El dinosaurio de las letras ya tiene su meteorito

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El pasado seis de agosto la revista estadounidense The New Republic publicó un artículo de Steven Pinker titulado La ciencia no es tu enemiga. Hace apenas unos días el escritor y crítico literario Leon Wieseltier respondió a Pinker con un artículo titulado Crímenes contra las humanidades.

El subtítulo del texto de Wieseltier resume bien la polémica: La ciencia quiere ahora invadir las artes liberales, no dejen que ocurra.

En el contexto de su artículo, lo que Wieseltier denomina artes liberales es, con matices, lo que nosotros llamamos letras: la suma de las humanidades (la filosofía, la historia, la teología) y las ciencias sociales (la sociología, la economía, la política, el derecho, la pedagogía). Es decir toda disciplina intelectual que no forme parte de las ciencias naturales o las formales (química, física, biología, matemáticas, lógica).

Wieseltier critica en su artículo el cientifismo de Pinker. Cientifismo es el término peyorativo usado habitualmente por los académicos de letras para ridiculizar la idea de que el método científico es el único capaz de describir con precisión la realidad. El cientifismo defiende la superioridad de la ciencia sobre el resto de disciplinas del conocimiento humano, a las que considera poco menos que metafísica.

Lo que molesta en realidad a Wieseltier no es tanto la idea de que la ciencia lo puede explicar todo como lo que se infiere de ella: que ninguna otra disciplina intelectual explica nada. Para el cientifismo tanto la religión como la filosofía, la economía o la política son prescindibles. Pura cháchara académica cuya relación con la verdad es en el mejor de los casos anecdótica. Pan y circo. Ornamentos de colores para currículums perezosos.

Steven Pinker
Steven Pinker.

El debate no es nuevo. El cientifismo se deriva del positivismo de Auguste Comte. Este a su vez bebía de las ideas de Francis Bacon. «Solo la física es ciencia, el resto es coleccionismo de sellos», dijo el físico nuclear neozelandés Ernest Rutherford hace ya un siglo. Pero no hace falta irse tan lejos. Al pie de su artículo Sobre la supuesta singularidad de las ciencias sociales, publicado en esta misma revista, uno de los comentaristas insultó a Kiko Llaneras llamándole positivista. «Vuestro ego, vuestra megalomanía, os delata siempre», dijo. También a mí me llamaron positivista en Jot Down. «Positivista trasnochado», más concretamente. Habrá que ir pensando en fundar un club.

Aquí hay que saber que en el terreno del debate académico el término positivista cumple la misma función que el término fascista en el debate político: sirve para descalificar de raíz al contrincante sin necesidad de dar mayores explicaciones. De hecho, con el tiempo el término positivista ha acabado adquiriendo peso político e identificándose con uno de los extremos del espectro ideológico. Pregúntenle a una feminista lo que opina de Pinker y entenderán lo que quiero decir.

El debate es encarnizado porque lo que propone el cientifismo es un juego en el que el ganador se lo lleva todo: si sus tesis son correctas, las disciplinas de letras deberían ser desterradas de las universidades y pasar a impartirse por correspondencia junto con la astrología, las medicinas alternativas, el reiki y la homeopatía.

El debate, no obstante, no había logrado salir de los círculos intelectuales hasta que el editor estadounidense John Brockman acuñó en 1995 el concepto de Tercera Cultura. La Tercera Cultura, a la que pertenecerían científicos como el mismo Pinker, Daniel Dennett, Richard Dawkins o Lawrence Krauss entre muchos otros, pretende demoler el dique que protege a las letras de las ciencias.

