps poco se supo por la televisión pública del accidente de metro en el que murieron 43 personas, o del caso Gürtel que acabó con su dimisión.

¿Es perseguir la democracia promover el cierre de la opositora venezolana Globovisión? Porque en España la lógica de “todo es ETA” que bendijeron los dos grandes partidos provocó el cierre del diario Egunkaria y el encarcelamiento de sus gestores por el único crimen de escribir en euskera, tal como se ha reconocido años después. Efectivamente, en la España democrática se ha encarcelado a periodistas por su ideología.

¿Es ser populista querer intervenir el Grupo Clarín en Argentina? Porque en España Aznar promovió la creación de un gran grupo conservador de medios con la privatización de Telefónica y el acercamiento a Planeta y Zapatero favoreció la creación de Mediapro a la izquierda de El País, que acabó quemando su último cartucho apoyando a Carme Chacón en lugar de a Rubalcaba. Y eso por no hablar de la concesión de licencias de medios que se ha hecho en según qué regiones.

¿Es demagogo alguien que llega a ser la tercera fuerza de Italia con mítines exaltados, sin programa electoral y sin más empuje que su crítica a todo como Beppe Grillo en Italia? Porque en España ahora mismo gobierna un presidente que ha reconocido abiertamente haber incumplido todas sus promesas electorales y estar a la vez satisfecho porque su deber era hacerlo.

¿Es un caudillo alguien que nacionaliza recursos y los expropia a empresas extranjeras? Porque en España hubo una intensísima guerra política para evitar que algunas empresas extranjeras (y otras de comunidades como Cataluña) tomaran el control de un sector tan sensible como el energético.

¿Es antidemocrático imponer puntos de vista y cargos? Porque en España las listas son cerradas, los partidos premian a los fieles acríticos y castigan a los disidentes ¿Es propio de gente poco amiga de la democracia violar la división de poderes? Porque en España los jueces se agrupan en signos ideológicos y se cesa a fiscales que se salen de lo ordenado.

¿Es populista Cristina Fernández de Kirchner por remover la guerra de las Malvinas para distraer la atención de los problemas de Argentina? Porque aquí mandamos a las fuerzas de seguridad a desalojar a siete personas que llegaron en lancha a un islote deshabitado. ¿Y el postureo de ir siempre de luto recordando a su difunto marido? Como los diputados que llevan al Congreso pegatinas, camisetas, insignias u objetos diversos para enseñar.

¿Son antisistema los que quieren manifestarse dentro del Congreso? ¿Es antipolítica lo que hace Beppe Grillo? ¿Era Chávez un demonio socialista? Las formas, en los tres casos, pueden no ser las mejores, y las formas en política son casi tan importantes como los contenidos. Por eso molestan las imágenes del hemiciclo vacío, aunque los diputados estén trabajando en sus despachos.

Posiblemente el principal problema de la democracia es que se ha convertido en un sistema que, por querer blindarlo de reforma alguna, se ha convertido en poco democrático. Lo diferente y ajeno es criticado y a lo reformista se le da la etiqueta de anticonstitucional o antidemocrático. La realidad, no obstante, está llena de matices cuando se sale de la trinchera. El problema es que los matices se interpretan como críticas, las alternativas como demagogia y las propuestas como populismo.

Los otros, los caudillos, dictadores, terroristas y antisistema, son los malos.

Félix de Azúa: Una vida pendiente del botón


La niña es muy pequeña, tiene 14 meses, sin embargo muestra ya una gran afición por la música. Su favorito es El Moldava, de Smetana. Como ha visto a sus padres poner una y otra vez discos en el aparato y tiene notables dotes de observación, sabe cómo encender la cadena. Cuando le vienen ganas de oír a su músico favorito, ella misma se acerca al amplificador y aprieta el botón de encendido. Luego se pone de puntillas, sube la mano hasta el lector de CD y pulsa el botón correspondiente. En cuanto ve que las luces brillan, se vuelve hacia su padre o hacia su madre o hacia ambos y les mira con un gesto de extraordinaria seriedad, pero imperioso. Su padre, su madre o ambos, se precipitan a poner El Moldava.

Ya había yo observado que casi todas las madres suben en brazos a sus hijos hasta los botones del ascensor para que los pulsen, acción que puede llevarse un tiempo con el consiguiente cabreo de los que esperan. Lo mismo con los timbres del interfono en algunos domicilios: “Anda, toca, a ver si te contesta alguien”. Y que muchos niños (por ejemplo, la niña pequeñísima de la que hablo) cogen los teléfonos de sus padres, simulan marcar un número, y se ponen el aparato en la oreja. Como la niña pequeñísima no sabe hablar, suelta una retahíla de polisílabos, nanananana pacapocopuyapocopata. Veo a los niños actuales extremadamente adheridos al botón universal, por ejemplo en los ordenadores de sus padres, a los que se encaraman y toquetean el teclado hasta que en la pantalla aparecen ventanas inverosímiles o el aparato se apaga con un mugido de agonía.

