Actrices porno que leen, el libro de Lenore y diez cosas más

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1. Las diez cosas

La serie de fotografías Immediate Family de la fotógrafa estadounidense Sally Mann. Las fotos muestran a Emmett, Jessie y Virginia, los hijos de Mann, bañándose en un lago, con un ojo a la virulé, fingiendo fumar, posando como un niño cree que posan los adultos y jugando desnudos al aire libre. Mann fue acusada por ellas de obscena e irresponsable, e incluso una revista de arte de vanguardia como la neoyorquina Artforum rechazó publicar algunas de las imágenes. Decían: «No importa que esas fotos sean inocentes porque hay gente en el mundo que no las mirará inocentemente». Es decir que no importa la realidad sino cómo percibe la realidad el 0,1% más perturbado de la sociedad. Las sesenta y cinco fotos de la serie pueden encontrarse en el libro Immediate Family publicado por la editorial Aperture.

Foto
Imagen cortesía de editorial Aperture.

El nuevo Hotel Imperial de Tokyo, diseñado por Frank Lloyd Wright entre 1916 y 1922. El Hotel Imperial es, junto a la Ennis House de Los Ángeles, el mejor ejemplo del llamado revival maya que durante la segunda y la tercera década del siglo pasado recuperó la iconografía y algunos de los elementos arquitectónicos característicos de las culturas precolombinas de la América Central.

Foto. Wikicommons.
Foto. Wikicommons.

Lo que sea que esté haciendo esta gente. La fotografía aparece en la contraportada del single Play Let’s Just Lounge del grupo Sun City Girls.

Imagen cortesía de Majora.
Imagen cortesía de Majora.

El director de la banda de la Universidad de Michigan liderando en 1950 a un grupo de niños en éxtasis. El origen de la leyenda del flautista de Hamelín, posteriormente recuperada por los hermanos Grimm, no está claro y aquellos que la han estudiado barajan varias opciones: los ciento treinta niños se ahogaron en el río Weser el 26 de junio de 1284, fueron reclutados para algún tipo de campaña militar o, más probablemente, abandonaron su localidad natal con el objetivo de colonizar las tierras situadas más allá de la frontera de la actual Alemania oriental. La foto es de Alfred Eisenstaedt.

Foto: Wikicommons.
Foto: Wikicommons.

Los disfraces utilizados en las ceremonias paganas europeas, fotografiados por Charles Fréger para su libro Wilder Mann.

Imagen cortesía de Charles Fréger.
Imagen cortesía de Charles Fréger.

Los disfraces utilizados en los carnavales africanos y afroamericanos, fotografiados por Phyllis Galembo para su libro Maske.

Imagen cortesía de Phyllis Galembo.
Imagen cortesía de Phyllis Galembo.

Esta camiseta. El black metal tiene un je ne sais quoi.

Imagen cortesía de Nodo9.
Imagen cortesía de Nodo9.

Las cincuenta marionetas fabricadas por Paul Klee para su hijo Felix entre 1916 y 1925. Una de ellas es un autorretrato.

Imagen cortesía de Hatje Cantz.
Imagen cortesía de Hatje Cantz.

Las fotos del fotógrafo surrealista estadounidense Clarence John Laughlin. La serie de televisión True Detective, Nick Cave y buena parte del gótico sureño le deben la vida.

Imagen cortesía de Clarence John Laughlin.
Imagen cortesía de Clarence John Laughlin.

La Vía Láctea. Usted está aquí.

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2. Las actrices porno también leen

Dice Kiko Amat en la entrevista a la actriz porno Amarna Miller publicada en esta misma revista hace unas semanas que la chica le parece una persona «articulada» con «intereses variados» más allá del «fornicio». Es decir que Amarna lee. Esto de las actrices porno que leen va camino de convertirse en un cliché del marketing más sobado que el del bifidus de los yogures.

Me pregunto por qué extraña razón creen algunas personas que el hecho de leer aporta un plus de respetabilidad. De hecho, el tópico del interés por la lectura es solo la patita falsamente amable que asoma por debajo de la puerta de un prejuicio paternalista de los de toda la vida: el de que existen personas y profesiones de segunda que necesitan ser tocadas con la varita mágica de la cultura para ganarse el prestigio del que carecen de forma natural. Sasha Grey no es una conocida actriz porno, es una conocida actriz porno que lee cosas. Cosas profundas de la muerte. Filosofía existencialista y tal. Otro que tal es Guardiola. Guardiola no es el entrenador de fútbol más influyente de la última década, un título con el que se conformaría el 99,99% de los mortales, sino un entrenador de fútbol que lee poesía. Por no hablar de nuestros políticos, cuyas supuestas lecturas veraniegas son escogidas por un comité de asesores y consejeros en función de la imagen que desean transmitir en ese momento, generalmente la de un contable de provincias con las oposiciones aprobadas. «¡No, por dios, Christopher Hitchens no! Di mejor que estás leyendo algo de Azaña». Azaña es muy socorrido: sirve tanto para los meapilas analfabestias de la derecha como para los cejijuntos resentidos de la izquierda.