La idea de la Tercera Cultura, que a primera vista puede parecer conciliadora, es el equivalente de un evento de extinción masiva en el terreno del conocimiento humano. La Tercera Cultura es un meteorito de tamaño colosal para las disciplinas de letras. Como ya he tocado el tema en un artículo publicado en el número de septiembre de la revista Muy Interesante, me van a permitir que me autocite para no escribir aquí lo mismo con diferentes palabras:

En la práctica, lo que hace la Tercera Cultura es arrebatar a las ciencias sociales (la economía, la psicología, la política) el monopolio de la influencia sobre los asuntos públicos. De acuerdo a las tesis de la Tercera Cultura, la política educativa, la legislación penal o los sistemas de protección social no deberían ni siquiera discutirse sin tener en cuenta los avances de la neurociencia, la sociobiología o la antropología evolucionista.

La idea de la Tercera Cultura no es inocente porque aunque su premisa teórica es la fusión consensuada de letras y ciencias, es obvio en la práctica que la filosofía, la política y la economía no tienen nada que aportarle a la física, la química o las matemáticas. Pero estas últimas sí pueden en cambio modificar por completo las reglas de juego de las primeras. Una sola gota de neurociencia es capaz de evaporar un océano de ciencia política en menos de lo que se tarda en decir Norberto Bobbio. Y esa es precisamente la diferencia entre el conocimiento verdadero y la pura especulación retórica.

La batalla, en definitiva, es sangrienta. Y uno de los ejércitos contendientes está aterrorizado por partida doble.

En primer lugar, porque la victoria del positivismo no solo dejaría en el paro a miles de académicos y licenciados de letras y los condenaría al más puro ostracismo intelectual, sino que vaciaría de sentido toda su carrera profesional y, muy probablemente, su concepción de la realidad. Observen la cara de un homeópata o de un astrólogo cuando se les dice que la realidad física, lisa y llanamente, no funciona así y sabrán de qué tipo de pánico estoy hablando.

En segundo lugar, porque la idea de que las ciencias se apoderen del debate sobre los asuntos públicos parece conducir hacia una sociedad gobernada por la frialdad de la razón científica y en la que las emociones, los sentimientos, la empatía y las ideologías no tienen cabida. En una sociedad así solo importaría el cómo porque la ciencia nos habría dirigido a la conclusión de que la realidad física no tiene porqué. De que el ser humano y sus códigos morales y sus más elevadas aspiraciones (la belleza, la fraternidad, el amor) no tienen ninguna finalidad. De que están vacíos de significado, de trascendencia y de propósito. De que son arbitrarios. De que la existencia, simplemente, es.

El artículo de Wieseltier es interesante porque resume los argumentos habituales de los defensores de las disciplinas de letras y su visión de la realidad. Con sus argumentos, coma arriba coma abajo, van a sentirse cómodos tanto los creyentes como los laicos que se resisten a una explicación puramente racional de la existencia. También se sentirán cómodos los relativistas, los poetas, los filósofos y muy probablemente cualquier partidario de algunas de las docenas de ideologías redentoristas que se apoderaron del ámbito académico a finales de los años 60.

Leon Wieseltier
Leon Wieseltier.

Esos argumentos se pueden resumir en diez puntos. También sus contraargumentos. Las frases entrecomilladas son de Wieseltier:

1. «La ciencia no confiere una autoridad especial, o ninguna autoridad en absoluto, para responder preguntas no científicas».

No existen preguntas no científicas. Si una pregunta no es ciencia o está mal planteada, o es irrelevante, o es metafísica. Con este argumento lo único que hacen los detractores del cientifismo es sembrar los límites de su terruño de carteles de «prohibida la entrada a extraños». Proteger su modus vivendi, en definitiva.

2. «La ciencia es una fuente de asombro y de mejora».

Es el argumento perdonavidas por excelencia. Conscientes de la banalidad y la función meramente decorativa de las disciplinas de letras, sus defensores atribuyen a las ciencias el que en realidad es su principal defecto: su incapacidad para aportarle al ser humano algo más que entretenimiento banal con pretensiones intelectuales.

3. «Muchos de los defensores de la ciencia, y de los ruidosos nuevos ateos, creen de forma mezquina que pueden refutar la religión señalando sus manifestaciones más extravagantes».

