El Pandemonium

Cristian Campos: El mono eres tú


Es probable que hayan oído hablar en alguna ocasión de este famoso experimento. Se lo resumo por si no es así.

Un equipo de investigación formado básicamente por zoólogos y antropólogos reúne a cinco simios en una estancia. En el centro de la estancia hay una escalera y sobre ella un racimo de bananas. Uno de los simios sube por la escalera para comerse las bananas. Cuando eso ocurre, los cuatro simios que permanecen en el suelo son rociados con agua fría por los científicos. Tras tres o cuatro intentos, los simios acaban asociando de forma correcta escalera y castigo. Cuando uno de ellos intenta por quinta vez subir por la escalera para comerse las bananas, el resto de simios se lo impide de manera violenta. Al cabo de unos pocos días, ninguno de los cinco simios se atreve a subir por la escalera.

Una semana después, uno de los cinco simios del experimento es sustituido por un sexto simio. Lo primero que hace ese sexto simio al entrar en la estancia es intentar subir por la escalera en vista de que ninguno de sus cuatro compañeros parece interesado en las bananas que se encuentran sobre ella. Le cae una paliza de órdago. A pesar de que ese simio no entiende el porqué de los golpes, acaba comprendiendo que la escalera es terreno prohibido. No tarda mucho en olvidarse de las bananas y aceptar el statu quo de su nuevo hogar.

Al cabo de pocos días, otro de los cinco simios originales es sustituido por un séptimo simio. La escena se repite paso por paso. El sexto simio participa de forma entusiasta en la paliza, por supuesto sin comprender su porqué. Ese sexto simio jamás ha sido castigado con agua fría, por lo que la relación entre escalera y paliza es, como mínimo, misteriosa para él.

Las sustituciones continúan hasta que en la estancia no queda ninguno de los cinco simios originales. Los cinco simios que han ocupado su lugar jamás han sido mojados con agua fría y por lo tanto desconocen qué es lo que ocurre cuando alguno de ellos sube por la escalera e intenta comerse las bananas. A pesar de ello, la escalera es considerada tabú y ni siquiera osan aproximarse a ella.

Impresionante, ¿cierto? Muchas veces la descripción del experimento acaba con una reflexión del tipo “si le preguntáramos a alguno de los simios por qué no sube por la escalera e intenta comerse las bananas quizá nos respondería que no lo sabe pero que por ahí las cosas siempre se han hecho así”. A veces el experimento acaba con una supuesta cita de Einstein: “Es más difícil desintegrar un prejuicio que un átomo”. La moraleja del experimento es tan panorámica que puede ser encasquetada a cualquier sistema de creencias que se nos pase por la cabeza: la religión, el socialismo, el liberalismo, la democracia, lo políticamente correcto, el estado del bienestar, el racismo, el buenismo, el feminismo, el machismo, el igualitarismo, el fascismo, el madridismo…

Lo cierto es que ese experimento jamás se llevó a cabo. Es una invención. Casi con toda seguridad de Gary Hamel y C.K. Prahalad, que en 1996 escribieron la que parece ser la primera versión de la historia en su libro de autoayuda Competing for the future. Quizá la fábula naciera de la tergiversación por parte de Hamel y Pralahad de un experimento, este sí real, llevado a cabo por el zoólogo estadounidense Gordon R. Stephenson en la universidad de Wisconsin en 1967. El experimento real se describe en el artículo Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys, que puede leerse por ejemplo aquí. Como Hamel se ha negado siempre a hablar del tema cuando ha sido preguntado al respecto (Pralahad murió hace años), la verdadera inspiración de su historia sigue siendo objeto de especulación.

El experimento de Stephenson, mucho más sencillo y de resultados más modestos y bastante menos espectaculares que el de ficción, consistía en lograr que un mono asociara un determinado objeto con un castigo X. Después se introducía a monos no entrenados en la misma jaula del mono entrenado para observar la reacción de este cuando sus nuevos compañeros se acercaban al objeto en cuestión. En una de las ocasiones, el mono entrenado apartó de forma brusca al no entrenado. En otra ocasión, ejemplares entrenados mostraron expresiones de agresividad y de miedo cuando un mono no entrenado intentó manipular el objeto. Cuando se sacaba de la jaula al mono entrenado, los monos no entrenados mostraban un índice de manipulación del objeto menor que el del grupo de control integrado por monos que no habían recibido jamás un castigo por manipular el objeto. El experimento no obtuvo los mismos resultados con las hembras, que demostraron menor aprensión hacia el objeto y que perdían el miedo en cuanto veían a otra hembra manipularlo sin que le ocurriera nada.

Pero lo fascinante del experimento inventado por Hamel y Pralahad es cómo ha logrado cruzar el abismo que separa la ficción de la realidad por una vía inesperada. El experimento de los monos y la escalera puede ser falso, pero su conclusión, su moraleja si así lo prefieren, ha sido confirmada por la realidad miles de veces. Los monos reales del experimento son esas miles de personas que han reproducido en medios de prensa, blogs y redes sociales una historia falsa diseñada para amas de casa ociosas y de escasa cultura sin dudar ni por un solo segundo de ella. Los monos acríticos de comportamiento gregario y aborregado que han obedecido una pauta de comportamiento absurda sin tener ni la más remota idea de su porqué son los que han repetido como zoquetes una mentira creyendo estar revelándole al mundo una profunda realidad filosófico-científica-metafísica. Y lo que es aún más irónico: convencidos a pies juntillas de que ellos no eran en absoluto como los monos del experimento. Que ellos eran la excepción a la regla. Individuos mucho más inteligentes que sus pobres y sumisos y crédulos vecinos. ¡Cuidado, no dejéis que os manipulen! ¡Dudad de todo, no seáis memos! ¡Al tanto con el Gran Hermano! ¡Mucho ojito, que nos quieren alelados!

No, no, si aquí el único alelado que hay eres tú, chaval.

No me digan que no es deliciosamente maquiavélico. Lo intentas hacer tú, escribiendo por ejemplo un artículo en el que todos sus comentarios negativos confirmen su tesis principal, y no te sale ni en 100 vidas que vivieras.

Viene esto a cuenta de Diego Valderas, vicepresidente de la Junta de Andalucía. El caso es que me topé hace unos días por casualidad con su cuenta de Twitter. Si no fuera porque vi letras habría dicho que estaba en blanco. Pero me crucé con un tweet del 20 de abril que me llamó la atención. En él se pregunta Valderas, fingiendo indignación y haciendo gala de un envidiable dominio de la orcografía, por qué se opone la derecha a la solidaridad. A la solidaridad alimentaria, más concretamente, que ya hay que tener valor para escribir esas dos palabras juntas. ¡Ay, la solidaridaaá alimentaria, mijo! Un poco más y finge un desmayo con gran desgarro interior.

Solo le faltó al Valderas acordarse de los huerfanitos. Y no de cualquier huerfanito, sino de los más invisibilizados de entre los huerfanitos. ¡Solusione habitasionale de calidá y solidaridá alimentaria para lo huerfanito invisibilisao, mijo!

Andalucía: 35 años de autonomía para acabar nombrando vicepresidente al hijo ilegítimo de Bono y la Pantoja.

Pero a lo que iba. Busco la palabra solidaridad en Google Noticias y obtengo 99.600 resultados. Mucha solidaridad es esa para tan poca prensa. Pero es que la caridad, que es lo que está pidiendo Valderas cuando habla de solidaridad, goza de un enorme prestigio en nuestro país. Como es obvio por influencia del cristianismo, cuyo rastro puede seguirse sin problemas, miga de pan a miga de pan, desde Agustín de Hipona hasta la mayoría de los partidos, organizaciones sociales y movimientos ciudadanos españoles actuales. De derechas y de izquierdas, ojo, que en este terreno no se ven diferencias apreciables.

Hagan la prueba. Pídanle a la persona más cercana que tengan a mano que defina la palabra solidaridad. Les dará la definición de caridad. Pídanle que defina estado del bienestar. Les dará la definición de caridad. Pídanle que enumere las funciones básicas que debería realizar el Estado. La primera de ellas será la caridad. Pregúntenle, para acabar, qué espera ella de la sociedad. Dirá que caridad. Solo que no utilizará la palabra caridad. ¿Y cuál es la diferencia entre solidaridad y caridad? Que la primera es gratuita, un estado de ánimo circunstancial que nos conduce a empatizar con una causa ajena, mientras que la segunda cuesta dinero. Dinero que puede ser propio, y en ese caso hablaríamos de caridad cristiana, o ajeno, y en ese caso hablaríamos de Valderas y del Estado.

La cosa, de todas maneras, sería hasta divertida si Diego Valderas no fuera precisamente uno de los principales responsables de que a muchos ciudadanos andaluces les falte a día de hoy techo, alimento o trabajo, cuando no las tres cosas a la vez. Y eso no lo digo yo, sino la principal de las ideas que dice defender Izquierda Unida Los Verdes-Convocatoria por Andalucía: el Estado y las administraciones públicas como garantes de un nivel de vida mínimo para todos los ciudadanos españoles. Por supuesto, si le preguntan a Jesús Huerta de Soto este les dirá que los responsables de que a los ciudadanos andaluces no les falte techo ni alimento ni trabajo son los propios ciudadanos andaluces… siempre y cuando dichos ciudadanos disfruten de unas condiciones mínimas de libertad y Diego Valderas y los suyos no se inmiscuyan en sus asuntos más allá de lo necesario.

Así que cuando el burócrata Valderas reclama solidaridad lo que está pidiendo en realidad es que rellenemos el socavón de su incompetencia con nuestra caridad. La solidaridad que reclama Valderas, en definitiva, es el último recurso que le queda a una sociedad gobernada por individuos como Valderas. Nos solidarizamos con los padres de Marta del Castillo porque el gobierno, los jueces y la policía española han fracasado de forma miserable en dos de sus principales cometidos: el de garantizar la seguridad de todos los ciudadanos de este país y, cuando ello no es posible, el de minimizar los daños derivados de dicha incapacidad. Nos solidarizamos con los parados, con los autónomos arruinados y con los pequeños y medianos empresarios que se han visto obligados a cerrar sus negocios porque el Estado ha sido incapaz de lograr que en España sea rentable trabajar. Eso es, desde todos los ángulos posibles, solidaridad. De la real.

Cuando en cambio se nos dice que a los ciudadanos españoles se les prohibirá a partir de ahora alquilar sus viviendas a turistas con el objetivo nada disimulado de proteger al lobby hotelero, lo que se le está pidiendo en realidad a los ciudadanos españoles es caridad. ¿Por qué? Porque con esa medida se está obligando a esos ciudadanos a entregar parte de su dinero (el que dejan de ganar con la prohibición del alquiler turístico) a un monopolio de empresarios incompetentes cuyos beneficios se han desplomado durante los últimos años por la competencia natural de cientos de miles de pequeños emprendedores mucho más ágiles y eficaces ¡en su propio sector! que ellos. Emprendedores que han detectado un hueco en el mercado y que han decidido ocuparlo poniendo además en circulación miles de segundas viviendas que hasta ahora permanecían vacías, con los evidentes beneficios que eso comporta para la economía (y la higiene) de este país. No hace falta decir que miles de españoles pueden pagar a día de hoy sus hipotecas solo gracias al alquiler turístico de sus viviendas. Pero no solo el sector hotelero va a hacer su agosto con esta medida: los bancos también van a poder rapiñar lo que no está escrito. Se les van a hacer ampollas de tanto frotarse las manos con este gobierno.

De hecho, lo que está haciendo el PP con esta medida no es más que expropiar el derecho de uso de las propiedades inmobiliarias de todos los ciudadanos españoles, que a partir de ahora solo podrán ser utilizadas para aquello que el gobierno, en su infinita magnanimidad, tolere.

¿Entienden ahora la diferencia entre solidaridad y caridad? ¿Y entre caridad y robo a mano armada por parte del gobierno?

Y aquí es donde enlaza la historia del experimento de los simios y el tweet de Diego Valderas. ¿De dónde cojones sale la absurda idea de que el PP es un partido liberal? ¿Es este uno de esos dogmas de fe que se repiten como si fueran la palabra de dios sin pararse ni por un momento a pensar en la inmensa, tremebunda, cósmica parida que supone afirmar que el PP es un partido de ideología liberal? En lo de neoliberal ya ni entro, que me da la risa floja.

Veamos.

En dos años de gobierno del PP, este ha…

—Incrementado el gasto público por encima de los niveles de 2008. En términos reales, el gasto actual es incluso superior al de 2006 (cuando Zapatero estaba en su apogeo).

—Conseguido que el único sector de negocio que disfruta en la actualidad de pleno empleo sea el de los políticos y sus miles de asesores, altos cargos y familiares.

—Esquivado con patéticos subterfugios la supresión de las duplicidades administrativas.

—Rescatado a la banca con un coste total de 275.000 millones de euros.

—Elevado la tasa de paro hasta situarla en el 27,16%. La de paro juvenil es del 57%. La cifra total de parados ronda los 6.200.000, aunque es probable que la cifra real se acerque más bien a los siete millones.

—Aumentado todos los impuestos posibles y reducido todas las deducciones que era factible reducir.

—Defendido una reforma del aborto aún más restrictiva que la de países extremistas en este terreno como Irlanda o la medieval Malta.

—Opuesto de facto a la libertad de horarios comerciales en toda España.

—Negado repetidas veces a promover medidas para minimizar la corrupción en el sector público. De acabar con ella ni hablo: es una utopía.

—Cerrado 2012 con un déficit del 6,98%. Si se incluyen las ayudas a la banca, el déficit asciende al 10,6%.

—Incrementado la deuda pública hasta un 90,69% del PIB en 2012. En 2007 era del 36,30%.

—Incrementado la morosidad bancaria hasta un 10,44% (desde cifras de salida cercanas al 0,8%).

—Conseguido que casi 400.000 pequeñas y medianas empresas echaran el cierre en 2012. En 2011 fueron más de 370.000.

—Aniquilado, sangrado, desplumado y exterminado a la clase media.

—Amenazado a través del ministro de Hacienda a amplios sectores sociales y profesionales españoles: el del cine, el de los periodistas, el de cualquiera que haya sido alguna vez pagado por su trabajo e incluso el de los mismos diputados, demostrando así que perro no come perro… salvo cuando la confiscación de bienes a los ciudadanos flojea y se hace necesario mantener prietas las filas de la casta extractiva.

—Luchado con todas sus fuerzas contra la separación de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo.

—Negado a acometer la imprescindible reducción de la administración; a eliminar o reducir las subvenciones a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales; y a cerrar las miles de empresas públicas que operan en España como cementerio de burócratas retirados pagados a precio de oro.

—Negado a la dación en pago.

—Olvidado en un conveniente rincón los escándalos de corrupción de la monarquía.

—Opuesto a la introducción de criterios de evaluación meritocrática en la educación pública española.

—Caminado hacia un capitalismo de Estado en el que el 70 e incluso el 80% de la economía depende directa o indirectamente de su relación con las administraciones públicas. ¿China, capitalismo de Estado? Capitalismo de Estado es España, caballeros.

—Ciscado con fervor en la libertad de empresa y la libre competencia.

—Favorecido a empresarios afines o cercanos al poder sin importar lo corruptos que estos fueran.

—Promovido el nepotismo sin freno alguno.

—Ninguneado a la prensa.

—Colocado España en los puestos más altos de la lista de países europeos con mayor presión fiscal y en los más bajos de las listas que miden los índices de libertad económica, por debajo incluso de decenas de repúblicas bananeras tercermundistas gobernadas por caciques despóticos de los que ya no se ven ni en los tebeos.

—Mentido con reiteración al dar una cifra del PIB casi un 18% superior a la real (lo que le ha servido para sostener que la recaudación fiscal en España es muy inferior a la media europea cuando en realidad es todo lo contrario: el IRPF español es, por ejemplo, 14 puntos superior a la media europea).

—Conseguido que la cifra total de deuda española, sumando deuda pública y privada, alcance el 400% del PIB.

—Convertido este país en el más europeo de los países africanos. Un país más cercano a Marruecos que a Europa.

—Hecho todo lo posible para consolidar en todo el mundo el estereotipo del español corrupto, parásito, inculto, vago y bueno para nada.

—Utilizado el poder del Estado para beneficiar a determinadas castas medievales de funcionarios por intereses meramente personales: la de los notarios o los registradores de la propiedad, sin ir más lejos. A esta última pertenece, qué casualidad, el presidente del Gobierno.

—Protegido, pagado y cedido al chantaje de un supuesto corrupto llamado Bárcenas con el objetivo de que este no cantara La Parrala frente al juez de turno. Y eso a pesar de que Bárcenas es sospechoso de haber estado metiendo la mano en la caja del partido todo lo que ha querido y más durante todos los años que se le ha antojado.

—Quebrado el Estado.

Etcétera, etcétera, etcétera. Y lo que te rondaré morena hasta llegar al corralito. Porque al corralito se llegará, no lo duden ni por un instante. ¿O es que creen que nuestra deuda es pagable?

Pero voy a ser justo: no todas estas medidas, decisiones y actuaciones del PP son 100% socialdemócratas. Solo lo son la inmensa mayoría de ellas. Lo que está claro es que ni una de ellas, ni una sola, es liberal. Incluida la de la dación en pago. Cualquier liberal no ofuscado por su odio hacia los perroflautas les dirá que obligar a los ciudadanos a pagar las deudas que libremente han contraído es correcto desde el punto de vista liberal pero que también lo es obligar a los bancos a asumir los riesgos de sus malas inversiones y dejarlos quebrar cuando deben quebrar. La dación en pago es una medida, en definitiva, 100% liberal: el hipotecado asume el fracaso de su inversión perdiendo la propiedad de su vivienda y el banco asume el de la suya aceptando que el valor de esa casa en el mercado no es el mismo que el del año en el que se realizó la tasación.

Así que si ustedes se consideran a sí mismos como más o menos cercanos ideológicamente a la izquierda o a la socialdemocracia deberían sentirse como mínimo razonablemente satisfechos con al menos el 60% o el 70% de las medidas adoptadas por el PP durante los dos últimos años. Desde luego mucho más que yo, pérfido partidario del mal y del capital neoliberal, que no coincido con ninguna de ellas. Lo repito: con ninguna. 0%. Y menos que ninguna, con aquellas que más les pueden gustar a ustedes: las destinadas a incrementar el tamaño del Estado y su capacidad de control sobre las vidas y las actividades económicas de sus ciudadanos.

¿Me explico? ¿Empiezan ahora a ver ahora la escalera en medio de la habitación o siguen sin verla?

Pero el PP, un partido de obediencia estrictamente socialdemócrata, un partido de izquierdas desde casi todos los puntos de vista posibles, seguirá siendo considerado en este país como un partido liberal o, tócate los cojones, como el ariete por excelencia del neoliberalismo. De la misma manera que usted, cinco minutos después de leer este texto, seguirá teniendo el mismo miedo ancestral que ha tenido toda su vida a ese objeto que gravita en el centro de la habitación.

Antes morirá usted de hambre socialdemócrata que poner el pie en la escalera liberal, ¿cierto? Todo sea por el paradigma.

Hace bien. Que no le ofusque el hecho de que muy posiblemente (piénselo solo durante un segundo) sus ideas son liberales en un 90%. La escalera es terreno prohibido para usted. No suba jamás a ella. Su simio interior es mucho más fuerte que usted. Ni siquiera lo intente.

Y por cierto: esta brillante conferencia de apenas 15 minutos de Frans de Waal es una buena muestra de los experimentos científicos que se están llevando a cabo en la actualidad para investigar las raíces de la moralidad humana en primates de todo tipo. El experimento que pueden ver a partir del minuto 12:45 (y que por cierto comentan también en Naukas) es, de largo, el mejor gag humorístico que verán este año. Atentos al momento en el que el capuchino tratado de forma injusta golpea su piedra contra la pared para comprobar que esta funciona de forma correcta. Si ese capuchino no es la prueba fehaciente de que los valores en los que se basa la ética liberal son el estado por defecto de la naturaleza humana, nada lo es. Aunque es probable que desde su punto de vista ese capuchino sea la prueba de todo lo contrario. Pero usted se equivoca. Si lo piensa durante unos segundos comprenderá el porqué.

Y recuerde: la escalera no se toca.

Cristian Campos: La mentira, tres modos de uso


1. Dios

Ningún otro negociado ha sabido evolucionar para adaptarse de forma tan hábil al signo de los tiempos como el del miedo. Y eso lo sabe mejor que nadie la religión, el único instrumento de control social (dicho sea sin ánimo peyorativo) cimentado en el miedo a la muerte. No en vano se considera que las primeras manifestaciones religiosas de la historia son los entierros ceremoniales prehistóricos.

La idea de lo divino ha evolucionado desde el paganismo primitivo hasta el monoteísmo de las tres grandes confesiones modernas pasando por el politeísmo de las antiguas religiones griega, romana, egipcia, celta y nórdica, por el henoteísmo y por ramificaciones exóticas como el vudú y el animismo. No es una evolución menor. Y eso sin entrar en las diferentes concepciones de dios. Como explica Karen Armstrong en Una historia de dios, el dios de los patriarcas no es el mismo que el de los profetas, el de los filósofos, el de los místicos o el de los deístas del siglo XVII.

La característica clave de lo divino, aquello que hace que una determinada deidad triunfe y sobreviva a otros dioses rivales, no es su potencial místico, sino su utilidad. Cuando un determinado concepto de dios deja de ser útil es sustituido por otro más adecuado a la sensibilidad y las necesidades de su época. Algunos filósofos de la religión sostienen que el ateísmo moderno no es más que una fase de crisis típica de la transición desde un dios obsoleto (el de las tres religiones monoteístas) hasta un nuevo concepto de dios. Según esta teoría, los ateos volverán al redil cuando florezca una nueva idea de dios mejor que la actual. La espiritualidad, según esta teoría, no sería más que el estado por defecto del ser humano y el ateísmo, apenas una crisis de confianza transitoria provocada por la deficiente calidad del producto.

Desde un punto de vista más terrenal, la religión puede leerse como una forma primitiva de ordenamiento jurídico que pretende imponer el respeto a determinadas normas sociales que se consideran beneficiosas para la comunidad. En el peor de los casos, es la herramienta que utilizan determinadas elites para imponer sus dogmas de fe sin pasar por los filtros de los ordenamientos jurídicos modernos por los que una norma pasa a ser de obligatorio cumplimiento para toda la comunidad.

Desde el punto de vista de la biología, la pervivencia de la religión solo puede explicarse suponiendo que esta responde a una necesidad humana concreta. Ya sea la de apaciguar nuestros temores a la muerte, ya sea la de dar explicación a determinados fenómenos que no pueden ser descifrados por la ciencia de la época, ya sea la de promover la unidad de la comunidad frente a los enemigos externos. Enemigos que no tienen por qué ser otros seres humanos, sino también ideas o costumbres que se consideran ajenas, dañinas o corruptas.

Las mencionadas en el párrafo anterior son tres razones poderosas y probablemente ciertas, aunque solo aclaran parte del misterio. Como explica Daniel Dennett en Romper el hechizo, la explicación final debe de tener más capas. ¿Por qué de entre todas las ideas consoladoras frente a la muerte acabó triunfando la de la religión? ¿Cómo y con qué fin nació la primera creencia religiosa? ¿Y su primer dogma? ¿Fue obra de un solo hombre o de varios? ¿Fue la evolución sofisticada de un rito neurótico compulsivo repetido hasta la saciedad por un miembro influyente de la comunidad? ¿Es la religión algo más que una forma especialmente compleja de superstición? ¿Es algo más que un meme singularmente activo?

De todas las ideas falsas que rodean a la religión, y aquí recurro de nuevo a Dennett, una de las mayores es la de que esta ha acompañado siempre al ser humano. El protestantismo no tiene ni siquiera 500 años de vida. El islam tiene 1500. El cristianismo, 2000. El judaísmo apenas llega a los 4000. La mayoría de las religiones o supersticiones minoritarias ni siquiera alcanzan unas pocas décadas de vida para luego desaparecer sin dejar rastro. En comparación, la escritura tiene 5000 años de antigüedad, la agricultura 10.000 y el lenguaje como mínimo 40.000, aunque es posible que la cifra real se sitúe en algún punto entre los 400.000 y los 800.000 años. Si ampliamos la definición de religión hasta el campo semántico del término superstición o sentimiento religioso, entonces es probable que encontremos algo parecido a la religión bastante antes de que aparecieran los primeros sistemas complejos de creencias.

La evolución de la idea de dios es la de las sociedades que la acogen. El dios del Éxodo es una divinidad tribal, feroz, que no se preocupa por nadie más que por sus propios acólitos. Un concepto de lo divino muy alejado de ese dios panorámico y bondadoso del cristianismo moderno que considera a todos los seres humanos como merecedores por igual de su afecto. Como explica Karen Armstrong, los primeros hebreos no fueron todo lo monoteístas que parece deducirse de una lectura superficial de la Torá. De hecho, es bastante probable que los tres patriarcas de Israel (Abraham, Isaac y Jacob) ni siquiera creyeran en el mismo dios. Muy posiblemente su atención se dividía entre los dioses Marduk, Baal y Anant. De ahí que Yahveh, que no era en un primer momento más que el dios principal en una multitudinaria asamblea de dioses menores, parezca ciclotímico en la Torá: a veces es compasivo, a veces cruel, a veces caprichoso, a veces amoroso, a veces vengativo y a veces justo. Eso se debe a que no se trata del mismo dios en todos los casos. La personalidad del dios de la Torá (el Pentateuco para los cristianos) no es más que el resultado de la fusión de las características de otros dioses menores a los que este absorbe para pasar del henoteísmo al monolatrismo y de ahí al monoteísmo final. El dios único y verdadero del Tanaj (la Biblia hebrea) y de la Biblia cristiana no es más que el producto destilado de varios de los dioses del politeísmo primigenio.

Abraham and Isaac - Por William Blake

Abraham and Isaac – Por William Blake

La historia real es esta: cuando ese politeísmo primitivo y su creciente panteón inacabable de dioses amenazaron con atomizar y diluir la cohesión del grupo, surgió una nueva forma de deidad altamente evolucionada. Un dios omnipotente e intervencionista que castigaba a aquellas de sus criaturas que osaban dudar de su existencia. Y no ya de su existencia, sino de la extensa lista de dogmas y de fetichismos que se derivaban de ella. Como el de no comer cerdo, por ejemplo, un tabú que nació en la primitiva Judea y que durante siglos fue uno de los dos rasgos distintivos de los judíos (el otro era la circuncisión). El hecho de que muchos siglos después los musulmanes adoptaran como propio este tabú exclusivamente judío solo demuestra lo cómicamente paradójico de algunos dogmas religiosos. Tan cómicamente paradójico como para que, como explica Christopher Hitchens en Dios no es bueno, el libro Rebelión en la granja de George Orwell continúe vetado a muchos escolares musulmanes por la apabullante razón de que sus protagonistas… son cerdos.