Lo cierto es que a nadie le importa un comino si Sasha Grey o Guardiola o Rajoy leen o no leen. Porque leer, como conducir, lo hace hasta el que casca las nueces con el iPhone. ¡Como si lo importante fuera leer, que es algo para lo que te dan el carnet a los cinco años de edad, y no lo que haces luego con esas lecturas!

Puestos a elaborar rankings de actividades humanas más o menos exquisitas, hagámoslo objetivamente y no basándonos en supersticiones. La siguiente es una lista de tareas de todo tipo ordenadas de mayor a menor dificultad en función del tiempo de estudio que hay que dedicarle al asunto para llevarlo a cabo con más o menos éxito.

1. Escuchar música, follar (cero segundos).

2. Rascarse en el punto exacto en el que te pica (uno o dos segundos).

3. Enroscar bombillas, colgar un cuadro en la pared sin derribarla (un minuto).

4. Conducir (quince horas).

5. Leer en voz alta sin tropezarte con tu propia lengua (cien horas).

6. Escribir novelas, dar mítines y sermones (doscientas horas).

7. Cocinar (mil horas).

8. Operar a corazón abierto, componer sinfonías (cinco mil horas).

9. Escribir claro (diez mil horas).

10. Entender lo que se lee (veinte mil horas).

Los mandriles y los asistentes al Festival Internacional de Benicàssim disponen de la inteligencia necesaria para dominar los puntos 1 y 2 casi a la perfección. La inteligencia de un niño se sitúa en el nivel de las actividades 3, 4 y 5. La de un adolescente, en el nivel 6. La de un casado, en el 7. La de un ser humano, en el 8, 9 y 10.

Hay un momento divertido en la entrevista de Kiko Amat. Empiezan a llegar los primeros comentarios de los lectores, bastante moderados para lo que es habitual en esta casa, y Amarna pide las sales. «Alucinando con la cantidad de haters en los comentarios de la entrevista para Jot Down», dice la actriz en su Twitter. Y remata: «Me resulta curioso. Nunca había sentido tanto odio junto».

Que una actriz de cine porno diga que los comentarios de una revista cultural le parecen agresivos es como para replantearse de cabeza a rabo el esquema de la realidad. Puedo imaginarme a las redactoras de Jot Down meditando meterse en el porno para conseguir ¡al fin! un poco de paz y tranquilidad en sus vidas: «Como lea un solo comentario sarcástico más en mi artículo sobre las categorías funcionales del ámbito oracional en la obra de Virginia Woolf, me follo a veinte gordos puestos en fila india».

Igual a Amarna le interesa conocer lo que escribió en 1847 el filósofo danés Søren Kierkegaard en su diario:

Existe una forma de envidia de la que me he encontrado ejemplos con frecuencia y mediante la cual un individuo intenta conseguir algo por el método de la intimidación. Si, por ejemplo, llego a un lugar donde hay varias personas reunidas, sucede con frecuencia que alguna de ellas se levanta en armas contra mí empezando a reír; presumiblemente, ese individuo se cree que es un representante de la opinión pública. Pero, en cualquier caso: si yo le hago un comentario, esa misma persona se vuelve infinitamente flexible y servicial. Básicamente, esto me dice que esa persona me considera como alguien importante, quizá más importante de lo que soy en realidad. Si esa persona piensa que no va a ser admitida como participante de mi grandeza, entonces al menos se reirá de mí. Pero en cuanto la invito a participar, se convierte en mi defensora. Así es vivir en una comunidad insignificante.

Siete años después, Kierkegaard vuelve a escribir sobre la figura del hater, cuya psicología y manera de pensar continúa siendo tan previsible hoy como lo era hace dos siglos:

Mostrándome que no les importo, o dándole importancia al hecho de que yo sepa que a ellos no les importo, están demostrando dependencia. De hecho, me están demostrando respeto por el método de no demostrarme respeto en absoluto.