Es el mito de la religiosidad moderada. Pero no existen zonas grises entre la verdad y la mentira. No existen las medias verdades. O dios existe o no existe. O la existencia tiene un propósito último o no lo tiene. Creer en la literalidad de la Biblia o defender una interpretación moderna de sus enseñanzas no supone ninguna diferencia para la ciencia. Entre las creencias de un talibán que lee de forma literal el Corán y las de un creyente que acepta la teoría de la evolución no hay ninguna diferencia desde el punto de vista de la razón, al igual que no la hay entre quien cree en la existencia del dios cristiano y quien cree en la existencia del yeti: ambos están equivocados en el mismo grado. Es decir absolutamente.

4. «La idea de la autonomía de las humanidades, la noción de que el pensamiento, las acciones, la experiencia y el arte exceden los confines de la ciencia, les llena de ansiedad».

No sé si la palabra ansiedad es la correcta en este contexto, pero en cualquier caso se trataría de la misma ansiedad que provoca la insistencia de un interlocutor cualquiera en creencias obviamente falsas. Ni el pensamiento, ni las acciones, ni la experiencia, ni el arte exceden los confines de la ciencia: todos ellos son ciencia pura y dura. La ansiedad real es más bien la que padecen los defensores de las disciplinas de letras cuando ven como la ciencia ocupa poco a poco el que creían que era su coto privado de caza.

5. «Imaginen una explicación científica de una pintura, un análisis de las cerezas de Chardin, desde el punto de vista de los pigmentos que las componen y de un análisis de cómo su mezcla produce las sutiles y tristes tonalidades por las que son admiradas».

Es el recurso habitual a lo que algunos llaman el misterio del arte, una de las pocas actividades humanas que parece no obedecer a ningún fin o interés evolutivo superior. En realidad, el arte no tiene nada de misterioso ni de metafísico y su existencia responde a las mismas necesidades humanas que el sexo, la vivienda, los amigos, el dinero y la comida. Es decir a las de reproducción, protección, socialización, estatus y energía. Lo que hace Wieseltier aquí es mezclar hábilmente dos conceptos diferentes. Por supuesto que explicar el placer estético que provoca una pintura cualquiera analizando los pigmentos que la componen es absurdo. Lo que hace la ciencia es más bien describir por qué determinados colores y determinadas temáticas nos producen más placer que otros colores y otras temáticas. Y la explicación es pura y estrictamente científica.

6. «Los cientifistas no respetan las fronteras entre reinos. Violan esas fronteras para fusionar todos los reinos en uno solo, en su reino. No son plurales».

La verdad no es un término medio entre opiniones plurales. La verdad es una, la defiendan millones de sabios o un único demente. Por supuesto, no hay nada más plural que el error: solo hay una manera posible de acertar en el centro de una diana pero existen cientos de miles de maneras distintas de errar el tiro. La pluralidad, de nuevo, es solo un subterfugio infantil con el que defender el territorio propio: cuantos más locos haya defendiendo disparates, más desapercibidos y tolerables parecerán los nuestros.

7. «[Pinker] parece decir que los científicos piensan bien y los humanistas escriben bien».

Es una frase extraordinariamente errónea. Es cierto que los científicos piensan bien y los humanistas mal. Pero no es cierto que los humanistas escriban bien. Quizá lo hacían hace 40 o 400 años, pero en la actualidad es difícil encontrar a alguien que escriba peor que los licenciados de letras. La prosa administrativa, la judicial, la policial, la literaria, la académica y la que puede encontrarse a los pies de las obras de arte en una exposición cualquiera son un buen ejemplo de los horrores insondables que es capaz de teclear un ser humano cuando no piensa claro y/o ha pasado por una facultad de letras. Lean una tesis doctoral de letras cualquiera y vislumbrarán entre sus líneas el rostro de Satán. Es más: comparen la prosa de Richard Dawkins o la de Frans de Waal con la de su novelista preferido y no volverán a leer sus novelas con los mismos ojos. Por supuesto, no es un problema de pericia con el teclado sino de armonía intelectual: quien no piensa recto jamás escribirá recto.