Con el tiempo, la idea de un dios despiadado capaz de masacrar a su rebaño con tormentos sanguinarios de todo tipo se demostró inviable en sociedades mínimamente sofisticadas. La oferta de dioses continuaba siendo amplia, el politeísmo primigenio recobraba fuerza en forma de paganismo y en Roma se perfeccionaba el germen de lo que con el tiempo sería el derecho moderno. Allí donde hay derecho no es necesaria religión porque el orden social está garantizado por las leyes del hombre y no por un dios caprichoso. ¿Por qué escoger un dios irascible pudiendo optar por algún sucedáneo de Baco, un dios borracho, follador y despreocupado que no exige nada a sus seguidores y cuya filosofía de vida es el muerto al hoyo y el vivo al bollo? Así se perfeccionó y consolidó la idea del dios del Nuevo Testamento, un demiurgo cariñoso, comprensivo y ecuánime capaz de sacrificar a su propio hijo para salvar a la humanidad de sus pecados. Pura adaptación al medio.

La mentira era en el fondo la misma, pero su carrocería había pasado por el departamento de chapa y pintura para acomodarse a la nueva realidad: la de un mundo antropocéntrico en el que la medida de todas las cosas y el garante del orden social ya no era dios, sino el hombre y su muy terrenal orden jurídico. El apaño fue temporal. La llegada de la Edad Media devolvió al primer plano de la actualidad a un dios celoso y ávido de pleitesía. Que el fin de la Edad Media coincida en el tiempo no solo con la caída de Constantinopla sino también con la invención de la imprenta no es precisamente una casualidad.

Pero el dios del Viejo Testamento no había desaparecido del mapa: tan solo había aprendido a desviar el punto de mira de su cólera. A partir del siglo XV los dogmas de la religión no castigaron tanto la carne de los creyentes como su cerebro. Consolidada la victoria del dios único sobre sus innumerables competidores, los enemigos pasaron a ser la independencia intelectual, el libre albedrío y la responsabilidad individual. “La razón es la ramera del diablo, que no sabe hacer más que calumniar y perjudicar cualquier cosa que Dios diga o haga” (Martín Lutero).

Y en ese preciso instante, coincidiendo con el inicio de la batalla contra la razón, se plantó la semilla de los redentorismos modernos.

2. El redentorismo

Dos de los tres dioses de las religiones monoteístas mayoritarias han sufrido una mutación radical hasta llegar a sus formas modernas. El dios hiperintelectualizado del judaísmo contemporáneo no tiene nada que ver con el dios tribal de la Torá. El dios cristiano de la Biblia ha acabado combinando el palo de sus dogmas milenarios con la zanahoria de una espiritualidad lánguida y relajada más propia de las supersticiones orientales. El dios expansionista del islam, en cambio, sigue siendo básicamente el mismo que el del siglo VII d.C. Si alguien quiere la prueba definitiva de que las religiones no son la palabra de dios sino apenas el reflejo de las sociedades que las acogen, ahí tiene la prueba definitiva.

Pero el protagonista de este segundo punto no es la religión sino la espiritualidad. Una espiritualidad que también ha evolucionado a lo largo de los siglos. Como dijo G.K. Chesterton, “desde que los hombres han dejado de creer en dios no es que no crean en nada, es que se lo creen todo”. O lo que es lo mismo: que los ciudadanos del Primer Mundo hayan abandonado masivamente la religión no quiere decir que hayan abandonado su pasión por las explicaciones simplistas a problemas complejos. Es decir por la mentira.

Porque dios no ha sido reemplazado en las sociedades occidentales por el racionalismo sino por una forma liviana de espiritualidad: las ideologías redentoristas. Y digo liviana porque los redentorismos actuales, a diferencia de los viejos dioses, no exigen de sus acólitos nada más que declaraciones de amor vacío, fe incondicional en sus dogmas y un perfil de Facebook o de Twitter en el que linchar virtualmente a los herejes del momento. Son el hembrismo, las seudociencias, el relativismo, el igualitarismo… “Los redentoristas son apóstoles de fe robusta, esperanza alegre, ardiente caridad”. Gente estremecida por su propia bondad. Los profetas del siglo XXI.

Como los profetas de la antigüedad, los redentoristas de hoy en día aspiran a puentear el ordenamiento jurídico para imponer sus convicciones al resto de los ciudadanos. Y como los profetas de la antigüedad, los redentoristas de hoy en día pretenden conseguir sus fines amenazando con apocalípticas lluvias de fuego y sangre. Es decir con algún tipo de violencia sobre aquellos que no comulgan con sus creencias. Juicios populares, discriminaciones positivas, cuotas para ellos y sus protegidos, prohibiciones de todo tipo, confiscaciones de rentas ajenas, privilegios legales para determinados colectivos seleccionados por la pureza de su fe o por su innata bondad, ingeniería social practicada en los hijos del prójimo…

Todos los redentorismos contemporáneos comparten tres características.

La primera es su rechazo de la racionalidad en beneficio de la emotividad. Una emotividad que parte en la mayoría de las ocasiones de una media verdad que se retuerce hasta adoptar una forma grotesca y caricaturesca cuyo parecido con la realidad es pura coincidencia.

La segunda es la amenaza latente de la pérdida de un supuesto estado de pureza original, ya sea este el equilibrio interior, la armonía natural del planeta Tierra o la igualdad (de llegada) de todos los seres humanos.

La tercera es el hecho de que la falacia original en la que basan sus dogmas es una forma particularmente primitiva de mentira: la que defiende la existencia de algo que no existe. Es decir un tipo de mentira que exige de sus creyentes grandes dosis de fe y el rechazo casi instintivo de cualquier rama de la ciencia capaz de demostrar la falsedad de sus afirmaciones. Particularmente odiadas por los talibanes de la nueva espiritualidad son la neurociencia y la psicología evolutiva. De ahí ese típico argumento redentorista que dice que la ciencia también es una religión. Por supuesto que no lo es.

Tomemos un dogma de fe moderno cualquiera. La discriminación de la mujer en el mercado de trabajo (de las sociedades democráticas occidentales). El diario El País titulaba así el pasado jueves siete de marzo una de sus noticias: “La mujer, hacia la precariedad”. Los hombres por lo visto disfrutan de pleno empleo. La realidad que se retuerce para llegar hasta esa conclusión es la llamada brecha salarial. Según la Comisión Europea, la brecha salarial entre hombres y mujeres es del 16,2% en la Unión Europea. La cifra confirma una tendencia ligeramente a la baja con respecto a años anteriores (17%), lo que según Bruselas se explica no tanto por el fin de las actitudes machistas sino por el desplome de sectores productivos tradicionalmente masculinos como el de la construcción. Y eso a pesar de que la discriminación salarial por motivo de sexo está tipificada como delito en todos los países europeos. El mismo Ayuntamiento de Madrid fue condenado en 2009 por el Tribunal Superior de Justicia de Madrid a pagar 58.000 euros a una trabajadora por haberle pagado un salario menor que el que recibía un compañero que realizaba sus mismas tareas.

Por supuesto, la brecha salarial existe. Como existen también los casos puntuales de discriminación salarial. ¿Pero es eso la prueba definitiva de la existencia de una conspiración masiva del patriarcado internacional para discriminar a las mujeres y relegarlas a la cocina?

El dogma de la discriminación machista cumple los tres requisitos antes mencionados. Busca la emotividad porque disfraza un delito perfectamente tipificado por el ordenamiento jurídico con los ropajes de la mítica lucha del débil contra el poderoso. Amenaza con la pérdida de un hipotético edén de la igualdad genética primigenia que, se supone, debería conducir a hombres y mujeres a desear exactamente los mismos trabajos, a implicarse con exactamente la misma intensidad en ellos y a compartir de forma milimétrica las mismas motivaciones vitales. Y se basa en una mentira que defiende la existencia de algo que no existe: un hipotético empresario que, aun sabiendo que el riesgo de acabar siendo condenado por ello es muy alto, decide pagarle a una mujer un salario inferior al del resto de trabajadores varones de su empresa. Y ello a cambio de un pequeño ahorro del 16% y de la satisfacción machista de haber discriminado a una mujer a la que acaba de contratar (¿por qué?) y con la que no comparte el más mínimo vínculo emotivo. Una segunda versión del hombre de paja machista es la del empresario que, ante la duda de si contratar a un hombre o a una mujer para un determinado puesto de trabajo, decide contratar al hombre a pesar de a) estar menos cualificado para el puesto que su oponente femenina y b) cobrar un salario un 16% mayor que esta.

La realidad, por supuesto, es algo más compleja. Hace un par de años entrevisté a la psicóloga canadiense Susan Pinker con ocasión de la publicación en España de su libro La paradoja sexual. Lo primero que le pregunté fue si sería correcto decir que los hombres luchan por el dinero y las mujeres por la autoestima y la satisfacción en sus puestos de trabajo. Esto es lo que contestó:

Sería más correcto decir que bastantes más hombres que mujeres priorizan el estatus, la remuneración y las oportunidades de progreso. Yo diría que el porcentaje es más o menos de un 75% para los hombres por un 25% para las mujeres. Y sería correcto decir que muchos más hombres que mujeres se concentran exclusivamente en la consecución de esos objetivos. En cambio, más mujeres que hombres tienen objetivos múltiples en sus vidas y, por lo tanto, nociones más variadas de lo que es el éxito.

En encuestas realizadas a un número significativo de sujetos, la flexibilidad, la autonomía y el hecho de trabajar con personas a las que respetan, en un trabajo en el que ellas sientan que pueden marcar la diferencia, eran las prioridades profesionales señaladas por un 85% de las mujeres, y especialmente por aquellas con una carrera universitaria. Para la mayoría de las mujeres, los horarios flexibles y un trabajo que las realice (frecuentemente con objetivos humanitarios o sociales) superan el estatus y el dinero. Más mujeres que hombres están dispuestas a negociar sus salarios con el objetivo de conseguir otros fines: tener tiempo para la familia, los amigos y las actividades culturales o comunitarias. De nuevo, un 75%-25% sería una estimación conservadora del porcentaje de mujeres entre las personas que priorizan la flexibilidad, la autonomía y la realización profesional en detrimento de nociones más tradicionales del éxito, como la que lo asocia a un estatus alto y a los ingresos más elevados posibles.

También le pregunté el porqué de que los trabajos típicamente femeninos estén en general peor pagados que los típicamente masculinos. Y esto es lo que contestó:

Es difícil de determinar, pero es probable que se deba a que tradicionalmente nuestra sociedad ha valorado más las carreras orientadas a las “cosas y los sistemas” que las orientadas a los “procesos humanos”, donde los resultados son más difíciles de medir y donde predominan las mujeres. Hay dos tendencias: a infravalorar los terrenos donde las mujeres muestran su fortaleza, y a sobrevalorar aquellos en los que los hombres han demostrado mayor interés, como la física, la ingeniería y la programación informática. Tal y como explico en la introducción del libro, si algo está dominado por los hombres, la gente, y muy especialmente las feministas de la línea dura, lo valora más. Y esa es la razón de que se empuje a las mujeres a escoger carreras técnicas, como la programación informática.

Pero también se produce el fenómeno de que las profesiones que empiezan a atraer a las mujeres, como la medicina, han empezado a perder valor en nuestra cultura. Es la ‘conversión al rosa’ de muchas áreas profesionales, y se debe probablemente a una amplia variedad de factores. Lo que me lleva al siguiente punto: la gente que trabaja en el sector público y que contribuye al bienestar general gana menos que la gente que trabaja en el sector privado. Esto siempre ha sido así, y seguirá siendo así, incluso después de esta crisis. Muchas mujeres cambian un salario hipotéticamente mayor en el sector privado por la estabilidad, los horarios razonables, las vacaciones y la posibilidad de ayudar a sus comunidades que les ofrece el sector público. La gente no se dedica a la enfermería o a la enseñanza porque quieran hacerse millonarios, sino porque eso les permite ayudar a la gente. La mayoría de las mujeres europeas y norteamericanas dicen que esa es una de sus prioridades.

La idea de que los trabajos típicamente masculinos son mejores que los femeninos porque están mejor pagados o porque conllevan una mayor responsabilidad responde a una idea masculina de lo mejor. Un estereotipo que las hembristas ayudan a perpetuar cuando centran sus esfuerzos en conseguir que las mujeres accedan a esos trabajos cuando quizá el parámetro de la satisfacción profesional y personal de estas no pasa tanto por un sueldo estratosférico o por la competitividad extrema (típica de los juegos de suma cero como el de la bolsa) como por la flexibilidad o la posibilidad de disponer de más tiempo libre para actividades culturales o sociales, entre otros muchos factores.

Susan Pinker

Susan Pinker

Pero el relato fría y desapasionadamente científico de Susan Pinker no tiene ni la más mínima posibilidad de victoria frente a una fábula ingenua que describe la épica lucha del bien (las desvalidas mujeres) frente al mal (la falocracia machista). Que las posibilidades de victoria sean nulas no se debe sin embargo al mayor potencial comercial de la fábula frente a la realidad, sino a que la primera elude hábilmente ese pequeño pero molesto detalle que la segunda no puede evitar de ninguna de las maneras: el de la responsabilidad personal. El libre albedrío del que hablaba en el punto 1.

Y es ahí donde el hembrismo enlaza con las religiones monoteístas y con el resto de ideologías redentoristas. El atractivo de todas esas mentiras reside en su habilidad para descargar en un tercero todo el peso de la responsabilidad sobre nuestras vidas: dios, la sociedad, el capitalismo, el machismo, las multinacionales, el desarrollo tecnológico, los alimentos modificados genéticamente, las antenas de telefonía, la medicina occidental… El redentorismo moderno no es más que una forma especialmente naif de infantilismo, una retorcida forma de sumisión voluntaria a un enemigo imaginario externo y de elusión de las responsabilidades personales: yo no he sido, nadie me ha visto, no puedes probarlo.

3. Europa

El día que escribo esto la Unión Europea ha multado a Microsoft por supuestas prácticas monopolísticas. Esas prácticas monopolísticas consisten en la negativa de Microsoft a facilitar la instalación de navegadores de la competencia en su sistema operativo Windows. Multados por negarse al suicidio. Un suicidio que, por cierto, Microsoft se había comprometido de forma absurda a llevar a cabo en una negociación a puerta cerrada con la UE. Pero que el árbol no oculte el bosque: la ruptura del compromiso por parte de Microsoft no es para la UE más que una excusa con la que darle una pátina de legalidad al pillaje de los beneficios de una de las empresas más rentables del mundo.

La multa es de 561 millones de euros, pero podría haber alcanzado los 6000 millones, el 10% de los ingresos anuales de Microsoft. Es en cualquier caso curioso que Microsoft, una de las mayores empresas del planeta y miembro destacado de “la dictadura del capital”, haya sido incapaz de evitar una multa millonaria que devorará el 1% de sus beneficios. Quizá la dictadura del capital existe, pero su poder no parece demasiado impresionante comparado con el de la burocracia europea.

Tras Microsoft, la UE pondrá en su punto de mira a Google y a Apple. El caso de esta última es revelador. A pesar de respetar estrictamente la legalidad de los países en los que opera, Apple está sufriendo una campaña mediática de acoso y derribo por parte de aquellos que consideran que la empresa californiana no paga los suficientes impuestos en la UE. Se avecina un salto cualitativo en el tradicional encarnizamiento fiscal europeo. El porcentaje de impuestos que deberán pagar los ciudadanos y las empresas que operan en Europa no será ya el determinado por las leyes de cada país, sino el que los sacerdotes de la espiritualidad fiscal con sede en Bruselas, París o Madrid consideren necesario, bondadoso o equitativo en cada momento. Como ha ocurrido en el caso de Microsoft, la UE negociará a puerta cerrada con las empresas el volumen de su mordida. Volvemos a la idea de un dios caprichoso que castiga o recompensa a sus súbditos en función de su humor del momento y en base a criterios subjetivos cuando no 100% aleatorios. Si quieren el término técnico: pura y dura inseguridad jurídica.

Solo un día antes se conocía que la Comisión Europea ha reclamado a España la subida del IVA y la reforma de las pensiones. Todavía hay margen, añadía el euroburócrata portavoz. Y que lo diga: hasta llegar al 100% de IVA y a las pensiones griegas de 120 euros, ancha es Castilla. Las amenazas casi diarias de la Comisión Europea tienen su fiel reflejo en el ministro Montoro, un servidor público incapaz de lograr que los españoles paguen los impuestos que les corresponden pero muy capaz de amenazar de forma turbia a colectivos enteros: los tertulianos, los actores, los diputados de la oposición, los medios de prensa, los periodistas…

Resulta curioso comprobar qué es lo que tienen todos esos colectivos en común: su fácil acceso al público. Montoro no ha amenazado a notarios o a farmacéuticos o a corredores de bolsa, sino a aquellos colectivos profesionales que pueden influir en la opinión pública a través de los medios de comunicación. Parece de sentido común que lo que debe hacer un ministro de Hacienda de un estado democrático si tiene noticias de delito fiscal alguno es actuar contra los defraudadores, no amenazarles en público para que cierren la boca. Este retorno al medioevo en el que parece enfrascado el gobierno del PP con el apoyo tácito de la UE tiene su remate en una segunda amenaza, esta vez de Rajoy: la de hacer pública la lista de los mayores defraudadores españoles. En vez de actuar, como haría un gobierno democrático, por medio de fiscales e inspectores de hacienda, el gobierno le da el paseíllo a algunos de sus ciudadanos para que la turba los apedree a placer en la plaza del pueblo. Y eso después de ofrecerles una amnistía. Ejemplares en su ruindad.

Por último, quizá recuerden una noticia de hace apenas dos años que dice mucho de cuál es la idea que tienen de la profesionalidad algunos de nuestros eurócratas. Esos mismos eurócratas que luego presionan al gobierno español para que trabajemos más horas, recibamos un salario menor y paguemos más impuestos a cambio de pensiones cada año más escasas. La eurodiputada británica Nikki Sinclaire identificó y denunció en 2011 a varios de sus compañeros por aparecer los viernes en el Parlamento a primera hora de la mañana, fichar y escapar inmediatamente después al aeropuerto para volver a sus domicilios en sus países de origen. Eso permitía a esos eurodiputados cobrar una dieta extra de 300 euros por cada viernes escaqueado. Dieta que se sumaba a su salario de más de 6000 euros mensuales, a los 4300 euros con los que los eurodiputados gestionan sus despachos y a los varios extras que suelen recibir, algunos de ellos de hasta 1500 euros, y que incluyen desde gastos de viaje hasta otros tipos de pluses.

Pero el dogma de fe de la Unión Europea, al igual que el de dios o el de los redentorismos modernos, no se discute. Y eso a pesar de que las mentiras que sostienen la idea de una Europa unida no son precisamente menores que las de sus dos compañeros de viaje.

Tony Judt publicó en 2011 un breve ensayo titulado ¿Una gran ilusión? Un ensayo sobre Europa. Prueba de que el europeísmo no es más que otro dogma de fe es que Tony Judt pide perdón por adelantado en el prólogo del libro declarándose “europeo entusiasta”. Y pide perdón porque su conclusión es demoledora: Europa es una idea “deseable” pero no “posible”. Y añade:

Una Europa verdaderamente unida es algo demasiado improbable como para que insistir en ello no resulte tan insensato como engañoso. De modo que supongo que eso me convierte en un europesimista. A diferencia de Jean Monnet, el fundador de la Comunidad Europea, yo no creo que sea prudente, ni posible, exorcizar la historia, y en ningún caso más allá de unos límites razonables, por lo que mi ensayo termina con un alegato a favor de la reinstauración parcial, o la relegitimización, de las naciones-Estado.

Como buen dogma de fe, la UE cuenta con una batería de poderosas amenazas con las que amedrentar a paganos y ateos. Como no se ha cansado de advertir Madrid a incautos viajeros independentistas catalanes, “fuera de Europa hace mucho frío”. Acabaremos creyendo que es imposible encontrar fuera de la UE un solo estado democrático, respetuoso de los derechos humanos y capaz de firmar tratados comerciales o financieros con otras naciones. EE. UU., Japón, Australia, Corea del Sur, Canadá, Brasil, India e incluso Noruega y Suiza son territorio comanche, por lo visto. Por no hablar de los diez países europeos que han rechazado adoptar el euro a pesar de formar parte de la UE, entre ellos países de impecables credenciales democráticas como Suecia, Dinamarca o Reino Unido.

Resulta también paradójico que Europa, escenario del mayor crimen de la historia de la humanidad (el Holocausto) y cuna de las dos ideologías más atroces jamás ideadas por el ser humano (comunismo y nazismo) se permita ahora el lujo de amenazar con el infierno de la ruina económica, social y política a aquellos que osan dudar de ella. Hay sectas menos estrictas. Y eso que la UE nació, teóricamente, con el objetivo de evitar las periódicas masacres que se llevaban a cabo cada pocos años y con alarmante regularidad en su seno. A eso se le llama hacer de la necesidad virtud.

¿Quién dijo que la UE no es más que una puta arrepentida reconvertida en beata coñazo? Ah, sí: yo.

En realidad, los intereses que llevaron al nacimiento de la UE no tuvieron nada de elevado. El germen de la actual UE es la CECA (Comunidad Europea del Carbón y el Acero). La CECA, un típico tratado comercial, nació en 1951 como tercera opción francesa tras el fracaso de sus opciones A y B. Lo explica con más detalle Toni Judt en ¿Una gran ilusión?

Tras la Segunda Guerra Mundial, Francia se enfrentaba a un dilema: ¿cómo reactivar su economía sin reactivar también la de Alemania? Una Alemania a la que, al mismo tiempo, Francia necesitaba como suministradora de materias primas esenciales para su industria. Este era exactamente el mismo dilema al que Francia se había enfrentado en 1918, tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Así que los franceses optaron en 1945 por la misma solución por la que habían optado en 1918: explotar los recursos alemanes manteniendo la autonomía política y militar germana bajo mínimos. En 1918, esa solución había conducido al ascenso del nazismo y a la Segunda Guerra Mundial. En 1945, los franceses pretendían repetir la experiencia. Francia estaba pidiendo a gritos una Tercera Guerra Mundial.

Pero si los franceses no habían aprendido la lección, los británicos y los estadounidenses sí. La opción A francesa fracasó por la negativa anglosajona a convertir de nuevo a Alemania en la proveedora de materias primas a bajo coste de una futura Francia imperial. Y Francia pasó a la opción B.

La opción B era incluso más brillante que la A. Si es que eso es posible. Consistía en aliarse con la URSS para emparedar Alemania entre dos potencias hostiles. Si la opción A garantizaba una Tercera Guerra Mundial en 20 años, la B garantizaba esa misma Tercera Guerra Mundial pero en solo cuatro o cinco, con el previsible añadido final de una Europa completamente sometida al yugo comunista de la Unión Soviética. EE. UU. nos había salvado de nuestra propia incompetencia hacía apenas unos meses, pero era dudoso que estuviera dispuesto a hacerlo una segunda vez.

El resultado fue la opción C: el Plan Schuman, que regulaba la producción de carbón y acero de seis países europeos bajo la supervisión de una autoridad internacional. Y ese fue el germen de la CECA y de la actual UE. Muy idealista todo, efectivamente.

Pero nada demuestra mejor el absurdo de la UE que su Política Agraria común y su postura frente al estado del bienestar. La Política Agraria Común, que ha llegado a representar hasta el 70% del presupuesto de la CEE (en los años 70), nació con el objetivo de evitar que las grandes masas rurales desocupadas se pasaran de nuevo al fascismo o al comunismo tras la Segunda Guerra Mundial. Subvencionar una industria en declive no era más que una manera de asegurarse el voto de esas masas. La inercia y la rutina han hecho que la Política Agraria Común continúe destinando hoy en día millones de euros anuales a una industria prácticamente inexistente. El resultado no es solo el despilfarro masivo de recursos, sino esa peculiar forma de corrupción rural que consiste en cultivar determinados cereales, verduras o frutas que jamás van a ser comercializadas solo para poder cobrar la subvención de la UE.

Y no solo eso: la letanía que defiende la calidad intrínseca de los productos tradicionales de la industria alimentaria europea (el vino español, el queso francés, el aceite de oliva italiano) no es más que un mito que pretende compensar la decadencia agrícola de la UE otorgándole a sus productos los marchamos de “patrimonio cultural” y “denominación de origen”. Es la excepción cultural francesa aplicada a las patatas. Así que dejemos de engañarnos a nosotros mismos: los vinos californianos no tienen ya nada que envidiarle hoy en día a los caldos franceses y españoles.

El estado del bienestar europeo es el segundo gran mito de la Europa unida. Dice ese mito que un estado del bienestar fuerte produce estados sanos, económicamente prósperos y socialmente cohesionados. La realidad es más bien la contraria. Un estado del bienestar fuerte solo es posible en estados sanos, económicamente prósperos y socialmente cohesionados. El estado del bienestar, en definitiva, no es la causa sino el efecto. En una Europa en quiebra y con una tasa de natalidad paupérrima, el estado del bienestar es inviable. La única duda es a quién cargarán los eurócratas con el muerto de su muerte (valga la redundancia), si a los que pagan o a los que reciben. La respuesta se desarrolla cada día frente a nuestros ojos. La UE exprimirá a la clase media hasta que esta expire su último aliento. Al día siguiente, cuando ya solo queden en pie las aristocracias burocráticas europeas y una inmensa clase baja, liquidarán el estado del bienestar frente a nuestros ojos mientras el eje del planeta se traslada desde el Atlántico al Pacífico. Europa será periferia en menos de 20 años.