Un hater no es más que un fan desconsolado a la búsqueda de tu atención. Esto es así.

3. Lenore falla a puerta vacía.

Había leído tanto sobre el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas sin haber leído el libro de Víctor Lenore Indies, hipsters y gafapastas que decidí comprármelo. Prueba fehaciente, por si hacía falta alguna, de que la publicidad negativa funciona. Y es que las críticas del libro han oscilado entre lo carnicero, lo borde y lo directamente zafio. Vaya por delante que tampoco hay para tanto y que muchas de esas críticas son injustas y un poco pazguatas. Y eso lo digo yo, que aparezco en la página ciento cincuenta del libro como representante de Jot Down y aterrorizado ante la posibilidad de que una plaga de okupas se abalance sobre las hipotéticas propiedades de mi familia. Y continúa Lenore en esa misma página: «La mayoría de la prensa cultural es reaccionaria porque se concibe como un escaparate de la industria». Hombre, Lenore: anda que no me gustaría a mí ser un escaparate de la industria y cobrar como tal. ¿Dónde hay qué firmar y cuántos litros de mi propia sangre hacen falta para sellar el pacto?

Obsérvese que acabo de fingir contestar a Lenore como lo haría uno de los hombres de paja a los que él atiza con saña en su libro: evitando el drama, banalizando el tema de debate y dejando claro, por el viejo método del chascarrillo sarcástico, lo poco que me importa todo y lo extremadamente individualista que soy. Mi ombligo es mi patria y mi culo mi frontera pero ambos están en venta. ¡Qué fácil es replicar el estereotipo dibujado por Lenore! Señal de que no se ha perdido mucho tiempo elaborándolo.

En realidad, el hombre de paja del que habla Lenore no existe. Mejor dicho: es el universo que describe Lenore el que no existe. Digamos que la tesis del libro es la de que los indies, hipsters y gafapastas del título, el moderno de toda la vida, son una subcultura que defiende los valores del capitalismo blanco, anglosajón y de derechas disfrazándolos de rebeldía juvenil, espíritu individualista y creatividad de chichinabo. Y para demostrarlo, Lenore acude a decenas de ejemplos de los que extrae la parte que le interesa y descarta la que contradiría su argumento. A esa modernez imaginaria, Lenore opone el verdadero espíritu rebelde, creativo e igualitarista: el de los guetos de Kingston y Mombasa, y el de movimientos como el 15M. La cosa es hasta resultona si lees el libro como lo que es, un artículo de opinión de ciento cincuenta y tres páginas, y no como lo que pretende ser, un ensayo.

El problema de sustituir una secta adolescente ínfima, la del pop de consumo anglosajón, por una segunda secta adolescente ínfima, la del pop de consumo tercermundista, es que eso te obliga a inventarte a toda prisa una teoría ad hoc que justifique tu minúscula pirueta vital. Minúscula pirueta vital que te suele acabar llevando al mismo sitio en el que ya estabas antes: el de la banalidad más intrascendente. En este sentido, Indies, hipsters y gafapastas es el «¡tatachaaán!» de Lenore. Creer que el productor afroamericano Chief Boima tiene un plus de dignidad y de autenticidad del que carece el discjockey «saqueador del Tercer Mundo» Diplo es andar un poco a tientas por la vida, la verdad. O darle importancia a lo anecdótico. Es decir a las disputas puramente administrativas y fácilmente resolubles por el juzgado más cercano acerca de quién es el poseedor de los derechos de tal o cual combinación de acordes en detrimento de lo verdaderamente significativo: que nada de lo que hacen Chief Boima y Diplo tiene ni la más mínima importancia. Que no hay nada de sustancial ni de revolucionario ni de subversivo en sus temas y que la música pop, haya sido diseñada para blancos con pretensiones o para negros suburbiales, se sitúa en el nivel más subterráneo, adocenado y facilón del edificio de las artes. Que el periodismo musical puntúa por debajo del deportivo en el nivel de preparación y de conocimiento exigible a aquellos que lo llevan a cabo. Que nada demasiado importante diferencia al Rockdelux del Cuore. Y que, en definitiva, hay que tener mucho tiempo libre para dedicarle dos minutos al tema, no digamos ya un libro entero. ¡Coño, pero si hasta yo mismo dejé de escribir crítica musical cuando se me inflaron las pelotas de inventarme melonadas pedantes que ni yo mismo me creía sobre el último bodrio mal vocalizado de Los Planetas!