Observando la conducta infantil de un modo científico, me pregunté el otro día cuál había sido mi primer botón. Pregunta que luego he repetido a mis amigos. Nadie lo recuerda, o mejor dicho, han de hacer un esfuerzo para recordarlo. Si son menores de 40 años, algunos tienen presente una televisión de juguete que les regalaron y en la que aparecía Pluto cuando se apretaba etcétera, o incluso un animalito mecánico que oficiaba cuando se le daba al botón. Es el caso de un oso panda que la niña pequeña hace cantar dándole a un botón que descubrió ipso facto, el primer día de tenerlo entre sus manos. “Soy un panda juguetón del balón soy el campeón…” canta el oso ante los horrorizados padres. La niña se contonea. Le gusta la música.

Yo diría que el primer botón consciente que recuerdo fue el de una radio alemana marca Nordmende, de pilas de petaca (ya casi inencontrables), que me regalaron cuando aprobé el primero de bachillerato en su totalidad de una tacada, y que aún conservo a pesar de las burlas que provoca. Eran botones protuberantes, con coronas finales de color rojo sangre. Al apretarlos soltaban un sonoro “clac”, como si partieran nueces. Para mí lo de los botones tenía entonces un carácter transcendental y los teléfonos eran de dial, o sea, con agujeros en lugar de botones. Había muy pocos botones que sirvieran para algo en aquellos años infelices. Ahora, en cambio, todo viene a resumirse en un botón.

Como en aquella película de Paco Martínez Soria que comentaba admirado cómo en la ciudad le dabas un pellizco a la pared y se encendían las luces, así también ahora los niños apenas se percatan de que toda su vida, todos sus actos, el placer, el trabajo, la salud, el dolor y el ardor, dependen de un botón. En realidad de muchos botones. Uno de los cuales por cierto, solo puede pulsarlo el presidente de los EE. UU. y lo lleva en un maletín.

Marta Peirano: Anticristo


antichrist

La sinopsis dice que es “la historia de una pareja de luto que se retira a una cabaña del bosque, con la esperanza de que regresar a Edén les ayudará a reparar sus corazones rotos y su matrimonio, pero la naturaleza sigue su curso y las cosas van de mal en peor”. Que es tan verdad como decir que Cenicienta es una adolescente que se escapa de noche a escondidas para salir a bailar, pero es que cuesta. Anticristo es un cuento de terror prerafaelita y decodificar su imaginario alucinado solo puede revelar la idiotez del intérprete, que es por supuesto la intención de su director.

Pero cómo resistir la advertencia en un vaso de flores muertas que palpita, verde y nauseabundo, en la mesita estéril del hospital. Es Terciopelo Azul, pero también la otredad vírica y pegajosa de Alien y los tulipanes de una paciente anterior, que ya a través del papel de regalo los oía respirar ligeramente/(…) como a un bebé malísimo. Cómo olvidar la perturbadora imagen de Charlotte Gainsbourg cruzando el puente nocturno, suspendida en el sueño. La vemos caminar desde dentro de la madriguera en una secuencia que recuerda poderosamente al Étant donnés de Duchamp y que se repite al final de la película. En este cuento-pesadilla todo es circular y la carga simbólica vive en sus reiteraciones, cuyo parentesco se revela especialmente en sus colores. El reino del marido es un sofocante azul: la casa, el hospital, la ciudad, la ropa. Hasta las flores que le trae al hospital son de un azul cortante, el color de la mente, frío y planetario. Donde reinan la vida y la muerte y el caos, todo es verde, como en los ojos de ella.

Esa es la historia. A la madre desahuciada del Anticristo se la comen la pérdida y la culpa y, sobre todo, su petulante marido, que aprovecha el agujero negro de su desgracia compartida para desplegar un increíble proceso de dominación. Como una araña silenciosa, Defoe saca a su mujer del hospital, despreciando las indicaciones de su médico, para someterla a su propio tratamiento lejos de especialistas, familiares y amigos. “Antes nunca te había interesado —le dice ella—. Ahora soy tu paciente”. Pronto le veremos acosarla hasta que deja la medicación, esconderle el correo, controlar su respiración, neutralizar sus impulsos sexuales y manosear sus pensamientos hasta que todo cuadra primorosamente con sus tablas favoritas del DSM-IV. Hasta cuando ella se ducha le vemos en una banqueta explicándole lo que va a pasar, como un carcelero obsesionado. Y en ese mundo irrespirable viven hasta la maravillosa secuencia del tren, donde se adentran en el bosque y vuelven a Edén.