Beppe Grillo

Pero en algo no miente la UE: la alternativa a su costosa ineficacia es el infierno. Lo demuestra el éxito en las elecciones italianas de ese populista demagogo llamado Beppe Grillo. Beppe Grillo, saludado por algunos como un necesario toque de atención al sistema, parece a primera vista un loco inofensivo con el suficiente descaro como para cantarle las verdades del barquero a ese hombre de paja llamado “los poderosos y los ricos”. En realidad, Beppe Grillo cree cosas como las siguientes:

1. Cree que las estelas de los aviones esparcen sustancias químicas que hacen que la gente se vuelva loca.

2. Cree en las sangrías como método curativo y rechaza las vacunas por peligrosas.

3. Cree que la Banca Islámica de Desarrollo regala dinero a los prestatarios que se lo merecen.

4. Cree que los judíos son una pequeña minoría árabe que robó Tierra Santa a los demás hace 2500 años.

5. Cree que los judíos controlan el mundo a través de los Illuminati, las logias masónicas, los Rockefeller y los Rothschild.

6. Cree que los judíos son los responsables de la crisis económica en Italia y en el mundo porque son los dueños de los bancos usureros.

7. Cree que los mulás de Irán representan la antigua civilización persa, la cultura más avanzada del mundo.

8. Cree que la quimioterapia del cáncer es una conspiración de Big Pharma para matar a los pacientes.

9. Cree que los organismos modificados genéticamente (OMG) y las nanopartículas nos matarán.

10. Cree que el SIDA es “la mayor mentira del siglo” y el HIV una quimera.

11. Cree que los judíos deben ser “procesados” en masa.

12. Cree que puede salvar Italia nacionalizando los bancos y cortando el comercio con la UE.

Efectivamente: Beppe Grillo es un loco. Pero falta la segunda parte de la ecuación: también es antisemita. Un loco antisemita que cree en conspiraciones judeomasónicas. Un loco antisemita que no se limita a defender la salida de Italia de la UE, sino que cree en la viabilidad de una Italia autárquica a imagen y semejanza de la España del franquismo.

Así pues, ¿qué esperanza nos queda? Dios es mentira. Para escapar de esa mentira hemos inventado los redentorismos, una especie de fe 2.0 basada a su vez en más mentiras. Beppe Grillo no es más que una excrecencia particularmente representativa de esos redentorismos contemporáneos. Y para escapar de las mentiras de los redentorismos y de los Beppe Grillo que florecen por todo el mundo para solaz de los revolucionarios de pitiminí, hemos inventado una nueva mentira cuya función es proporcionarnos una falsa sensación de seguridad mientras el barco se hunde poco a poco: la UE.

Quizá ya va siendo hora de dejarse de experimentos absurdos y de darle una oportunidad a la razón científica. A la verdad, en definitiva.

Cristian Campos: El virus se extiende


Mariano Rajoy

Mariano Rajoy Brey sigue sin dimitir. Se conoce que se le pasó la portada de ayer de El País. Pero ya verán cuando levante la vista de las páginas de ciclismo del Marca y lea que las informaciones de El País le implican de forma directa en el que sería, de confirmarse su veracidad, uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española. ¡A lo mejor hasta toma medidas! Las del sofá de su despacho, obviamente. Ese en el que se echará una siesta de las de orinal y manta hasta que el zurriburri escampe por sí solo.

Estamos hablando de un hombre que ha logrado llegar a presidente del Gobierno sin que se le conozca talento ni mérito ni acierto ni brillo alguno. De un hombre cuyo único rasgo distintivo consiste en su habilidad innata para mimetizarse con el yeso de la pared mientras el país se ulcera de pura desesperanza a su alrededor. De un hombre que está a punto de convertir a Zapatero en Churchill. De un hombre que el 21 de noviembre de 2011, un día después de ganar por mayoría absoluta unas elecciones generales cuyo resultado estaba cantado desde hacía al menos un año, no tenía pensados ni discutidos ni negociados los nombres de sus futuros ministros. De un hombre que el diez de junio de 2012, inmediatamente después de comparecer en la Moncloa para anunciar un rescate de 100.000 millones para la banca de su país, se fue a Gdansk, en Polonia, para meterse entre pecho y espalda un España-Italia al grito de “si voy porque voy y si no voy porque no voy”. De un hombre al que todo le pilla por sorpresa: la virulencia de la crisis, la herencia recibida, la nacionalización de Repsol YPF, la dimisión de Esperanza Aguirre, la contabilidad de su partido…

¡Quién la pillara, tamaña inocencia! Ir por la vida descubriéndola a cada paso, como si fuera la primera vez, mientras deshojas la margarita a tus 57 años mozos pensando en lo que quieres ser de mayor. Mariano Rajoy Brey, de mayor, quiere ser presidente del Gobierno. No lo duden. El día que se entere de que ya lo es igual se le cae el puro de la boca de la emoción. ¡Hoshtia!

Y digo que, de confirmarse, este sería uno de los mayores escándalos de corrupción financiera de la historia de la democracia española no ya por las cantidades de las que se habla en El País, a fin de cuentas unos relativamente modestos siete millones y medio de euros, sino por el hecho de que dichas informaciones no implicarían a un subalterno turiferario a cargo de la subsecretaría remota número 527, sino a prácticamente toda la cúpula actual del PP. Pero sobre todo porque, a diferencia de otros famosos escándalos de corrupción en los que los corruptos se han trajinado cantidades mucho mayores pero puntuales (90 millones de euros en el caso PSV, 180 en el caso KIO, 500 en el caso Malaya), las informaciones publicadas ayer por el diario El País parecen revelar la existencia de un entramado financiero diseñado para el enriquecimiento ilícito y sostenido en el tiempo de sus beneficiarios. Es decir que no estaríamos hablando de un caso de corrupción oportunista sino de uno de corrupción sistémica. De la corrupción como opción por defecto del sistema político español. Una corrupción tan interiorizada, tan cotidiana, tan ordinaria que ni siquiera sus agraciados son conscientes al 100% de que lo suyo es intolerable. Aún saldrá algún iluminado diciendo que es que no cobran lo suficiente. Como si pagarles 2000 o 3000 euros más al mes fuera a convertir a los políticos españoles en Metternich. Como si hubiera sueldo alguno capaz de competir con la mordida del empresario inmobiliario de turno

Como explicaba ayer Lucía Méndez en El Mundo, los altos cargos del PP se pitorreaban hace apenas unos días de esas primeras informaciones en las que su diario hablaba de posibles sobresueldos:

Cuando El Mundo reveló los sobresueldos se lo tomaron un poco a broma. Implícitamente lo reconocieron, como si fuera una travesura. Que ‘si no me consta’, que si ‘no digo nada porque no me afecta’, que si ‘yo me ocupo de lo importante’. Al presidente del Gobierno le importunaban las preguntas sobre estas cuestiones. Un escándalo menor. Con una auditoría de la Señorita Pepis vamos que chutamos”.

Hace apenas una semana decía el PP que la práctica de los sobresueldos se cortó de raíz en 2008, cuando la secretaria general del partido, María Dolores de Cospedal, llegó al cargo. Ahora dice que esos sobresueldos no han existido jamás. Aún les veremos cambiar de versión una o dos veces más. Parece legítimo sospechar que lo que ocurre en realidad es que en el PP no acertaron a calcular bien las consecuencias de las informaciones publicadas en un primer momento por el diario El Mundo.

A falta de la del presidente del Gobierno, los españoles nos hemos tenido que conformar con la comparecencia de, precisamente, María Dolores de Cospedal. Es decir, con la de una subordinada. Toda una señal de cómo entiende el señor Rajoy Brey eso del liderazgo y las responsabilidades asociadas al cargo. ¡Quién lo tuviera como jefe! La Cospedal, a la que desde ya le recomendamos un curso acelerado de gestión de crisis para aprender a sobrellevar estos papelones, ha dicho cosas tan interesantes como “él sabrá” (en referencia a Pío García Escudero, que ha confirmado la veracidad de las informaciones de El País por lo que a él respecta) y “tratan de perjudicar al PP”. La primera frase está a la altura del “sí, hombre” de Rajoy de hace apenas unos días. A nuestro presidente solo le faltó hacer caracolillos con el chicle mientras la pronunciaba. La segunda frase de Cospedal es irrelevante. Dudo que a los españoles les importen un soberano pimiento las intenciones de los periodistas de El País o las de aquellos que han filtrado la contabilidad de Luis Bárcenas. Por amor no lo han hecho, eso está claro. Es probable que a los españoles les importe más saber si lo publicado por El País y El Mundo es o no es cierto.

Dice Ignacio Escolar en un artículo publicado ayer en eldiario.es que “las consecuencias en un país con algo más de cultura democrática que el nuestro serían sencillas de predecir: la apertura inmediata de una investigación judicial, la dimisión en bloque del Gobierno y de todos los dirigentes y diputados que cobraron estas comisiones, la convocatoria inmediata de unas nuevas elecciones generales y la refundación de la derecha española en un nuevo partido donde sean los propios militantes de base quienes corran a gorrazos a todos aquellos implicados en un pasado así”.

La conclusión de Escolar sería la correcta en un país en el que el principal partido de la oposición fuera la piedra de toque de la honradez política. En un país en el que hubiera una alternativa decente a la fermentación acelerada del PP. Pero estamos hablando del PSOE. Del mismo PSOE que gobierna en Andalucía y que acaba de pedirle al gobierno un PER “extraordinario” y un número menor de peonadas. ¡El parásito al bollo y el contribuyente al hoyo! Del mismo PSOE que le financia truños articulados a la aficionada de turno o que la coloca de directora del Instituto Cervantes de Estocolmo sin que el principal responsable político del engendro, Jesús Caldera, se digne dimitir. De un PSOE cuyas esperanzas de futuro descansan en esos enormes talentos naturales llamados Patxi López, Carmen Chacón y Eduardo Madina. Como para pillarse un billete solo de ida a la Patagonia.

La conclusión sería asimismo correcta si ese mantra que dice que “no todos los políticos son iguales” fuera cierto. Aunque de hecho lo es. Porque hay políticos españoles que no son exactamente iguales al resto: como en Rebelión en la granja de George Orwell, algunos son más iguales que otros. Como Xavier Crespo, por ejemplo. El exalcalde de Lloret de Mar (Gerona) está siendo investigado por el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña después de que el juez apreciara indicios de prevaricación y cohecho en relación con la trama de la mafia rusa que blanqueó 56 millones de euros en dicha localidad. Imaginen cómo estará el patio en este país para que Andrei Petrov, el capo de dicha mafia, haya declarado “estar harto de los corruptos de este país”. Cuando la corrupción en tu país empieza a resultarle cansina hasta a los mafiosos rusos es que va siendo hora de meterse debajo de una piedra.

Desengáñense. El único político en España que no es igual que los otros es aquel capaz de presentarse en la comisaría de la Policía Nacional más cercana para denunciar, con pruebas, la corrupción de sus compañeros de partido. Aún le estamos esperando. Podrán comprobar lo diferentes que son algunos políticos españoles cuando mañana, tras la reunión extraordinaria del Comité Ejecutivo Nacional del partido convocada por Rajoy, comparezcan los capitostes del PP frente a los medios para cerrar filas alrededor del presidente y amenazar con querellas a los periodistas que osen investigar el tema de los sobresueldos.

El ambiente en este país, ya de por sí tradicionalmente pestilente, se ha embrutecido tanto en los últimos tiempos que la casta dominante, acorralada por las antorchas, ha decidido arremeter contra sus propios ciudadanos al grito de “los políticos españoles son corruptos porque los españoles son corruptos”. Y luego vomitan el ejemplo del fontanero y sus facturas sin IVA mientras se hurgan los colmillos con el palillo en busca de los restos putrefactos del solomillo que se acaban de meter en el cuerpo. El mensaje sería algo así como “a fin de cuentas todos somos iguales”. Pues miren, señores: no, no somos iguales. Empezando por el hecho de que no es lo mismo una factura de 50 euros que una contabilidad B por valor de 7.5 millones, continuando por el hecho de que el fontanero está intentando conservar SU dinero en el bolsillo y no meter la mano en el bolsillo de LOS DEMÁS, y acabando por el hecho, evidente hasta para un niño de teta, de que no tiene la misma responsabilidad el presidente del Gobierno o el alcalde de una localidad de 100.000 habitantes que un ciudadano anónimo que se dedica a hacer chapuzas a domicilio por 50 euros. En este país, la corrupción cotidiana, la de las facturas sin IVA, se ha convertido en simple autodefensa contra una casta dominante que tiene los santos cojones de anunciar una rebaja en la cotización de los nuevos autónomos como si esta fuera la gran medida contra la crisis. Una rebaja por la que, durante seis meses, los jóvenes emprendedores “solo” pagarán 50 euros por disfrutar de su derecho constitucional a trabajar en vez de los 300 habituales. Habrá que darles las gracias por tan magnánima rebaja en el diezmo medieval que pagan los autónomos por su derecho a arruinarse en este país de pandereta.

Así que la solución no es ya, como dice Escolar, la convocatoria de elecciones generales. Esa fase de la enfermedad se superó en España hace mucho tiempo. Convocar elecciones generales en España sería como darle un poleo menta a un tipo al que le ha arrancado una pierna un tiburón. La degradación de lo público en España ha alcanzando tamaño nivel de putrefacción que es el sistema entero el que está en duda. No es el partido en el poder, sino la monarquía, la judicatura, la policía, el ejército, el parlamento, el senado, los ayuntamientos, las comunidades, los sindicatos, las fundaciones, las diputaciones, las empresas públicas, las cajas de ahorros, el Banco de España, los partidos… No hay institución pública española que no esté metida hasta el cuello en el pozo de la corrupción, el tejemaneje, la incompetencia y el nepotismo. No hay gran empresa privada que no esté metida en el ajo. La separación de poderes en este país es una filfa.

Hace apenas una semana se conocía que la nueva Ley de Cajas de Ahorros permitirá que los imputados por algún tipo de delito doloso o los sancionados por comisión de infracciones administrativas puedan convertirse en directivos de cajas de ahorros si así lo decide el Banco de España. Y es que no hay nada como el perdón. Especialmente si la ley, como es el caso, descarta también establecer límite alguno al salario de dichos directivos. Que no se diga que nuestra clase política es vengativa. Que no se diga que no es previsora.

Poner orden en el sector público español es el equivalente de pastorear un rebaño de gatos. Una tarea agotadora pero, sobre todo, inútil. Porque en España no ha fracasado un partido, un gobierno o un rey: ha fracasado un sistema. El de la Constitución de 1978. Una Constitución cuyo pecado original, el de su tutela a bocaperro por parte de las élites financieras y militares del franquismo, ha acabado desembocando en un país ingobernable. En un país capaz de provocarle náuseas a la mismísima mafia rusa.

Si los chavales del 15M tuvieran dos dedos de frente se dejarían de partidos X, de juergas callejeras y de vídeos infantiloides y se pondrían al frente de las tres únicas reivindicaciones que, hoy en día, pueden unir a todos los españoles sea cual sea su ideología: insumisión fiscal, el inmediato ingreso en prisión de la casta extractiva actual y la convocatoria de elecciones generales para la formación de unas Cortes Constituyentes sin pasado reseñable encargadas de la redacción de una nueva Constitución. Una Constitución racionalista, laica y humanista que haga entrar este país en el siglo XXI de una puta vez. Una Constitución cuya redacción sea tutelada, si es necesario, por juristas constitucionalistas de los EE. UU. y la Unión Europea. Si no sabemos hacerlo mejor, pidamos ayuda a aquellos que sí saben.

Y si se le ha de cambiar el nombre al país, se le cambia. Que nada nos recuerde que alguna vez existió un virus llamado España.

Cristian Campos: La noche más oscura


Zero Dark Thirty (1)

Sádico fetiche derechista, sí, ¿y qué?

Celebración de la tortura”. “Justificación de la tortura”. “Apología de la tortura”. “Fetichista”. “Sádica”. “Derechista”.

Y la guinda: “Fascista”.

Estos son solo algunos de los calificativos que periodistas, políticos e intelectuales han dedicado a La noche más oscura, la película en la que la directora Kathryn Bigelow narra con vocación documentalista y obsesión neurótica por el detalle la caza y ejecución de Osama Bin Laden por parte de la CIA y los cuerpos de operaciones especiales del ejército de los EE UU. Diez años de investigaciones tortuosas, derrotas parciales, callejones sin salida, errores absurdos y victoria final de los servicios secretos estadounidenses que Bigelow ha condensado en dos horas y media de cine con mayúsculas. Cine del que se incrusta en las tripas del espectador desde el primer minuto de la película y no lo suelta hasta mucho después de que se hayan encendido las luces de la sala. Porque La noche más oscura es una película-universo que esconde en su interior no ya una reflexión puntual sobre un hecho histórico determinado, sino una cosmovisión entera. Puro cine panóptico capaz de explicar por sí solo un imperio, el estadounidense, y el cénit de su era. De su Zeitgeist, si lo prefieren. Como en su momento lo hicieron El Padrino, Pozos de ambición o Centauros del desierto. Son afirmaciones arriesgadas, es cierto. Pero la referencia a tres de las mejores películas de la historia del cine no es gratuita. Así de redonda es La noche más oscura. Cuando dentro de 200 o 300 años se explique cómo eran y cómo pensaban los EE. UU., cuáles fueron las razones de sus éxitos y de sus fracasos, cómo surgió y se consolidó y triunfó y se derrumbó la primera hiperpotencia de la historia de la humanidad, esta será una de las películas que se utilice como material de estudio. Porque Maya, la agente de la CIA interpretada por Jessica Chastain, es EE. UU.

La noche más oscura se abre con una pantalla en negro. Durante un minuto solo se escuchan las voces entrecortadas y agónicas de algunas de las víctimas de los atentados del 11-S mientras imploran ayuda por teléfono a los servicios de emergencia neoyorquinos. Entre ellas la de una mujer en el preciso instante en el que adquiere conciencia de que va a morir abrasada y de que la persona que está al otro lado de la línea no va a poder ayudarla. El efecto en el espectador es angustioso y devastador, muy superior al que habría provocado Bigelow si se hubiera limitado a insertar imágenes de los aviones estrellándose contra las Torres Gemelas. Cuando la voz de la mujer se apaga, la pantalla se ilumina y el espectador se encuentra, dos años después del atentado, en el interior de la sala de interrogatorios de una de las cárceles secretas de la CIA. Un terrorista va a ser torturado en ella.

La elipsis no es inocente. Como la famosa escena de 2001. Una odisea del espacio en la que un hueso lanzado al aire se convierte en una nave espacial en órbita, la transición desde la pantalla en negro a la sala de tortura resume buena parte del mensaje de la película. La lectura de esa elipsis no puede ser más obvia. Bigelow está diciéndole al espectador que el recurso a métodos de interrogatorio excepcionales, entre ellos la tortura, fue consecuencia de los atentados del 11-S. Está diciendo que esos métodos excepcionales encuentran su justificación en el salvajismo excepcional demostrado por los terroristas.

Zero Dark Thirty (4)

¿Tienen razón los que, como Naomi Wolf en esta carta abierta a Bigelow publicada en el diario británico The Guardian, acusan a la directora de La noche más oscura de justificar la tortura? Dice Naomi Wolf en su carta que “la película convierte en héroes y heroínas a personas que cometieron crímenes violentos contra otras personas basándose únicamente en su raza”. Es una acusación simplista. Pero vayamos por partes.

Es obvio que la película convierte en héroes a los agentes de la CIA y a los soldados de las fuerzas especiales. Pero no por torturadores, sino por haber cazado a Osama Bin Laden tras una búsqueda de casi 15 años no exenta de frustrante politiqueo. De hecho, fue el demócrata Barack Obama el que reactivó y convirtió la búsqueda de Bin Laden en una prioridad en 2009, cuando la investigación agonizaba y muchos en la CIA habían perdido ya la esperanza de encontrarlo. Incluso se especulaba por aquel entonces con la posible muerte del líder de Al Qaeda por razones naturales. Como explica el periodista estadounidense Tim Weiner en su libro Legado de cenizas. Historia de la CIA, entre 1998 (fecha de los atentados terroristas contra las embajadas estadounidenses de Nairobi y Dar es Salaam) y 2001 (fecha de los atentados contra las Torres Gemelas), los EE. UU. conocieron casi a diario la localización de Bin Laden, a veces con un margen de 80 kilómetros y a veces con un margen de poco más de una decena de metros. Al menos 15 soldados de las fuerzas especiales fueron asesinados, algunos de ellos traicionados por la ISI (Inter-Services Intelligence), el mayor de los tres servicios secretos y de inteligencia paquistanís, o heridos durante las misiones de entrenamiento que se llevaron a cabo para preparar el asalto al refugio de Bin Laden. Durante esos tres años, el ataque contra Bin Laden fue frenado repetidas veces por comandantes del Pentágono o por la misma administración Clinton desde la Casa Blanca por razones de oportunidad política.

Bigelow, por otro lado, no muestra en La noche más oscura a ningún detenido siendo torturado por su raza. Los torturados en la película lo son por delitos concretos: financiación de atentados terroristas, ejecución de esos mismos atentados, cooperación necesaria o tareas logísticas de todo tipo. En la vida real las cosas ya fueron otro cantar. Como bien explica Naomi Wolf, la CIA cometió errores colosales durante la investigación. Por ejemplo, la detención y tortura del alemán Khaled el-Masri, un inocente al que la agencia confundió con Khaled al-Masri, este sí terrorista. Algo que, es cierto, ni siquiera se menciona en La noche más oscura. Wolf acaba comparando a Bigelow con Leni Riefenstahl, la propagandista del nazismo cuyo nombre sale a colación cada vez que una película plantea uno de esos dilemas morales que lo políticamente correcto preferiría esquivar. Y remata su carta con una amenaza gitana en toda regla: “Como Leni Riefenstahl, eres una gran artista, pero serás recordada como la lacaya de la tortura”.

Lo que más ha parecido molestar en determinados círculos no es ya la sospecha de que Bigelow ha justificado la tortura, algo que la directora y su guionista, Mark Boal, han negado en varias entrevistas, sino el hecho de que esta se muestre en pantalla con una sobriedad casi periodística. De que Bigelow no meta la cuña de indignación moral que muchos espectadores se han acostumbrado a encontrar en buena parte del cine contemporáneo. Una leve queja a sus superiores, un romance con el terrorista torturado. Cuando Maya gira la cabeza al principio del filme lo hace más por convencionalismo social que por auténtica indignación moral. Al cabo de apenas unos segundos, es ella misma la que solicita continuar con el interrogatorio y la que entra a cara descubierta en la sala de tortura rechazando el pasamontañas que se le ofrece. Maya no ha tardado ni un minuto en despojarse de su humanidad. Como quien se quita aliviado el chubasquero moral cuando dejan de llover chuzos de punta socialdemócratas. Maya solo gira la cara dos veces más a lo largo de la película: cuando desnudan a un detenido (un reflejo absurdo en el contexto de un interrogatorio) y cuando este se caga encima (por el olor). Así que lo que molesta a Wolf no es que La noche más oscura esté ideologizada, sino que no lo esté. La mirada de Bigelow sobre la tortura es antropológica. Deshumanizada, si lo prefieren. Maya no siente por los terroristas a los que da caza nada ni por asomo parecido a la compasión o al odio… hasta que un atentado talibán le afecta de forma personal y añade a su obsesión profesional por Bin Laden el deseo personal de venganza. Es fácil deducir que en la vida real ningún agente de la CIA acaba siendo enviado a una cárcel secreta en Afganistán si no soporta la visión de un detenido desnudo o torturado. Mostrar a una agente de la CIA con obvios reparos morales frente a las técnicas de interrogatorio aplicadas a los detenidos sería quizá tranquilizador para el espectador pero irreal desde el punto de vista narrativo. Así que el que busque posicionamientos morales explícitos no los va a encontrar. Sí los encontrará implícitos. Porque Bigelow no describe la tortura en La noche más oscura como algo sórdido o vengativo o innecesariamente cruel, sino como un instrumento. Y eso implica un posicionamiento moral muy determinado.

Por ejemplo:

Maya le dice a uno de los terroristas detenidos, después de que este le pida socorro, “puedes ayudarte a ti mismo diciendo la verdad”.

Maya amenaza a un segundo prisionero: “Esta es una prisión especial, de ti depende el trato que recibas”.

Zero Dark Thirty (5)

Lo cierto es que ningún personaje es torturado de forma gratuita en La noche más oscura. En todo momento Bigelow deja claro que la tortura es un castigo que se aplica por resistirse a cooperar con los interrogadores. Aquellos detenidos que responden de forma sincera a las preguntas de sus captores no son torturados. A lo largo de la película se muestran diferentes técnicas de espionaje y de interrogatorio, desde la tortura física a la psicológica y desde el chantaje (de Maya a uno de sus superiores) a las escuchas telefónicas, el espionaje vía satélite, los seguimientos o los sobornos. Ninguno de los personajes afirma en ningún momento que la tortura haya sido más efectiva o decisiva que el resto de métodos utilizados para llegar hasta Bin Laden. Del mismo modo que ninguno de los personajes afirma nunca lo contrario. Otra cosa es lo que se desprende de ese silencio. La escena más polémica, la única que parece apoyar de forma sutil la tesis de que la tortura funciona, es aquella en la que uno de los terroristas detenidos, un simple contable sin delitos de sangre, le dice a Maya, “le responderé a todo lo que me pregunte, no quiero que vuelvan a torturarme”.

Pero a Bigelow se la acusa no solo de justificar la tortura, sino de regodearse en ella. De fetichizarla. Aquí entramos ya en el peliagudo terreno de la superioridad moral de la izquierda y su afición a manosear la conciencia del prójimo. Quizá convenga desviarse un momento de La noche más oscura para saber de qué hablamos cuando hablamos de dilemas morales.

En el mismo día que escribo este texto se publica en La Vanguardia una entrevista con Joan Tubau, director general de la ONG Médicos sin fronteras. En un despiece de la entrevista se menciona lo que el periodista bautiza como “dilemas de la acción humanitaria”. Esos dilemas consisten en el hecho poco conocido de que los cooperantes de las ONG occidentales suelen pagar a escoltas armados y mercenarios, a los señores de la guerra o a los funcionarios de regímenes corruptos y/o dictatoriales para poder desarrollar con tranquilidad su tarea en áreas de combate o zonas calientes. Esas mismas ONG también suelen callar sobre las atrocidades y los crímenes de guerra de esos mismos regímenes corruptos a cambio del derecho a moverse libremente por los países que estos controlan. He ahí un evidente dilema moral que la izquierda parece haber resuelto a la perfección. También parece haber resuelto a la perfección la izquierda el dilema moral que implica el hecho de que los rescates que se pagan de forma oscurantista a terroristas y secuestradores por la liberación de cooperantes con muy buenas intenciones pero muy escaso cerebro sirvan para pagar las armas y los explosivos con los que esos mismos terroristas y secuestradores reventarán en el futuro trenes, autobuses, mercados u hoteles de Londres, Bombay, Madrid o Islamabad. El reparto de cajas de preservativos o la liberación de una inconsciente que se ha metido por voluntad propia en la boca del lobo justifica el riesgo de que mueran centenares de personas en un atentado terrorista. Bien, ese es un posicionamiento moral muy claro, ¿no es cierto?