Precisamente es en el capítulo que Lenore dedica casi en exclusiva a Diplo aquel en el que los fundamentos del libro tiemblan con mayor estrépito. Se queja Lenore de los llamados «buitres pop», entre ellos el propio Diplo o Shakira, que usurpan las canciones y las melodías de los artistas del Tercer Mundo, las empaquetan para el público blanco occidental y se hacen millonarios gracias a ellas. Y para demostrar su tesis, cita unas declaraciones de Diplo en las que este explica cuál es el problema con esos artistas tercermundistas y por qué todos los intentos de ayudarlos suelen acabar en fracaso: «Hay un obstáculo serio que es la mentalidad del gueto. Me refiero a una espesa red de primos, colegas y padres que manejan a los chavales. En Brasil no comprenden el concepto de fichar por una discográfica, ni tampoco los sistemas de distribución de Estados Unidos. Además tienen acuerdos con sellos y emisoras de radio en Río. Básicamente les timan, ya que apenas ganan nada con sus canciones. Viven de hacer ocho conciertos por noche en la favela. Lo máximo que puedo hacer es colaborar con los que están dispuestos: chicos arty de clase media como Bonde do Rolê o Cansei de Ser Sexy. El proceso ya es bastante duro con los raperos de los guetos de Estados Unidos, mucho más con los países del Tercer Mundo».

El argumento de Diplo no es precisamente nuevo. Es el mismo de Buñuel en Viridiana o de El asedio a la modernidad de Juan José Sebreli, sin ir más lejos y por citar solo dos ejemplos al azar: ojo con la idealización de la pobreza y con las visiones románticas sobre el buen salvaje. Y al argumento puramente empírico de Diplo, real como un puñetazo en las gónadas y apegado a los hechos como una ladilla a su víctima, Lenore opone el típico buenismo metafísico de clase media occidental: «Los conflictos sociales y la mentalidad comunitaria de los barrios hacen mucho más complicado empaquetarles como estrellas para el mercado occidental». Diplo describe con pelos y señales un charco de vómito, sangre y semen, y Lenore pregunta a qué huelen las nubes.

Así que cuando es Diplo el que se aprovecha de esos chavales, Lenore lo llama «rapiña». Cuando son los parásitos de su propia familia los que les roban, Lenore lo llama «mentalidad comunitaria». O «conflictos sociales», que debe de ser el término políticamente correcto para «el maltratador de mi padre se ha gastado en perico toda la pasta que he ganado con esta mierda de ritmo machacón para oligofrénicos de quince años». Me pregunto qué cojones tendrá que ver la sociedad con el hecho de que tu padre te robe. «¡Todo, todo!», responde el 15M al unísono. Pues nada, hombre: no descabalguéis del unicornio que ya os queda poco para llegar al paraíso al final del arco iris.

Si quiere Lenore un ejemplo de la innata solidaridad de los integrantes de la clase baja cuando logran acceder al Olimpo de los ingresos de las clases altas occidentales, que se fije en lo primero que hacen los futbolistas brasileños salidos de las favelas de Río de Janeiro cuando son fichados por el F.C. Barcelona o el Real Madrid: fletar un avión privado y rellenarlo hasta las trancas de putas, camellos, amigotes, primos y demás parásitos mientras graban en Dubai anuncios para adidas o Nike. Supongo que la explicación adolescente a ese fenómeno, por otro lado nada sorprendente para todo aquel que haya viajado más allá de su barrio una o dos veces en su vida, es que estos querubines han sido corrompidos en lo más hondo de su ser. Hasta el unicornio enarca las cejas cuando oye este argumento.

Y es una lástima porque Lenore lo clava cuando psicoanaliza los aspectos más superficiales de la mentalidad de la clase media creativa. Que es, a fin de cuentas, la que nutre a indies, hipsters y gafapastas. Cita Lenore al sociólogo Eloy Fernández Porta y lo niquela al escoger el mejor de sus diagnósticos: «La mayoría de los expertos en estos asuntos procedemos de la clase media-baja. Eso nos hace experimentar un ascenso, no en el terreno económico, pero sí un ascenso simbólico, propio de una clase media fantasmal. Quiero decir que no somos clase media por nuestros ingresos, pero sí por los gustos y consumos culturales, que tienen una sofisticación equivalente a la de la aristocracia en su momento». Lenore, en definitiva, acierta con la identificación de los síntomas —el amaneramiento de los modernos del siglo XXI, supuesta réplica de los códigos vitales de una aristocracia a la que muy pocos han tratado en vivo y en directo— pero se equivoca estrepitosamente cuando intenta encontrar sus causas o el tratamiento que aplicar al enfermo porque le pueden sus prejuicios políticos y su desprecio de la naturaleza humana. Lo que hace Lenore es repetir un esquema típicamente clasista: integrante de la clase media idealiza a la clase baja y redacta un manifiesto guerracivilista en contra de su propia clase social con la excusa más peregrina —¿los gustos culturales adolescentes, en serio?— en vez de presentarse en la sede del Consejo de la Unión Europea dispuesto a repartir patadas giratorias en las orejas de los verdaderos culpables de a) la estrepitosa y aceleradísima decadencia de la clase media y b) el subdesarrollo crónico de la clase baja.