8. «La imaginación tiene su propio rigor. Lo que la imaginación enseña a la hora de entender el mundo debería también ser llamado conocimiento».

Lo imaginativo es otro de esos conceptos, como el de lo plural, lo artístico o lo poético, cuyo prestigio se basa solo en infantiles razones estéticas. La imaginación no es más que el equivalente de esas cremas faciales que incluyen oro entre sus componentes. El oro brilla y nos parece bonito, sí, pero no hay absolutamente ninguna ley física que diga que lo estéticamente placentero es beneficioso para la piel y lo feo, dañino. La imaginación no es conocimiento de la misma manera que el oro no hace que la piel humana recupere su lozanía juvenil más de lo que pueden hacerlo las heces de hiena. La imaginación, en definitiva, no tiene nada de elevado: es una herramienta, un simple recurso intelectual que nos permite dar con soluciones alternativas para problemas concretos. No tiene mayor trascendencia que el hecho de poner la mano cóncava en vez de plana cuando queremos beber de una fuente. Y por eso el placer que sentimos frente a una obra artística particularmente imaginativa no es más que el reflejo del que sentimos cuando solucionamos correctamente un sudoku: es la señal de que nuestro cerebro, o el de los que nos rodean, está finamente ajustado y funciona correctamente.

9. «Cómo funciona el arte no es la pregunta más profunda que puede hacerse sobre él».

No es la más profunda, es la única. La que explica todas las demás: por qué nos atrae el arte, por qué nos gusta más un tipo de arte que otro, por qué nos gusta contemplarlo, por qué parece resonar en nuestra mente, por qué lo interpretamos de forma diferente en función de nuestras experiencias personales, por qué existe, por qué se ha convertido en un símbolo de estatus, por qué surgen las vanguardias, por qué surge el feísmo, por qué nos suelen gustar los paisajes y no las pinturas de cadáveres, por qué determinadas combinaciones de colores nos parecen más correctas que otras…

10. «Las humanidades no progresan de forma lineal, aditiva y secuencial como la ciencia».

Pero deberían hacerlo si quieren dotarse de un mínimo de prestigio intelectual. La alternativa es la discusión eterna, circular, improductiva y retórica sobre el sexo de los ángeles. Siento derribar el mito, pero no existe absolutamente ninguna actividad humana por extraña, altruista, caprichosa, exquisita o improductiva que parezca que no tenga una finalidad concreta también perseguida, a su manera y con sus medios, por los chimpancés o los bonobos. Una finalidad que puede ser analizada, deconstruida e incluso medida por la ciencia.

Llegará un día en el que los humanos acudiremos a una librería y un simple análisis instantáneo de ADN o un escáner de nuestras sinapsis cerebrales nos dirá qué libro de los miles que hay a la venta tiene más probabilidades de producirnos un mayor placer estético e intelectual. Por no hablar de lo que ocurrirá cuando entremos en un club o en una farmacia. Para entonces hará décadas que las disciplinas de letras han quedado arrinconadas en el museo de los saberes falsos producidos por la humanidad en épocas más oscuras. Y puede que la ciencia nos haya conducido de manera irreversible a la evidencia de que no somos más que máquinas previsibles e intrascendentes. Pero la alternativa, aunque consoladora, es errónea: no disfrutamos de mayor poder sobre nuestras vidas, acciones y elecciones que el del planeta Tierra sobre su órbita alrededor del sol. Así que puestos a escoger, ¿prefieren ustedes quedarse con el único saber humano capaz de calcular su posición y la velocidad de la trayectoria o con aquel que les dice que pueden ustedes vagabundear por la Vía Láctea siempre y cuando lo deseen con el suficiente entusiasmo porque-hay-cosas-que-quedan-fuera-del-terreno-de-la-ciencia-como-por-ejemplo-el-libre-albedrío?

¿Prefieren ustedes, en definitiva, la cruda verdad científica o la piadosa mentira humanista?

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