Otro ejemplo. No encuentra la izquierda dilema moral alguno en el hecho de que Médicos sin fronteras rechace el dinero que le es donado por los EE UU, un país que dicha ONG considera “un actor beligerante en la guerra contra el terrorismo”. Resulta difícil discernir por qué el hecho de financiar a terroristas o callar sobre determinadas atrocidades a cambio del derecho a repartir unos cuantos sacos de arroz en un par de pueblos somalíes implica un dilema moral menor que el de cómo presionar a un terrorista que conoce dónde, cuándo y cómo se producirá el próximo atentando en el que morirán centenares de inocentes. Porque para la izquierda lo moralmente inaceptable no es ya torturar a ese terrorista, sino el simple hecho de considerarlo un dilema moral o de mostrarlo en una película sin tomar partido de forma explícita. El mismo Tubau afirma en la entrevista de La Vanguardia que “la ayuda humanitaria cuando se lleva a la práctica es algo mucho más complejo y turbio (…) los principios son fundamentales pero los vemos continuamente desafiados por la realidad que se vive sobre el terreno”. Resulta paradójico que aquellos capaces de ver lo “turbio” y lo “complejo” de sus compromisos morales cuando se pretende construir un pozo o repartir cereales en Mali o Níger sean incapaces de percibir lo “turbio” y lo “complejo” de los compromisos morales a los que han de llegar aquellas personas que pretenden evitar un atentado.

Zero Dark Thirty (12)

En este sentido, es muy representativa de la opinión de la izquierda la crítica del redactor del New Yorker Richard Brody. Dice Brody que “si caes bajo el influjo del filme te conviertes en cómplice de una infernal cadena de sugerencias y asociaciones”. Observen con atención: el pecado no es ya el de torturar a los detenidos, sino el de “caer bajo el influjo del filme”. Brody realiza aquí un triple salto mortal que le lleva, sin detenerse en estaciones intermedias, desde los agentes de la CIA que torturaron a detenidos en Afganistán hasta los espectadores que han pagado una entrada de cine en Madrid o Barcelona y a los que les ha gustado la película. Para Brody, todos somos culpables. Los primeros por torturar y los segundos por “caer bajo el influjo” del filme. Claro que si hemos de zambullirnos de cabeza en el totalitarismo del pensamiento único, qué mejor inquisidora que esta angelical fábrica de certezas morales que es la izquierda. Una izquierda a la que la ejecución de Bin Laden ofende en lo más íntimo de su ser pero a la que no se le ha oído piar ni el más miserable tuit sobre el hecho de que el terrorista más buscado del planeta, alguien que sabía que iba a morir más tarde o más pronto exactamente como murió, a manos de las fuerzas especiales de los EE. UU. o en un bombardeo selectivo, viviera en una casa junto a su familia y algunos amigos: tres hombres, sus respectivas mujeres y más de una docena de niños. Al menos los Navy Seal y los agentes de la CIA que cazaron a Bin Laden no viajaron a Pakistán y Afganistán acompañados de sus hijos y sus mujeres. Si eso no los sitúa en un plano moral superior al de Bin Laden y al de aquellos sofistas (de “sofá”) que se escandalizan por su ejecución, no sé qué es lo que lo va a hacer.

Dicho lo cual, es cierto que La noche más oscura presenta una visión chocantemente limpia y casi naif de la tortura. Las torturas de Bigelow son brutales pero justas en el contexto del filme, jamás gratuitas y siempre pautadas en base a una serie de reglas firmes, un quid pro quo que se le plantea al detenido de forma recta y concisa antes de empezar su interrogatorio. La película plantea tres dilemas morales que cualquier persona honesta intelectualmente debería responderse a sí misma por separado aunque la izquierda pretenda hacer trampa agrupándolos en una sola pregunta. Esos tres dilemas son la legitimidad, la necesidad y la eficacia. ¿Dice Bigelow que la tortura es legítima? No. ¿Dice Bigelow que la tortura es necesaria? Sí en circunstancias excepcionales como la de un atentado inminente. ¿Dice Bigelow que la tortura funciona? Sí. Pero no la pillarán con el arma humeante en la mano.

Si les interesa el tema más allá de la versión dramatizada de los hechos que presenta La noche más oscura pueden leer (en inglés) el artículo que el veterano agente de la CIA José A. Rodríguez, autor del libro Hard Measures: How Aggressive CIA Actions After 9/11 Saved American Lives, publicó hace apenas unos días en el Washington Post.

Sostiene José A. Rodríguez en su artículo que la película tergiversa algunos de los detalles sobre la investigación que condujo a la eliminación de Bin Laden. “Yo dejé la agencia en 2007 convencido de que el programa funcionó y de que eso no era tortura”, dice. Según este exagente de la CIA, la realidad fue mucho menos truculenta de lo que puede verse en la pantalla. Durante el “programa de interrogatorios mejorados” nadie fue golpeado ni herido. Todos los interrogatorios fueron monitorizados en tiempo real. A la mayoría de los detenidos ni siquiera se les aplicaron las llamadas técnicas de “interrogatorios mejorados”. Estas solo se aplicaron en casos excepcionales y durante unos pocos días, por regla general inmediatamente después de la detención del terrorista. Según Rodríguez, el collar de perro que aparece en la película jamás fue visto en una cárcel secreta de la CIA, sino en la de Abu Ghraib en Iraq, que estaba controlada por el ejército. La técnica de ahogamiento simulado o waterboarding se aplicó entre otros a tres terroristas confesos, Abu Zubaida, Khalid Sheik Mohammed y Abd al-Rahim al-Nashiri, y nunca tal y como se ve en la película, sino con el detenido recostado en una camilla y utilizando botellines de agua, no cubos. Según Rodríguez, miles de soldados del ejército de los EE. UU. pasan por los ahogamientos simulados como parte de su entrenamiento militar sin sufrir ningún tipo de trauma físico o psicológico posterior. No es lo que decía Christopher Hitchens, que aceptó someterse a un ahogamiento simulado para la revista Vanity Fair. Pueden ver el vídeo aquí. Su veredicto está claro: de simulado, nada. Tortura pura y dura.

Zero Dark Thirty (19)

Según Rodríguez, los ahogamientos de la CIA acabaron en 2003 y no en 2009 tras una orden de Obama, como mucha gente piensa. Además, el procedimiento de interrogatorio que puede verse en La noche más oscura (pregunta-negativa-tortura-pregunta-negativa-tortura) no es realista. Si los detenidos se negaban a contestar se les aplicaban técnicas como la privación de sueño o, en casos extremos, el ahogamiento simulado, siempre con la autorización de Washington. En cuanto el detenido se prestaba a colaborar, esas técnicas dejaban de aplicarse de inmediato. Rodríguez sostiene también que es falsa tanto la afirmación de que las técnicas de ahogamiento simulado no produjeron ningún resultado de inteligencia útil (uno de los principales argumentos de este artículo de Jane Mayer en el New Yorker o de este de Alex Gibney en el Huffington Post) como el de que fueron uno de los elementos esenciales de la investigación. La primera información fiable sobre el mensajero de Bin Laden llegó en 2004 a través de un detenido que no fue sometido a ahogamiento simulado. El nombre de Abu Ahmed al-Kuwaiti ya había aparecido antes, pero la CIA desconocía el papel central que este jugaba en la organización. Dicho papel central se confirmó cuando Khalid Sheik Mohammed, que sí había pasado por ahogamientos simulados, negó de forma rotunda conocer al mensajero, pero de una forma tan artificial que acabó por convencer a todo el mundo de que al-Kuwaiti era la clave para localizar a Bin Laden. Tras ese interrogatorio se interceptaron varios mensajes de Mohammed a otros detenidos instándoles a no decir nada sobre Abu Ahmed al-Kuwaiti. Rodríguez señala también varios errores infantiles que jamás cometería un agente de la CIA y que aparecen sin embargo en La noche más oscura, como llevar un pin de la agencia en la solapa del traje, hablar de operaciones en marcha en restaurantes abarrotados o el hecho de que un agente junior amenace a un superior con chantajearle si no accede a sus requerimientos.

Rodríguez, también habla de los aciertos de la película. En su opinión, la cooperación entre la CIA y las fuerzas especiales del ejército es fiel a la realidad, así como las técnicas de espionaje e investigación que pueden verse en pantalla. Entre ellas, informaciones de inteligencia a cargo de colaboradores de todo tipo, análisis por parte de expertos y escudriñamiento de imágenes captadas vía satélite o por medio de aviones espía. Rodríguez afirma además sin que nadie se lo pregunte que la labor principal en el centro contraterrorista de la CIA corrió a cargo de mujeres (no así la labor de campo). Y finaliza afirmando que el papel de Maya está exagerado y que la investigación no corrió a cargo de un pequeño núcleo de agentes, como parece deducirse de la película, sino de centenares. Entre ellos la agente Jennifer Matthews, que tuvo un papel esencial en la detención en 2002 de Abu Zubaida, uno de los expertos en logística de Al Qaeda, y que murió en un atentado suicida en 2009 en la base afgana de Khost. El papel de Jennifer Matthews es interpretado en la pantalla por Jennifer Ehle.

Pero el eje de La noche más oscura es el personaje de Maya. Aunque Bigelow ha mareado la perdiz declarando que la agente interpretada por Jessica Chastain es en realidad una amalgama de varios agentes de la CIA que tuvieron un papel relevante en la caza de Bin Laden, parece claro que Maya existe, que sigue trabajando en la CIA bajo una identidad secreta, que apenas tiene 30 años… y que no es especialmente sociable. “No es Mrs. Simpatía, pero la simpatía no va a encontrar a Bin Laden”, dice uno de los agentes citados por el Washington Post en el artículo enlazado. Si lo que se dice en el texto es cierto, Maya escribió un email a otros agentes de la CIA diciéndoles que no se merecían compartir el mérito de la operación con ella. Y eso tras recibir un premio por su trabajo. Quizá por ello la CIA pasó de largo por delante de su mesa cuando llegó el momento de promocionar a sus mejores agentes. Pero hasta sus detractores sostienen que su trabajo fue clave para encontrar a Bin Laden. La Maya real parece destinada a convertirse en un mito similar al de William Mark Felt, más conocida como Garganta Profunda, el famoso informador del periodista Bob Woodward en el caso Watergate.

La Maya de En la noche más oscura es bastante más cinematográfica que su hipotético modelo de la vida real, pero no más femenina o agradable. En una escena de la película, Maya interroga a uno de los detenidos. Entre ellos dos se sienta un bruto con una espalda capaz de invadir China por sí sola. El bruto es en realidad una simple extensión del brazo de Maya. Cuando el interrogatorio no ofrece los resultados esperados, Maya da un empujón al bruto y este reacciona de forma automática arreándole un puñetazo al detenido de los que hacen crujir las vertebras del espectador. Aquí el mazo es el bruto, pero la que golpea es Maya. Maya asiste luego, impávida, al ahogamiento simulado de ese mismo detenido. Maya es un ente andrógino y solitario, 100% asexuado, sin amigos, ni familia, ni pareja, ni amantes. No hay nada de femenino ni de humano en ella. Pero tampoco es un macho. Maya es pura obsesión, una “asesina”, como se la define en un momento de la película. Igual que el personaje del artificiero de primera clase William James que protagoniza En tierra hostil, un tipo para el que el horror de la guerra consiste en pasearse empujando un carrito por el supermercado junto a su mujer y que solo es feliz, que solo respira en libertad, cuando desactiva bombas en Iraq o están a punto de volarle la cabeza en algún desierto de mala muerte. Maya y William James son personajes para los que la vida convencional, la que vivimos la mayoría de nosotros, no es real, sino apenas un simulacro de realidad. La noche más oscura, como En tierra hostil, transcurre en un micromundo autocontenido y de reglas masculinas, visceral y de atmósfera monomaníaca en el que se sobrevive día a día. Un micromundo cuyo combustible es la adrenalina. Uno de los mensajes subyacentes en buena parte de la filmografía de Bigelow, y de forma muy especial en La noche más oscura y En tierra hostil, es que lo que la mayoría de los ciudadanos occidentales llamamos “la vida real” no es más que un Matrix en el que vegetamos hasta morir de puro asco. Lo de Bigelow, en este sentido, es cine de acción postmoderno. Porque los héroes modernos ya no son James Bond o Indiana Jones, sino ciudadanos reales, con nombres y apellidos. Los de los que cazaron a Bin Laden.

Zero Dark Thirty (6)

La última media hora de la película, la que muestra el asalto a la vivienda de Bin Laden por parte del equipo de Navy Seal, es, lisa y llanamente, una de las mejores escenas bélicas jamás vista en una pantalla de cine. Una escena bélica en la que apenas se llegan a disparar una docena de balas. Rodada en tiempo real, con el asesoramiento y la participación de miembros reales de los Navy Seal, dicha escena es una clase magistral de montaje, de ritmo y de tensión dramática que debería enseñarse en todas las escuelas de cine. Como dice Juan Pablo Arenas, periodista de Radio 5 RNE, “cuando las puertas vuelan al dinamitarlas se oye el ruido seco. Y el polvo disipándose. Nada más”. Y añade: “Me gustó también el contraste [de Maya] con la fiel y simplona infantería de los Navy Seal. Chavales jóvenes que no entienden de florituras filosóficas pero que también defienden la libertad a hostias. Porque la libertad también se defiende a hostias. […] Y que reaccionan como niños en Disneylandia cuando ven lo que han hecho. La mente selecta que encuentra al cabrón; el político que mide los tiempos y el soldado que ejecuta. Los tres niveles”. Los soldados se mueven soft and slow durante el asalto, de forma verosímil, sin pausa pero sin prisas, con contundencia, rompiendo esa convención del cine de guerra que habla de asaltos en tromba, mucho ruido y mucho disparo al buen tuntún. Cuando los soldados rematan a los ocupantes de la casa, mujeres incluidas, no hay ahí ni un ápice de venganza o de crueldad o de emocionalidad, sino pura y fría racionalidad. Apenas lo que es necesario hacer para evitar que un enemigo agonizante pueda hacer estallar un chaleco bomba. Mención aparte merece el sonido no solo de esta escena, sino de toda la película: las explosiones suenan atronadoras, los disparos tajantes, los cuerpos al caer rotundos. Cuando los rotores de los helicópteros empiezan a girar parece que la sala entera del cine vaya a venirse abajo como si fuera papel.

La obsesión por el detalle de Bigelow llegó hasta el punto de instalar en las cámaras el mismo filtro de visión nocturna que utilizan los operadores de las fuerzas especiales en vez de añadir ese efecto en postproducción, como suele hacerse de forma habitual. Lo que puede verse en pantalla es lo mismo que ve a través de su visor un soldado de las fuerzas especiales. También los dos helicópteros que se pueden ver en el filme, una versión modificada y secreta de los habituales Black Hawk, reproducen, a partir de fotografías proporcionadas por la CIA, los hipotéticos helicópteros reales utilizados en la operación. Lo cual no ha sentado nada bien en las altas esferas de Washington y de forma muy particular en el Senado, que acusa a la directora de haber recibido información clasificada acerca de la operación militar más importante de la historia reciente de los EE. UU. En este post, un fotógrafo experto en aviación militar analiza una imagen en la que puede verse uno de los dos helicópteros utilizados en el filme. Su veredicto es claro: a pesar de algunos detalles incoherentes que solo un experto detectaría, como el color del fuselaje, el helicóptero es verosímil. Los helicópteros reales utilizados en la operación no debieron de ser muy diferentes del que se ve en esta foto, rotores incluidos.

IMAGEN 1

Si quieren más información detallada sobre el asalto de mano de uno de los soldados que participó en él, háganse con el libro Un día difícil de Mark Owen. O lean la crítica publicada en Jot Down sobre el libro original en inglés cuando este aún no había sido traducido al español. Háganse también con la banda sonora de Alexandre Desplat, otra obra maestra del compositor francés, superior incluso a la BSO compuesta por el mismo Desplat para Argo. Del cartel de la película (el fantástico original y la versión tontuna finalmente escogida por la productora) ya les ha hablado Adrián Ruíz-Mediavilla en esta misma revista.

Y por cierto, Zero Dark Thirty, el título original de la película, es el código militar utilizado para las 00:30, la hora del asalto a la vivienda de Bin Laden (y más coloquialmente, el término utilizado por algunas ramas del ejército de los EE UU para cualquier hora intempestiva de la madrugada). Que dios se apiade del alma del hotentote que ha decidido titular la película La noche más oscura, uno de esos títulos horrendos, horteras y paletos sin relación alguna con el contenido de la película con los que los genios de las distribuidoras hispanas suelen castigarnos a los aficionados al cine de este país.

Zero Dark Thirty (17)

Cristian Campos: El yermo



Creo que no miento si digo que el unionismo ha sido incapaz de producir un solo argumento positivo que conduzca a los catalanes a arrojar sus esperanzas independentistas al más negro de los pozos del averno y abrazar con fervor Mariano a la madre patria española y ya de paso a su anciana suegra la Castilla imperial, por estricto orden de llegada. Argumentos negativos los ha habido a cascoporro. En realidad toda una gozosa orgía de funestos vaticinios en lúbrica coyunda, pero sin
Sasha Grey de por medio: nos echarán de la Unión Europea, nos gobernarán los nazis, los tanques volverán a entrar por la Avenida Diagonal, la corrupción se nos comerá por los pies, los empresarios se largarán de Cataluña con sus empresas a cuestas, nos obligarán a cambiarnos los apellidos, nos quedaremos sin pensiones, retrocederemos 50 años, nos convertiremos en Kosovo y seis o siete generaciones de catalanes se verán obligadas a hurgar en los cubos de la basura de sus vecinos valencianos y aragoneses mientras intentan que estos no les sacudan un perdigonazo de sal cual vulgares ratas nauseabundas con barretina. Eso a botepronto y sin escarbar demasiado. La tradicional finezza intelectual de las elites políticas de este país, ya saben. Si la campaña electoral durara una semana más acabarían saliendo a colación el derecho de pernada, las hordas de zombis y las lluvias de sangre y fuego del apocalipsis. Hasta gente brillante como Tsevan Rabtan y Félix de Azúa ha tenido que recurrir en estas mismas páginas a la farsa y a la caricatura, es decir a la ficción a puerta gayola, para expresar su rechazo a una hipotética futura Cataluña independiente. Como si la realidad no atesorara argumentos suficientes. ¿No les parece sospechoso?

A mí me sorprende tanta preocupación por lo que hagan o dejen de hacer los catalanes. Si todo lo expuesto es cierto… oigan, que un diablo maléfico de 1.000 vergas como barras de cuarto nos sodomice a los habitantes del noreste español durante el resto de la eternidad. Que nos jodan bien jodidos, vaya. A ver si no vamos a tener los catalanes la libertad de retozar en nuestra propia insensatez cual gorrino en charca de barro. Aquí el que no retoza es porque no quiere. Como dijo Albert Rivera entrevistado por Xavier Bosch en TV3 el pasado 16 de noviembre, “si Cataluña fuera independiente me iría de aquí porque no quiero pertenecer a un país que levanta fronteras en vez de puentes” (cito de memoria). Ahí tienen ustedes, y lo digo sin un ápice de ironía, la primera y única reacción racional en dos meses al órdago independentista catalán. Sin estridencias ni grititos de beata en trance: si no me gusta la charca, me largo.

¡A ver si voy a tener que hacerle yo el trabajo al unionismo! Venga, ahí va: un más que aceptable argumento positivo a favor de la unidad de España sería el de considerarla (a España) como una externalidad de red. Es decir como una estructura política y social cuya utilidad no se debe a la superioridad intrínseca sobre sus competidoras sino al hecho de que ya está siendo utilizada por una masa crítica de usuarios. Es el caso del sistema de vídeo VHS. La calidad del sistema VHS era objetivamente inferior a la del sistema BETA, pero el VHS logró consolidarse como el sistema estándar entre los usuarios por la simple razón de que había más personas que utilizaban VHS que personas que utilizaban BETA. Una externalidad de red no es más que puro conformismo social irracional, ese que nos lleva a correr en la misma dirección en la que corre la masa aún sin saber de qué amenaza escapa esta en concreto. Externalidades de red son las modas, los superventas, la Wikipedia o Google. Según este argumento, España sería una externalidad de red. Quizá una Cataluña independiente acabe siendo más próspera, eficaz o viable que la España actual, pero España ya está siendo usada por millones de usuarios. Mal que bien, parece funcionar. ¿Para qué cambiar?

El problema de este argumento es que España no funciona. Más concretamente, lo que no funciona y no ha funcionado jamás no es España, sino sus instituciones y sus élites políticas. Y es por ahí por donde falla el argumento de la externalidad de red.

Lo que no se acaba de comprender en los mentideros políticos madrileños es la verdadera naturaleza de la rebelión catalana. Y no se comprende porque es imposible aprehender aquello que no forma parte de tu cosmovisión, de tu esquema intelectual de la realidad. Ver a Pedro J. Ramírez, Carmen Chacón y El País coincidiendo en este tema tiene algo de señal del fin de los tiempos, de estampita kitsch con león y cordero yaciendo juntos en los prados del paraíso.

Pero el independentismo catalán, que por cierto no ha sido diseñado por Artur Mas en un laboratorio secreto oculto en los sótanos del Palau de la Generalitat sino que viene de un poco más lejos, no es un capricho esencialista o cultural. Eso es la fachada de la masía, la cobertura de azúcar glas del buñuelo cuatribarrado. El independentismo catalán es la manifestación más visible y llamativa de una rebelión de clase. De clase media, concretamente. Esa clase media que en España sólo ha surgido históricamente de forma natural en Cataluña y, con matices, en el resto del arco mediterráneo. El debate sobre la independencia de Cataluña no enfrenta a un hipotético nacionalismo esencialista catalán con el constitucionalismo español. Enfrenta a la clase media española con la aristocracia cortesana madrileña, que es algo muy diferente. Enfrenta dos culturas perfectamente delimitadas: la de los productores de rentas y la de los captadores de rentas.

Porque no habrán sido ustedes tan inocentes como para creerse el cuento de la solidaridad entre españoles, ¿cierto? Aquí la única solidaridad que se reclama es la de la periferia con la casta extractiva centralista.

Hace unos meses se publicó en Jot Down un artículo de Adrián Ruíz-Mediavilla llamado Madrid, los Juegos y el problema de los intangibles. En los comentarios de los lectores se desató el habitual debate sobre Madrid, Barcelona y los bocatas de calamares. Es una polémica absurda. Los debates sobre abstractos jamás acaban en una victoria por KO y se acaba confundiendo la ciudad con sus habitantes. Lo que sí sé es dónde preferiría vivir yo, que a fin de cuentas es lo que me importa como individuo y no como integrante de una colectividad de ciudadanos en busca de verdades metafísicas absolutas.

Madrid es una ciudad sintética, en el centro exacto de la nada y alejada de cualquiera de las rutas comerciales naturales que enlazan este país con sus países vecinos. Geoestratégicamente, Madrid es trivial. Si Madrid no fuera la capital de España ninguna nación se molestaría lo más mínimo en bombardearla o invadirla durante una hipotética III Guerra Mundial. ¿Para qué? Durante esa guerra, Madrid no vería ni medio Tomahawk atravesar su cielo. La riqueza de la que disfruta Madrid en la actualidad no tiene ninguna justificación histórica que vaya más allá de su condición de corte. No es el fruto de una larga historia de actividad cultural o comercial civil ni se debe a la iniciativa privada de sus ciudadanos. Y no porque sus ciudadanos no hayan deseado esa actividad comercial y cultural de raíz privada, sino porque no se les ha permitido desarrollarla en libertad. Madrid no es Holanda, en definitiva. Sus únicos activos son y han sido siempre su capitalidad y, en términos de fuerza bruta, la inmensa cantidad de funcionarios que trabajan en ella, concretamente 430.000 en 2012. Cuando en 1658 el escritor e historiador madrileño Alonso Núñez de Castro publicó el popular libro de historia política Sólo Madrid es corte, los madrileños no tardaron mucho en corregir la expresión para que esta expresara algo mucho más cercano a la realidad: “Madrid es sólo corte”.

No es precisamente una casualidad que el establecimiento de la corte de Felipe II en Madrid en 1561 y la posterior consolidación de la ciudad como capital coincidiera con el inicio del desplome y la decadencia paulatina del imperio español. ¿Cómo no iba a estrellarse un imperio que rechazó voluntariamente toda posibilidad de intercambio comercial o cultural con el exterior estableciendo su capital en una ciudad construida a centenares de kilómetros físicos y mentales de Europa? Mientras en Barcelona se consolidaba una burguesía naviera abierta al comercio a través del Mediterráneo, Madrid vivía de las rentas de secano que producía un imperio de cultura agraria. Un imperio militarmente poderoso y construido a bocaperro, pero insostenible y que empezaba a caminar hacia su muerte nada más nacer.

Permítanme que les recomiende un libro. Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu y James A. Robinson, editado por Ediciones Deusto. Acemoglu es profesor de economía en el Massachusetts Institute of Technology (el famoso MIT) y Robinson, politólogo y economista de la universidad de Harvard. El título del libro es autoexplicativo. Recurro a él por desapasionado. Como comprenderán, a Acemoglu y Robinson les importa un carajo la disputa España-Cataluña. En Por qué fracasan los países se limitan a analizar las razones del fracaso de naciones e imperios de todo el mundo y de todas las épocas en busca de sus fallas comunes. Les voy a resumir el capítulo dedicado al descalabro del imperio español. Es decir al por qué de nuestra condición actual de estado fallido. A los orígenes históricos de nuestro fracaso como nación.

Mientras el absolutismo fracasaba en la Inglaterra del siglo XVII, en España se consolidaba. Mientras en Inglaterra el Parlamento ejercía de tal, en España las Cortes “solamente existían de nombre”, aplastadas por la presión de la monarquía. 100 años antes de llegar a esa encerrona histórica, nada hacía presagiar la deriva de España hacia la inanidad. Cuando Aragón se unió a Castilla, ambas eran regiones europeas relativamente exitosas. Apenas un siglo después, el declive de España era firme e imparable a pesar de la riqueza que fluía desde América. A ello ayudó el hecho de que, tras la Reconquista, en 1492, se expulsara de España a los judíos, es decir a las elites financieras e intelectuales españolas. Todo un alarde de visión histórica. Sólo hay que ver lo mal que le fue a EE UU cuando se dedicó a captar a las elites judías de todo el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Prueba, eso sí, de que los españoles son gente rocosa es que, 500 años después, España sigue siendo uno de los países más vergonzosamente antisemitas del mundo, en dura pugna con Venezuela e Irán.