Lenore, en definitiva, ha puesto en órbita el balón cuando solo tenía que empujarlo a puerta vacía. En cualquier caso, daba igual: el gol se lo iba a meter en propia puerta.

Retrato de Jeanne Hébuterne, de Amedeo Modigliani.
Retrato de Jeanne Hébuterne, de Amedeo Modigliani.

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18 comentarios

  1. Antippasti

    Qué soberbia. Así que la prensa musical es basura. Mucho antes de que existiera Jot Down ya estaba Ruta 66 que es una revista en la que muchos hemos podido disfrutar artículos de una calidad sobre música, sine, libros, drogas y otros muchos temas a los que no vas a acercarte tú en la vida, aunque alguno de tus compis en Jot Down no está lejos. Lo que no se es por qué te menciona a ti en el libro… a no ser que el «tonto de los cojones» sea una categoría que se omite en el título por ser inherente y transversal a las otras tres

  2. Clavado lo de Lenore. Dispara en tantas direcciones que es normal que alguna vez acierte. Y se nota a millas que este de la vida de barrio no sabe una mierda, de lo contrario no escribiría lo que escribe.

  3. Cristian, un placer leerte. ¿Por qué ya no escribes en ZoomNews?

  4. QWERTY

    Tengo que reconocer que lo de las entrevistas al personal porno me fascina. En general ese viaje por «normalizar el sexo» y perpetrar entrevistas donde apenas se habla de él. Quizás lo mas moderno, lo mas rompedor, llegado a cierto nivel de pornomundo, sea precisamente eso, personal porno haciendo de todo menos sexo. El no porno como nuevo porno. Recientemente Emily Grey (y su novio) dejaban «lo porno» y ella lanzaba un racionamiento un poco LOL: «Creía que el porno era algo mas que follar/ser follada/ser lefada» (mas o menos literalmente).

    Lo de Guardiola no tengo claro su fue un elogio o un «MIRA TÚ QUE PUTO MARICÓN». Me pierdo mucho en las luchas de mierda entre bandos: «Que si Laporta es un mierdas y tenemos la OBLIGACIÓN de espiar toda su puta vida; que si ahora gana Rosell y nos dedicamos a mirar hacía otro lado, etc…» Creo que lo de Guardiola, la poesía, Martí i Pol i Lluis Llach transitaba esa senda. La senda «quiero enviarte a tomar por el culo, pero tampoco me atrevo mucho así que suelto el sempiterno insulto mierder de MARICA».

    HATERS y eso.

  5. Creo que es largo pero creo que es muy interesante, un artículo como los mios; un batiburrillo de cosas guays y texto. Lo que yo ya no los hago tan largos. Me lo guardaré en .pdf.
    Yo a veces pienso que soy moderno porque … no voy a ser anticuado digo yo. ¿O que? ¿Que es lo contrario de moderno?

  6. Gracias por leerte el libro, Cristian.

  7. Yo nunca he creído en la sacralidad inviolable de los gustos personales («para gustos se pintan colores», «en cuestión de gustos no hay nada escrito» y demás memeces). Más bien sospecho que cada persona escoge sus gustos, opciones o alternativas de ocio según la imagen que quiere proyectar ante su red social, física y ahora también digital. Incluso hay personas que escogen sus gustos por omisión, dejando el piloto automático puesto ante la pantalla de la televisión. La ignorancia también es una elección personal. Pero ya se practique esta elección por acción o por omisión, considero que tiene más bien poco de espontánea o de ingenua.

    Es evidente que no es lo mismo presentarse ante un grupo de desconocidos hablando de los minimalistas de la segunda mitad del s. XX, Andréi Tarkovski o la pregunta anual de EDGE.org, que hacerlo preguntándose qué frotaba Cristiano Ronaldo en su tetilla derecha cuando lo expulsaron del partido del sábado pasado. No es neutro, no proyecta la misma imagen personal ante la sociedad ni configura nuestra posición ante el mundo, nuestro rol o el papel que queremos jugar en el grupo de la misma manera.

