Cristian Campos: El mono eres tú
Es probable que hayan oído hablar en alguna ocasión de este famoso experimento. Se lo resumo por si no es así.
Un equipo de investigación formado básicamente por zoólogos y antropólogos reúne a cinco simios en una estancia. En el centro de la estancia hay una escalera y sobre ella un racimo de bananas. Uno de los simios sube por la escalera para comerse las bananas. Cuando eso ocurre, los cuatro simios que permanecen en el suelo son rociados con agua fría por los científicos. Tras tres o cuatro intentos, los simios acaban asociando de forma correcta escalera y castigo. Cuando uno de ellos intenta por quinta vez subir por la escalera para comerse las bananas, el resto de simios se lo impide de manera violenta. Al cabo de unos pocos días, ninguno de los cinco simios se atreve a subir por la escalera.
Una semana después, uno de los cinco simios del experimento es sustituido por un sexto simio. Lo primero que hace ese sexto simio al entrar en la estancia es intentar subir por la escalera en vista de que ninguno de sus cuatro compañeros parece interesado en las bananas que se encuentran sobre ella. Le cae una paliza de órdago. A pesar de que ese simio no entiende el porqué de los golpes, acaba comprendiendo que la escalera es terreno prohibido. No tarda mucho en olvidarse de las bananas y aceptar el statu quo de su nuevo hogar.
Al cabo de pocos días, otro de los cinco simios originales es sustituido por un séptimo simio. La escena se repite paso por paso. El sexto simio participa de forma entusiasta en la paliza, por supuesto sin comprender su porqué. Ese sexto simio jamás ha sido castigado con agua fría, por lo que la relación entre escalera y paliza es, como mínimo, misteriosa para él.
Las sustituciones continúan hasta que en la estancia no queda ninguno de los cinco simios originales. Los cinco simios que han ocupado su lugar jamás han sido mojados con agua fría y por lo tanto desconocen qué es lo que ocurre cuando alguno de ellos sube por la escalera e intenta comerse las bananas. A pesar de ello, la escalera es considerada tabú y ni siquiera osan aproximarse a ella.
Impresionante, ¿cierto? Muchas veces la descripción del experimento acaba con una reflexión del tipo “si le preguntáramos a alguno de los simios por qué no sube por la escalera e intenta comerse las bananas quizá nos respondería que no lo sabe pero que por ahí las cosas siempre se han hecho así”. A veces el experimento acaba con una supuesta cita de Einstein: “Es más difícil desintegrar un prejuicio que un átomo”. La moraleja del experimento es tan panorámica que puede ser encasquetada a cualquier sistema de creencias que se nos pase por la cabeza: la religión, el socialismo, el liberalismo, la democracia, lo políticamente correcto, el estado del bienestar, el racismo, el buenismo, el feminismo, el machismo, el igualitarismo, el fascismo, el madridismo…
Lo cierto es que ese experimento jamás se llevó a cabo. Es una invención. Casi con toda seguridad de Gary Hamel y C.K. Prahalad, que en 1996 escribieron la que parece ser la primera versión de la historia en su libro de autoayuda Competing for the future. Quizá la fábula naciera de la tergiversación por parte de Hamel y Pralahad de un experimento, este sí real, llevado a cabo por el zoólogo estadounidense Gordon R. Stephenson en la universidad de Wisconsin en 1967. El experimento real se describe en el artículo Cultural acquisition of a specific learned response among rhesus monkeys, que puede leerse por ejemplo aquí. Como Hamel se ha negado siempre a hablar del tema cuando ha sido preguntado al respecto (Pralahad murió hace años), la verdadera inspiración de su historia sigue siendo objeto de especulación.
El experimento de Stephenson, mucho más sencillo y de resultados más modestos y bastante menos espectaculares que el de ficción, consistía en lograr que un mono asociara un determinado objeto con un castigo X. Después se introducía a monos no entrenados en la misma jaula del mono entrenado para observar la reacción de este cuando sus nuevos compañeros se acercaban al objeto en cuestión. En una de las ocasiones, el mono entrenado apartó de forma brusca al no entrenado. En otra ocasión, ejemplares entrenados mostraron expresiones de agresividad y de miedo cuando un mono no entrenado intentó manipular el objeto. Cuando se sacaba de la jaula al mono entrenado, los monos no entrenados mostraban un índice de manipulación del objeto menor que el del grupo de control integrado por monos que no habían recibido jamás un castigo por manipular el objeto. El experimento no obtuvo los mismos resultados con las hembras, que demostraron menor aprensión hacia el objeto y que perdían el miedo en cuanto veían a otra hembra manipularlo sin que le ocurriera nada.