Felipe II inició en 1556 la que ha sido una de las tradiciones españolas más llamativas, uno de esos rasgos por los que somos conocidos actualmente en el mundo entero: el de no pagar nuestras deudas. En 1557, apenas un año después, Felipe II volvió a fallar en el pago. Y, de nuevo, en 1560. Los impagos españoles llevaron a la ruina a las familias banqueras Fugger y Welser. Posteriormente arruinamos también a los banqueros genoveses al no pagar nuestras deudas en 1575, 1596, 1607, 1627, 1647, 1652, 1660 y 1662. Unos tipos fiables, estos cortesanos castellanos. Y todo ello mientras se expoliaba sin descanso la riqueza de las colonias americanas. Jamás un imperio ha dilapidado tan rápidamente tanta riqueza sin obtener el más mínimo rédito a largo plazo, sin avanzar ni un solo paso hacia la modernidad y sin que sus ciudadanos percibieran al menos una pequeña parte de las riquezas conseguidas. España es la nación contemporánea que muestra una mayor distancia relativa entre su situación actual y la potencia de su antiguo imperio. Nuestros reyes y cortesanos han disfrutado a lo largo de la historia y hasta nuestros días de niveles de vida perfectamente homologables a los de los reyes y cortesanos internacionales, pero no ha sucedido lo mismo con los ciudadanos españoles. España es África sólo de clase media para abajo. De la corte para arriba España es, más que europea, lujosamente qatarí.

Mientras Inglaterra permitía a sus ciudadanos una participación progresivamente amplia en el comercio atlántico y se daba pie al nacimiento de los EE UU, en España se optaba por el nepotismo y la arbitrariedad jurídica. Un único gremio de comerciantes sevillanos controlaba todo el comercio con América a cambio de la entrega de una parte de los beneficios a la monarquía. El monopolio sevillano se alargó hasta 1717. Castilla, además, acaparó el comercio con las Indias, permitiéndolo únicamente a los súbditos castellanos. De hecho, tan extranjeros se consideraba en Castilla a los catalanes que estos mantenían un cónsul en Andalucía. Lo cuál era totalmente lógico porque lo que se había unido en el siglo XV no eran los reinos sino las coronas. Cuando, casi 200 años después, Castilla abrió la mano a los catalanes, los valencianos, los navarros, los aragoneses y los mallorquines, los flujos comerciales con las Indias se multiplicaron por cinco.

El comercio libre se expandía por todas las naciones europeas prósperas menos en España. Al impedir el comercio libre se obstaculizó el nacimiento de una clase media de comerciantes y se condenó a España al atraso histórico. Incluso el comercio entre colonias estaba fuertemente controlado por la monarquía: Nueva España (el México de hoy en día) no podía tratar directamente con Nueva Granada (la actual Colombia) sin permiso cortesano. El resultado fue la reducción de los posibles beneficios. El ansia por el control despótico de todos los flujos de recursos de las colonias condujo al agotamiento de dichos recursos. Sin libertad comercial, fiscalizadas por la ociosa burocracia central y por una corte improductiva de hidalgos y de rentistas parasitarios, las colonias apenas proporcionaban una fracción de toda la riqueza que habrían podido producir de haber gozado de mayor independencia. España le quebró el cuello a la gallina de los huevos de oro.

¿Les suena la melodía? Sustituyan “colonias americanas” por “clase media” y observarán un cierto patrón histórico.

Y acabo con el libro de Acemoglu y Robinson. Durante el siglo XVII, el declive económico español era ya un hecho. A principios de siglo, uno de cada cinco españoles vivía en zonas urbanas. A finales de siglo era solo uno de cada diez. Mientras Europa crecía gracias al comercio libre y la semilla de futuras instituciones políticas democráticas, España moría de caciquismo, asco y desidia.

El retraso político, cultural y social castellano es la causa de la tardía democratización e industrialización española. Que la España de 2012 sea un estado fallido no es una rareza histórica: el proyecto España ha fracasado porque España jamás ha existido más que como el sueño caciquil de una elite cortesana central incapaz de producir riqueza en condiciones de libertad pero muy hábil a la hora de apropiarse de ella por la fuerza. España ha quebrado 13 veces a lo largo de su historia. Es más: España tiene el honor de haber sido la primera nación moderna de la historia en quebrar (en 1557). Otras naciones han quebrado a lo largo de su historia, pero sólo España vive cómodamente instalada en una quiebra endémica. Un español sorprendido por la virulencia de la crisis en este país, por las tercermundistas tasas de paro y de abandono escolar, es, lisa y llanamente, un español que no conoce la historia de España y de sus elites políticas.

Así que la resistencia a la hipotética independencia de Cataluña no es más que otra escaramuza de la vieja batalla entre un centro aristocrático rural y de cultura militar y una periferia burguesa marítima de cultura comercial. Que el PP haya tomado el testigo, con extraordinaria eficacia, del aniquilamiento de la clase media española que inició el PSOE no se debe a la coyuntura de crisis actual. Está escrito en los genes de la arquitectura institucional española. Es el cáncer de este país: el odio a la libertad, a la propiedad ajena y al trabajo productivo. Por eso España, o mejor dicho esta España, debería desaparecer del mapa de las naciones para que los españoles, madrileños incluidos, pudieran sobrevivir. Por separado, sí. Y ya veríamos dónde estamos dentro de 100 años y si nos conviene volver a intentarlo entonces sobre bases más sanas. En la actualidad no existe tratamiento democrático posible para la enfermedad española porque esta no es circunstancial: este país se construyó sobre cimientos e instituciones taradas y profundamente antidemocráticas y nada de lo que plantemos sobre su superficie dará jamás fruto duradero alguno porque es lo que está oculto bajo nuestros pies lo que debemos demoler.

Un dato entre muchos. España es el segundo país del mundo en el que más se roba. Pueden leerlo en la edición de 2013 del librito Pocket World in Figures editado por The Economist. Concretamente, 1.188 robos al año por cada 100.000 habitantes. Pero lo interesante no es eso. Lo interesante es ver quiénes nos siguen en la lista: Argentina (3), México (4), República Dominicana (5), Costa Rica (6), Chile (7), Nicaragua (9), Ecuador (10), Uruguay y Panamá (11), y Colombia (13).

¿Y qué es lo que tienen esos países en común? En efecto: España. Una de las grandes aportaciones españolas a la cultura mundial, una de las herencias que legamos a nuestras colonias, es el robo. El desprecio por la propiedad ajena convertido en rasgo de carácter nacional y en motivo de admiración en la literatura y el teatro español de todas las épocas. El pícaro. El pirata. El descuidero. El quinqui. El chorizo. El timador. El forajido. El caco. El corrupto. El senador que dice perder el iPad para que el Senado le consiga otro para su mujer. El hijo de la grandísima puta que prefiere tirarse cuatro horas reventando la puerta de un almacén que una o dos trabajando en ese mismo almacén a cambio de un jornal. ¿Demagogia? Déjenme que cite un fragmento de Breve historia de España, de Fernando García de Cortázar (miembro nada sospechoso del Patronato de Honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española) y José Manuel González Vesga:

El rango sociopolítico de la nobleza inoculará en el tejido cultural de la Península el virus de la emulación desmedida. Víctima de él, la sociedad castellana perseguirá el ennoblecimiento como supremo objetivo social entorpeciendo así cualquier vía renovadora en siglos futuros, con su desprecio del trabajo manual, su obsesión por la limpieza de sangre y su empeño por traspasar el umbral de clase, una vez alcanzado cierto estatus económico, en perjuicio de los negocios productivos”.

Su desprecio del trabajo manual… en perjuicio de los negocios productivos”. Clavado. España 2012.

Así que cuando los nacionalistas catalanes, de cultura burguesa, dicen aquello de “España nos roba” están fallando el tiro. España no nos roba. España roba. A secas. Y eso es así porque el duende español no ha dado todavía con la fórmula para vivir del aire o de la simple admiración de la belleza de sus mujeres. Y si no puede vivir del aire pero al mismo tiempo desprecia el trabajo manual por innoble, a la casta aristocrática extractiva que nos gobierna sólo le queda un camino: robar. España es ya uno de los cinco países europeos con la presión fiscal más alta. Sólo el IRPF se sitúa 8,8 puntos por encima de la media de la eurozona y 13,9 por encima del conjunto de la Unión Europea. Y lo que te rondaré, morena. La aristocracia ociosa, rentista y extractiva no ha muerto, sólo que ahora tiene otro nombre. Se llama “casta política”.

Más datos. Las mayores empresas españolas. Cambian cada año y dependiendo de la fuente, pero ahí va una lista fiable (de Fortune): Banco Santander, Telefónica, Repsol YPF, Banco Bilbao Vizcaya, Iberdrola, ACS, Gas Natural Fenosa y Mapfre. Bancos, compañías energéticas y de telecomunicaciones, una aseguradora y una constructora. Entre ellas antiguos monopolios y empresas estatales privatizadas. Es decir empresas cuyos beneficios y actividades dependen muy directamente de sus relaciones con la administración central. De sus visitas al palco del Bernabéu y de la labor diplomática del Rey en el extranjero, en definitiva. No hemos evolucionado mucho desde Felipe II, ¿cierto? No encontrarán ni una sola empresa española estrictamente privada en la lista. Porque en España no existe vida más allá del cálido y viscoso útero del funcionariado central, no existe futuro alguno sin el favor de la aristocracia cortesana madrileña. ¿Recuerdan cuando se prefirió que Endesa pasara a manos italianas antes que catalanas? Los mismos que orquestaron esa operación como si les fuera la vida en ello claman ahora por la unidad de España y boicotean el Corredor Mediterráneo, la ruta natural de comercio español con Europa, en beneficio de un Corredor Central que conecta el desierto con el páramo atravesando el arenal. De nuevo una obra mastodóntica, dilapidadora, a contracorriente de la racionalidad y la historia, que aislará aún más a España de Europa. La misma Bruselas pidió en 2011 que se consideraran como prioritarios únicamente el Corredor Atlántico (País Vasco) y el Mediterráneo, dejando fuera el eje central. Por absurdo. Pero que si quieres arroz, Catalina. Por no hablar de los AVE que conectan el pueblo con la aldea y a esta con el villorrio y el cortijo de las cabras mientras las regiones españolas históricamente productivas mueren de inanición financiera. Cuando alguien defiende la “amplia descentralización española” me entra la misma risa que cuando alguien habla de la “desregulación neoliberal de la economía”. Eso son dos mentiras como dos trolebuses, hombre. ¿A quién pretenden engañar con esas falacias? España prefiere reventar de miseria antes que permitir que una cultura burguesa productiva se consolide en este país. ¿Qué pastos expoliarían nuestros burócratas si eso llegara a ocurrir?

Más: Nokia, Apple o Sony son empresas impensables en España. Steve Jobs no habría pasado de informático meritorio en España por su desprecio por el pasillismo y la politiquería. En sentido contrario, César Alierta o Florentino Pérez serían ciudadanos corrientes y molientes en los EE UU, quizá los gerentes de un concesionario de coches de segunda mano, sin la ayuda de un gobierno facilitador. Sé lo que están pensando: Zara. Busquen “Zara copycat” en Google y asómbrense de lo rápido que nos calan a los españoles en el resto del mundo. Allende las fronteras españolas, Zara es únicamente una empresa enorme que copia con extraordinaria eficacia y rapidez (apenas tres días según la rumorología) los diseños ajenos. Sin más. Nadie en el mundo admira a Zara por su creatividad. Si acaso, por sus resultados contables.

¿Más? España, récord mundial de paro. Consuélense: algunos países africanos a los que se les supone un mayor porcentaje de parados que a España no aparecen en las estadísticas. Eso sí: ¿les suena aquello de que si California fuera un país sería la octava economía mundial? Pues si lo fuera Andalucía sería la primera potencia mundial en paro.

No sigo. Creo que se entiende el mensaje. Si los unionistas han sido incapaces de dar un solo argumento positivo que echarle al coleto a los catalanes que dudan entre la independencia o la dependencia no es por una súbita ofuscación. Es que ese argumento no existe. Por eso recurren a la ficción y al tremendismo apocalíptico.

Así que los ilusos que este domingo crean estar votando por la solidaridad entre españoles, por la estabilidad constitucional, por Europa, por la unidad de España y demás zarandajas deberían pensárselo dos veces. Lo que se decide en estas elecciones no es una disputa territorial entre España y Cataluña. Es una confrontación entre dos maneras de entender la modernidad. Este domingo no se vota a Artur Mas o a Alicia Sánchez Camacho o a Albert Rivera o a Oriol Junqueras. No se elige entre los escándalos de corrupción de la administración central y los escándalos de corrupción autonómicos. Esa es la visión cortoplacista habitual en este país. Baile de acusaciones, cebos para vender periódicos. Todos esos nombres, los de Mas, Camacho, Rivera y Junqueras, son coyunturales y desaparecerán de los papeles en dos, cuatro o seis años. Hasta esa última patochada de los servicios secretos del estado lanzando un escándalo teledirigido en plena campaña con el objetivo de interferir en las elecciones es viejo. ¿Les suena Joseph Fouché, el “genio tenebroso”? Cito un fragmento del artículo El efecto Fouché publicado por Enric Juliana en La Vanguardia del pasado 18 de noviembre:

Las batallas de reputación se deciden en los detalles, y en la irrupción de Fouché (fundador de la policía política en 1799) esta vez hay una zafiedad excesiva. Un “borrador”. Estilo ruso. En España ya no hay campaña electoral sin algún tipo de intervención política —oficial u oficiosa— de la policía (ya pasó en Galicia)”.

Así que en las elecciones de este domingo, cortocircuitadas por las cloacas del estado, se vota algo que va mucho más allá del corto plazo. Se vota siglo XVII o siglo XXI. Caciquismo o libertad de empresa. Policía política o separación de poderes. Corte o burguesía. Nepotismo o liberalismo. Se vota la posibilidad de romper con 500 años de miseria, molicie y fracaso. Se vota la posibilidad de encarrilar España, por medio de una sacudida política descomunal, en la vía de la productividad y el progreso.

Y sí, por supuesto: se vota la ruptura de España. Si yo fuera clase media española o si yo, simplemente, me considerara ciudadano y no plebe, rezaría para que la aventura catalana tuviera éxito. Porque España es ya un zombi. Nació en un yermo y agoniza convertida en un yermo de paro e improductividad, pastoreada por una casta política mediocre hasta la náusea. No sé si los españoles se merecen a España o viceversa, pero lo que desde luego no se merecen ni España ni los españoles es a las elites burocráticas españolas. A la corte central y sus palmeros.

Así que es eso o el exterminio de la clase media en este país. ¿Quién creen que va a capitanear la defensa de las libertades políticas y económicas en este país si la única comunidad de España donde la clase media goza todavía de un cierto poder político y social, de una cierta capacidad de resistencia, acaba fagocitada por la cultura burocrática extractiva centralista? Sólo hay que leer nuestra historia para saber cómo acabará esto si el domingo vence de nuevo, aunque sea moralmente, la España cortesana, antiliberal y eterna.

En menos de un año, la 14ª quiebra.

Cristian Campos: Tenebrismo y tinieblas


Ya habrán leído la noticia en los periódicos. Savita Halappanavar, una dentista irlandesa de origen indio de 31 años, murió el pasado 28 de octubre en el University Hospital de Galway (Irlanda) después de que el equipo que la atendía se negara a practicarle un aborto. Savita, embarazada de cuatro meses y una semana, había ingresado ocho días antes en urgencias acompañada por su marido, Praveen Halappanavar. Tras examinarla, los médicos le informaron de que “el cuello del útero estaba completamente dilatado y perdía líquido amniótico”. Como el feto no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, Savita pidió que se le practicara un aborto. Los doctores se negaron alegando que Irlanda “es un país católico y la ley prohíbe el aborto”. A pesar de que la salud de Savita se deterioraba de forma acelerada y de que los escalofríos, los temblores, los vómitos e incluso las perdidas de consciencia eran constantes, los doctores rechazaron llevar a cabo el aborto mientras el corazón del feto siguiera latiendo. Tras cuatro días de agonía, el corazón dejó de latir y el equipo médico accedió al fin a extirparle el cadáver que portaba en su placenta. Savita murió al cabo de unas pocas horas a causa de una septicemia fulminante.

La paradoja es que Savita era lo suficientemente europea como para pagar su parte alícuota de impuestos destinados al mantenimiento del nivel de vida de los burócratas y funcionarios europeos pero no para que esos mismos burócratas y funcionarios europeos le garantizaran la más mínima protección frente a las supersticiones tribales del equipo médico de turno.

Esta carnicería feroz y despiadada, más propia del medioevo que del siglo 21, encuentra su justificación en la misma filosofía que subyace bajo la reforma de la ley del aborto que el ministro de Justicia Alberto Ruiz-Gallardón pretende aprobar durante esta legislatura. Una reforma que por coherencia estética no debería ser comunicada a la plebe a través del BOE, sino por medio de juglares con cascabeles de colores en las botas y en forma de cantar de gesta.

Por supuesto, el ministro Gallardón se cuidará mucho de poner en un mismo plano la vida de la madre y la de un feto inviable. Su equipo legislativo se limitará a prohibir el aborto en caso de malformación del feto, con Irlanda y la fundamentalista Malta en el horizonte. Pero una anomalía fetal no es un bit en el que un 0 corresponde a la inviabilidad radical y un 1 a la viabilidad total. Que una malformación en apariencia leve del feto evolucione a grave e incluso hacia la inviabilidad durante el embarazo es una posibilidad no precisamente remota. No es raro tampoco que dichas anomalías se detecten más allá de las 22 semanas que la ley actual marca como límite para el aborto por malformación grave. Según El País, “un estudio del Hospital 12 de Octubre de Madrid expone que el 50% de todas las malformaciones detectadas entre 1990 y 2006 a través del diagnóstico prenatal se produjeron por encima de la semana 22”. En la actualidad, las españolas que se encuentran en esta situación deben buscarse la vida o viajar a Francia o Reino Unido para poder abortar. Con la nueva ley serán los comités médicos los que ejerzan de banda de la porra del PP y se encarguen en cada caso de determinar dónde se traza la línea que separa la anomalía grave de la inviabilidad o de la posible muerte del feto durante el embarazo. Es decir de determinar si la paciente será madre de un niño discapacitado o con muy serios problemas médicos. Serán ellos los que decidan cuál es el límite aceptable de discapacidad que un bebé puede soportar sin dejar de pertenecer a la categoría de ser humano. Las enfermedades graves pero no mortales existen. Niños recién nacidos que sufren dolores atroces y a los que se opera para alargarles una vida que no irá más allá de unos pocos meses. Anomalías en los surcos cerebrales que se detectan sólo a partir de la semana 28 de gestación. Todo eso dependerá ahora del vaporoso criterio del médico que le caiga en suerte a la futura madre. Ni siquiera los verdugos de la Inquisición disfrutaron de tal poder en el siglo XIII. Un fascinante retorno a la época de los abortos clandestinos en las viviendas particulares de parturientas ilegales.

Pongamos un ejemplo de los que no suelen aparecer en los panfletos de las asociaciones pro vida. ¿Una anencefalia será considerada a partir de la promulgación de la nueva ley como prueba de inviabilidad o como una malformación grave? El margen de maniobra es amplio: un bebé anencefálico puede sobrevivir al parto y vegetar durante unos pocos años inconsciente, sordo, ciego e insensible al dolor, pero también puede morir durante el embarazo. Observen de lo que estamos hablando cuando hablamos de anencefalia y díganme con total e irreprochable sinceridad que ustedes, futuros padres de la criatura, serían partidarios de dejar la decisión de llevar o no adelante el embarazo en manos de un comité médico anónimo de la Seguridad Social formado por afiliados al PP.

Un ejemplo menos extremo. Un desprendimiento prematuro de placenta cuando el bebé está sano. En casos leves el reposo absoluto permite llevar a buen término el embarazo, aunque los bebés que padecen sufrimiento fetal por un desprendimiento de placenta tienen entre un 40 y un 50% más de posibilidades de presentar complicaciones graves tras el nacimiento. En casos extremos un desprendimiento de placenta puede comportar la muerte de la madre. Con la futura reforma de la ley del aborto no será la madre la que decida cuál es el nivel de riesgo asumible, sino su médico.

Así que cuando Gallardón pone como ejemplo el síndrome de Down sabe lo que se hace. Un feto con síndrome de Down no comporta riesgo para la madre y un adulto con un síndrome de Down de grado leve puede llevar una vida si no 100% autónoma sí competente. Pero los grados severos existen. Son los que no aparecen en los anuncios por la integración. Y el síndrome de Down es apenas una de las posibles deficiencias, discapacidades y minusvalías que puede padecer un feto.

Es probable que piensen que en España no llegaremos a los extremos de Irlanda. No lo tengan tan claro. La legislación irlandesa permite el aborto en el contexto de una intervención quirúrgica destinada a salvar la vida de la madre, como lo hace la española. Una garantía que no le sirvió de nada a Savita cuando tuvo la mala suerte de coincidir con un equipo médico de poderosas convicciones religiosas y fiel a la literalidad de la ley. En la práctica, cuánto tiempo espere el doctor antes de llevar a cabo el aborto de un feto inviable va a depender en última instancia de su criterio y, sobre todo, de la potencia de su fe. A más fe en las posibilidades de supervivencia del bienaventurado feto menos poder de decisión para la madre. ¿Qué es la vida de una mujer o el sufrimiento de un bebé inviable al lado de la certeza de haber obedecido la voluntad de dios?

Según Ramón Carreras, presidente de la Sociedad Catalana de Ginecología y Obstetricia, “interrumpir la gestación de un feto en el que se detectan malformaciones graves es una práctica de sentido común, tanto desde el punto de vista médico como humanitario. Suspender ese derecho dejaría sin sentido todos los avances científicos aplicados al diagnóstico prenatal”.

Y esa es una buena pregunta para los filósofos del cristianismo: un niño anencefálico y por lo tanto sin la capacidad de aceptar conscientemente a dios, ¿es un ser humano completo desde el punto de vista católico? ¿Tiene alma?

En Irlanda, ni siquiera la amenaza de suicidio de la madre justifica la práctica del aborto. Una mujer que amenace con suicidarse porque se ve obligada a dar a luz al hijo concebido en una violación no tiene derecho a abortar, aunque sí a viajar al extranjero para que le practiquen allí el aborto. Los irlandeses, civilizados en su barbarie, aprobaron dicha posibilidad en un referéndum celebrado en 1992. Observen lo hipócrita y lo absurdo del puritanismo irlandés. “Aborta, pero lejos”. Si la postura antiabortista irlandesa fuera coherente lo lógico sería confiscarle el pasaporte a todas las embarazadas para que se vieran obligadas a parir en Irlanda. Pero al parecer el dios irlandés hace la vista gorda con las paisanas cuando estas vuelan 464 kilómetros al este.

Y hablando de coherencia: si se prohíbe el aborto por malformación grave del feto, ¿para qué realizar las pruebas de diagnóstico prenatal destinadas a detectar dichas anomalías? Prepárense para una avalancha de reclamaciones por la negativa de los doctores católicos a realizar algunas de esas pruebas.

Y todo esto sin entrar en la mayor inmoralidad de la reforma prevista por Gallardón: el hecho de que el gobierno se arrogue la potestad, comités médicos mediante, de decidir en lugar de la madre si esta debe o no dar a luz un hijo no deseado. No estamos hablando de un capricho adolescente o de la falta de un dedo del pie, sino de malformaciones o minusvalías graves. De espinas bífidas. De hidrocefalias. Y ya me perdonarán la demagogia, pero no veo yo a los ministros del PP adoptando en tromba a niños con serias malformaciones. Porque la posibilidad de hacerlo existe. En mi caso, el respeto a quienes deciden llevar adelante un embarazo de estas características es compatible con la convicción de que esa decisión le corresponde sólo a los futuros padres de la criatura.

Pero por supuesto el PP de Gallardón no ha hecho jamás el ejercicio de descender desde las alturas de su prístina fe hasta las simas más profundas del gore de la realidad. Se limita a pasear sus creencias por las calles de España y las salas del Vaticano como quien levanta el puño izquierdo sin ser consciente de la sangre que esconde ese gesto.

Creo que ya la he explicado en estas mismas páginas pero la vuelvo a repetir porque la anécdota merece mármol: el mismísimo ministro de Interior Jorge Fernández Díaz sostiene que la caída del comunismo se debió a la intervención de la Virgen de Fátima, tal y como explica Arcadi Espada en su artículo El ministro de Fátima. Atentos que vienen curvas: todo un ministro de Interior de un partido de derechas de un país occidental, laico y perteneciente, al menos sobre el papel, al primer mundo, cree que el comunismo fracasó no por tratarse de una ideología intrínsecamente criminal, liberticida, económicamente errónea y totalitaria, sino por capricho divino. Así de profundas son sus convicciones políticas. Si a Fernández Díaz se le aparece un querubín y le dice que en realidad lo del comunismo estaba fetén y que lo de la caída del Muro era broma el tío se afilia al partido trotkista en menos de lo que tarda en rezar una novena.

El fundamentalismo religioso no ha desaparecido. Es cierto que hay que ser un soberano zote para no percibir la mastodóntica diferencia existente entre una religión medieval criminal que almacena en sus genes la idea de la sumisión de la mujer y religiones como la cristiana o la judía. Religiones que han acabado aceptando aunque sea a regañadientes y con algunas excepciones su papel marginal y perfectamente privado en las sociedades democráticas modernas. Pero el fundamentalismo, la superstición y el odio al racionalismo científico y la libertad personal existen. Quizá la Iglesia Católica ha acabado aceptando su papel en las sociedades modernas, pero muchos de sus fieles no. Y han aprendido a moverse de forma sibilina. Si no pueden caer sobre los españoles como una lluvia torrencial les calarán los huesos con una lluvia fina que apenas parezca requerir paraguas. El ministro Fernández Díaz jamás hablará en público de las visiones marianas. El ministro Gallardón no mencionará ni una sola vez durante la tramitación de la reforma del aborto la palabra “religión”. Su defensa de la reforma se basará en conceptos asumibles por todos como el de la dignidad o el de la igualdad de todas las vidas humanas. Como si alguien con dos dedos de frente defendiera la idea de que existen vidas humanas de primera y de segunda.