    A mayor simplicidad en el desarrollo de un criterio propio o menor autonomía personal, mayor aceptación social consigue un individuo. Pero aceptación social por parte de la turba, ojo. Con todo lo que ello conlleva. Habría que ver qué tienen que ver en esto las neuronas espejo.

    En cuanto al mito del buen salvaje… ya empieza a oler un poco (a cadáver). Yo propongo atizar a algunos en la cabeza con algún libro de Steven Pinker. A ver si así comienzan a entrar en razón. Pero me temo que se trata de algo más complejo. Supongo que está relacionado con el gregarismo ideológico. Es decir, con la genética.

    De las diez cosas más, me quedo con el Hotel Imperial de Tokio y las fotografías de Clarence John Laughlin. Rigor intelectual y expresividad emotiva.

    • Por cierto, buen punto el de colocar el nivel de inteligencia de un ser humano por encima del nivel de inteligencia de un casado.

  8. El ranking de las 10 actividades de menor a mayor esfuerzo me ha gustado. Ahora bien calificar a los asistentes a Benicasim de mandriles me parece simpático aunque pelín excesivo.
    Lo que más me ha impresionado es la fotobde la galaxia en la que habito, pero no me he llegado a ver (sniff).

  9. Pobres pajeros los unos y los otros. Ya hace muchos años se inventó el partidito de solteros contra casados. La única diferencia que veo es que antes los solteros no desfallecian por dotar de épica lastimera sus insuficiencias: aspiraban, mientras daban leña como hombres y no como corines tellados posmodernos, a cambiar de equipo.

  10. R.Maitland

    Sobre lo de leer opino exactamente lo mismo. Tengo un amigo que lee mucho. Muchísimo más que yo. Y mierda de auténtica enjundia. Pero albergo hacia él, por supuesto en secreto, un sentimiento mezcla de decepción y cierto triunfo mezquino. Creo, como en el caso de Lenore que aquí se cita, que la ideología y los prejuicios es la gran culpable de la entropía intelectual que padece.
    En cuanto a actrices porno que leen, coincido en lo del barniz de respetabilidad, doble capa en el caso de Sasha Grey, ya que la zagala escucha entre otros a Einstürzende Neubaten. Te cagas. Justificación innecesaria mientras hagan sus cosas dentro del amplio margen que el código penal otorga.

  11. Para lo bien que te has despachado en el punto 2 (ojo, 99% de acuerdo) me ha costado entender lo que leía, en una lista de menor a mayor indicada como de «mayor a menor»

  12. Vigasito

    El porno es poesía en movimiento. Punto.
    En cuanto a lo de leer, es como hacer una carrera, sobre todo cuando alardeas de ello: Crees que eres un tío culto, superior a los que se tragan el «Sálvame» y derivados, cuando en realidad no eres más que una cagarruta que cree que huele bien.

  13. Sisí pero metes lo de «actrices porno que leen» titulando para conseguir más visitas eh. Marketing y periodismo ;)

  14. Ehgolam

    En el año 1998 trajeron a Salamanca esa serie fotográfica de Sally Mann y no recuerdo polémica alguna. Me parecieron unas fotografías excelentes. Salud.

  15. Reader

    ¿Por qué tantos aires de superioridad? Solo eso.
    O quizás soy un simple paleto que no ha dedicado las veinte mil horas necesarias para entender lo que lee.
    Y gracias por tu artículo de las andaluzas pityfucker, me ha gustado mucho Dietario voluble.

  16. Cuando Campos escribe «Que el periodismo musical puntúa por debajo del deportivo en el nivel de preparación y de conocimiento exigible a aquellos que lo llevan a cabo», he pensado en Frank Zappa: «Definition of rock journalism: People who can’t write, doing interviews with people who can’t think, in order to prepare articles for people who can’t read» [The Real Frank Zappa Book, p. 221].

  17. Los haters de la entrevista de Amarna Miller tiene pinta de pajilleros … ah una cosa «…Lo veo muy cabal: si ves que no puedes llegar a más, lo dejas. No te vas a partir la crisma con un Double Fakie Ollie…» ese double fakie ollie en switch no? :D

    Sobre lo de leer, me causan más mofa los que dicen «Mengano es muy culto que lee mucho» que los que se creen cultos por leer mucho, los segundos me dan pena más bien…

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