Pero lo fascinante del experimento inventado por Hamel y Pralahad es cómo ha logrado cruzar el abismo que separa la ficción de la realidad por una vía inesperada. El experimento de los monos y la escalera puede ser falso, pero su conclusión, su moraleja si así lo prefieren, ha sido confirmada por la realidad miles de veces. Los monos reales del experimento son esas miles de personas que han reproducido en medios de prensa, blogs y redes sociales una historia falsa diseñada para amas de casa ociosas y de escasa cultura sin dudar ni por un solo segundo de ella. Los monos acríticos de comportamiento gregario y aborregado que han obedecido una pauta de comportamiento absurda sin tener ni la más remota idea de su porqué son los que han repetido como zoquetes una mentira creyendo estar revelándole al mundo una profunda realidad filosófico-científica-metafísica. Y lo que es aún más irónico: convencidos a pies juntillas de que ellos no eran en absoluto como los monos del experimento. Que ellos eran la excepción a la regla. Individuos mucho más inteligentes que sus pobres y sumisos y crédulos vecinos. ¡Cuidado, no dejéis que os manipulen! ¡Dudad de todo, no seáis memos! ¡Al tanto con el Gran Hermano! ¡Mucho ojito, que nos quieren alelados!
No, no, si aquí el único alelado que hay eres tú, chaval.
No me digan que no es deliciosamente maquiavélico. Lo intentas hacer tú, escribiendo por ejemplo un artículo en el que todos sus comentarios negativos confirmen su tesis principal, y no te sale ni en 100 vidas que vivieras.
Viene esto a cuenta de Diego Valderas, vicepresidente de la Junta de Andalucía. El caso es que me topé hace unos días por casualidad con su cuenta de Twitter. Si no fuera porque vi letras habría dicho que estaba en blanco. Pero me crucé con un tweet del 20 de abril que me llamó la atención. En él se pregunta Valderas, fingiendo indignación y haciendo gala de un envidiable dominio de la orcografía, por qué se opone la derecha a la solidaridad. A la solidaridad alimentaria, más concretamente, que ya hay que tener valor para escribir esas dos palabras juntas. ¡Ay, la solidaridaaá alimentaria, mijo! Un poco más y finge un desmayo con gran desgarro interior.
Solo le faltó al Valderas acordarse de los huerfanitos. Y no de cualquier huerfanito, sino de los más invisibilizados de entre los huerfanitos. ¡Solusione habitasionale de calidá y solidaridá alimentaria para lo huerfanito invisibilisao, mijo!
Andalucía: 35 años de autonomía para acabar nombrando vicepresidente al hijo ilegítimo de Bono y la Pantoja.
Pero a lo que iba. Busco la palabra solidaridad en Google Noticias y obtengo 99.600 resultados. Mucha solidaridad es esa para tan poca prensa. Pero es que la caridad, que es lo que está pidiendo Valderas cuando habla de solidaridad, goza de un enorme prestigio en nuestro país. Como es obvio por influencia del cristianismo, cuyo rastro puede seguirse sin problemas, miga de pan a miga de pan, desde Agustín de Hipona hasta la mayoría de los partidos, organizaciones sociales y movimientos ciudadanos españoles actuales. De derechas y de izquierdas, ojo, que en este terreno no se ven diferencias apreciables.
Hagan la prueba. Pídanle a la persona más cercana que tengan a mano que defina la palabra solidaridad. Les dará la definición de caridad. Pídanle que defina estado del bienestar. Les dará la definición de caridad. Pídanle que enumere las funciones básicas que debería realizar el Estado. La primera de ellas será la caridad. Pregúntenle, para acabar, qué espera ella de la sociedad. Dirá que caridad. Solo que no utilizará la palabra caridad. ¿Y cuál es la diferencia entre solidaridad y caridad? Que la primera es gratuita, un estado de ánimo circunstancial que nos conduce a empatizar con una causa ajena, mientras que la segunda cuesta dinero. Dinero que puede ser propio, y en ese caso hablaríamos de caridad cristiana, o ajeno, y en ese caso hablaríamos de Valderas y del Estado.