Durante la tramitación de la ley quizá lean ustedes en la prensa perfiles de políticos destacados del PP en los que se les califique  de “agnósticos”.

Agnósticos mis cojones. Pura España eterna, atrasada y negra. Refractaria a toda razón, a toda inteligencia, a toda modernidad. Crédula y marcial.

Tenebrismo y tinieblas.

Cristian Campos: El exorcista


Anda el periodista de El Mundo Arcadi Espada enviando estos días una carta a un puñado de personalidades de la sociedad catalana. En esa carta, Espada pregunta lo siguiente:

1. ¿Quiere usted que Cataluña siga formando parte del Estado de España?

2. ¿Defendería activa y públicamente su punto de vista si en algún momento Cataluña y el resto de España iniciaran un proceso de discusión de su vínculo constitucional?

En el momento de escribir este texto, la carta la han recibido, entre otros, José Manuel Lara, Ferran Adrià, Eduardo Mendoza, Josep Cuní, Gemma Nierga, Carlos Ruiz Zafón, Judit Mascó, Lluís Bassat, Jordi Labanda y Gemma Mengual. Las respuestas, también en el momento de escribir este texto, oscilan entre el regate más o menos sutil de la cuestión y el escaqueo puro y duro.

Yo opino que el deber de todo español es huir de España igual que el de un preso es fugarse de la prisión. La diferencia entre el español y el preso es que mientras el segundo se labra su camino a la prisión de forma consciente y en pleno uso de sus facultades mentales, español te nacen con premeditación y alevosía. A mí, sin ir más lejos, mis padres me nacieron español sin referéndum ni consulta previa. A traición. Política de hechos consumados se le llama a eso. Con el tiempo he llegado a perdonar a mis padres, pero eso son cosas que no se le hacen a un hijo. Pudiendo nacer francés o italiano o incluso andorrano no deja de ser un desgaste que te nazcan español. Ojalá existieran exorcistas especializados en el tema. Exorcistas capaces de expulsar al español que llevas dentro. Y dirán ustedes “¡y del catalán que también llevas dentro quién te exorciza!” Y tendrán razón. La respuesta es que aquí uno es un individualista recalcitrante. Pero un individualista recalcitrante realista, de los de chi va piano va sano e va lontano: ya que me dan la oportunidad, de momento me libro de España y mi españolidad. Ya veré más adelante cómo me libro de Cataluña y mi catalanidad.

Del experimento de Espada extraigo un par de conclusiones.

La primera es que las preguntas de los referéndums las carga el diablo. Observen cómo Espada retuerce la primera pregunta para que la opción independentista sea la del NO y la unionista la del SÍ. Penalti claro. ¡Así, así gana el Madrid! Digo yo que cuando se le pregunta a los ciudadanos si desean o no una nueva realidad política lo correcto sería preguntarles sin rodeos si desean esa nueva realidad, no si prefieren conservar la vieja. Esto es como ir al Corte Inglés y que el dependiente te pregunte “¿desea usted salir de la tienda vistiendo la misma gabardina con la que ha entrado en ella?” en vez de “¿desea usted comprar este abrigo?Hombre, hombre. No descarten ustedes que, con un presidente gallego y funcionario de carrera, la pregunta del referéndum acabe incluyendo una triple negación adornada con algún que otro condicional: ¿No es acaso menos cierto que a la pregunta de si no desearía usted nunca la independencia de Cataluña su respuesta jamás sería un no rotundo? A ver quién tiene cojones de contestar eso sin que se le licue el cerebro durante el proceso. La única respuesta posible es “la gallina”.

La segunda conclusión es que no me interesa tanto lo que los catalanes voten con las manos como lo que van a votar con los pies durante los años posteriores al referéndum.

Me explico.

Ya conocen ese mito que dice que los ciudadanos votamos con las manos. La realidad es más bien que votamos con las manos cada cuatro años y con los pies a diario. Con las manos votamos el sistema político que queremos para los demás, el que nos gustaría imponerles a la fuerza a nuestros vecinos. Con los pies votamos el sistema que queremos para nosotros mismos, el que deseamos para nuestros hijos. Los cubanos y los coreanos del norte votan cada día con los pies cuando arriesgan sus vidas para huir de los regímenes dictatoriales que gobiernan sus países. El señor Gordillo vota comunista con las manos cuando roba productos de algún supermercado andaluz pero capitalismo con los pies cuando se dirige a la comisaría más cercana para denunciar el robo de su preciado iPhone. También vota con los pies el espalda mojada que a la hora de decidir entre quedarse en su país, caminar sin riesgo alguno hasta Venezuela o correr hacia los EE UU opta por cruzar los desiertos más jodidamente criminales de su enemigo del norte. Ese mismo espalda mojada, una vez conseguida la ciudadanía estadounidense, tendrá la oportunidad de votar con las manos el régimen que desea imponerle a sus nuevos compatriotas. Y votará demócrata, pues los demócratas son aquellos que tienen mayores incentivos para confiscar una parte significativa de las rentas de la clase media y entregársela a él a cambio de su próximo voto. Pero que nadie olvide que cuando ese espalda mojada tuvo que votar con los pies votó en el mismo sentido en el que han votado con los pies todos y cada uno de los seres humanos que en algún momento se han enfrentado a esa misma decisión: hacia el capitalismo de libre mercado.

También votarán primero con las manos y después con los pies los ciudadanos catalanes a los que se pregunte por la posible independencia de Cataluña. Creo adivinar que muchos catalanes de izquierdas y partidarios de la independencia votarán primero en un sentido y después en otro muy diferente si la futura Cataluña soberana no se dota de inmediato de una estructura burocrática asfixiante y de fiscalidad confiscatoria que permita a la mitad de la población, es decir ellos, seguir viviendo de la otra mitad del mismo modo que ocurre ahora en el estado español. Si la Cataluña independiente no crea en definitiva un entramado funcionarial y de mimbres formalmente democráticos pero esencialmente totalitarios diseñado para el latrocinio de la clase media. Un entramado idéntico en todo al del actual gobierno español del que pretenden independizarse. Los catalanes de izquierdas serán “los españoles que nos roban” de una futura Cataluña independiente. Irónico, ¿cierto? Y, en sentido contrario, tengan por seguro que veremos a muchos partidarios del unionismo votar con las manos en un sentido y con los pies en otro muy diferente si la futura Cataluña independiente se convierte en un paraíso fiscal más parecido a Singapur, Suiza, Luxemburgo o Hong Kong que a los obesos e insostenibles estados español, francés y alemán.

No nos vayamos a engañar: todos conocemos cuánto nos roba el estado español en el presente y cuánto pretende robarnos en el futuro. Mucho y mucho más aún. ¡Hasta que duela! Ese es su plan. Porque a mí el estado español no me roba por catalán: me roba por clase media. IVA, IRPF, Impuesto de Bienes e Inmuebles, Impuesto de Sociedades, Impuesto de Patrimonio, Impuestos Especiales, Impuesto sobre Sucesiones y Donaciones, tasas, recargos, licencias, multas… Así que esperaré a que los soberanistas me comuniquen su oferta. ¿Cuánto pretende robarme la futura Cataluña independiente? ¿Edén kumbayá oclocrático o Shangri-La anarcoliberal? En una escala de cero a diez y con esas dos utopías infantiloides en los extremos, me conformo con un oferta situada sobre el siete o el ocho. Y eso que no tengo ninguna duda de que la viabilidad económica de una Cataluña independiente es incierta; pero tampoco la tengo de que una España sin Cataluña es 100% inviable. ¿Se imaginan una España en la que Rajoy ganara todas las elecciones con una abrumadora mayoría absoluta? Somalia sería Massachusetts comparada con este país.

Así que para saber si la mayoría de los catalanes son verdaderamente independentistas o si los españoles son indudablemente contrarios a la independencia yo no contaría los votos catalanes o los manifestantes capitalinos a las 22:00 del día del referéndum, sino el número de ciudadanos que cruzan en uno u otro sentido la frontera hacia España, Francia o Cataluña durante los dos o tres años posteriores a la separación. Es decir que no me importará tanto lo que voten los ciudadanos con las manos como lo que votarán con los pies. Los mismos empresarios que le hicieron el vacío a Artur Mas cuando esté visitó Madrid tras la manifestación del pasado 11 de septiembre vendrán hasta Cataluña arrastrándose si es necesario con los molares y los premolares si se les promete una fiscalidad significativamente inferior a la española para sus empresas. ¿Creen ustedes que España negociará desde una posición de fuerza? No lo tengo yo tan claro. Cataluña dispone de una bomba atómica llamada “secreto bancario”. Un artefacto capaz de convertir España entera en la tierra sin pan de Las Hurdes en apenas una década. Van a tener que licenciar como guardias civiles a los presos de las cárceles para poder vigilar la frontera con Cataluña en toda su extensión sin que se les cuele un Amancio Ortega con peluca por las rendijas.

Pero que no me hagan caso los sentimentales: yo soy un cínico y todas estas sensiblerías para infantes de teta de la España indivisible, la independencia de los pueblos, los derechos colectivos, las banderas grandes como los huevos del Cid Campeador, los vínculos sentimentales, los presidentes españoles que se van al fútbol con el país en quiebra y la prima de riesgo en 600 puntos, las televisiones públicas, los editoriales conjuntos de la prensa del régimen y las portadas oligofrénicas de la prensa del otro régimen, los toros, las sardanas, los reyes y sus elefantes y sus amantes y sus yernos, el agujero de 26.000 millones de euros de Bankia, los caciques de villorrio y sus aeropuertos y sus horrendas esculturas, las lenguas todas de la primera a la última incluida esta en la que escribo este texto, las naciones con y sin Estado, las tercermundistas sanciones lingüísticas, la Roja y el artículo 2 de la Constitución me la traen al pairo. Y al Barça que lo ondulen. Lo digo por los originales que preguntan, con el palillo en la boca, eso de “¿y en qué liga jugará el Barça, eh?” Me suda el forro de los cojones dónde juegue el Barça y otro tanto dónde lo haga el Real Madrid. A mí que me digan el precio del alquiler que ya decidiré yo si me quedo con el apartamento de nueva construcción en la Costa Brava o me interesa más la vieja casa pareada abarrotada de golfos apandadores. Que me digan si en la nueva nación los policías correrán detrás de los delincuentes o serán estos los que corran detrás de los policías. O a su lado, como suele ocurrir en la España de los peritos incapaces de distinguir la gimnasia de la magnesia y en la de los alijos de cocaína que desaparecen milagrosamente de las comisarías sevillanas.

Y vista su fiscalidad y su Código Penal, del nuevo proyecto soberanista no me interesa mucho más. Ni siquiera la corrupción: a las nuevas autoridades catalanas les regalo un 3% de mis ingresos para que se lo gasten en putas y vino rancio si prometen no robarme más allá de un razonable porcentaje del 10% en impuestos. A fin de cuentas, a mí qué me importa que la Cataluña independiente no tenga acceso al crédito si la Cataluña dependiente tampoco lo tiene y no por catalana sino por española. ¡Mientras lo tenga yo como ciudadano soberano! Aunque estoy seguro de que una amplia mayoría de los catalanes agradece la sincera preocupación del resto de España por la salud financiera de una hipotética Cataluña independiente. Tanta bondad desinteresada abruma. En este sentido, los independentistas son bastante más sinceros que los unionistas. Los independentistas se quieren largar porque creen que van a vivir mejor sin España. De hecho, es eso lo que le dicen a todo aquel que se para a escucharles. Los unionistas dicen rechazar una Cataluña independiente porque les preocupa que los catalanes vayan a vivir peor en ella. Eh, oigan, que yo no soy tonto. ¿Por qué no nos dejamos de mariconadas y decimos todos la verdad? España no quiere la independencia de Cataluña porque sabe perfectamente que vivirá peor sin ella. Y me importa un carajo si es “mucho peor” o sólo “un poco peor”. Aquí lo que está en discusión es la propiedad de la vaca y si la vaca debe opinar al respecto o no. Y lo demás son hostias.

Así que concretemos. ¿Qué me ofrece España? De momento, ardor de orejas. Yo soy de los que sufrieron un fogonazo de vergüenza ajena mientras leían aquella entrevista con un conocido aristócrata español en la que este, preguntado por Garzón y el caso Assange, decía que “después de leer la trilogía de Millenium llega uno a la conclusión de que en Suecia no es oro todo lo que reluce”. Me sorprende esa beligerancia contra los suecos de Millenium cuando mucho más chungos son en la Estrella de la Muerte, pero allá cada cual con sus neuras. Más me preocupa el hecho de que uno de los individuos con más poder del estado español, uno de esos capaces de condicionar la política del gobierno con una sola frase, muestre serias dificultades para distinguir hechos como el bombardeo de Guernica de ficciones como los dibujos animados del Pato Donald. Aunque tampoco es tan extraño: parece ser que el mismísimo ministro del Interior don Jorge Fernández Díaz está convencido de que el comunismo cayó gracias a la intervención celestial de la Virgen de Fátima. La Cataluña dependiente tampoco se ha cubierto de gloria en este terreno. A fin de cuentas, por aquí se considera a Teresa Forcades una intelectual de postín, lo que ya da pistas de cómo está el patio. Y si las futuras leyes catalanas son escritas por el mismo grupo de burócratas ágrafos, alambicados y repelentemente cursis que redactó el Estatut, vamos servidos. Porque esa oda al intervencionismo, la inanidad y la falta de claridad conceptual llamada Estatut es la antítesis de lo que debería ser un texto legal del siglo 21. Claro que a escribir claro, corto, recto y verdadero se aprende. Lo de dejar de creer en los duendes de jardín, ya sean estos la Virgen, la lengua o la patria, ya es más jodido.

La desventaja de España es que ya ha demostrado de lo que es capaz. O mejor dicho: de lo que es incapaz. Es incapaz de convertirse en un estado moderno. Es incapaz de renunciar al control mafioso del sector privado por parte del poder público. Es incapaz de desengancharse de esa droga financiera que es el expolio masivo de la clase media. Es incapaz de salvaguardar la seguridad de sus ciudadanos o de castigar a aquellos que la violentan. Es incapaz de reducir los niveles de corrupción africana que han hundido al país en la miseria. Es incapaz de consolidar una verdadera separación de poderes. Es incapaz de educar a sus ciudadanos sin adoctrinarlos por el camino. Es incapaz de evitar la selección de los peores y de impedir, tanto a derecha como a izquierda, que estos alcancen los puestos más altos en la jerarquía administrativa del estado. Es incapaz de proponer un proyecto ilusionante de futuro. Y es incapaz de organizar una manifestación que reúna en las calles de Barcelona no ya a dos millones, sino a una décima parte de los 600.000 ciudadanos que reunió la manifestación del pasado 11-S. Y eso no es una opinión: es una realidad. Mucho rasgarse las vestiduras y mucho amenazar con el primo de Zumosol de la Unión Europea pero los contrarios a la independencia no se desincrustan del sofá ni con lejía. Ellos también están votando con los pies. A diario. Tendría narices que la única batalla que ganara Cataluña en toda su historia fuera aquella en la que no se le presenta el contrario. Independiente por incomparecencia del enemigo. A ver si va a ser verdad que España es un pozo de sablistas y tristes hidalgos de barra de bar al que no defienden ya ni los más estrictos partidarios de su unidad. ¡Pero si hasta Esperanza Aguirre, la única razón por la que un español sensato querría continuar siendo español, ha dimitido de todas sus responsabilidades políticas!

Algunos comentaristas de ese taxi del intelecto que es Twitter piden que España “saque los tanques a la calle”. Lo dicen como quien ahorca al galgo con una soga cuando este ya no le sirve. “Si Cataluña se independiza Aragón tendrá playa”. Cierra la boca y convoca si puedes una manifestación de 1.000.000 ciudadanos que colapse la Avenida Diagonal, valiente cobarde. ¿España no sacó los tanques a la calle cuando ETA mataba a un español cada semana y los va a sacar contra las familias con carrito que se manifestaron el pasado 11-S? ¿Y quién va a apretar el gatillo? ¿El cabo primero Washington Aymar Guerrero de los Santos mientras suena Calle 13 por los auriculares de su iPod? ¿Y qué tanques serán los que entren por la Diagonal? ¿Los mismos que llevan aparcados casi 40 años en los cuarteles? ¿Esos que sólo vieron la luz durante unas horas en febrero de 1981? Como si los tanques fueran un Cadillac de colección que sólo se saca del garaje para las grandes ocasiones: golpes de estado y masacres de catalanes. Que le digan a los militares españoles que están jugándose la vida en Afganistán que tienen que volver a España para disparar a manifestantes pacíficos que pasean con sus hijos. Qué miseria moral la de quien es capaz siquiera de plantearse eso. En fin. Si a España le pagaran por cada nuevo mamarracho que nace en su territorio ya nos habríamos comprado los EE UU. Al contado.

En este sentido, España ni siquiera puede quejarse de Cataluña. ¿Qué poder, qué influencia tendría el averno español sobre los catalanes si estos no tuvieran la esperanza de poder huir de él? No ha habido un solo presidente español que haya sabido manejar esa contradicción. Bah, España tiene la batalla perdida. Su capacidad de seducción es inferior a la de una patada con carrerilla en los cojones. ¿Cuáles son los eslóganes de la España actual? “Hemos de tirar del carro entre todos”; “la prioridad es el déficit”; “no es momento de aventuras”; “de momento no vamos a tocar las pensiones”; “estamos dispuestos a dialogar y a escuchar”; “nadie romperá España”. La fiesta padre, ya ven. El tipo de frases que construyen naciones, pero al otro lado de la frontera. Incluso Bono, que hasta hace unos días prefería morir a matar, dice ahora que prefiere morir a ver la independencia de Cataluña. Tanta apetencia por la muerte empieza a resultar tétrica. Ahora toca averiguar qué prefiere Bono en caso de que la opción de morir no esté disponible: matar o la independencia de Cataluña. Una persona sana preferiría un gintonic.

En este sentido, el independentismo hace trampas: en la comparación entre una Cataluña independiente idealizada y la realidad concreta y tangible de una España derruida social, ética y financieramente la decisión no tiene vuelta de hoja. La única opción de España es que la clase política catalana no se atreva a dar el paso definitivo. ¿Y es o no es esa la señal del fracaso total y absoluto de este país como proyecto no ya político sino vital? De hecho, como no saquen la noticia en el Marca Rajoy ni se entera. Pero que no sufran los españoles de corazón porque la clase política catalana no se atreverá a dar el paso. Mariano se hará el loco y Artur Más aún. Entre la puta y la Ramoneta ganará la Ramoneta. ¿Acaso lo dudan? Y eso que el referéndum lo tiene ganado el independentismo por mayoría aplastante. Sólo hace falta darse una vuelta por cualquiera de las poblaciones del extrarradio barcelonés, esas que se suelen calificar de “obreras” y en las que hace apenas un par de décadas no se oía catalán ni por equivocación, para ver cómo las banderas independentistas cuelgan a docenas de los balcones de los edificios sin que les replique ni una miserable bandera española. Ni una. Las nuevas generaciones de catalanes fueron amamantadas con biberones de Camarón pero lloran de emoción cuando ven una estelada.

Pero ese referéndum que España tiene perdido no lo permitirán las famosas 100 familias de la alta burguesía catalana. Vivir del cuento les ha llevado 40 años de agotadores mamoneos: no es cuestión de volver a empezar el trabajo desde cero. Un error fatal desde el punto de vista del independentismo. Porque al proyecto España ya no se le vota ni con las manos ni por supuesto con los pies. Jamás volverá España a mostrar tanta debilidad como ahora. Este país ya no lo quieren los españoles ni regalado. ¿Por qué iba a querer quedármelo yo? El español no es contrario a la independencia de Cataluña por amor a España o a la legalidad constitucional, sino por odio hacia quien amenaza con largarse de ese infierno en el que él va tener que quedarse toda su vida. “¡Este mamón se larga y yo me quedo aquí! ¡Pues que se joda porque yo voto NO!” Si sorteáramos una docena de nacionalidades estadounidenses entre todos los partidarios del NO a la independencia de Cataluña lloverían hostias como panes por hacerse con los boletos. Que se lo pregunten a los miles de ciudadanos que han huido de aquí durante los tres o cuatro últimos años y que dicen no tener ni la más remota intención de volver a España. Y eso también es soberanismo. Del de verdad. Del que empieza por uno mismo y que se vota paso a paso, poniendo un pie delante del otro, con una mano en el asa de la maleta y la otra diciéndole adiós a un país incapaz de camelarse ni al más iluso de sus ciudadanos. Quédense con la imagen porque demuestra lo que yo decía poco antes: votamos con los pies cuando caminamos en dirección a cualquier otro destino, ya sea realista, utópico, mesiánico, absurdo o demente, que suponga una alternativa a nuestro triste presente. A mí lo que me extraña no es que Cataluña y el País Vasco anden pidiendo la independencia de España. Lo que me extraña es que no la pida Madrid.

Alguien inteligente me enseñó hace tiempo que las lenguas deben cuidarse como se cuida a los vivos, no como se embalsama a los muertos. No veo ningún motivo para no aplicar ese mismo razonamiento a las naciones. Estas también nacen, se utilizan mientras sirven y se cambian por otras más útiles y ágiles cuando mueren. A eso se le llama en la práctica “emigrar”. La independencia no es más que una emigración que se lleva a cabo sin moverse del sitio. Y eso vale para España, para Cataluña y para Laponia. Ojalá Rajoy o Rubalcaba vieran este asunto como una oportunidad para modernizar España y convertirla de una vez por todas en un país del Primer Mundo, uno de esos más parecidos a los EE UU, a Australia o a Japón que a Grecia o Bolivia. No habría un solo catalán que votara por la independencia si eso ocurriera. ¿Quién querría huir de un país próspero, del que se siente orgulloso y en el que está cómodo para catar las incertidumbres de un proyecto incierto de final dudoso? Yo desde luego no. Pero no duden ustedes de que la vieja burocracia caciquil española no perderá la oportunidad de perder otra oportunidad. Lleva viviendo de las ruinas 400 años. Es la primera interesada en conservarlas.

 

Cristian Campos: El libro y la película


Supongo que Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999) no es una elección obvia. Desde todos los puntos de vista es una película menor, y más si se la compara con mi segunda opción, Blade Runner. Además, el hecho de que se trate de una muy fiel adaptación de la novela del mismo nombre del escritor estadounidense de ascendencia griega Jeffrey Eugenides permite sospechar que buena parte de sus méritos y hallazgos son obra del autor del libro y no de la directora de la película. Y de hecho lo son. Véanse por ejemplo las llamadas telefónicas con las que los cuatro amigos obsesionados con las hermanas Lisbon, ya recluidas en su casa por una madre beata y sobreprotectora, intentan comunicarse con ellas utilizando como herramienta las canciones que pinchan en su tocadiscos. Pero lo que sí hace magistralmente Sofia Coppola es clavar la atmósfera morbosa de la novela, esa neblina ensoñadora, veraniega y melancólica típica del amanecer y que empapa los recuerdos de la niñez en su tránsito hacia la adolescencia de forma similar al flou que adornaba en los años 70 las portadas de la revista Penthouse (el efecto Orton, para los entendidos en fotografía) o la pegajosa e hipnótica languidez del Atmosphere de Joy Division, el Sara de Fleetwood Mac o el Sunday Morning de la Velvet Underground. Canciones de yonquis, ¿se han fijado? Lou Reed, por cierto, explicaba en una entrevista algo que cualquier heroinómano sabe: todos y cada uno de los pinchazos que siguen al primero son tan solo un patético e infructuoso intento de repetir esa primera sacudida de glorioso esplendor estupefaciente. No puedo imaginar mejor metáfora del primer romance adolescente, de ese hipnótico momento en el que las chicas son todavía organismos fascinantes y embriagadores, un misterio merecedor de devoción y al que dedicar años de sacrificada y estéril investigación. Porque el resto de nuestra vida, desvelado ya el enigma femenino, es tan sólo un triste intento de reproducir esa sublime y conmovedora primera descarga de pureza narcótica. Nostalgia, arrebatamiento y adicción. Ese, más que el suicidio adolescente, es el verdadero tema de Las vírgenes suicidas y por eso es mi película. Metadona pura y dura para la inocencia perdida.

La tabla rasa (Steven Pinker, 2002) no es un libro: es un tsunami de napalm capaz de reducir a escombros bibliotecas enteras y de aniquilar la obra de docenas de filósofos, sociólogos, psicólogos, lingüistas, politólogos, antropólogos y pedagogos otrora considerados relevantes. En este sentido, La tabla rasa tiene una innegable dimensión práctica: permite ahorrar estantería. ¿Jean-Jacques Rosseau? Gas mostaza para él. ¿La teoría del buen salvaje? Fosgeno a toneladas. ¿El existencialismo? A la fosa de las Marianas con sus huesos. ¿Lévi-Strauss? Las bolsas de basura deberían fabricarse con el tamaño exacto de sus libros. ¿Ese diletante de buena familia apellidado Marx y que escribía libros de autoayuda en los que comparaba el progreso con “los horribles ídolos paganos que sólo aceptan beber el néctar en el cráneo de los vencidos”? Conmoción y pavor, gas pimienta y escozor.

La tabla rasa también es el libro más estrictamente ateo jamás escrito: ninguna fe, ninguna credulidad, ningún dogma, ninguna ideología redentorista, ningún mito fundacional de la mala conciencia occidental puede sobrevivir tras su lectura. ¿La bondad intrínseca de las culturas indígenas en oposición a la decadente perversión de los herederos de la civilización grecorromana? Fascitis necrotizante para ella. ¿La teoría del sexo y de los roles de género como un constructo social? Toneladas de ébola. ¿El pánico a la desigualdad, al determinismo y al nihilismo? Olas de gas sarín y hostias como panes. ¿El culto al campesinismo, al nacionalismo, al orientalismo y al exotismo? Teleportados a un universo paralelo. ¿El feminismo de la Segunda Ola, las vanguardias artísticas, la pedagogía libertaria? Garrote vil. ¿Esa antropología cuya única función parece ser la de agotar las existencias mundiales de rodilleras? Ya lo decía Borges: más que “un lejano testimonio de la credulidad de los primitivos (la antropología es) un documento inmediato de la credulidad de los antropólogos. Creer que en el disco de la luna aparecerán las palabras que se escriben con sangre sobre un espejo es apenas un poco más extraño que creer que alguien lo cree”.