La combinación es irresistible: los trenes (como los espejos y los gemelos idénticos) son objetos mágicos y melancólicos que tienen que ver con el control y la fatalidad; la hipnosis es el acto de control mental definitivo, un proceso que en la ficción siempre produce efectos secundarios inesperados. Freud dice que el sueño es el único lugar donde existimos libres de censura. ¿Es el resto de la película un sueño que empieza con la hipnosis, una fantasía de dominación y muerte como la de Belle de Jour? Durante el sueño, Defoe le ordena que se tumbe sobre las plantas y se funda con lo verde. Don’t fight it —le dice el insensato— Just turn green. Y sabemos que le va a salir caro porque la película está dedicada a Tarkovski, el arzobispo de las plegarias atendidas chungas.

Lynch, natural de Missoula, Minessota, cree que las apariencias son la fuerza que mantiene nuestros demonios en orden y que, en la oscuridad, todos sucumbimos al poder magnético de lo abyecto y su energía liberadora. Hitchcock creía que contenemos nuestras neurosis gracias a un frágil entramado de válvulas de escape (la fantasía y el robo) hasta que un elemento inesperado desequilibra nuestro precario sistema de seguridad. Perros distintos, idéntico bozal: contra el deseo, la moral represiva; contra la imaginación, la lógica. Lars von Trier cree que las fuerzas oscuras que nos dominan son las fuerzas vivas de la creación, maniatadas por el fascismo de la normalización social y por sus mesías/ejecutores, los psicólogos. Contra el salto infinito de la mente a través del universo, las palabras podridas, la píldora azul.

¿Rousseau contra Sade? ¿Apolíneos contra Dionisíacos? Armado con su brillante armadura de racionalismo positivista, el marido cruza el puente y se lleva algunas sorpresas desagradables mirando animalitos. Al principio sigue impertérrito haciéndole preguntas para luego corregir sus respuestas y elaborar listas y pirámides que subraya y encuadra con intensidad didáctica y autosatisfecha pero, una vez en Edén, su varita mágica se congela bajo un asedio de bellotas y sanguijuelas que se le clavan durante la noche. Este paraíso perdido es el que describe Werner Herzog en el documental sobre Fitzcarraldo; fornicación, asfixia y estrangulamiento y lucha por la supervivencia y muerte y simple pudrirse hasta la inexistencia. Las reglas en este mar de esporas y helechos no salen en su manual y el zorro que se devora a sí mismo dice Reina el caos como podría haber dicho: Estamos todos locos aquí. Edén no es lugar para lo razonable. La Naturaleza es la catedral de Satán.

En estos tiempos de gran madurez en que las relaciones entre hombre y mujer deben ser “saludables” e inofensivas y requieren tolerancia, respeto mutuo y a veces clases de tango, las fuerzas oscuras que expanden y contraen las verdaderas pasiones amorosas son un espectáculo escandaloso y humillante. Pero la guerra del Anticristo no es la guerra de los Rose sino un cuento de terror donde el Mal surge de la propia naturaleza interior en guerra con su contexto, un horror del que no hay posibilidad de escape ni redención. Y más aún, la constatación de la misma paradoja que obsesionaba a autores tan dispares como el Marques de Sade, George Orwell o el anarquista Octave Mirabeau, que en una sociedad corrupta, el Mal verdadero siempre adopta la máscara del Bien absoluto.

“Allá donde haya sangre derramada que justificar, actos de piratería que consagrar, violaciones que santificar, odiosos negocios que proteger, allí le verás seguro, ese Tartufo británico, persiguiendo el rastro de conquistas abominables con el pretexto del proselitismo religioso o el estudio científico. Su sobra, astuta y feroz, cuelga sobre la desolación de las gentes conquistadas, junto con la del soldado asesino el judío vengativo. En las selvas más vírgenes, donde los europeos inspiran con razón más terror que el tigre, a la entrada de las humildes cabañas de paja que han sido incineradas, entre las pilas humeantes aparece él tras la masacre, como un carroñero, a saquear a los muertos el día después de la batalla. La contrapartida perfecta para su rival el misionero católico que trae la civilización en la punta de sus antorchas y a punta de sables y bayonetas”.

El Jardín de las Torturas, Octave Mirabeau