La cosa, de todas maneras, sería hasta divertida si Diego Valderas no fuera precisamente uno de los principales responsables de que a muchos ciudadanos andaluces les falte a día de hoy techo, alimento o trabajo, cuando no las tres cosas a la vez. Y eso no lo digo yo, sino la principal de las ideas que dice defender Izquierda Unida Los Verdes-Convocatoria por Andalucía: el Estado y las administraciones públicas como garantes de un nivel de vida mínimo para todos los ciudadanos españoles. Por supuesto, si le preguntan a Jesús Huerta de Soto este les dirá que los responsables de que a los ciudadanos andaluces no les falte techo ni alimento ni trabajo son los propios ciudadanos andaluces… siempre y cuando dichos ciudadanos disfruten de unas condiciones mínimas de libertad y Diego Valderas y los suyos no se inmiscuyan en sus asuntos más allá de lo necesario.
Así que cuando el burócrata Valderas reclama solidaridad lo que está pidiendo en realidad es que rellenemos el socavón de su incompetencia con nuestra caridad. La solidaridad que reclama Valderas, en definitiva, es el último recurso que le queda a una sociedad gobernada por individuos como Valderas. Nos solidarizamos con los padres de Marta del Castillo porque el gobierno, los jueces y la policía española han fracasado de forma miserable en dos de sus principales cometidos: el de garantizar la seguridad de todos los ciudadanos de este país y, cuando ello no es posible, el de minimizar los daños derivados de dicha incapacidad. Nos solidarizamos con los parados, con los autónomos arruinados y con los pequeños y medianos empresarios que se han visto obligados a cerrar sus negocios porque el Estado ha sido incapaz de lograr que en España sea rentable trabajar. Eso es, desde todos los ángulos posibles, solidaridad. De la real.
Cuando en cambio se nos dice que a los ciudadanos españoles se les prohibirá a partir de ahora alquilar sus viviendas a turistas con el objetivo nada disimulado de proteger al lobby hotelero, lo que se le está pidiendo en realidad a los ciudadanos españoles es caridad. ¿Por qué? Porque con esa medida se está obligando a esos ciudadanos a entregar parte de su dinero (el que dejan de ganar con la prohibición del alquiler turístico) a un monopolio de empresarios incompetentes cuyos beneficios se han desplomado durante los últimos años por la competencia natural de cientos de miles de pequeños emprendedores mucho más ágiles y eficaces ¡en su propio sector! que ellos. Emprendedores que han detectado un hueco en el mercado y que han decidido ocuparlo poniendo además en circulación miles de segundas viviendas que hasta ahora permanecían vacías, con los evidentes beneficios que eso comporta para la economía (y la higiene) de este país. No hace falta decir que miles de españoles pueden pagar a día de hoy sus hipotecas solo gracias al alquiler turístico de sus viviendas. Pero no solo el sector hotelero va a hacer su agosto con esta medida: los bancos también van a poder rapiñar lo que no está escrito. Se les van a hacer ampollas de tanto frotarse las manos con este gobierno.
De hecho, lo que está haciendo el PP con esta medida no es más que expropiar el derecho de uso de las propiedades inmobiliarias de todos los ciudadanos españoles, que a partir de ahora solo podrán ser utilizadas para aquello que el gobierno, en su infinita magnanimidad, tolere.
¿Entienden ahora la diferencia entre solidaridad y caridad? ¿Y entre caridad y robo a mano armada por parte del gobierno?
Y aquí es donde enlaza la historia del experimento de los simios y el tweet de Diego Valderas. ¿De dónde cojones sale la absurda idea de que el PP es un partido liberal? ¿Es este uno de esos dogmas de fe que se repiten como si fueran la palabra de dios sin pararse ni por un momento a pensar en la inmensa, tremebunda, cósmica parida que supone afirmar que el PP es un partido de ideología liberal? En lo de neoliberal ya ni entro, que me da la risa floja.