[Si les interesa este último punto, háganle caso a Nacho Carretero y lean El antropólogo inocente de Nigel Barley.]

De hecho, el problema con La tabla rasa es el de qué leer después. Por supuesto, siempre podemos acudir a algunos de los libros que cita Pinker. El mito de la educación, de Judith Rich Harris; A Natural History of Rape, de Randy Thornhill y Craig Palmer; o The Bell Curve, de Richard Herrnstein y Charles Murray, famoso por su muy polémica afirmación de que las diferencias de puntuación obtenidas por negros y blancos estadounidenses en los test de inteligencia se deben tanto a causas ambientales como genéticas. Pero esos libros son paliativos. Porque tras levantar la vista después de leer la última página de La tabla rasa te topas con un paisaje arrasado en el que tan sólo tres edificaciones continúan en pie: la de la ciencia, la del sentido común y la de la naturaleza humana, encarnada en esa lista de universales (rasgos presentes en todas y cada una de las aproximadamente 6000 culturas del planeta) recopilada por el estadounidense Donald E. Brown y que incluye, entre otros, los colores blanco y negro, las leyes, la agresividad del macho, el estatus, el nepotismo, la división del trabajo por sexos, la etiqueta, el uso de términos distintos para padre y madre, las sanciones, la territorialidad y, ¡Santa María del Amor Hermoso!, la propiedad. También el arte, ya ven. Aunque casi más interesante que lo que aparece en la lista es lo que no aparece en ella. La igualdad, sin ir más lejos.

Antes he dicho que La tabla rasa es el libro más puramente ateo jamás escrito. También es el más político. Porque La tabla rasa hace descender el debate acerca de cómo convivir en sociedad desde las alturas de la inane y repetitiva verborrea académica producida a destajo en centenares de universidades, blogs, libros y periódicos de todo el planeta hasta el espacio común de la naturalidad y la racionalidad. La tabla rasa denuncia y ridiculiza a tantos reyes desnudos con los que hemos convivido durante tanto tiempo que la sensación de vacío existencial que le queda al lector tras leer su última página sólo puede ser paliada con un arranque de nihilismo orgiástico en toda regla. La tabla rasa, en definitiva, supone un baño de realidad hasta para el más fundamentalista defensor de los viejos dogmas de fe igualitaristas.

Pero lo más importante de La tabla rasa es que no dice nada que ustedes ya no sepan. Y ese es, quizá, su mensaje más demoledor. Porque… ¿alguien REALMENTE cree que hombres y mujeres somos iguales? ¿Alguien REALMENTE cree que las niñas juegan con muñecas porque “la sociedad” o “el patriarcado” las ha empujado a ello? ¿Alguien REALMENTE cree que es posible vivir en armonía con la naturaleza, quiera decir lo que quiera decir eso? ¿Alguien REALMENTE cree que los delincuentes son “víctimas de la sociedad”? No, dirán ustedes: nadie cree ya seriamente en esas afirmaciones. Si acaso, un pequeño puñado de deficientes emocionales. Y entonces, ¿por qué nos comportamos y actuamos y legislamos como si esas afirmaciones fueran ciertas? Por ejemplo: la edad penal mínima o el derecho a la reinserción de todos los criminales, incluidos aquellos con delitos de sangre, parte de algunos de esos postulados. O la preferencia por la madre a la hora de otorgar la custodia de los hijos de padres separados. Por supuesto, ustedes son libres de fingir que han olvidado lo leído en el libro. También son libres de seguir mintiéndose a sí mismos para continuar viviendo en un mundo estructurado a partir de premisas erróneas. Si así lo hacen es probable que pasen totalmente desapercibidos como miembros de la manada y que consigan así encajar en el molde que han construido para ustedes los ideólogos de las más mentecatas teorías sociológicas, políticas y pedagógicas de moda. Y follarán más, eso seguro: no hay nada más atractivo que la acaramelada, blanda y opiácea previsibilidad de los prejuicios propios cuando son confirmados por el prójimo. Pero seguirán estando profundamente equivocados. Porque tras la publicación de La tabla rasa, la esclavitud intelectual es 100% voluntaria.

¿Quieren un ejemplo práctico de por qué deberían ustedes leer La tabla rasa? Se lo doy. ¿Recuerdan lo mucho que se han indignado hace apenas unas líneas cuando he mencionado el libro de Herrnstein y Murray en el que se analizan los diferentes resultados obtenidos por negros y blancos en diversos test de inteligencia? Yo no he dicho cuál de los dos grupos obtiene un mejor resultado. Como es obvio, los resultados de esos test, siempre que hayan sido realizados de acuerdo al método científico, no tienen ninguna obligación de coincidir con nuestros prejuicios sociales. Las posibilidades estaban al 50%. Pero ustedes han reaccionado apriorísticamente. No me interesa si han acertado o no: me interesa el hecho de que han actuado como una máquina y se han aferrado a sus dogmas de fe despreciando los resultados de unos test estrictamente científicos y, como tales, susceptibles de ser reproducidos y refutados. De hecho, ni siquiera han actuado como una máquina, sino como la hormiga obrera de unos prejuicios colectivos que se suponen correctos independientemente de que la realidad confirme o refute su pertinencia. Fíjense en la paradoja: ustedes han dado por sentado que los negros son menos inteligentes… pero se han indignado ante la mera suposición. Una suposición que ha sido sólo suya y a la que han llegado sin que nadie les empujara en esa dirección. ¿Esquizofrenia? Ni mucho menos. A ese molde intelectual en el que tanto se esfuerzan en encajar algunos se le llamaba en otras épocas fascismo. Por eso deberían ustedes leer La tabla rasa: porque están enfermos de autoengaño. El diagnóstico no se lo cobro.

Por si les interesa la polémica referente a The Bell Curve, de la que también se habla en La tabla rasa: han acertado, los negros obtuvieron resultados ligeramente inferiores a los de los blancos. El mismo Noam Chomsky, nada sospechoso en este terreno, negó la acusación de racismo contra los autores del libro aún no estando de acuerdo con sus tesis sobre el cociente intelectual: “Una correlación entre raza y cociente intelectual (si se demostrara que existe) no conlleva ninguna consecuencia social, excepto en una sociedad racista en la que cada individuo se asigne a una categoría social y no se le trate como individuo por propio derecho, sino como representante de su categoría. Herrnstein menciona una posible correlación entre la altura y el cociente intelectual. ¿Qué importancia social tiene eso? Ninguna, por supuesto, pues en nuestra sociedad no se discrimina por el hecho de ser más o menos alto”. Como explica Pinker, es evidente que el cociente intelectual de una persona es el que es independientemente de si su causa es medioambiental o genética, así que un racista discriminará a un negro por su (supuesta) menor inteligencia tanto si esta se debe a causas medioambientales como genéticas. Pero les voy a dar una sorpresa: ningún racista discrimina a un negro por su inteligencia. Si así fuera, ese mismo individuo también discriminaría a los blancos, puesto que estos obtienen en dichos test peores resultados que los asiáticos o los judíos. El hecho de que no lo haga demuestra que su problema no es la inteligencia, sino el color de la piel. Claro que, ¿quién dice que los test de inteligencia sirvan para algo más que para medir una habilidad muy concreta, y desde luego no la única, del cerebro humano?

En segundo lugar, los promedios no dicen nada acerca de los individuos considerados aisladamente: aún si se demostrara que las tesis de los autores del libro son correctas, algo que está todavía muy lejos de ser confirmado, seguirían existiendo muchísimos negros mucho más inteligentes que la inmensa mayoría de los blancos y muchísimos blancos mucho más estúpidos que la inmensa mayoría de los negros. Ídem si el resultado de los test fuera exactamente el contrario. El problema, como es obvio, surge A) de esa visión del color de la piel como rasgo definitorio de la identidad del ser humano en vez de como una característica física más, similar a la del número de pie o el tipo de cabello, y B) de esa consideración de la inteligencia como el atributo por excelencia del ser humano, jerárquicamente superior a otros atributos como la fuerza o la resistencia física, el oído musical, la empatía, la belleza, el talento artístico, la capacidad de liderazgo o la fortaleza frente a las enfermedades. ¿Se escandalizarían ustedes si un científico les dijera que los que tienen el pelo rizado tienen menos probabilidades de enfermar de cáncer que los que tienen el pelo liso? ¿O que aquellos a los que les gusta la música clásica tienen una capacidad de concentración ligeramente mayor que aquellos a los que les gusta la música pop? ¿Se escandalizan ustedes ante la evidencia de que los mejores músicos de jazz de la historia han sido negros? ¿O con la de que no existen prácticamente nadadores negros entre la elite de ese deporte? ¿Y esas evidencias son peligrosas por sí mismas o sólo lo son en la medida en que pueden ser utilizadas por fanáticos, psicópatas y dementes para justificar sus atrocidades? Para la naturaleza, la inteligencia no es un atributo más importante o definitivo que cualquier otro que pueda adornar al ser humano. La evolución es ciega y no atiende a categorías morales humanas. Mírenlo así: imaginen un mundo dominado por una o varias potencias asiáticas dentro de 40 o 50 años, algo que entra dentro del ámbito de lo verosímil. ¿Seguirían ustedes considerando la inteligencia como un rasgo jerárquicamente superior a otros rasgos del ser humano o adoptarían una visión fríamente científica sobre el asunto dado que tienen todas las de perder en la comparación? De hecho, es muy dudoso que la inteligencia por sí sola nos haya hecho evolucionar “más y mejor” que la resistencia a las enfermedades, la fuerza física, nuestras habilidades sociales o nuestra capacidad de adaptación al entorno. Un genio del pensamiento abstracto pero asocial, feo como una lamprea tuerta, débil, enfermizo e inflexible tiene muchísimas menos posibilidades de transmitir su carga genética que un soberano merluzo empático, guapo, fuerte, sano y adaptable a cualquier entorno. Así que lo correcto es pensar que nuestro éxito como especie se debe a una combinación de dichos factores. De hecho, no está nada claro que la misma inteligencia que nos beneficia colectivamente como especie nos beneficie en la misma medida individualmente. Piensen en cuál sería su decisión si tuvieran que apostar su dinero por una de estas dos afirmaciones: A) la inteligencia de un sujeto cualquiera es directamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico, B) la inteligencia de un sujeto cualquiera es inversamente proporcional a su nivel percibido de bienestar psicológico. Creo que queda claro: nadie apuesta su dinero en contra de lo obvio y ustedes no han sido una excepción.

Si quieren ir un paso más allá: no hay nada en la naturaleza, en nuestras leyes físicas, que diga que “más” es mejor que “menos”. La categorización de “más” como mejor que “menos” es 100% humana, al igual que los conceptos de “arriba” y “abajo”, que no existen en el universo más que como puntos relativos de referencia espacial. Desde el punto de vista científico, los términos “más” y “menos” albergan tanta carga moral como “arriba” y “abajo”, es decir ninguna, y sólo adquieren peso en la medida en que se utilizan en relación a un objetivo cualquiera determinado por el ser humano, ya sea este bondadoso o maligno. De hecho, los principales críticos con las tesis de The Bell Curve, como en su momento lo fue Stephen Jay Gould, no ponen en duda los resultados de los test, sino la asunción de que la inteligencia puede ser reducida a un número, la de que es posible ordenar a los seres humanos de acuerdo a su mayor o menor inteligencia en una línea recta (y no en un plano cartesiano, por ejemplo), la de que la inteligencia está principalmente determinada por la herencia genética y la de que es esencialmente inmutable. Otro conocido crítico con las tesis del libro es Thomas Sowell, un economista liberal heredero de Milton Friedman y George Stigler cuyo color de piel (negro) no le impide ser también uno de los más conocidos detractores de la discriminación positiva. Y si lo que les preocupa es la existencia de racistas, maníacos, perturbados y resentidos, bueno… despreocúpense. Siempre han existido y siempre existirán, y las teorías de higiene racial de los nazis son un aterrador ejemplo de ello. La ciencia sólo les da armas a esos anormales en la medida en la que estos la malinterpretan y la tergiversan. A fin de cuentas, el racismo y la intolerancia también son rasgos susceptibles de ser analizados científicamente, así que cuanto más sepamos sobre el cerebro humano que los produce, mejor.

De todo eso, entre otros muchos temas, habla La tabla rasa. Y por eso es un libro importante.

 

Cristian Campos: 100 verdades como buques


1. Resulta tremendamente irónico que todo lo que van a firmar con su nombre esas decenas de miles de internautas que defienden la muerte de los derechos de autor y el gratis total sea su declaración de la renta.

2. Gibraltar tailandés.

3. Cándido Méndez. Ignacio Fernández Toxo. Cayo Lara. Se podría cascar nueces con esos nombres.

4. Soy de derechas porque nada es gratis.

5. No soy de izquierdas porque prefiero pedir trabajo que caridad.

6. Jennifer Connelly es Dios.

7. Más sobre el punto anterior. “Cómo enfrentarse a una inspección de hacienda”: 530.000 resultados en Google. “Cómo ligarse a Jennifer Connelly”: 116.000 resultados. Y es que en esta vida lo urgente nunca deja espacio para lo importante.

8. De acuerdo con las tesis de Brian Greene en La realidad oculta, en algún universo paralelo existe una posibilidad infinitesimal pero no nula de que, durante el próximo debate sobre el estado de la Nación, Rajoy le suelte a Rubalcaba la frase “cierra el pico, hippie”.

9. Las secciones de cultura de los diarios españoles no valen ni para envolver sardinas desde que las abarrotan adolescentes cuyo mapa de la vida es Sexo en Nueva York. Es lo que suele ocurrir cuando decides amortizar a las becarias de la sección de moda.

10. Las diez mejores bandas sonoras originales de lo que llevamos de siglo son 1) Drive, de Cliff Martinez, 2) El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford, de Nick Cave y Warren Ellis, 3) La red social, de Trent Reznor y Atticus Ross, 4) Drokk, de Geoff Barrow y Ben Salisbury, 5) Bellflower, de Jonathan Keevil, 6) Mulholland Drive, de Angelo Badalamenti, 7) La niebla, de Mark Isham, 8) Origen, de Hans Zimmer, 9) El libro de Eli, de Atticus Ross, y 10) Nunca me abandones, de Rachel Portman. La mejor de la historia es, obviamente, Blade Runner, de Vangelis.

11. Los japoneses no son excéntricos: son infantiloides, que no es lo mismo. Excepto Yukio Mishima.

12. Todos los socialdemócratas merecen vivir en un estado ortodoxamente socialdemócrata. Ese es mi deseo de buena voluntad para ellos.

13. A Facebook le quedan dos telediarios. No hay mejor empresa en el planeta con cuyas acciones especular a la baja.

14. Qué pereza de críticos: no existe el realismo literario ni el cinéma vérité ni nada que se les parezca porque no existen zonas grises entre la realidad y la ficción. A la literatura realista se le llama “ensayo” y al cine realista, “documental”. O “el telediario”.

15. Por cierto, cinco documentales que prometen convertir al espectador en todo un born again neocon: Esperando a Superman (David Guggenheim), Restrepo (Sebastian Junger y Tim Hetherington), The Great Global Warming Swindle (Martin Durkin), Free to Choose (Peter Robinson y Milton Friedman) y The Fog of War (Errol Morris).

16. El romanticismo es un invento masculino. Ellas se apuntaron después.

17. El mejor vídeo musical sin-pretensiones-de-posteridad de la historia es Queen of Hearts, de Fucked Up. El segundo, Kim & Jessie de M83, que sólo podría ser mejor si lo hubieran dirigido Wes Anderson y Sofia Coppola al alimón. El tercero, claro, Crazy Clown Time, de David Lynch.

18. Tu blog cumple la mayoría de edad cuando Joan Manuel Serrat, el amigo de Cristina Kirchner, deja un comentario en él cagándose en todos tus muertos.

19. Cada vez que alguien pronuncia las palabras “multiculturalidad”, “interdisciplinariedad” o “transversalidad”, un chino se cae absurdamente de la bicicleta en Pekín y muere.

20. Twitter es un antro. Y con pretensiones, que es lo peor.

21. Una lengua no es cultura de la misma manera que una hormigonera no es arquitectura. Esta es una obviedad al alcance del cerebro de una mosca de la fruta.

22. El totalitarismo es el estado natural del adolescente y del anciano. De ahí que en las concentraciones del 15M, universitarios y jubilados lleven la coz cantante.

23. Racismo, machismo y homofobia es creer que existen determinados grupos sociales que necesitan ser asistidos por el estado por su incapacidad para valerse por sí mismos a pesar de contar con exactamente los mismos derechos que el resto de los ciudadanos e incluso alguno más en su condición de miembros de ese determinado grupo social. Fascismo es obligar a los demás a compartir ese aberrante punto de vista paternalista por la vía legislativa.

24. Ingenio era lo de Oscar Wilde. Genio, lo de Jules Renard.

25. ¿Por qué se le llamará “progresismo” a una ideología supersticiosa que niega el concepto de progreso humano y que rechaza a cacerolazos el crecimiento económico, el avance tecnológico e incluso la mismísima naturaleza humana?

26. España es, según todos los parámetros civilizatorios que podamos imaginar, un estado fallido. En el mejor de los casos, una primitiva sociedad feudal con su aristocracia (el sector público y su cohorte de chupópteros de las clases alta y baja), su clero (los medios de comunicación y el mundo de la cultura) y su estado llano pagano (la clase media).

27. El arte no es más que una adaptación evolutiva producto de 1) el ansia de status social y 2) el placer estético que conlleva la observación y la realización habilidosa de determinados objetos perfectamente adaptados a su entorno. Cuando ese equilibrio se rompió a principios del siglo 20 en favor de 1) y en detrimento de 2) nacieron las grotescas vanguardias y el arte se transformó en una burbuja especulativa similar a la de los bulbos de tulipán en la Holanda del siglo 17.

28. Las de derechas están más buenas. Fact.

29. Que los cientos de miles de lectores de El Código da Vinci (Dan Brown), La Catedral del Mar (Ildefonso Falcones), La sombra del viento (Carlos Ruiz Zafón) y demás pienso literario para pollos no tengan ni puta idea de quién es Harry Mulisch y su fáustica El descubrimiento del cielo clama, precisamente, al cielo.

30. En referencia al punto anterior: leer un buen libro cuesta exactamente el mismo esfuerzo que leer uno malo. A veces incluso menos, por aquello de que están mejor escritos. Así que uno es siempre personalmente responsable de su biblioteca.

31. Hablando de bibliotecas. Ninguna está completa hasta que no alberga al menos un libro de todos y cada uno de los siguientes escritores: Jean-François Revel, Martin Amis (el ensayista), Christopher Hitchens, Oriana Fallaci, Manuel Machado (mucho más interesante que su hermano Antonio), Julio Camba, Pío Baroja, Tom Wolfe, Mark Twain, Vladimir Nabokov, Don DeLillo, Louis-Ferdinand Céline, Robert D. Kaplan, Steven Pinker, F. Scott Fitzgerald, Daniel Dennett, Cormac McCarthy, Robert A. Heinlein, Samuel P. Huntington, Wislawa Szymborska, Richard Feynman, Friedrich A. Hayek, Groucho Marx, Indro Montanelli, Nigel Barley, George Orwell, Richard Dawkins, William Golding, Ayn Rand, Roberto Bolaño, John Locke, Adam Smith, Steven D. Levitt, Isaac Asimov, Philip K. Dick y Agustín de Foxá. Eso para empezar.

32. Una biblioteca es sospechosa de fandango si cuenta con uno o varios libros de Manuel Rivas, Juan José Millás, Paul Krugman, Pablo Neruda, Eduardo Galeano, José Saramago, Noam Chomsky, Al Gore, Edward W. Said, Jean Paul-Sartre, Carl Gustav Jung, Claude Lévi-Strauss, Thomas Malthus, Gabriel García Márquez, Paul Auster, José Luis Sampedro, Naomi Klein y Gore Vidal. Si además la biblioteca esconde algún libro de Isabel Allende, Paulo Coelho, Eduard Punset o Michael Moore, lo suyo sería atizarle al propietario repetidas veces con un calcetín profusamente sudado hasta que haya cruzado la frontera para no volver jamás.

33. Un vaso de vermut Yzaguirre acompañado de una generosa ración de berberechos con unas gotas de limón y un pellizco de pimienta negra recién molida es el aperitivo viril por excelencia. El resto de las opciones son mariconadas tamaño king size.

34. Coldplay, Kanye West, Rihanna, Lady Gaga y Adele son casi más collejeables que sus fans. Casi.

35. Hay más posibilidades de toparse con vida inteligente en la Mansión Playboy que en una universidad pública española.

36. El botox es el arma definitiva para conseguir la igualdad de todas las mujeres: a los 50, todas parecen exactamente el mismo travesti viejo.

37. El estado evolutivo superior del ser humano es el estadounidense. El resto son callejones evolutivos sin salida.

38. La mejor película política de la historia es 1) Election (Alexander Payne), seguida de 2) Primary Colors (Mike Nichols), 3) El candidato (Michael Ritchie), 4) Ciudadano Bob Roberts (Tim Robbins), 5) La guerra de Charlie Wilson (Mike Nichols), 6) Nixon (Oliver Stone), 7) Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula), 8) The Manchurian Candidate (John Frankenheimer), 9) Los idus de marzo (George Clooney), 10) La vida de los otros (Florian Henckel von Donnersmarck), 11) The Queen (Stephen Frears), 12) Trece días (Roger Donaldson), 13) Gomorra (Matteo Garrone), 14) The Contender (Rod Lurie) y 15) Novecento (Bernardo Bertolucci). El ala oeste de la Casa Blanca ocuparía el puesto 2 de la lista si fuera una película y no una serie. Y para entender políticamente España, La caza, de Carlos Saura.

39. El odio español al que destaca es catolicismo en estado puro. Pequeñas miserias de vecina rencorosa cargada de complejos y pamplinas. Lo jodido es cuando se gobierna en base a esa moralina de capilla de villorrio. Es decir cuando la izquierda o el nacionalismo ganan las elecciones. Claro que para complejos, los del PP.

40. Que las secciones de psicología y de filosofía estén en las librerías al lado de las de autoayuda y espiritualidad debería hacer sonar algunas campanas.

41. Los tres mejores vídeos musicales con niños de la historia son The Greeks, de Is Tropical; Bronx Sniper, de Mister Heavenly; y, sobre todo, esa sarcástica joya de culto llamada Nephicide, de Jogger.

42. Paridad es poner a trabajar el mismo número de testículos que de tetas en tareas que deberían llevarse a cabo con la cabeza.

43. Creo sinceramente que debería instaurarse la pena de inmersión sin escafandra en diarrea de murciélago leproso para todos aquellos santurrones que utilizan a destajo el verbo “visibilizar”. Ídem para los curitas y las monjitas que hablan de “violencias estructurales, culturales y simbólicas” sin que se les escape la risa por la tremebunda chorrada acientífica que acaban de soltar.

44. La literatura ha muerto. Si Flaubert, Cervantes, Ibsen, Tolstoy, Poe, Brontë, Proust, Goethe o Austen estuvieran vivos, harían cine. Por la misma razón por la que en su época se dedicaron a escribir en vez de meterse en una cueva a pintar bisontes con carbón vegetal, resina y grasa.

45. Que la legislación española no permita que familias adoptantes puedan pagar a las abortistas a cambio de que estas lleven a término el embarazo y les den en adopción al niño es la prueba de que en este país somos unos putos cafres que preferimos invertir en ideología (es decir en trituradoras de fetos) antes que en racionalidad.

46. La letra de la canción Video Games de Lana del Rey debería estudiarse en Educación para la Ciudadanía. Eso son valores femeninos y los demás son leches.

47. En España solemos confundir el ataque a una idea con el ataque a la persona que la sostiene. Por eso el español se da por aludido en lo más hondo de su ser hasta cuando se habla de la crisis de los misiles cubanos de 1962.

48. La ciudad más bonita del mundo es Los Angeles. Estas son las quince películas que mejor la han retratado, estética y anímicamente: Drive (Nicolas Winding Refn), Collateral (Michael Mann), Crash (Paul Haggis), Punch Drunk Love (Paul Thomas Anderson), Traffic (Steven Soderbergh), El club de la lucha (David Fincher), Magnolia (Paul Thomas Anderson), El gran Lebowski (Joel y Ethan Coen), Boogie Nights (Paul Thomas Anderson), Carretera perdida (David Lynch), Pulp Fiction (Quentin Tarantino), Repo Man (Alex Cox), Vivir y morir en Los Angeles (William Friedkin), Colors (Dennis Hopper) y L.A. Confidential (Curtis Hanson).

49. La democracia es la herramienta legitimadora con la que una mayoría de ignorantes seducidos por iluminados lamina el sentido común de la minoría.

50. El gratis total en internet no es ningún modelo alternativo de negocio para el futuro por la sencilla razón de que al final de la cadena habrá siempre alguien que pretenderá cobrar por su trabajo.

51. En España las carreras se regalan al primero que pasa por el bar de la universidad porque la meritocracia nos repugna. Se lo dice uno que se sacó dos con la gorra y al que sólo veían en la biblioteca por error cuando se desorientaba persiguiendo rubias.

52. El estado del bienestar es el plan A de los adolescentes del idealismo y el B del resto.

53. El mito de la unidad del yo. El yo que prescribe. No puedo estar más de acuerdo. Yo mismo, a los 18, era un soberbio tontolbote de izquierdas.

54. En relación al punto anterior: mejor puta arrepentida que sifilítica orgullosa.

55. Y más: ¿es o no es una señal de atraso que el Estado financie operaciones de cambio de sexo a todos los que dicen sentirse atrapados en un cuerpo equivocado pero no financie las operaciones de cambio de yo? “Doctor, soy un neocon encerrado en el cuerpo de un perroflauta, opéreme antes de que me corte las venas con un cd de Bob Marley”. Solo las pulgas, y por un justificable temor a la perdida de la clientela, podrían oponerse a tamaño avance.

56. Si lloras por haber perdido el sol tus lágrimas no te dejarán ver que eres un soberano gilipollas con más cursilería a cuestas que el pedo de un mirlo.

57. Los que sostienen que la distinción derecha-izquierda ya no tiene sentido no tienen ni la más remota idea de lo que hablan. La dualidad derecha-izquierda es una constante de la naturaleza humana y está inscrita a fuego en nuestros genes como lo están las dualidades razón-emoción, libertad-igualdad, individuo-masa o masculino-femenino, de las que se deduce y con las que se corresponde. Defender que los conceptos derecha-izquierda están obsoletos equivale a decir que los términos alto y bajo han quedado desfasados porque todos tenemos una altura diferente.