Veamos.
En dos años de gobierno del PP, este ha…
—Incrementado el gasto público por encima de los niveles de 2008. En términos reales, el gasto actual es incluso superior al de 2006 (cuando Zapatero estaba en su apogeo).
—Conseguido que el único sector de negocio que disfruta en la actualidad de pleno empleo sea el de los políticos y sus miles de asesores, altos cargos y familiares.
—Esquivado con patéticos subterfugios la supresión de las duplicidades administrativas.
—Rescatado a la banca con un coste total de 275.000 millones de euros.
—Elevado la tasa de paro hasta situarla en el 27,16%. La de paro juvenil es del 57%. La cifra total de parados ronda los 6.200.000, aunque es probable que la cifra real se acerque más bien a los siete millones.
—Aumentado todos los impuestos posibles y reducido todas las deducciones que era factible reducir.
—Defendido una reforma del aborto aún más restrictiva que la de países extremistas en este terreno como Irlanda o la medieval Malta.
—Opuesto de facto a la libertad de horarios comerciales en toda España.
—Negado repetidas veces a promover medidas para minimizar la corrupción en el sector público. De acabar con ella ni hablo: es una utopía.
—Cerrado 2012 con un déficit del 6,98%. Si se incluyen las ayudas a la banca, el déficit asciende al 10,6%.
—Incrementado la deuda pública hasta un 90,69% del PIB en 2012. En 2007 era del 36,30%.
—Incrementado la morosidad bancaria hasta un 10,44% (desde cifras de salida cercanas al 0,8%).
—Conseguido que casi 400.000 pequeñas y medianas empresas echaran el cierre en 2012. En 2011 fueron más de 370.000.
—Aniquilado, sangrado, desplumado y exterminado a la clase media.
—Amenazado a través del ministro de Hacienda a amplios sectores sociales y profesionales españoles: el del cine, el de los periodistas, el de cualquiera que haya sido alguna vez pagado por su trabajo e incluso el de los mismos diputados, demostrando así que perro no come perro… salvo cuando la confiscación de bienes a los ciudadanos flojea y se hace necesario mantener prietas las filas de la casta extractiva.
—Luchado con todas sus fuerzas contra la separación de los poderes legislativo, judicial y ejecutivo.
—Negado a acometer la imprescindible reducción de la administración; a eliminar o reducir las subvenciones a partidos, sindicatos y organizaciones empresariales; y a cerrar las miles de empresas públicas que operan en España como cementerio de burócratas retirados pagados a precio de oro.
—Negado a la dación en pago.
—Olvidado en un conveniente rincón los escándalos de corrupción de la monarquía.
—Opuesto a la introducción de criterios de evaluación meritocrática en la educación pública española.
—Caminado hacia un capitalismo de Estado en el que el 70 e incluso el 80% de la economía depende directa o indirectamente de su relación con las administraciones públicas. ¿China, capitalismo de Estado? Capitalismo de Estado es España, caballeros.
—Ciscado con fervor en la libertad de empresa y la libre competencia.
—Favorecido a empresarios afines o cercanos al poder sin importar lo corruptos que estos fueran.
—Promovido el nepotismo sin freno alguno.
—Ninguneado a la prensa.
—Colocado España en los puestos más altos de la lista de países europeos con mayor presión fiscal y en los más bajos de las listas que miden los índices de libertad económica, por debajo incluso de decenas de repúblicas bananeras tercermundistas gobernadas por caciques despóticos de los que ya no se ven ni en los tebeos.
—Mentido con reiteración al dar una cifra del PIB casi un 18% superior a la real (lo que le ha servido para sostener que la recaudación fiscal en España es muy inferior a la media europea cuando en realidad es todo lo contrario: el IRPF español es, por ejemplo, 14 puntos superior a la media europea).
—Conseguido que la cifra total de deuda española, sumando deuda pública y privada, alcance el 400% del PIB.
—Convertido este país en el más europeo de los países africanos. Un país más cercano a Marruecos que a Europa.
—Hecho todo lo posible para consolidar en todo el mundo el estereotipo del español corrupto, parásito, inculto, vago y bueno para nada.