58. La idea de que internet es capaz de producir espontáneamente algo parecido a una nueva conciencia colectiva, una mente colmena o un nuevo hombre es puro maoísmo digital. De ahí la defensa de la piratería, del anonimato o del gratis total: nada le interesa más a los autonombrados gurús de la red que diluir al individuo en la masa para poder controlarla a placer sin temor a que un verso suelto les desmonte el chiringuito. No es más que la vieja lucha entre izquierda (igualitarismo, deshumanización y masas anónimas irresponsables) y derecha (libertad, individualismo y responsabilidad personal), trasladada al ámbito digital.

59. Jorge Luis Borges y Juan José Sebreli. Ahí dio Argentina todo lo que tenía que darle al mundo. Aunque ningún bien, por magnífico que sea este, podrá compensar jamás la invención del argentino-con-termo-de-mate.

60. El gran pecado europeo es haber preferido el fascismo al imperialismo. O lo que es lo mismo, el socialismo, el islam, el nacionalismo, el asistencialismo, el populismo y el indigenismo a los EE UU. Más resumido aún: el redentorismo al realismo.

61. Antes muerto que masa.

62. Creo que ya va siendo hora de negarle los beneficios alopáticos del sistema de salud pública a todos aquellos ciudadanos que en algún u otro momento han defendido, han hecho uso o se han mostrado partidarios de las medicinas alternativas, la homeopatía o los remedios naturales. Porque la ignorancia ajena nos sale muy cara a los ateos y porque ya va siendo hora de exigirle coherencia a los contribuyentes dejando que la evolución haga su trabajo poco a poco. En cinco o seis generaciones habríamos acabado con el gen de la credulidad.

63. Top Ten de individuos mesiánicos con un insoportable tono de voz de beata de mantilla y misa diaria y discurso de excursión parroquial dominical: 1) Joan Herrera, 2) Iñaki Gabilondo, 3) Carmen Chacón, 4) Rouco Varela, 5) Patxi López, 6) Soraya Sáenz de Santamaría, 7) Manel Fuentes, 8) Ban Ki-Moon, 9) Julia Otero, 10) Josep Guardiola.

64. En España jamás se perdieron unas elecciones infravalorando la inteligencia del votante medio.

65. El clima mediterráneo es objetivamente insoportable. Si dios hubiera querido que disfrutáramos incinerándonos bajo el sol y con una humedad relativa del 90% nos habría convertido en lagartijas. Lo de más al sur ya no es clima: es una maldición gitana. Y de las jodidas.

66. La mejor introducción al cine de terror para aquellos a los que no les gusta el cine de terror son estas diez películas: Déjame entrar (Tomas Alfredson), El proyecto de La bruja de Blair (Eduardo Sánchez), REC (Jaume Balagueró y Paco Plaza), Dark Water (el remake de Walter Salles), En el interior (Julien Maury y Alexandre Bustillo), Repulsión (Roman Polanski), Ju-On (Takashi Shimizu), Shutter (Banjong Pisanthanakun y Parkpoom Wongpoom), 28 días después (Danny Boyle) y Dos hermanas (Kim Ji-Woon). Pero hay muchas más: sólo la nueva ola del cine asiático de terror daría para una lista de 20 o 30 películas. Eli Roth y Alexandre Aja están sobrevalorados. Anticristo (Lars von Trier) y Begotten (E. Elias Merhige) serían las opciones para raritos, mucho más la segunda que la primera.

67. Escribir bien no tiene ningún mérito, sólo has de ser igual de relamido que tus lectores. Ahora: escribir claro… escribir claro es un arte.

68. A las 23.44 h. del 24 de mayo de 2012 la lista de los singles más vendidos en el iTunes Store español muestra los siguientes nombres: Paulina Rubio, Cali & El Dandee, Gotye, Jennifer López, Pablo Alborán, Jose de Rico, Juan Magán y Amaia Montero. Eso no es una lista: es una colonoscopia.

69. La comida natural no es sana. Y si es sana, es que es artificial. ¿Por qué? Porque animales y vegetales han evolucionado a la largo de la historia desarrollando defensas y agentes irritantes, venenosos y de sabores desagradables con el objetivo de que no nos los comamos. Elemental. Por eso todas las verduras y frutas y gallinas y cerdos que nos comemos hoy en día han sido manipulados artificialmente por el hombre para que tengan un sabor tolerable. Ergo lo que llamamos “natural” carga con más diseño a cuestas que un iPad. Recuérdalo la próxima vez que pretendan estafarte doce euros por un pollo ecológico.

70. Spain no es different: es peor.

71. En el terreno del arte y la cultura, la última década relevante fue la de los 80. Que el boom de la ciencia divulgativa haya coincidido con la muerte por inanición de la música, el cine y la literatura confirma que la ciencia es la nueva cultura popular de masas.

72. Hablando de lo cualo, ya va siendo hora de que el Estado deje de financiar los estudios de letras. El que quiera perder el tiempo en un aula, que se lo pague de su bolsillo.

73. La obsesión del Instituto de la Mujer con los anuncios supuestamente machistas es ya uno de los grandes clásicos de la España negra. Tantas leches con la liberación de la mujer para acabar leyendo revistas del corazón o tiradas delante de la tele zapeando a la caza de supuestos ataques a la moralidad y la decencia femeninas. ¿Por qué lo llaman Instituto de la Mujer cuando es un organismo censor puro y duro?

74. Top Ten de personajes inaguantables: 1) Los que llevan gafas de sol en el interior de los bares, 2) los que se paran en las puertas de los edificios o al pie de las escaleras mecánicas taponando a los que van detrás, 3) los que después de sacar dinero del cajero se quedan alelaos mirando el extracto a pesar de la cola a su espalda, 4) los que antes de bebérselo olisquean el vino en restaurantes de menú como si tuvieran alguna idea de lo que están haciendo, 5) los que saludan a la cámara, 6) los que posan para Spencer Tunick y, en general, todos los que se despelotan para reivindicar vete tú a saber qué mentecatez, 7) los que se apuntan a las cenas de empresa en vez de dar largas como hacemos todos los que tenemos una vida propia, 8) las parejitas que se van de viaje con sus amigos y sus respectivas parejitas, 9) los que esperan a que el cajero del supermercado haya pasado todos los productos por el lector para empezar a rebuscar calderilla en un bolso sin fondo, monedita a monedita, y 10) las cretinas que se fotografían sus repelentes pies en la playa, como si el mismísimo dios hubiera echado el resto con ellos.

75. La decadencia de la prensa diaria española, y muy especialmente de sus ediciones digitales, empieza a dar vergüenza ajena.

76. Algo sí ha conseguido el 15M: desprestigiar los términos “chusma vociferante”, “horda descerebrada” y “turbamulta berreadora”.

77. Nunca verás escrita las suficientes veces la siguiente frase de Peter Medawar: “La universalización de la educación secundaria y recientemente de la universitaria ha creado una extensa población de personas, a menudo con gustos literarios e intelectuales bien desarrollados, que han sido educadas mucho más allá de su capacidad para emprender un pensamiento analítico”.

78. En una hipotética mitología hispana que reflejara la atormentada psique de este país de perdedores con ínfulas, las tres cabezas de Cerbero serían las de Fernando Alonso (Veltesta), Esperanza Aguirre (Tretesta) y Pedro J. Ramírez (Drittesta). Rosa Díez sería el mismísimo Satanás.

79. Por cierto: Esperanza Aguirre. Qué tía. Eso de proponer la suspensión de la final de la Copa del Rey si las provincias pitaban el himno fue toda una lección de cómo llevar la iniciativa en política. Y la prueba es que los aldeanos mordieron el anzuelo, pitaron hasta quedarse afónicos (que era lo que ella quería) y hablaron del tema durante toda la semana, echando el bofe a rebufo del culo de la Aguirre. Pero es que la Presidenta de la Comunidad de Madrid siempre ha sido una maestra en eso de matar mosquitos a coñonazos.

80. La única manera de escribir algo verdadero y relevante es hacerlo como si no tuvieras nada que perder.

81. La bondad espontánea, el amor romántico y la solidaridad voluntaria son puro pensamiento mágico. Siendo científicamente rigurosos, sólo existen los intereses.

82. Las tres mejores películas sobre la adolescencia: Picnic en Hanging Rock (Peter Weir), Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola) y Kids (Larry Clark).

83. Muy de acuerdo con Jaron Lanier: la web 2.0 se basa en un concepto totalitario de la economía porque necesita de una masa anónima y despersonalizada que se apropie, recicle, comente y rebote gratuitamente el contenido original producido por apenas un 1 o un 2% de los usuarios. Ese y no otro es el modelo de negocio de Facebook, FFFFound!, Twitter, Youtube, Tripadvisor, Menéame, Pinterest o Flickr. Y de Tumblr, claro que sí: aquí un servidor es el primero de los pecadores.

84. En este planeta sobran algunas cabezas nucleares. Básicamente, las 6.000 que no descansan en silos estadounidenses, británicos o israelís. Propongo confiscarlas y lanzarlas sobre la cabeza del próximo economista medieval que mencione las palabras “mecenazgo” e “internet” en la misma frase.

85. En tus momentos de duda pregúntate “¿qué haría Reagan?” Mano de santo.

86. El tema Replica de Oneohtrix Point Never es la Gymnopédie No.1 del siglo 21.

87. Si a los 20 años eres de izquierdas es que no has aprendido todavía a pensar por ti mismo. Si a los 40 sigues siéndolo es que has aprendido a hacerlo, pero sólo cogitas tonterías.

88. Existen dos escuelas de crítica cultural: la de izquierdas (juzgar una obra artística comparando sus resultados con los de un ideal artístico abstracto que sólo existe en la cabeza del crítico) y la de derechas (juzgar una obra artística comparando sus resultados con los de las pretensiones concretas de sus autores). La primera escuela es el caldo de cultivo de ese fascinante virus que lleva al infectado a decir que le gustan películas turcas y francesas que en realidad le han dormido de aburrimiento y a abominar de otras americanas que le han fascinado. La segunda escuela carece de romanticismo pero es el camino que conduce a la unidad de acción y pensamiento. A la coherencia intelectual, en definitiva.

89. En este país, el poder legislativo pretende suplantar al ejecutivo, el judicial al legislativo y el ejecutivo al judicial. Observen lo demente de la situación: no hace falta cambiar de ministros, de jueces y de diputados para que el país funcione; sólo hemos de cambiarles de silla.

90. Al menos un tercio de los problemas del punto anterior se evitarían si la ley fuera aplicada por ordenadores y no por jueces. Eliminemos el factor humano de la justicia y disfrutaremos de la tan anhelada seguridad jurídica.

91. Puedes presumir de agudeza política si eres capaz de responder el Political Compass Test de manera que el resultado final te sitúe a la derecha y por debajo de Milton Friedmann, justo en ese rincón olvidado de la gráfica para el que los creadores del cuestionario no han logrado encontrar ningún ejemplo real (el Tío Gilito es un personaje de ficción). A mí no me ha costado, sólo he tenido que responder sinceramente.

92. Los eslóganes de las docenas de manifestaciones de funcionarios que cada día se organizan en España sólo parecen vacíos de contenido cual discurso de político regional si se leen literalmente. Prueben a sustituir las palabras “derechos” y “nuestros hijos” por el término “privilegios” y entenderán: “En defensa del futuro de nuestros privilegios”, “No a los recortes de privilegios”, “Los privilegios no se tocan”, etcétera.

93. Esto es una portada.

94. ¿Quién dice que el pop español no tiene personalidad? Ahí va un rasgo de raza: España debe de ser el único país del mundo en el que se considera normal poner a cantar a tipos capaces de reventarle la cabeza a un gato con sus berridos o hacer que un gallito suene desganado. Los Planetas o Sr. Chinarro serían los ejemplos arquetípicos, pero hay más, muchos más. Todos los que ustedes puedan imaginar, de hecho.

95. En relación al punto anterior: no hay que decirle a un vago que la destreza técnica y la profesionalidad murieron con el punk porque luego se lo cree y actúa en consecuencia.

96. Una lista de los mejores cómics de la historia que intenta no caer en los lugares comunes: 1) All Star Superman (Grant Morrison y Frank Quitely), 2) Black Jack (Osamu Tezuka), 3) La casta de los Metabarones (Alejandro Jodorowsky y Juan Giménez), 4) The Ultimates (Mark Millar y Bryan Hitch), 5) Hate (Peter Bagge), 6) El incal (Alejandro Jodorowsky y Moebius), 7) Pesadillas (Katsuhiro Otomo), 8) Fun Home. Una familia tragicómica (Alison Bechdel), 9) Las extraordinarias aventuras de Adèle Blanc-Sec (Jacques Tardi), 10) Los invisibles (Grant Morrison).

97. A ver, criaturas: lo del Club Bilderbeg, la masonería, el lobby judío, Fu Manchú, el asesinato de Kennedy, los gobiernos en la sombra, Kissinger, el poder financiero internacional y demás conspiranoias para palurdos de los Cárpatos son GILIPOLLECES. Si quieren saber quién ha movido los hilos durante las cuatro últimas décadas busquen el nombre de Zbigniew Brzezinski.

98. La convivencia con el sexo opuesto es un gusto adquirido.

99. Sepan que cada vez que ustedes firman con seudónimo un comentario o un artículo están haciéndole el caldo gordo a todos esos miles de iluminados que pretenden deshumanizar internet convirtiendo a todos sus usuarios en un ejército de zombis indiferenciados, perfectamente reemplazables y carentes de cualquier punto de vista particular, original o creativo. Zombis cuya única función es repetir una serie de mantras estereotipados con el objetivo de consolidar una mentira disfrazada de verdad objetiva: el supuesto término medio de todas las opiniones de todos los seres humanos del planeta. Si han leído 1984 de Orwell o conocen cómo se redactan y corrigen los textos de la Wikipedia sabrán de lo que hablo.

100. Esto es todo, amigos. Creo que ha quedado claro que este artículo es una encendida defensa de ese individualismo que intenta evitar la dilución (voluntaria) del ser humano en la masa anónima. No obstante, si no está usted de acuerdo conmigo, podrá encontrar el formulario de reclamaciones para ofendidos, aludidos, indignados, agraviados e ultrajados aquí.

 

 

Cristian Campos: La Barcelona suicida


Empecé a sospecharlo cuando vi a decenas de oficinistas asomar a través de los ventanucos de sus cubículos para aplaudir con sincero entusiasmo a las hordas de rústicos que periódicamente arrasan la ciudad con la precisión de un metrónomo de la zafiedad. Todo aquel que ha sobrevivido a esa etapa aterradora y oligofrénica de la vida sabe que un adolescente es un resuelto fascista en potencia, y más si vegeta en esa consigna de medianías que es la universidad española. Pero en pocos rincones del planeta, salvo quizá en la yerma Atenas y por supuesto en las urbes del Islam, la barbarie ha adquirido como en Barcelona categoría de rasgo cultural distintivo. De folklore, en definitiva. En Barcelona, los ciudadanos jalean al hombrecillo que le pega fuego al coche del vecino con la misma pasión con la que una de nuestras más anodinas beatas progresistas de rebeca y hamburguesa de tofu suplicaba en noviembre de 2000 que nos sentáramos a charlar con los terroristas tras el atroz asesinato de Ernest Lluch. A la cobardía y a la más honda pusilanimidad moral frente a la ferocidad iletrada de los agros los barceloneses le llaman seny. Y luego se dirigen a la granja más cercana a engullir una ensaimada con nata, con la conciencia limpia como un quirófano, mientras dejan a su espalda el reguero sanguinolento de su podredumbre buenrollista, tolerante y participativa como si fuera la baba de un caracol henchido de autoodio.

La fascinación barcelonesa por la violencia no es una moda pasajera del siglo XXI. Ya a finales del XIX Barcelona era conocida como La ciudad de las bombas. Por aquel entonces no había anormal en la villa que a la menor ocasión que le presentara el azar no se propusiera reventar a unos cuantos de sus conciudadanos con una bomba Orsini, las preferidas por el anarquismo del momento. En una de las fachadas de la Sagrada Familia puede verse la escultura de un demonio que le entrega una de esas bombas a un obrero anarquista. La escultura se llama La tentación del hombre. Lo repetiré. La tentación del hombre. Ya ven cómo está el patio por estos lares. Para el catalán universal por excelencia, lo de reducir a fosfatina a tus congéneres entraba dentro de la misma categoría que las mujeres, la soberbia, el vino o la pereza. Un placer tentador como cualquier otro, ese de desmembrar al prójimo. Me abstendré de hacer comentarios sobre la legendaria y victoriana incapacidad catalana para el hedonismo. De ello es suficiente ejemplo la sardana, esa danza soporífera y rechinante que algún catalán desesperado debió inventar como sustitutivo del sexo a falta de chocolate. Sí diré, no obstante, que si la pirámide poblacional de la región no está hoy en día totalmente invertida es sólo gracias a la potencia procreadora de los charnegos. Ellos son los que nos salvan de convertirnos en un pueblo antiestético y enfermizamente endogámico como el vasco, esa estirpe de seres insólitos y toscos cuyo único mérito conocido consiste en la práctica de la reproducción por boinazo.

Uno de los que no pudo resistir la tentación fue un tal Santiago Salvador Franch. El 7 de noviembre de 1893, el susodicho tipejo se llevó por delante a 22 barceloneses e hirió a 35 más tras dejar caer una bomba Orsini sobre el patio de butacas del Teatro del Liceo. De hecho dejó caer dos, pero la segunda no llegó a explotar tras rebotar en las faldas de una dama a la que, supongo, debieron calmar tras el suceso con enormes trasvases de tila en vena. En algo hemos evolucionado: en julio de 2005, los herederos de Salvador Franch tan solo lograron desintegrar a Pretto, el perro labrador del TEDAX que intentaba desactivar una cafetera bomba en el Instituto Italiano de Cultura.

Pero no confundan esa fascinación barcelonesa por la violencia destripadora con algo parecido al coraje, la rebeldía o la fortaleza de carácter. Creo que no me equivoco si digo que Barcelona es la única ciudad sobre la faz del planeta Tierra que ha sido aplastada por todos y cada uno de aquellos que se han tomado la tediosa molestia de desafiarla. Dicho en plata: todo aquel que ha querido cepillarse la ciudad se la ha cepillado a placer cuando y como ha querido. Sin excepción, ya fuera el ejército de Navarra o un miserable atajo de perroflautas. Así que Barcelona es la única ciudad del mundo a la que no se le conoce victoria alguna, ni siquiera contra los más débiles e intelectualmente limitados de sus adversarios. “Son profesionales de la violencia”, dice el Conseller de Interior de la Generalitat de unos tipos cuya más brillante estrategia bélica consiste en cambiarse de jersey a media manifestación para que no los reconozcan. Si estos son los profesionales, imaginen cómo serán los amateurs. De ahí que, a la hora de celebrar, nos tengamos que conformar con celebrar alguna de las incontables veces en las que hemos sido derrotados.

Véase la siguiente lista.

Empezaremos por los tiempos de Maricastaña, para hacer boca.

Los cartagineses, durante la Segunda Guerra Púnica. Los romanos, a principios del siglo III dC. Ataulfo, en 415. El visir Al-Hurr, en 717. Almanzor, en 985.

Mucho más sangrantes y cercanas son la Guerra dels Segadors (1640-1652) o la Guerra de Sucesión (1705-1714), sonadas derrotas históricas que aún levantan ampollas por estos barrios. El general Espartero bombardeó Barcelona a placer en 1842. La represión de O’Donnell y el general Zapatero acabó en 1856 con más de 400 barceloneses muertos. Los anarquistas y los republicanos convirtieron Barcelona en la Medellín de principios del siglo XX sin mayor problema. Las tropas franquistas ocuparon la ciudad a finales de enero de 1939 con apenas una minúscula fracción de la resistencia que aún en ese momento, con la Guerra Civil totalmente decidida a favor de los fascistas, presentaba Madrid. Lean este párrafo escrito a finales de la Guerra Civil por el periodista del Times Herbert Matthews, al que cita Arcadi Espada en su artículo Liberación, caída, genuflexión: “Por amor a la República y a la democracia se debió combatir por Barcelona. (…) Había razones suficientes para la caída de la ciudad y sin embargo suscita resentimiento que los catalanes, a diferencia de los castellanos de Madrid, de los polacos de Varsovia y de los rusos de Estalingrado no escribiesen una página heroica para consignarla en la historia”.

De nuestro peculiar concepto del heroísmo ciudadano dan cuenta, sin ir más lejos, los casi 40.000 votos catalanes, la mayoría de ellos barceloneses, que recibió Herri Batasuna en las Elecciones Europeas de 1987, apenas nueve días antes de la matanza de Hipercor. Los barceloneses pidieron que ETA les matara… y ETA obedeció colocándoles una bomba en un supermercado. De ese mismo frenesí suicida nacen las pintadas que aparecieron por toda la ciudad tras los atentados del 11-S y que rezaban “Bin Laden, mátanos a todos”. De nuevo los terroristas obedecieron, aunque lo hicieron en Madrid. De dicho heroísmo nace también la connivencia, el apoyo y el respeto que demuestran plataformas, partidos, organizaciones no gubernamentales, asociaciones de vecinos e instituciones barcelonesas varias hacia los fanáticos religiosos que entierran en sacos a sus mujeres y las pasean de forma retadora por la ciudad, dos pasos por detrás de ellos, para demostrar que no ha nacido todavía el barcelonés con la suficiente autoestima como para impedírselo. O hacia las numerosas bandas latinas de delincuentes que en Barcelona han gozado del estatus de asociación cultural gracias a la generosidad de esa analfabeta conjunción galáctica de socialistas meapilas, independentistas pueblerinos y totalitarios comunistas que aquí se dio en llamar Tripartito. O la tirria con la que se ataca a los impecables y dignísimos Mossos d’Esquadra tras sus ya rutinarios enfrentamientos con las jaurías perrofláuticas, o con la que se les insulta en vivo y en directo, en plena calle y en sus mismos morros, cada vez que detienen a un ratero marroquí o desalojan una casa okupada. He buscado algún ejemplo similar de una ciudad que se haya entregado con similar ardor al lameculismo de sus verdugos y al desprecio de la ley, pero no he encontrado ninguno. Entiéndanme: los barceloneses no somos los inventores de la pulsión suicida, pero sí lo somos de la pulsión suicida colectiva elevada a categoría de arte. Tendrán que reconocer que alguien capaz de convertir la sumisión al bárbaro en una apología de la tolerancia es un espécimen realmente imaginativo. O increíblemente patético.

Por supuesto, un tipo que está pidiendo a gritos que lo pisoteen no puede ser la alegría de la huerta. Y de ahí un segundo rasgo cultural distintivo barcelonés. El resentimiento. La mala hostia. El lamento y el lloriqueo como único horizonte vital. El puto árbitro, siempre en la boca. El odio africano hacia aquel que osa levantar la cabeza por encima de esa masa amorfa de genuflexos suicidas. La vehemencia con la que en un mundo globalizado se vuelcan energías y dineros en la imposición de una lengua zombi mientras el tejido industrial y cultural de la ciudad emigra hacia prados madrileños e internacionales más verdes. El fervor con el que el barcelonés medio se entrega a la tarea de denunciar anónimamente a todas aquellas empresas y comercios que incumplen las leyes de normalización lingüística. La beligerancia con la que en Barcelona se obstaculiza la libertad de horarios comerciales. La cancha que decenas de acomplejados y provincianos medios de comunicación catalanes dan a cualquier forastero oportunista mientras ningunean a miles de profesionales locales con ideas, ganas y talento. Por eso cualquier emprendedor barcelonés tiene 100 veces más posibilidades de ser entrevistado por Wallpaper, Frame, Monocle, Wired o cualquier otra revista estadounidense o japonesa o británica que de aparecer en La Vanguardia, en Catalunya Radio o en TV3. Sé de lo que hablo: es mi terreno y podría listar decenas de sangrantes ejemplos.

De ahí también esa típica afición barcelonesa a reunirse multitudinariamente en rebaños quejosos por las imbecilidades más nimias y que ha convertido Barcelona en un inmenso manifestódromo abierto 24 horas al día para jodienda de los comerciantes y los profesionales que trabajan en el centro de la ciudad. Es el mito de la Barcelona reivindicativa, tolerante y participativa. Un mito que nació durante los Juegos Olímpicos de 1992 y que sale a relucir cada vez que se juntan cuatro barceloneses en la calle para reivindicar o aplaudir vaya usted a saber qué descabellada mentecatez que a nadie le importa un puto carajo. En realidad, los barceloneses participaron en las Olimpiadas del 92 en la misma medida en que lo hicieron los ciudadanos de Atlanta en 1996, los de Sidney en 2000, los de Atenas en 2004 y los de Pekín en 2008. Frente a tamaña obviedad, Barcelona sigue considerándose a sí misma la capital mundial del fervor ciudadano. Una capital que dice reunir en sus más ilustres manifestaciones más de un millón de ciudadanos mientras la empresa Lynce cuenta apenas 60.000. Estoy hablando de la del 10 de julio de 2010, la del “somos una nación, nosotros decidimos”. Una nación que decide pero que por lo visto no llega a llenar medio Camp Nou. Pero es sólo otro absurdo ejemplo. Hay muchos más.

¿Y saben qué? Quizá tengan razón. Quizá Barcelona sea la capital mundial de la manifestación y la cacerolada. Porque no hay nada más barcelonés que una manifestación o una cacerolada, un evento meramente estético, borreguil, declarativo, pasivo y estéril que no compromete a nada pero que permite sostener la ficción de que tú estuviste allí, hiciste algo y serviste a un fin superior. Aporreando una sartén. Paseando con el carrito del niño mientras tarareabas una de Carlinhos Brown. Boicoteando los eventos que podrían hacer que Barcelona entrara de una vez por todas en el siglo XXI. Aplaudiendo a uno que quemaba un container. Una pamema para pueblerinos aburridos y perezosos con mucho tiempo libre para el autoengaño por delante. La antítesis de la iniciativa personal y de la independencia de pensamiento. Un pasatiempo hipócrita y hortera para una ciudad infantiloide, menopáusica, quejosa, sin tensión ni espíritu ni afinación y que sólo es capaz de mover su presuntuoso culo gordo para suplicar que los vándalos la apisonen.