—Utilizado el poder del Estado para beneficiar a determinadas castas medievales de funcionarios por intereses meramente personales: la de los notarios o los registradores de la propiedad, sin ir más lejos. A esta última pertenece, qué casualidad, el presidente del Gobierno.
—Protegido, pagado y cedido al chantaje de un supuesto corrupto llamado Bárcenas con el objetivo de que este no cantara La Parrala frente al juez de turno. Y eso a pesar de que Bárcenas es sospechoso de haber estado metiendo la mano en la caja del partido todo lo que ha querido y más durante todos los años que se le ha antojado.
—Quebrado el Estado.
Etcétera, etcétera, etcétera. Y lo que te rondaré morena hasta llegar al corralito. Porque al corralito se llegará, no lo duden ni por un instante. ¿O es que creen que nuestra deuda es pagable?
Pero voy a ser justo: no todas estas medidas, decisiones y actuaciones del PP son 100% socialdemócratas. Solo lo son la inmensa mayoría de ellas. Lo que está claro es que ni una de ellas, ni una sola, es liberal. Incluida la de la dación en pago. Cualquier liberal no ofuscado por su odio hacia los perroflautas les dirá que obligar a los ciudadanos a pagar las deudas que libremente han contraído es correcto desde el punto de vista liberal pero que también lo es obligar a los bancos a asumir los riesgos de sus malas inversiones y dejarlos quebrar cuando deben quebrar. La dación en pago es una medida, en definitiva, 100% liberal: el hipotecado asume el fracaso de su inversión perdiendo la propiedad de su vivienda y el banco asume el de la suya aceptando que el valor de esa casa en el mercado no es el mismo que el del año en el que se realizó la tasación.
Así que si ustedes se consideran a sí mismos como más o menos cercanos ideológicamente a la izquierda o a la socialdemocracia deberían sentirse como mínimo razonablemente satisfechos con al menos el 60% o el 70% de las medidas adoptadas por el PP durante los dos últimos años. Desde luego mucho más que yo, pérfido partidario del mal y del capital neoliberal, que no coincido con ninguna de ellas. Lo repito: con ninguna. 0%. Y menos que ninguna, con aquellas que más les pueden gustar a ustedes: las destinadas a incrementar el tamaño del Estado y su capacidad de control sobre las vidas y las actividades económicas de sus ciudadanos.
¿Me explico? ¿Empiezan ahora a ver ahora la escalera en medio de la habitación o siguen sin verla?
Pero el PP, un partido de obediencia estrictamente socialdemócrata, un partido de izquierdas desde casi todos los puntos de vista posibles, seguirá siendo considerado en este país como un partido liberal o, tócate los cojones, como el ariete por excelencia del neoliberalismo. De la misma manera que usted, cinco minutos después de leer este texto, seguirá teniendo el mismo miedo ancestral que ha tenido toda su vida a ese objeto que gravita en el centro de la habitación.
Antes morirá usted de hambre socialdemócrata que poner el pie en la escalera liberal, ¿cierto? Todo sea por el paradigma.
Hace bien. Que no le ofusque el hecho de que muy posiblemente (piénselo solo durante un segundo) sus ideas son liberales en un 90%. La escalera es terreno prohibido para usted. No suba jamás a ella. Su simio interior es mucho más fuerte que usted. Ni siquiera lo intente.
Y por cierto: esta brillante conferencia de apenas 15 minutos de Frans de Waal es una buena muestra de los experimentos científicos que se están llevando a cabo en la actualidad para investigar las raíces de la moralidad humana en primates de todo tipo. El experimento que pueden ver a partir del minuto 12:45 (y que por cierto comentan también en Naukas) es, de largo, el mejor gag humorístico que verán este año. Atentos al momento en el que el capuchino tratado de forma injusta golpea su piedra contra la pared para comprobar que esta funciona de forma correcta. Si ese capuchino no es la prueba fehaciente de que los valores en los que se basa la ética liberal son el estado por defecto de la naturaleza humana, nada lo es. Aunque es probable que desde su punto de vista ese capuchino sea la prueba de todo lo contrario. Pero usted se equivoca. Si lo piensa durante unos segundos comprenderá el porqué.
Y recuerde: la escalera no se toca.
























